¿El fin del imperio estadounidense en los albores del siglo XXI?
¿Sigue siendo posible hablar de Estados Unidos como de un imperio? Emilio González abre esta pregunta para reexplorar una idea que de tanto escucharse se ha vuelto prejuicio irreflexivo. Escarba en el concepto de imperio e imperialismo, saca a la luz las raíces del pensamiento expansionista estadounidense y analiza las aristas económica, política, militar y cultural de la influencia estadounidense en el mundo.
Emilio González González
Dice el sabio que las palabras son como las flores: viven de sus raíces. Imperio es la etiqueta lingüística predilecta, significante de la debilidad y simbolizante de la resistencia de los pueblos dominados por un Estado con un poder asimétrico con respecto al mundo que le rodea. Su origen etimológico proviene del vocablo latín imperium, que de acuerdo al derecho romano era la fuente de poder más absoluta, de mayor coerción, legitimadora de la violencia, cimiente de leyes y garante del orden de los cofines del dominio romano.
La primera premisa de este texto es que, desde tiempos ancestrales, la historia de la humanidad ha presentado una característica esencial, a saber, la formación de imperios cuya principal motivación es la expansión territorial a través de la conquista armada, bajo legitimaciones de carácter trascendental, místico-religiosas, morales y éticas, dependiendo la época histórica. Expresiones contundentes de este argumento se pueden encontrar en la literatura sagrada más antigua que el hombre jamás haya producido. ¿Cómo ignorar el llanto angustiado del rey Ezequías tras caer en enfermedad en momentos en que el Imperio Asirio sometía cruelmente a Judá, después de lo cual la ciudad fue liberada por fuerzas divinas por una causa justa: el establecimiento de su reinado en la tierra[i]? En un contexto no occidental tampoco se puede pasar por alto el hermoso diálogo entre Krishna y el príncipe Arjuna en el Baghavad-gita, uno de los textos sagrados hindúes más antiguos, que versa sobre los dilemas que presenta el guerrear contra un imperio comandado por sus propios primos.
Los babilonios contra Asiria, las ciudades griegas contra Persia y los cartaginenses contra Roma lucharon contra yugos imperiales en la Antigüedad. A partir de la Era de los Descubrimientos y la consiguiente Modernidad se concibieron avances en todas las ramas de la actividad humana, pero la realidad del Imperio persistió. Los americanos de España, los africanos y asiáticos de Gran Bretaña, los árabes de Francia, casi todos los pueblos dependían de imperios. La Revolución industrial, comenzada en el siglo XVIII, cuyo esplendor se dio durante el siglo XIX, potenció el dominio imperial a todos los rincones del orbe. En este siglo, Gran Bretaña sometió a parte del globo a los imperativos de la Monarquía victoriana[ii]. Francia adquirió la mitad de África negra y luchó con Gran Bretaña por convertirse en la fuerza motriz del mundo árabe y por posicionarse en el sudeste asiático.
En el periodo de las guerras mundiales del siglo XX, los tradicionales imperios europeos sucumbieron a dos fuerzas continentales de proporciones mayúsculas. Así, la Unión Soviética y Estados Unidos fueron acrecentando sus esferas de influencia para, a partir de 1947, librar una Guerra fría, anticipada sabiamente por Alexis de Tocqueville ya en 1830[iii], en Asia, Europa y América Latina. Este esquema de constante enfrentamiento, tan propicio a la política internacional a partir de la Paz de Westfalia en 1648, persistió durante siglos como bien señaló Leopold von Ranke en su ensayo de 1833 «Las grandes potencias». Por consiguiente se podría argumentar que realmente la historia de Occidente –y el impacto que ésta ha tenido sobre el mundo no Occidental– hasta 1989 había sido la lucha por la hegemonía regional y mundial de dos o más imperios.
El poder imperial requiere una conceptualización capaz de aprehender la totalidad de sus causas y consecuencias en los lugares en donde ha sido ejercido. Se agrupa en torno a cuatro aristas fundamentales. La política, la economía, lo militar y lo cultural. Todo imperio, es decir, todo Estado con una fuente de poder superior en términos asimétricos con respecto al mundo que le tocó abarcar, ejerce y transmite su hegemonía en los cuatro campos.
Políticamente se concibe a sí mismo como el garante de las instituciones, de la elaboración de leyes más perfectas para organizar una sociedad y de la instrumentación de sistemas de pensamiento a través de formas de gobierno conducentes a propiciar el orden. En términos económicos, domina las rutas comerciales, su producción abarca un radio de acción considerable, maneja las divisas, financia y otorga créditos a cuerpos políticos más débiles y es capaz de integrar riquezas naturales fuera de sus fronteras para el funcionamiento de su mercado interno. Asimismo, su capacidad de acción armada es determinante para la resolución de conflictos en cualquier parte del planeta, produce y vende las armas más sofisticadas y tiene la capacidad de coerción-intervención unilateral por encima de sus vecinos próximos. Finalmente, la cultura es un ámbito que sirve como corolario para el logro de sus designios. El esparcimiento de productos culturales, como las tradiciones, el lenguaje, la religión y las manifestaciones artísticas de cualquier índole, son referentes obligados para medir el éxito del poder imperial. Por consiguiente, para que un Estado sea considerado como imperio, debe necesariamente ser dominante en los cuatro ámbitos. Naturalmente, la variable favorita de la ecuación del poder imperial es la militar, pero sin la aplicación de las otras tres, difícilmente un cuerpo político puede vanagloriarse de haber obtenido el logro característico de todo imperio: dejar una huella indeleble en la historia.
En el siglo XIX el calificativo de Imperio mutó a una categorización y teorización propia de la racionalización del mundo a través del producto más radical del pensamiento humano durante la época decimonónica: la ideología. La base que sustenta a toda ideología es la racionalización de una idea, la explicación de la realidad humana a través de un prisma concreto; en el caso del imperialismo, la idea concebida era que las riquezas del mundo se encontraban en una franca repartición por un puñado de poderosos Estados gobernados por élites políticas condicionadas por la reproducción en las ganancias de sus fuerzas productivas. La búsqueda de materias primas para hacer crecer la industria y para asegurar poder político que permitiera controlar los circuitos comerciales fue la principal premisa que sustentó toda la argumentación de ideologías como el marxismo y el liberalismo[iv].
En el caso del marxismo ortodoxo, la lógica de la lectura histórica era que el imperialismo era una fase necesaria para alcanzar el momento en que las fuerzas globales del proletariado estarían listas para transitar al socialismo. Semejante anhelo llevó a justificaciones imperialistas por parte de los propios detractores del capitalismo. Marx aplaudió así la invasión estadounidense a México en 1847, y el brutal sometimiento de India por parte del Imperio Británico, pues según él, era necesario sentar las bases occidentales en esa sociedad mística, retrógrada y ancestral[v]. Inolvidable la proposición de Lenin sobre el imperialismo, al que consideraba como la última fase del capitalismo para su desintegración, y el advenimiento de la revolución socialista, cimiente de una nueva era en la historia del hombre.
Por consiguiente, a partir del siglo XIX, imperio e imperialismo fueron conceptos gemelos, interdependientes y explicativos uno del otro. El imperio como realidad nació desde tiempos inmemoriales. El imperialismo como teoría nació en el siglo XIX y se perfeccionó en el XX. Sin embargo, el imperialismo como teoría ha transitado más lentamente que el ejercicio del poder imperial como realidad. Prueba de ello ha sido la difícil situación en que se encuentran las ciencias sociales para calificar y explicar cuál es el papel de Estados Unidos en el mundo del siglo XXI, pues es evidente que el modelo de intervención imperial colonial propia de las monarquías europeas tradicionales, o de los imperios agrarios de la Antigüedad, no aplica más. Asimismo, la principal premisa que sostiene la argumentación de las explicaciones materialistas del imperialismo es que la violencia requerida para posesionarse de recursos naturales es un imperativo de las grandes potencias para reproducir su riqueza y hacer funcionar al Estado a través de su burocracia militar de corte centralizador. Semejante proposición no toma en cuenta la realidad actual de la manera en que Estados Unidos libra sus guerras: a través de un complejo militar-industrial cada vez más dependiente del sector privado, cuyas ganancias se anquilosan en pocas manos, no generan riqueza interna a escalas industriales como en el XIX, no dependen de subsidios del Estado ni dan sustento a una burocracia militar de la que, a su vez, dependa el Estado norteamericano para sostener su crecimiento económico.
Aparentemente, en la actualidad hablar de imperio es denostar al Estado norteamericano, además de que la clase política norteamericana, al menos desde la presidencia de Woodrow Wilson durante la primera guerra mundial, evita incluir estas etiquetas en sus discursos. Casi todos los imperios se habían vanagloriado de serlo, sus líderes se regocijaban de ser llamados césares, zares, emperadores o reyes. Sin embargo, no siempre causó incomodidad hablar de Estados Unidos como imperio. La evidencia histórica demuestra que está en la matriz de Estados Unidos considerarse así. He aquí algunos testimonios de los mismísimos Padres Fundadores en lo que hacían explícito el complejo de imperio en los primeros días de vida de Estados Unidos.
Fundar una república en un momento en que en el exterior existían sólo monarquías fue una empresa ciertamente novedosa. La historia política de los primeros años de las 13 colonias como entidades independientes es muestra fiel de que el carácter republicano de la organización interna debía reflejar una interpretación de cómo era necesario relacionarse hacia el exterior. El carácter de excepcionalidad fue rápidamente señalado por pensadores tan agudos como Alexis de Tocqueville, cuando señaló que «la situación de los norteamericanos es, pues, enteramente excepcional y debe creerse que ningún pueblo democrático la alcanzará nunca»[vi].
A pesar de la excepcionalidad de su carácter republicano, Estados Unidos se concibió desde la independencia de las trece colonias en 1776 como un imperio predestinado a la expansión de la libertad, el orden democrático y la defensa de las garantías más básicas del ser humano. La percepción generada en la élite política y económica norteamericana de aquellos tempranos años, de ser una nación independiente, excedía cualquier pronóstico terrenal. Thomas Jefferson señaló constantemente en sus escritos políticos que las trece colonias estaban llamadas a formar un «imperio de la libertad», a «convertir enemigos peligrosos en amigos valiosos», pues «nunca antes se había calculado tan bien una constitución para el establecimiento de un imperio extenso»[vii]. Es innegable que Jefferson y los demás Padres Fundadores, desde la creación de los Estados Unidos de América, depositaron anhelos imperiales, es decir, la proyección de un régimen político capaz de ejercer poder en un radio geográfico de acción considerable, para alcanzar objetivos políticos y económicos conducentes a formar una hegemonía capaz de influir sobre los acontecimientos de otras latitudes en el mundo. Alexander Hamilton en el primer párrafo de El Federalista –compilación de textos básica para comprender los fundamentos políticos del Estado norteamericano– mencionó que del fortalecimiento de la Unión dependerá «el destino de un imperio en muchos aspectos el más interesante del mundo»[viii]. Asimismo, George Washington, primer presidente de Estados Unidos, predijo el poderío norteamericano al señalar que «las circunstancias naturales, políticas y morales de nuestro imperio naciente justifican la anticipación»[ix].
La carga discursiva de los Padres Fundadores es muy pesada en la cultura política norteamericana. Barack Obama, en su discurso del 6 de noviembre pasado, en el que celebraba su relección, señaló que «hace más de doscientos años una antigua colonia ganó el derecho a determinar su destino. La tarea de perfeccionar nuestra unión continúa hacia delante».[x] Ciertamente, la realidad del mundo actual, a partir de la caída del Muro de Berlín es completamente diferente al de finales del siglo XVIII, pero, ¿podemos entonces seguir hablando de Estados Unidos como imperio? Cuando los presidentes estadounidenses apelan a los Padres Fundadores, ¿olvidan sus afanes imperiales? ¿Está llegando a su fin el poderío norteamericano debido a la formación de un orden multipolar de naciones?
Si como se señaló líneas arriba, la característica contundente de la expresión de un imperio es la huella indeleble que deja en la historia y además en la articulación de un sistema internacional, entonces el fin de la Guerra fría significó, tras la desaparición del imperio soviético, la entrada a una nueva época del devenir humano. Por consiguiente, se puede afirmar que el horizonte histórico de la posguerra fría es en esencia diferente al de la Guerra fría.[xi] No se afirma que es una ruptura tajante, pues como señaló Luis Villoro, una «época no presenta fronteras precisas», y mucho menos cuando se trata de procesos inacabados, como la contemporaneidad misma. Sin embargo, la nueva era se caracterizó por el advenimiento de un proceso globalizatorio, incentivado por el auge descomunal de las comunicaciones electrónicas, la erosión del Estado-nación en Occidente debido a la entronización de las finanzas por encima del poder político, el establecimiento de democracias en regiones en donde otrora habían existido regímenes autoritarios, y la proliferación de nacionalismos de corte étnico en regiones de «líneas de fractura», como las definió Samuel Huntington en un clásico de la literatura política de la posguerra fría[xii].
El tema de la nueva época en la historia se manifestó en los discursos de los principales representantes de la cúpula norteamericana tras la caída del Muro de Berlín. James A. Baker, secretario de Estado del entonces presidente George W. H. Bush en su memoria política, The Politics of Diplomacy, Revolution, War & Peace, 1989-1992, afirmó que una nueva época se cernía sobre el mundo una vez terminada la Guerra fría[xiii]. Esta misma idea fue repetida por el entonces presidente Bush padre cuando el 11 de septiembre de 1990 pronunció ante el Congreso norteamericano su famoso discurso titulado «Toward a New World», a propósito de la guerra del Golfo. En esta intervención militar inaugural de la posguerra fría, se puede apreciar con una nitidez excepcional la mencionada relación existente entre la guerra y el derecho por parte de un poder imperial con afanes de expansión material. Bush afirmó categóricamente que «la crisis en el Golfo Pérsico, tan grave como es, ofrece la rara oportunidad de avanzar hacia un histórico periodo de cooperación. […] Un nuevo orden mundial puede emerger de aquellos momentos turbulentos; una nueva era libre de las amenazas del terror, fuerte en la procuración de la justicia y más segura en la búsqueda de la paz»[xiv].
Bill Clinton, por su parte, mencionó que a su llegada a la Casa Blanca en 1993, Estados Unidos se ubicaba en medio de un gran cambio histórico: el tránsito de la era industrial a la era de la información global. Afirmaba que «el pueblo estadounidense se enfrentaba a grandes cambios en la forma en que vivía y trabajaba, y con grandes preguntas que necesitaban respuesta: ¿Escogeríamos la vinculación con la economía global, o el nacionalismo económico? ¿Usaríamos nuestro poder militar, político y económico sin rival para difundir los beneficios y enfrentarnos a las nacientes amenazas del mundo interdependiente, o convertiríamos Estados Unidos en una fortaleza?»[xv]. Estados Unidos eligió vincularse con la economía global, usar su poder militar, político y económico para extender su hegemonía, y no cerrarse al mundo. Conservó y acrecentó su estatus imperial tras el fin de la Guerra fría.
Desde la perspectiva histórica existe una obra que analiza con profundidad las características del poder estadounidense al término de la Guerra fría. Publicada en 1987, The Rise and Fall of the Great Powers, del historiador británico Paul Kennedy, retoma la tradición historiográfica del tema del auge y caída de los imperios comenzada desde Edward Gibbon y Montesquieu en el siglo XVIII, a propósito de Roma. El argumento nodal de Kennedy es su concepción de Estados Unidos como un imperio con alcances desproporcionados con respecto a los límites de sus verdaderas fuentes de poder. La fuente de poder más importante de acuerdo a su teoría, conocida como «imperial overstretch», es la acumulación de recursos y su correcta administración en un sistema financiero eficaz. A finales de la década de los años ochenta, los Estados Unidos se encontraban en una delicada situación financiera; la acumulación de un déficit de proporciones estratosféricas hacían que la proyección de su poder político y militar estuvieran comprometidas. Por lo tanto, Kennedy afirmó que «los encargados en la toma de decisiones en Washington deben enfrentar la incómoda y duradera realidad en el sentido de que la suma total de los intereses y obligaciones de los Estados Unidos a nivel global es actualmente mucho más grande que el poder del país para defenderlos todos simultáneamente»[xvi].
La concepción de poder en la obra de Kennedy con respecto a Estados Unidos sería puesta a prueba por los compromisos que Estados Unidos efectivamente adquirió en zonas del globo como Panamá en diciembre de 1989, en Iraq de 1990-1991, en Somalia de 1992-1994, y en Bosnia de 1992-1995. No solo se hizo evidente la capacidad estadounidense de intervenir militarmente en cualquier región del planeta a pesar de sus compromisos económicos a nivel interno, sino que incluso se comenzó a señalar que «el sistema internacional de la actualidad [se habla del mundo después de la Guerra fría] no está construido en torno al balance de poder sino a la hegemonía americana»[xvii].
Construir una nueva época histórica en torno al poderío de un solo cuerpo político es el rasgo distintito de todo imperio. Justificar y moldear este orden requirió comenzar a emplear un determinado lenguaje. Por lo tanto, el imperio estadounidense durante la década de los años noventa tuvo que rescatar banderas discursivas para justificar su papel como dominador global. El lenguaje más utilizado en estos años fue el de los derechos humanos, ya apuntalado desde la presidencia de Jimmy Carter de 1977 a 1981. Eric Hobsbawn adujo que durante la última década del siglo XX apareció un nuevo fenómeno en la historia de las relaciones internacionales: el «imperialismo de los derechos humanos»[xviii]. Las características de este imperialismo eran, básicamente, el intervencionismo militar en zonas conflictivas del planeta en donde se habían observado atrocidades en contra de poblaciones civiles indefensas: genocidios y limpiezas étnicas: nuevas razones apartadas de la típica consideración imperialista leninista de corte decimonónico. Señaló el historiador inglés que «el argumento humanitario para la intervención armada en los asuntos de los Estados se basa en tres aseveraciones: que situaciones intolerables en el mundo contemporáneo, como el genocidio y las masacres lo requieren, que ninguna otra manera de lidiar con ellas es posible, y que los beneficios de intervenir son potencialmente más grandes que sus costos»[xix].
Otra premisa importante para responder a la pregunta sobre si el imperio estadounidense está llegando a su fin, es observar si realmente el mundo de la actualidad es multipolar; es decir, un sistema internacional en el que existan Estados con un ejercicio de poder simétrico con respecto a su entorno geográfico inmediato. A partir de los atentados del 11 de septiembre de 2001, el sector conservador de Estados Unidos se lanzó a una ofensiva para vengar el herido orgullo imperial. Los resultados fueron dos fatídicas guerras en Iraq y Afganistán. En Iraq se logró amortiguar el fracaso durante la presidente de Barack Obama, aduciendo que la dictadura de Saddam Hussein había dado paso a una democracia incipiente amenazada por las rivalidades tribales del país árabe. Los Estados Unidos siguen empantanados en Afganistán, en aquella tumba imperial de Alejandro Magno y la Unión Soviética, inhóspita e inaccesible.
Esos fracasos militares, aunados a la proyección económica de países como India, China, la recuperación del poderío ruso y el mismo estancamiento económico de Estados Unidos, han hecho creer que el poderío estadounidense está en severo declive. Mucho hay de cierto en estas consideraciones. Sin embargo, parten del entendido de que el poder imperial se mide sólo en función de sus dotes militares. Históricamente los Estados Unidos han sido muy exitosos en el ámbito militar. Sin embargo, tuvieron una severa derrota en Vietnam en 1975, pasaron por una crisis económica producto de su enorme déficit en los años ochenta, que supieron superar justo a comienzos de la posguerra fría. Por consiguiente, las derrotas militares no garantizan el fin de la hegemonía global estadounidense.
El ámbito económico es otro frente en el que se asegura que Estados Unidos está en declive como imperio. En este sentido los datos concretos son más convincentes. China, según las últimas estimaciones de la OCDE, tiene un crecimiento descomunal que superará a EU como principal economía mundial para 2016. India también lo superará para 2060[xx]. Países en vías de desarrollo, como Indonesia y Brasil, tendrán una mayor participación en la dinámica de la economía global. Así que el mundo será más diverso y las políticas económicas ya no podrán ser dictadas sólo desde EU, como ciertamente lo fue el orden de Bretton Woods hasta 1973 y el posterior reajuste en términos de economía global con el Consenso de Washington en los años ochenta.
La economía global podrá diversificarse y el balance productivo equilibrarse, pero es un hecho que el dólar difícilmente dejará de ser pronto la divisa de cambio a nivel internacional. El poderío económico por sí mismo no cambiará la manera de cotizar en los principales mercados bursátiles, modificar el tipo de cambio de una moneda en la economía internacional es un proceso que generalmente depende de factores políticos, militares y culturales, más que sólo económicos. Por lo tanto, si bien Estados Unidos ya no será más la única superpotencia dominante en términos económicos, como lo fue durante el siglo XX, su poder no sucumbirá ante los demás países debido al complejo sistema corporativo que ha inundado la mayoría de los mercados comerciales.
La arista política del poder imperial es la más dependiente de los factores militares y económicos en la preservación de la hegemonía global de un Estado. Pero al mismo tiempo es la que más se ha solidificado en buena parte del orbe. La exportación de la democracia representativa de corte liberal anglosajón y un sistema de gobierno republicano ha sido uno de los procesos de transmisión política de un imperio a las regiones en donde ejerce su hegemonía más exitoso en la historia de la humanidad[xxi].
Semejante reproducción de instituciones solo puede ser comparada con la adopción del derecho romano por los cuerpos políticos de cuño latino en el mundo mediterráneo, los cuales a su vez lo exportaron en sus conquistas coloniales a partir de la Era de los Descubrimientos en el siglo XVI. «El auge del resto», como calificó Fareed Zakaria[xxii] al proceso de crecimiento de países en vías de desarrollo a niveles capaces de rivalizar la hegemonía estadounidense, no puede soslayar que la insistencia de Estados Unidos en crear un circuito global de democracias cuyas cúpulas políticas estén comprometidas con los intereses corporativos norteamericanos difícilmente podrá ser rivalizada por alguna propuesta política novedosa a nivel global. China, por citar el caso del que más se habla para hablar del fin del imperio estadounidense, no tiene un proyecto político digno de exportarse. Mantiene su poderío a través de un Estado centralizado, con un fuerte sistema represivo y una ideología mutante, como ciertamente fue el caso del comunismo chino a partir de las reformas emprendidas por Deng Xiaoping en los años ochenta del siglo XX. En China existen grandes fuerzas centrífugas que esperan cualquier indicativo para acometer un cambio gradual en el sistema político de la gran nación asiática. Su crecimiento es desigual y aunque cientos de millones de chinos han salido de la pobreza, el régimen basa su poder a través de la represión y la explotación.
Otro indicativo de que políticamente el poder imperial estadounidense navega firme en las aguas del siglo XXI, es que el fenómeno de la revolución, tan característico de la época moderna, ha sido suprimido del horizonte histórico del mundo de la posguerra fría en el mundo occidental. Desde el triunfo de la Revolución sandinista en 1979, cuyos trágicos resultados son bien conocidos, no ha existido intento revolucionario exitoso en contra del imperialismo norteamericano. Las revoluciones acometidas en el mundo árabe de 2009 no fueron antiestadounidenses. De hecho la bandera de muchas de ellas fue apelar a los valores de la filosofía política norteamericana: la libertad individual, la democracia y el estado de derecho en contra de la tiranía y el despotismo. Aún más, cuando fue imperiosa la necesidad de influir decisivamente en el rumbo de una, Barack Obama no dudó en autorizar a través de la OTAN la intervención militar decisiva en Libia para derrocar a Muamar Gaddafi en 2011.
Finalmente la arista cultural termina por apoyar la hipótesis de que el imperio estadounidense aún no termina. La cultura estadounidense expresada en el modo de vida americano a través del consumo, la moda, el cine, la música, el idioma y, sobre todo, los valores del pensamiento individualista son realidades avasallantes de la primacía norteamericana a nivel global. La atracción de su cultura, aunque de ínfima calidad comparada con culturas de imperios pasados como Roma, los Abasíes, España o Rusia, es un imán casi imposible de repeler en la mayoría del mundo. No existen perspectivas en un futuro de que la «hegemonía cultural» estadounidense, entendida por Antonio Gramsci como el dominio de las manifestaciones de una élite en la mayoría de la población, sea combatida con éxito por algún otro Estado.
Para concluir este texto es importante reflexionar en torno a una pregunta esencial, aunque difícil de resolver: ¿terminará algún día el imperio estadounidense? Escudriñar las causas y consecuencias de la caída de los imperios es una de las tareas más complejas en el quehacer histórico. Actualmente, los estudiosos del pasado siguen debatiendo cuáles fueron los factores que más pesaron para la caída de Roma. Asimismo, es muy complejo predecir cuándo sucederá algún acontecimiento, por más tendencias que existan, como ciertamente les costó a los teóricos entender el término de la Guerra Fría y la rápida caída del Imperio soviético en el periodo de 1985-1991[xxiii]. Estados Unidos. Sería presuntuoso concluir esta colaboración con una afirmación cual mago, hechicero o vidente. Basta apuntar que el éxito de la primacía de Estados Unidos ha sido en gran medida a su uniformidad como proyecto nacional y estatal, a su amplia capacidad de asimilación de otras culturas, manifestada en la creación de un «credo americano» profesado por los máximos representantes en las cuatro aristas de su poder imperial. Cuando ese «credo americano» comience a perder vigencia en la mentalidad de la mayoría de los estadounidenses, podremos afirmar entonces que el poderío imperial norteamericano está en graves peligros. Ese nacionalismo estadounidense comenzará a perder vigencia solo si la demografía del gigante de Norteamérica se trastoca a niveles inusitados, como ciertamente lo expresan las tendencias en el rápido crecimiento de la población no anglosajona. Al igual que Roma, las causas de su declive decisivo podrían estar anidadas en factores internos más que externos. Será tarea importante de los líderes americanos resolver de algún modo el problema demográfico causado por las numerosas olas migratorias desde mediados del siglo XX, cuando las migraciones latinas y asiáticas, -ambas difícil de asimilarse en la cultura anglosajona-, sobrepasaron las migraciones europeas tan moldeables. Si Estados Unidos no se acomete a resolver su problema migratorio, será casi un hecho que los pronósticos de la OCDE para 2060 se materializarán en los demás ámbitos para el análisis del poder imperial. Por lo mientras, basta terminar afirmando que el imperio sigue siendo imperio, que no ha caído, que sigue dominando y que su término no será visto por las generaciones nacidas en el paradigma de la posguerra fría.
NOTAS
[i] La historia completa se ubica en Is, 37.
[ii] Niall Ferguson, Empire, The Rise and Demise of the British World Order and the Lessons for Global Power. New York, Basick Books, 2004, p. 303.
[iii] Alexis de Tocqueville, La democracia en América, 2º ed, trad. Luis R. Cuellar, México, Fondo de Cultura Económica, 2009, p. 382-383.
[iv] El máximo exponente de esta idea desde la perspectiva liberal fue J.A Hobson en su obra de 1903, Imperialism, A Study, véase Patrick Wolfe, «History and Imperialism: A Century of Theory, from Marx to Postcolonialism», en The American Historical Review, Vol. 102, No. 2 (Apr., 1997), Chicago, The University of Chicago Press, p. 391.
[v] Karl Marx, «The Future Results of Indian Rule», 1853. <http://www.marxists.org/archive/marx/works/1853/07/22.htm> [Consultado el 21 de octubre de 2012].
[vi] Alexis de Tocqueville, op.cit., p. 416.
[vii] «Carta de Thomas Jefferson a James Madison», 27 de abril de 1809, <http://wiki.monticello.org/mediawiki/index.php/Empire_of_liberty>, [Consultado el 25 de octubre de 2012].
[viii] «The Federalist», 1, en American State Papers, Chicago, Encyclopedia Britannica, Tomo 43, University of Chicago Press, 1952, p. 29.
[ix] «George Washington to Sir Edward Newenham», 20 de julio de 1788, en The Writtings of George Washington, Tomo III, vol., IX, Boston, 1835, p. 399. Esta carta George Washington es una muestra de las paradojas de la política exterior estadounidense. Señala que Estados Unidos nunca debe intervenir en los asuntos europeos, por considerar esta región demasiado volátil, ajena a los intereses del «imperio naciente». Sin embargo, del mismo modo señala que los Estados Unidos están llamados a cumplir un designio divino, que en cuanto a la administración civil se refiere la experiencia norteamericana es única, no se ha repetido nunca: los ciudadanos pueden elegir a sus gobernantes, las instituciones se forman por voluntad y consenso populares.
[x] Barack Obama, «Discurso en la noche de la elección», <http://www.nytimes.com/interactive/2012/11/06/us/politics/06-obama-election-night-speech.html>. [Consultado el 7 de noviembre de 2012].
[xi] «No hay duda de que a finales de los años ochenta y comienzos de los noventa terminó una era en la historia mundial y comenzó una nueva». Eric Hobsbawn, Age of Extremes, The Short Twentieth Century 1914-1991, Londres, Abacus, 1994, p. 5.
[xii] Samuel Huntington, El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, trad. José Pedro Tosaus Abadía, Barcelona, España, Paidós, 2005, pp. 333-369.
[xiii] James A. Baker, The Politics of Diplomacy, Revolution, War & Peace, 1989-1992, New York, G.P. Putman’s sons, 1995, p. 587.
[xiv] George H. W. Bush, «Address Before a Joint Session of the Congress on the Persian Gulf Crisis and the Federal Budget Deficit», 11 de septiembre de 1991, http://bushlibrary.tamu.edu/research/public_papers.php?id=2217&year=1990&month=9 , consultado el 28 de mayo de 2012.
[xv] Bill Clinton, Mi vida, trad. Claudia Casanova, México, Random House, 2004, pp. 1005-1006.
[xvi] Paul Kennedy, The Rise and Fall of the Great Powers, Economic Change and Military Conflict From 1500 to 2000, New York, Random House, 1987, p. 515.
[xvii] citado en Joseph Nye, The Paradox of American Power, Why the World’s Only Superpower Can’t Go It Alone, New York, Oxford University Press, p.1.
[xviii] Eric Hobsbawn, On Empire, America, War, and Global Supremacy, New York, Pantheon Books, 2008, p. xiv.
[xix] Ibidem, p. xv.
[xx] Looking to 2060: Long-term Growth Prospects for the World, OECD Economic policy Papers No. 3, 2012, Noviembre de 2012. <http://www.oecd.org/eco/economicoutlookanalysisandforecasts/2060%20policy%20paper%20FINAL.pdf> [Consultado el 10 de noviembre de 2012].
[xxi] Se debe hacer justicia a la herencia que en este sentido representó el imperialismo británico en regiones como India, Oceanía, Norteamérica y partes de África. Estados Unidos ha continuado la tarea británica de exportador de instituciones, aunque de acuerdo a pensadores como Samir Amin lo ha hecho de manera caótica y barbárica. Samir Amin, The Liberal Virus, Permanent War and the Americanization of the World, trad. James Membrez, New York, The Monthly Review Press, 2004, pp. 80-81 y Niall Ferguson, Colossus, The Rise and Fall of the American Empire, New York, Penguin Books, 2004, p. 25.
[xxii] Fareed Zakaria, The Post-American World, W.W. Norton, New York, 2009, pp. 1-6.
[xxiii] John Lewis Gaddis, «International Relations Theory and the End of the Cold War», en International Security, vol. 17, núm 3, (invierno, 1992-3), pp. 5-38.
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Emilio González González (Ciudad de México, 1989). Egresado de la licenciatura en historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Actualmente es investigador en el Museo Nacional de la Revolución en la Ciudad de México. Estudioso de la historia internacional contemporánea, especialmente del fenómeno de la guerra en su impacto social, cultural, económico y político.













