El adiós a Mubarak y los 18 días que cambiaron a Egipto

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Vertiginosos sucesos han sacudido recientemente el orden que imperó durante casi tres décadas  en Egipto. A pesar de las tendencias que ya se adivinan, el futuro de esta nación es aún incierto. Para vislumbrar el sentido de estos eventos en la historia de la sociedad egipcia, es necesario hacer un recuento que articule los antecedentes aparentemente lejanos con las coyunturas que últimamente han sorprendido al mundo. Tal es el análisis que aquí nos ofrece Jaime Vigna.

 

Jaime Vigna Gómez

 

La velocidad de los acontecimientos que están ocurriendo en Egipto es vertiginosa y no parece que éstos, al menos en el corto plazo, vayan a detener su trepidante andar. El pasado viernes 11 de febrero de 2011, tras dieciocho días de manifestaciones y protestas en las principales ciudades egipcias, el presidente Hosni Mubarak finalmente renunció a su puesto y dejó el control del Ejecutivo en manos del ejército. Esto no es cosa menor. Durante los casi treinta años que duró al frente de la Presidencia, Mubarak controló prácticamente todas  las esferas (política, económica, social, cultural) del país, por lo que su partida, al menos a primeras luces, parece dejar no solamente un Ejecutivo vacío, sino un país acéfalo, sin dirección, sin rumbo.

El reto que ahora enfrentan los jóvenes manifestantes y los grupos de oposición que encabezaron las movilizaciones es gigantesco. Por un lado, deberán controlar las ambiciones  de alcanzar y preservar el poder que muy probablemente se desatarán; por el otro, tendrán que desmantelar el corrompido andamiaje que permitió a Mubarak mantener un gobierno cuasi-faraónico a lo largo de casi tres décadas. Aunado a ello, quien termine detentando el poder deberá tener la capacidad de decidir si mantendrá el status quo o si replanteará las relaciones del gobierno no sólo con sus vecinos y con Estados Unidos, sino con todos los actores que conforman la compleja y plural sociedad egipcia. Esto, sin una experiencia política previa y con las dificultades intrínsecas de una crisis económica regional e internacional de coyuntura, se vuelve una tarea sumamente complicada y que parece –desde una perspectiva pesimista– prácticamente imposible de lograr.

Antes de continuar especulando sobre los posibles escenarios que enfrentará Egipto a corto y mediano plazos, es necesario remontarse al inicio de las manifestaciones. Lo ocurrido en Egipto, al igual que la mayor parte de los fenómenos que acontecen en la sociedad internacional, responde a una multiplicidad de factores internos y externos, así como a causas políticas, económicas y sociales. Explicando únicamente lo ocurrido entre el 25 de enero y el 11 de febrero de 2011 sería imposible comprender cómo una movilización organizada por un grupo de jóvenes a través de Facebook desembocó en una revuelta de millones de personas que derrocó a un gobierno caracterizado por su estabilidad política y por el control estricto de la disidencia y los grupos opositores.

Siguiendo dicha lógica, la primera parte de este ensayo está dedicada a ofrecer un panorama a grandes rasgos de las condiciones políticas, económicas y sociales de Egipto antes del 25 de enero de 2011. Con esta información, en la segunda parte se busca describir y analizar lo ocurrido durante los dieciocho días de revueltas, así como los actores e intereses inmersos en este complejo proceso. Finalmente, en la última parte, se compartirán algunas conclusiones y reflexiones acerca de lo ocurrido y se especulará sobre las posibles repercusiones que podría tener esta revolución a nivel local, regional e internacional.

 

Antecedentes

Política

Hosni Mubarak llegó al poder de Egipto en octubre de 1981, tras el asesinato del presidente Anwar el- Sadat. El periodo de Sadat se había caracterizado por dejar a un lado las políticas panarabistas y pro soviéticas de su antecesor, Gamal Abdel Nasser, y por haber iniciado una serie de profundas reformas económicas, políticas y sociales que transformaron radicalmente tanto la dinámica interna de Egipto, cuanto las relaciones con sus vecinos inmediatos, los países de la región y las dos grandes potencias mundiales de ese momento: Estados Unidos y la Unión Soviética.

Fruto de las reformas políticas realizadas durante el periodo de Sadat, en 1978 se creó el Partido Nacional Democrático (PND)[1], el cual se convertiría, ya con Mubarak al frente del Ejecutivo, en el partido oficial y brazo ejecutor del régimen. Durante la era Mubarak, Egipto funcionó de facto, al igual que México en la segunda mitad del siglo XX, como un sistema unipartidista que permitía la existencia de unos cuantos partidos de oposición fuertemente regulados, muchos abiertamente aliados al régimen.

Además del unipartidismo, otra de las características del largo gobierno de Mubarak fue la relación cercana que mantuvo con el poderoso ejército –equipado y apoyado abiertamente por Estados Unidos[2]– que se convirtió, junto con los servicios de inteligencia, en el encargado de llevar a cabo las labores de control y vigilancia necesarias para garantizar la estabilidad de régimen[3]. A pesar de ello, como habitualmente se ha mantenido al margen de operaciones de represión o violencia, la población en general tiene una opinión positiva del ejército, a diferencia de la que se tiene sobre los servicios de inteligencia, que son vistos con recelo y desconfianza hasta el día de hoy.

Durante los treinta años que estuvo al frente de Egipto, Mubarak mantuvo un control absoluto de su partido, del Parlamento y del poder ejecutivo. El Partido Nacional Democrático controló en todo momento los dos tercios del Parlamento necesarios para cambiar la Constitución o nominar al presidente[4]; el Poder Judicial, a pesar de que tuvo alguna independencia, en realidad tampoco representó ningún tipo de contrapeso, ya que el gobierno usaba las cortes militares o el permanente estado de excepción (impuesto desde 1981) para ignorar las decisiones judiciales que no le beneficiaban[5].

 

La Hermandad Musulmana

La Hermandad Musulmana fue uno de los grupos favorecidos por las reformas políticas emprendidas durante el periodo de Sadat. Esta organización gozó de amplios índices de aprobación popular desde su fundación en 1928 y, para mediados del siglo XX, se estimaba que contaba con aproximadamente un millón de miembros. Su vertiginoso ascenso fue detenido por el presidente Nasser, quien reprimió violentamente a sus integrantes y los desapareció por varias décadas. No fue sino hasta principios de los años ochenta que Sadat, buscando balancear la influencia que estaban teniendo los partidos políticos de izquierda, promovió abiertamente sus actividades, aunque nunca les otorgó registro como partido político. En esa época, la Hermandad comenzó un proyecto de renovación del Islam y adoptó una estrategia centrada en acomodarse en los espacios que le brindaba el gobierno y en la promoción de programas de transformación social[6], que se han mantenido hasta la actualidad.

Tras la llegada de Mubarak a la Presidencia, se permitió que la Hermandad participara de manera limitada en la vida política del país, sin embargo, debido a la influencia que comenzó a adquirir durante la década de los noventa, nuevamente fueron perseguidos y reprimidos sus integrantes[7]. La preocupación del régimen no podía ser menor: en sólo diez años, la Hermandad se había extendido prácticamente por todo el país, controlaba miles de mezquitas, dominaba los principales sindicatos profesionales y de estudiantes del norte, dirigía varias ONGs, tenía influencia notable en escuelas y constituía la fuerza opositora más poderosa en el Parlamento[8]. Durante los años de persecución, también surgieron, como sectores disidentes de la misma Hermandad, movimientos neoislamistas, muchos de los cuales siguen vigentes.

La guerra contra el terrorismo, emprendida por Estados Unidos tras los ataques en Nueva York y Washington en septiembre de 2001, permitió a Mubarak mantener su agresiva política frente a los movimientos islámicos en general y hacia la Hermandad Musulmana en particular. Esta embestida se institucionalizó en 2007 con una enmienda a la Constitución, prohibiendo la conformación de partidos políticos basados en la religión[9].

 

Los últimos años

Desde 1990, algunos partidos políticos habían expresado su descontento con el poder absoluto que tenían el presidente y el PND. A pesar de que esta inconformidad se mantuvo durante toda la década, no fue sino hasta 2004 que varios de estos partidos se unieron con el objetivo de proponer un candidato opositor a Mubarak en las elecciones presidenciales del año 2005.  El partido al-Ghad (que significa en español «futuro») postuló a Ayman Nour y casi inmediatamente recibió apoyo contundente de importantes sectores de la sociedad civil egipcia[10]. Al igual que ocurrió con la Hermandad, el régimen se sintió amenazado por la respuesta popular y Nour fue arrestado en dos ocasiones, en enero y diciembre de 2005, y condenado a cinco años de prisión con trabajos forzados[11]. Irónicamente, en estas elecciones, candidatos independientes de la Hermandad obtuvieron ochenta y ocho asientos en el Parlamento.

Las elecciones parlamentarias de noviembre de 2009 también desataron mucha polémica, ya que una coalición de partidos laicos encabezados por el ex director del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), Mohammed ElBaradei, llamó a boicotearlas, acusándolas de fraudulentas. Tras los turbios resultados de la primera vuelta electoral, los Hermanos Musulmanes y el partido Wadf se unieron al boicot[12]. Prácticamente sin oposición, el PND arrasó en las elecciones. Su triunfo fortaleció aún más los rumores de que Gamal Mubarak, líder del PND e hijo del presidente, se convertiría en sucesor de éste, especialmente tras los problemas de salud que el mandatario había experimentado a lo largo del año.

 

Política exterior

En materia de política exterior, Mubarak continuó los acercamientos con Estados Unidos e Israel iniciados durante el periodo Sadat, pero, a diferencia de su antecesor, logró recomponer las relaciones con los países árabes, lo que permitió a Egipto, en 1989, reingresar a la Liga Árabe. También mejoró notablemente las relaciones con Siria y Arabia Saudita, con quienes formó un eje estratégico en la década de los noventa, cuyo principal objetivo fue presentar iniciativas para desbloquear el proceso de paz árabe-israelí  y avanzar en la institucionalización del diálogo regional[13]. Su participación y apoyo durante la Guerra del Golfo Pérsico en la coalición encabezada por Estados Unidos y Arabia Saudita le permitió atraer mayores inversiones y la exención de importantes montos de deuda, tanto por parte de Estados Unidos como de los países petroleros. Mubarak mantuvo una postura sumamente pragmática con respecto a sus vecinos, lo que le permitió obtener beneficios económicos y cuantiosos márgenes de maniobra en su interior.

 

Economía

El factor económico es fundamental para entender las movilizaciones y la inconformidad que mostraron los manifestantes contra el gobierno de Mubarak. Como bien conocemos en México y en toda América Latina, la inserción en el sistema liberal implica el acatamiento de una serie de normas que traen como consecuencia profundos ajustes sociales que no necesariamente implican crecimiento o bienestar para amplios sectores de la población. Egipto, como se describirá a continuación, no fue la excepción.

El proceso de modernización de la economía egipcia empezó durante el periodo de Sadat[14], sin embargo, su consolidación se dio durante las tres décadas que Mubarak se mantuvo en el poder. El punto máximo de esta reestructuración fue 1991, cuando se iniciaron una serie de programas masivos de ajuste estructural –junto con el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial– con el objetivo de transformar a Egipto en una economía de mercado. Al margen de este programa de ajustes, se llevaron a cabo reformas monetarias, se terminó con subsidios gubernamentales y se privatizaron empresas que anteriormente pertenecían al Estado[15].

Los resultados para el grueso de la población fueron abrumadores. Inmediatamente después de su aplicación, el desempleo se disparó a tasas nunca antes vistas y los estándares de vida cayeron de manera abrupta, a tal grado que la población en situación de pobreza pasó de representar un 21% en 1990 a casi el 46% del total en 1996[16]. Esto, a su vez, provocó un incremento vertiginoso de la economía informal que, el día de hoy, representa el 80% de las empresas y provee 40% de los empleos. Sumado a esto, el subempleo y la desigualdad han aumentado de manera constante en los últimos años y para finales de la primera década del siglo XXI, el 50% de la población egipcia vivía con menos de dos dólares al día, las tasas de inflación superaban el 16% y el déficit público rondaba el 8% del PIB[17].  Aunado a todo ello, procesos internacionales como las crisis financieras y alimentarias de 2008 han perjudicado a sectores fundamentales de la economía egipcia (como el turismo o el envío de remesas) y han mermado aún más la calidad de vida de su población.

 

Sociedad

Históricamente, la sociedad civil egipcia ha participado activamente en la vida política del país y en movimientos islámicos, marxistas, liberales y nacionalistas[18]; no obstante, tras la llegada de los gobiernos militares y particularmente durante las tres décadas que duró Mubarak al frente del Ejecutivo, sus posibilidades de acción se limitaron considerablemente.

Entre los grupos cuyos márgenes de acción se redujeron significativamente a lo largo de este tiempo se encuentran los partidos políticos. Hasta enero de 2011, existía en Egipto un partido político poderoso, el ya mencionado PND, y una serie de partidos pequeños con poco prestigio popular, pues se les veía como aliados o cómplices del régimen. Esta situación provocó que quienes buscaban involucrarse en la vida política muchas veces prefirieran hacerlo a través de candidaturas independientes[19], debilitando cuantiosamente la posibilidad de conformar una oposición efectiva.

A pesar de la importancia histórica de los sindicatos y las asociaciones profesionales en Egipto y de la actividad constante que han mantenido durante las últimas décadas, sus movimientos también fueron muy controlados por Mubarak[20]. Las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) gozaron de mayores márgenes de autonomía durante los noventa, sin embargo, en los últimos años su labor también estuvo cuidadosamente regulada desde el aparato estatal[21]. Por lo tanto, como se puede apreciar a simple vista, las organizaciones civiles tuvieron durante los pasados 30 años un papel muy limitado en la sociedad egipcia, perjudicando considerablemente los canales de comunicación entre el Estado y la población.

El caso de la prensa en Egipto también es paradigmático. Aunque en la era Mubarak existían legalmente tres tipos de publicaciones –gubernamentales, de partidos políticos e independientes– todas se encontraban celosamente controladas por el régimen[22]. Por lo tanto, debido a que la libertad de expresión e imprenta era prácticamente inexistente, las nuevas tecnologías se convirtieron en fuentes invaluables para la obtención y difusión de conocimiento e información.

Frente a todas estas limitaciones, muchas labores organizativas de la sociedad civil en esos años recayeron en organizaciones religiosas, como los ya mencionados Hermanos Musulmanes. La Hermandad cuenta con mezquitas independientes, escuelas, asociaciones de jóvenes, grupos de mujeres, clínicas y publicaciones[23]. El llamado Islam civil ha sido un actor fundamental en una sociedad donde los lazos y la comunicación con el Estado eran prácticamente inexistentes.

 

La Crónica de una muerte anunciada

El principio del fin

Tomando en cuenta lo mencionado anteriormente, se puede afirmar que la revuelta popular de dieciocho días que derrocó a Mubarak, lejos de ser un movimiento espontáneo o provocado directamente por lo ocurrido en Túnez, tiene profundas raíces internas y responde a un proceso que ya se venía consolidando en Egipto desde tiempo atrás.

Las protestas iniciaron el día 25 de enero de 2011, cuando se congregaron en las principales ciudades egipcias –El Cairo, Alejandría y Suez– más de diez mil manifestantes exigiendo la renuncia del presidente Mubarak. Inspirados por los movimientos populares en Túnez que días antes habían derrocado al gobierno de Ben Ali, jóvenes activistas convocaron al llamado Día de la Ira a través del grupo de Facebook «Todos somos Khaled Said», creado en memoria de un joven egipcio asesinado a golpes por la policía egipcia en 2010. Ante las severas limitaciones que existían a la libertad de expresión y asociación, las nuevas tecnologías cumplieron la labor de coordinación y organización necesaria para permitir el avance constante de las movilizaciones[24].

Tras ser lanzada la convocatoria, se adhirieron a las protestas el Movimiento del 6 de abril (nombrado a raíz de una huelga ocurrida durante esta fecha en 2008) y el ya mencionado Partido al-Ghad (que postuló a Nour para la Presidencia en 2005)[25]. En la primera jornada de movilizaciones, se reportó la muerte de un policía y dos manifestantes; esto sería tan sólo el inicio, ya que las cifras de fallecidos y heridos aumentarían vertiginosamente en el curso de los siguientes días[26].

Tras el éxito de las primeras jornadas, más actores se fueron sumando al movimiento. ElBaradei y la coalición de partidos laicos que boicotearon las elecciones de noviembre se unieron a las protestas, al igual que la Hermandad Musulmana. El régimen reaccionó ante esta situación: se suspendió el acceso a internet y los servicios de celular y se impuso el toque de queda en todo el país. Las medidas no hicieron más que incrementar el descontento y la movilización popular, lo que orilló a Mubarak a hacer las primeras concesiones: el 29 de enero ordenó la renuncia de su gabinete, nombró a Omar Suleiman, director de los poderosos servicios de inteligencia, su vicepresidente y, tres días después, anunció que no se postularía para las elecciones presidenciales que se llevarían a cabo en septiembre de ese mismo año.

Mubarak, al ver que la policía se encontraba completamente rebasada por los acontecimientos, decidió enviar al ejército para mantener bajo control las crecientes protestas. El ejército fue bien recibido por los manifestantes, debido tanto a su buena reputación, como a las declaraciones que realizaron algunos de sus líderes calificando las peticiones de legítimas y asegurando que no utilizarían la fuerza en contra del pueblo. Durante los siguientes días, los reprimidos y silenciados sindicatos se adhirieron a las protestas masivas. Por lo tanto, para finales de enero, una protesta de ciertos sectores politizados de las clases medias se había transformado en una verdadera y multitudinaria movilización popular.

Los enfrentamientos se recrudecieron en los siguientes días. El 2 de febrero grupos pro Mubarak se dirigieron a la plaza Tahrir con camellos y caballos en un intento por dispersar a los manifestantes. A pesar de la violencia desatada, el ejército no intervino y la gente no se movió de su sitio. Ante la posibilidad de una represión masiva y tras la detención y los ataques en contra de periodistas extranjeros, la comunidad internacional comenzó a agudizar sus críticas al régimen y a presionar a Mubarak para que escuchase las reclamaciones populares y evitase la represión de los manifestantes.

 

Actores internacionales

Desde el inicio de las protestas, diferentes grupos comenzaron a presionar para que la Unión Europea (UE) hiciese pública su postura sobre lo que estaba aconteciendo en Egipto. La esperada respuesta llegó el 4 febrero, cuando se dio a conocer un comunicado que instaba a Mubarak a iniciar el proceso de transición inmediatamente[27]. En este conflicto era fundamental que fuese escuchada la voz de la UE, ya que los acontecimientos estaban ocurriendo no sólo dentro de su esfera de influencia, sino prácticamente en sus fronteras. A pesar de ello, la declaración emitida fue bastante tibia y la labor de la Alta Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Catherine Asthon, fue de bajo perfil, como ha sido a lo largo de todo este tiempo. Esta pasividad se contrarrestó con los constantes llamados y declaraciones que emitieron ONGs de derechos humanos internacionales, como Amnistía Internacional y Human Rights Watch.

Estados Unidos, por su parte, a pesar de haber refrendado su apoyo al régimen en un principio, al observar la magnitud de las movilizaciones, decidió adoptar una actitud más cautelosa, instando a Mubarak a llevar a cabo una transición ordenada. El 1 de febrero, el presidente Obama habló con su homólogo egipcio y le señaló que la transición debería comenzar inmediatamente[28]. Para Estados Unidos, la situación era bastante compleja, ya que, por un lado, no apoyar a un gobierno aliado, como el de Mubarak, podría provocar temor en Israel, Arabia Saudita y otros países de la región; sin embargo, hacerlo podría traerle incontables críticas tanto fuera como dentro de su país, en un momento en que la reelección presidencial se encuentra prácticamente a la vuelta de la esquina. A pesar de ciertas críticas al exceso de declaraciones, hay cierto consenso sobre que la administración de Obama, al mantener una sana distancia, manejó adecuadamente la crisis[29]. Otro factor importante es que, para principios de febrero, ya se vislumbraba la posibilidad de que el ejército se convirtiera en el actor clave de la transición, lo que, debido a los estrechos lazos que históricamente ha tenido con Estados Unidos, terminó siendo muy conveniente para la administración Obama.

También expresaron su opinión respecto a lo que ocurría en Egipto las demás potencias medias de la región: Irán, Israel, Turquía y Arabia Saudita. Los líderes iraníes emitieron numerosas declaraciones comparando lo acontecido en Egipto con la Revolución de 1979 e incluso su líder religioso supremo, el Ayatolá Ali Jamenei, instó a los egipcios a que instauraran un régimen islámico tras el derrocamiento de Mubarak[30]. Esta posibilidad, a pesar del temor que ha desatado en Israel y Estados Unidos, es prácticamente inexistente y ha servido más como herramienta de disuasión para los grupos que buscan mantener el status quo, que como una propuesta real de cambio de régimen.

En un inicio, Israel guardó silencio frente a las manifestaciones, sin embargo, las presiones internas y externas llevaron a que el Primer Ministro, Benjamín Netanyahu, emitiera una cuidadosa declaración pidiendo que se mantuviera el acuerdo de paz entre Israel y Egipto, dando la bienvenida al avance de la democracia en el Medio Oriente y alertando sobre las fuerzas extremistas que se encontraban inmersas en la movilización[31]. Mubarak era el aliado más fuerte de Netanyahu en la región (especialmente tras las tensiones con Turquía por el enfrentamiento en el buque de ayuda humanitaria en el que murieron varios ciudadanos turcos), por lo que su caída amenaza considerablemente un equilibrio de fuerzas que ha resultado muy conveniente para la defensa de los intereses israelíes.

Erdogan, Primer Ministro turco, adoptó una postura muy contundente al pedir a Mubarak que escuchase a su pueblo y se marchara[32]. Arabia Saudita, por su parte, fue un aliado incondicional del ahora ex presidente egipcio e incluso se ofreció a apoyar a Mubarak en caso de que Estados Unidos le retirara su ayuda[33]. Muy probablemente, las relaciones con estos dos países, al igual que la correlación de fuerzas en la región, se transformarán con el cambio de régimen que se dará en Egipto en los próximos meses.

Otro actor internacional fundamental durante las protestas fue el canal de televisión qatarí Al Jazeera. Este canal tuvo que enfrentar severos embates por parte del régimen de Mubarak por las imágenes y la amplia cobertura que realizó de las movilizaciones. Entre las acciones tomadas contra la televisora, están la clausura de sus oficinas en Egipto, la revocación de las acreditaciones a sus periodistas, el bloqueo de sus transmisiones y el encarcelamiento de varios de sus miembros[34]. A pesar de ello, Al Jazeera se convirtió en el gran cronista de estas movilizaciones y se ha vuelto un interlocutor confiable entre los acontecimientos en Medio Oriente y el resto del mundo.

Aprovechando la coyuntura y en un acto de clara molestia ante las crecientes presiones que continuaban llegando desde el exterior, Mubarak recurrió a una estrategia desesperada: señaló a los extranjeros como responsables de las movilizaciones egipcias. Tratando de sustentar estas afirmaciones, se comenzaron a difundir toda clase de historias en los canales de televisión gubernamentales sobre la supuesta agenda secreta de los periodistas internacionales, acusando de agitadores tanto a medios occidentales, como a Al Jazeera[35]. Esta estrategia, más que brindarle tiempo o apoyo al régimen, demostró su desesperación y representó uno de los últimos intentos agónicos por recuperar legitimidad y apoyo popular.

 

La despedida

A pesar de estas medidas, las protestas continuaron. El 4 de febrero los manifestantes organizaron una jornada masiva que denominaron el Día de la Despedida y, un día después, Gamal Mubarak, el poderoso heredero al trono, renunció a su puesto como líder del PND. En un intento por mediar entre el gobierno y los manifestantes, Suleiman, el recién nombrado vicepresidente, llamó a un diálogo nacional el día 6 de febrero con el objetivo de acercar al gobierno y a los diferentes grupos de oposición que participaron en las movilizaciones.

A pesar de que en el diálogo se logró reunir a importantes fuerzas políticas, como el partido Wafd, el Tagammu, la Hermandad Musulmana, intelectuales independientes y el PND, faltaron importantes actores, como ElBaradei, y los movimientos de jóvenes y activistas que organizaron las manifestaciones. Samer Saeta definió este diálogo como una táctica del moribundo régimen para cooptar los partidos de oposición más moderados y dejar fuera a los jóvenes manifestantes[36]. En esta reunión, Suleiman ofreció ampliar la libertad de prensa, liberar a los presos de conciencia, establecer una comisión sobre la reforma de la Constitución y levantar, en un futuro, el estado de excepción[37]. No obstante, las negociaciones no prosperaron y los manifestantes refrendaron que no habría ningún tipo de acuerdo hasta que Mubarak abandonase el poder.

Las concesiones del régimen hacia los manifestantes se mantuvieron durante los siguientes días. Se liberó a Wael Ghonim, activista cibernético encarcelado al inicio de las protestas, y se anunció que se crearía un comité para proponer enmiendas constitucionales que aseguraran una transición pacífica. Nada de esto detuvo las protestas e incluso los sindicatos llamaron a más huelgas alrededor del país.

Para el jueves 10 de febrero, gran parte de los interesados en lo que ocurría en Egipto (desde la Agencia Central de Investigación estadounidense hasta funcionarios del gobierno egipcio) estaban convencidos de que Mubarak, en el discurso que planeaba dar ese mismo día, iba a renunciar a su puesto. Para sorpresa de todos, el aguerrido presidente anunció su compromiso de mantenerse al frente del Ejecutivo. Sin embargo, para este momento, la situación ya era insostenible. Un día después, el 11 de febrero, el vicepresidente Suleiman anunció que Hosni Mubarak, tras casi treinta años en el poder, renunciaba a su puesto, transfiriendo toda su autoridad a un consejo de militares que se encargaría de vigilar el periodo de transición hasta que se llevaran a cabo elecciones en el mes de septiembre[38].

 

Conclusiones

El futuro se ve complejo para Egipto y sus habitantes. La experiencia histórica nos dice que la parte más dura de toda revolución no es el derrocamiento inicial del enemigo común (en nuestro país vale la pena recordar lo ocurrido con Porfirio Díaz o con Victoriano Huerta), sino cuando comienzan las luchas de diferentes facciones por controlar y mantener el poder. En el caso egipcio, la presencia de los militares es una apuesta que sigue siendo muy arriesgada, ya que, si bien es innegable que pueden prevenir el caos y el enfrentamiento entre facciones, sigue latente la posibilidad de que conviertan una genuina movilización popular en un golpe de estado militar que beneficie a una elite muy cercana no sólo al régimen que se buscó erradicar, sino a los intereses de Israel y Estados Unidos. En teoría, los militares estarán en el poder hasta las elecciones presidenciales de septiembre, por lo tanto, desde ahora se barajean posibles candidatos, entre los que destacan ElBaradei, Ayman Nour y Amr Moussa, secretario general de la Liga Árabe.

Es importante señalar que si no se llevan a cabo prontas reformas que se reflejen en  mejoras de las condiciones de vida de la población en general, muy probablemente continuarán las movilizaciones. Los egipcios han descubierto el poder y la capacidad que tienen para promover cambios y hacer escuchar sus voces. Están altamente moralizados y politizados, por lo que las presiones por fortalecer el diálogo y llevar a cabo las transformaciones anunciadas muy probablemente se mantendrán durante los próximos meses. Esto representa un rayo de esperanza frente a la latente posibilidad de que Egipto se convierta en una dictadura militar.

Sea cual sea el destino de Egipto, es fundamental que el grupo o sector que controle de aquí en adelante el poder político tome en cuenta la importancia de legitimarse ante una sociedad civil que ya demostró su capacidad de movilización y convocatoria. Uno de los graves errores de Mubarak fue minimizar la necesidad de legitimar su régimen frente a su pueblo. A manera de burda comparación, en el caso de México, cuando el pragmático Partido Revolucionario Institucional (PRI) se dio cuenta de que era incapaz de legitimarse a través del crecimiento económico, llevó a cabo una serie de reformas políticas promoviendo la pluralidad partidista y la alternancia, lo que le ha permitido, hasta la fecha, mantener su peso dentro del sistema político mexicano. Por lo tanto, aunque lo más conveniente en el caso de Egipto sería que la legitimidad proviniera directamente de las urnas, puede no ser así, y entonces habría que encontrar otras herramientas, como un crecimiento económico sobresaliente o un discurso de política exterior mucho más nacionalista y atrayente (como en el caso de Siria), para justificar el control del poder político ante la población.

En materia económica, Egipto aún tendrá que enfrentar retos importantes para poner nuevamente en marcha algunos sectores que se han visto severamente dañados, como el turístico, y recuperar la confianza de los inversionistas. Egipto no es un exportador de petróleo importante, sin embargo, desde el inicio de las manifestaciones se temía sobre las posibles las repercusiones que habría a nivel internacional en caso de que se cerrara el paso por el canal de Suez o de que las revueltas llegaran a países como Libia o Arabia Saudita[39]. Aunque la posibilidad de que se cierre el canal a estas alturas es casi inexistente, los acontecimientos recientes en Libia demuestran que los temores occidentales no eran injustificados. El aumento acelerado de los precios del petróleo tras el descenso abrupto de las exportaciones libias y las olas de refugiados que han provocado las movilizaciones en este país del norte de África tendrán consecuencias a nivel internacional que, en este momento, todavía cuesta mucho vislumbrar.

Dejando de lado el aspecto económico, es importante mencionar que sigue presente la posibilidad de que lo ocurrido en Egipto inspire a otros movimientos en países con regímenes igualmente autoritarios, como China o Rusia, en donde un cambio de esta naturaleza tendría innegables repercusiones en el equilibrio de poder mundial.

Con respecto a la relación de Egipto con Israel, aunque un gobierno democrático podría producir algunos cambios, especialmente en el bloqueo impuesto a Gaza[40], lo más probable es que no se perjudique la cordialidad ni se rompan la paz o los Acuerdos de 1979. Incluso en el remoto caso de que la muy temida Hermandad Musulmana llegara al poder, muy difícilmente habrán transformaciones radicales, ya que la Hermandad está a favor de la consolidación de un Estado laico y no tiene entre sus objetivos el revocar o eliminar los mencionados Acuerdos de Paz[41]. Sin embargo, esto no quiere decir que se mantendrá el status quo, ya que innegablemente habrán cambios muy importantes en el equilibrio de fuerzas de la región y habrá que observar si favorecen a actores como Estados Unidos, la Unión Europea o China, o si contribuirán a destrabar las negociaciones en el conflicto árabe-israelí.

La revolución egipcia fue un ejemplo de civilidad y madurez. Tanto los manifestantes, como los militares y las autoridades se distinguieron por su mesura y capacidad organizativa. A pesar de que los resultados de las movilizaciones hasta la fecha podrían calificarse como ambiguos, es innegable que el derramamiento de sangre fue mínimo y que se ha podido mantener el control de la situación y evitar más enfrentamientos y violencia. Desafortunadamente, en este caso, para consolidar el cambio por el que los egipcios salieron a protestar a las calles, no es suficiente con controlar lo que ocurre al interior del país. La gran amenaza para la revolución en este momento, al igual que en su primer impulso, proviene del exterior, concretamente, de su vecino: Libia. Las oleadas de refugiados y la violencia que ha desatado Gadaffi contra la población civil amenazan con desestabilizar un frágil Egipto, lo cual podría abrir un nuevo capítulo mucho más agresivo y sangriento de esta, hasta el momento, ejemplar revolución.

 

 

NOTAS


[1] Marius Deeb, «Arab Republic of Egypt », en David Long, Bernard Reich y Mark Gasiorowki (eds.)The Government and Politics in The Middle East, Boulder, Westview Press, 2010, p. 415.

[2] Se calcula que Estados Unidos ha brindado 1.5 miles de millones de dólares anuales al ejército egipcio y le ha proporcionado todo su armamento moderno. The Economist, «When allies tumble », The Economist, vol. 398, número 8719, 5 de febrero de 2011, p. 33.

[3] M. Deeb, op. cit., p.  423.

[4] Vickie Langohr, «Too Much Civil Society, Too Little Politics?», en Marsha Pripstein Posusney y Michele Penner Angrist (eds.), Authoritarism in the Middle East Regimens and Resistance, Boulder y Londres, Lynne Rienner Publishers, 2005, p. 200.

[5] M. Deeb, op. cit., p. 416.

[6] Raymond William Baker, Islam without fear. Egypt and the New Islamist, Cambridge y Londres, Harvard University Press, 2003, pp. 2-3.

[7] V. Langohr, op. cit., p. 199.

[8] Asef Bayat, Making Islam Democratic. Social Movements and the Post-Islamic Turn, Stanford, Stanford University Press, 2007, p. 143.

[9] Phillip C. Naylor, North Africa A History from Antiquity to the Present, Austin, University of Texas Press,  2009, p. 201.

[10] Ibid., p. 415.

[11] Idem.

[12] Nuria Tesón, «Los Hermanos Musulmanes se retiran de las legislativas egipcias», El País, Madrid, 1 de diciembre de 2010. Obtenido de http://www.elpais.com/articulo/internacional/Hermanos/Musulmanes/retiran/legislativas/egipcias/elpepiint/20101201elpepuint_27/Tes, consultado el 11 de febrero de 2011.

[13] Marta Tawil, «Diálogos de política exterior. El eje tripartita sirio-saudita-egipcio y la política de poder de Siria 1991-2007», Estudios de Asia y África, vol. 44, número 2, mayo-agosto de 2009, p. 237

[14] Roberto Marín Guzmán, «El fundamentalismo islámico en Egipto (II). Los grupos neofundamentalistas en Egipto: las doctrinas de al-uzla al-shu´uriyya y de al-hijra y sus reacciones», en Luis Mesa Delmonte (comp.), Medio Oriente Perspectivas sobre su cultura e historia, México, El Colegio de México, 2007, pp.153-155.

[15] M. Deeb, op. cit., p. 412.

[16] V. Langohr, op.cit., pp. 199-200.

[17] Federico Steinberg, «Economía y crisis en Egipto», Madrid, Real Instituto Elcano, 6 de febrero de 2011.   Obtenido de  http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/prensa/actualidadelcano/steinberg_economia_crisis_egipto, consultado el 11 de febrero de 2011.

[18] Fareed Zakaria, «The revolution», Time, vol. 177, número 6, 14 febrero de 2011, p. 18.

[19] Ibid., p. 195.

[20] Ibid., p. 200.

[21] Ibid., p. 216.

[22] Rodrigo Azaola Illoldi, Banquete para las algas marinas: cultura y política en Egipto contemporáneo,

México, El Colegio de México, 2007, pp. 9-10.

[23] A. Bayat, op.cit., p. 137.

[24] Clay Shirky, «The Political Power of Social Media», Foreign Affairs, vol. 90, número 1, enero-febrero de 2011, pp. 35-38.

[25] Bobby Ghosh, «The revolutionaries», Time, vol. 177, número 6, 14 febrero de 2011, p. 29.

[26] Peter Bouckaert, «Egypt: Documented Death Toll From Protest Top 300», El Cairo, Human Rights Watch, 8 de febrero de 2011. Obtenido de http://www.hrw.org/en/news/2011/02/08/egypt-documented-death-toll-protests-tops-300, consultado el 10 de febrero de 2011.

[27] Ricardo Martínez de Rituerto, «Los Veintisiete exigen que la reforma política en Egipto ‘empiece ya’», El País, Madrid, 4 de febrero de 2011. Obtenido de http://www.elpais.com/articulo/internacional/Veintisiete/exigen/reforma/politica/Egipto/empiece/elpepuint/20110204elpepuint_15/Tes, consultado el 11 de febrero de 2011.

[28] The Economist, «When allies tumble», op. cit., p. 33.

[29] Aaron David Miller, «Who Lost Egypt: Not Obama for Sure», Foreign Policy, Washington D.C., The Washington Post Company, 11 de febrero de 2011. Obtenido de  http://www.foreignpolicy.com/articles/2011/02/11/who_lost_egypt_not_obama_for_sure, consultado el 11 de febrero de 2011.

[30] Ángeles Espinoza, «Irán pide la instauración de un régimen islámico», El País, Madrid, 4 de febrero de 2011. Obtenido de http://www.elpais.com/articulo/internacional/Iran/pide/Egipto/instauracion/regimen/islamico/elpepuint/20110204elpepuint_6/Tes, consultado el 11de febrero de 2011.

[31] The Economist, «Bad news for the Jewish state», The Economist, vol. 398, número 8719, 5 de febrero de 2011, p. 32.

[32]Ricardo Martínez de Rituerto, «La Eurocámara arremete contra Ashton por dejar pasar el tren de la historia», El País, Madrid, 3 de febrero de 2011. Obtenido de http://www.elpais.com/articulo/internacional/Eurocamara/arremete/Ashton/dejar/pasar/tren/historia/Egipto/elpepiint/20110203elpepiint_6/Tes, consultado el 11de febrero de 2011.

[33] Reuters, «Abdulá apoyará a Mubarak si EEUU retira ayuda al Gobierno egipcio», Londres, Agencia Europa Press, 10 de febrero de 2011. Obtenido de http://www.europapress.es/internacional/noticia-abdula-apoyara-mubarak-si-eeuu-retira-ayuda-gobierno-egipcio-20110210152721.html, consultado el 12 de febrero de 2011.

[34] Hugh Miles, «The Al Jazeera Effect», Foreign Policy, Washington D.C., The Washington Post Company, 8 de febrero de 2011. Obtenido de http://www.foreignpolicy.com/articles/2011/02/08/the_al_jazeera_effect, consultado el 12 de febrero de 2011.

[35] Peter Bouckaert, «Egypt’s Foreigner Blame Game», Foreign Policy, Washington D.C., The Washington Post Company 9 de febrero de 2011. Obtenido de http://www.foreignpolicy.com/articles/2011/02/09/egypts_foreigner_blame_game?page=0,2, consultado el 12 de febrero de 2011.

[36] Samer Shehata, «Dialogue of the Deaf», Foreign Policy, Washington D.C., The Washington Post Company 9 de febrero de 2011, 8 de febrero de 2011. Obtenido de  http://www.foreignpolicy.com/articles/2011/02/08/dialogue_of_the_deaf?page=0,1, consultado el 12 de febrero de 2011.

[37] Enric González, «La oposición y los manifestantes desconfían de las promesas del régimen egipcio», El País, Madrid, 7 de febrero de 2011. Obtenido de http://www.elpais.com/articulo/internacional/oposicion/manifestantes/desconfian/promesas/regimen/egipcio/elpepuint/20110207elpepuint_3/Tes, consultado el 12 de febrero de 2011.

[38] Enric González, Gerogina Higueras y Nuria Tesón, «La revolución egipcia fuerza la dimisión de Mubarak», El País, Madrid, 11 de febrero de 2011, Obtenido de http://www.elpais.com/articulo/internacional/revolucion/egipcia/fuerza/dimision/Mubarak/elpepuint/20110211elpepuint_4/Tes, consultado el 13 de febrero de 2011.

[39] The Economist, «Protests and the pump», The Economist, vol. 398, número 8719, 5 de febrero de 2011, p. 85.

[40] Farid Kahhat considera que muy difícilmente un gobierno democrático, sin importar sus afiliaciones partidistas o su ideología, podría aceptar un bloqueo ilegal como el que se le ha impuesto a Gaza. «Situación actual en Medio Oriente: las crisis de Túnez y Egipto», mesa redonda, México, el Colegio de México, 10 de febrero de 2011, 17:00 hrs.

[41] Georgina Higueras, «Egipto debe ser un país laico», El País, 15 de febrero de 2011. Obtenido de http://www.elpais.com/articulo/internacional/Egipto/debe/ser/pais/laico/elpepuint/20110215elpepiint_5/Tes, consultado el 15 de febrero de 2011.

 

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Jaime Vigna Gómez (Ciudad de México, 1987). Estudió la Licenciatura en Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ferviente fanático del cine, la literatura y la pintura. Ama conocer y entender. Sueña con vivir en un departamento sin paredes.

 

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6 comentarios

  1. Moises Garduño

    abril 22, 2011 at 8:10 pm

    Oiga, que buen artículo señor Jaime… Quien fue su profe de Medio Oriente eh?? je je oiga, felicidades¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ muchas felicidades¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡

  2. Enrique Lima Lobato

    abril 9, 2011 at 12:02 am

    Hola joven Jaime te felicity por lo bien escrito y documentado que esta tu articulo. Yo también conozco a tu papa desde tiempos en que ambos sonnábamos en que seria nuestro futuro y el haber tenido la oportunidad de leer lo que escribes me hace compartir la felicidad y orgullo de tu familia viendo que ese suenno de hace mucho tiempo se ha cumplido. Un abrazo . Enrique

  3. Miguel Alberto Gómez

    abril 1, 2011 at 7:27 pm

    Muy bien estructurado y muy bien documentado. Felicidades Jaime.
    Como comentario, todo gobierno totalitario (Venezuela, Cuba,China, Países árabes, Africanos ó dictaduras de facto) deben desaparecer si queremos un mundo diferente para erradicar la miseria.
    Será Posible? Un abrazo, sobrino.

  4. Ma. Guadalupe Gómez Domínguez

    marzo 31, 2011 at 3:01 pm

    La forma como está estructurado el artículo me permitió conocer sobre esta ejemplar revolución como lo menciona el autor de este artículo. ¡FELICIDADES JAIME!

  5. Juan Roberto Reyes

    marzo 29, 2011 at 4:37 am

    Conociendo a tu padre desde hace mas de 50 años, no creo que pudiera esperarse menos. Felicidades, me gustó tu artículo.

  6. Blanca

    marzo 28, 2011 at 5:12 am

    Muy buen balance entre rigor metodológico y análisis, ¡muchas felicidades Jaimito!

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