Toda una vida

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Michelle Pérez-Lobo

 

 

Cada hombre es un astro aparte, todo ocurre siempre y nunca, todo se repite hasta el infinito y de forma irrepetible.

Danilo Kîs

 

 

Cuando niña,

tal vez con ocho o nueve años de edad,

inventé una historia

para lidiar con la incertidumbre de la muerte.

No podría decir

que fue una elaboración consciente,

madura:

era sólo un cuento,

un calmante

para mi incipiente nerviosismo.

Fallecer no era un asunto

capaz de interrumpir el sueño;

era lo que debía ser,

lo que las películas infantiles mostraban:

animales que caen en precipicios

–entre montañas como trozos de dulce–

para jamás levantarse;

bicho pequeño que devora a otro minúsculo

porque necesita luz para mover las patas.

Mi idea no planteaba evadir el fin,

ni siquiera prolongar la vida:

yo no tenía intenciones de alquimista.

Me parecía más útil

(y en esto fui calculadora y fría)

que morir fuese un trámite

para conocer con precisión

lo que hicimos durante la existencia.

Mientras las calles se alargan

como profundas líneas en las manos

y las personas sufren,

escriben libros

y caen en la desgracia,

se nos escapan los detalles más sutiles,

los recovecos llenos de células inútiles,

gran cantidad de actos cotidianos.

(Hoy, ya con estudios a cuestas,

pienso en Georges Perec,

ese ilustre archivero de carne

que definió la noción

de lo infraordinario:

lo que el noticiero no cubre,

la intrascendencia,

el ripio de los días

que entreteje cada hora,

que infla el corazón de la rutina.)

Así, surgió mi historia,

como una red para atesorar lo mundano,

aquello que, en ese entonces,

era lo único que tenía relevancia.

 

Al expirar,

cuerpo y alma aún pegados,

como las dos caras de una hoja,

y sin parecer un cadáver

moteado como un tigre

a punto de desfallecer,

yo llegaba a un sitio neutro,

ajeno a dioses y demonios y ángeles:

una habitación blanca

como un diente de leche,

como la pata de un cabrito.

Después de caminar

a lo largo de un sendero,

aparecía un escritorio alto,

de un color brillante,

como si estuviese hecho de miel;

encima, nada de papeles,

desnudez de ornamentos

y una voz detrás, sin huesos.

No era ese timbre

el verbo de un dios severo

ni el consuelo en forma de instrumento.

Un sonido discreto,

sin género definido,

me esperaba en la oficina de luz,

con total paciencia.

De un momento a otro,

comenzaba a dictar

todos los detalles

que habían constituido mi vida.

Cuando escribo detalles

me refiero a minucias,

repeticiones,

nada de trascendencia

ni heroísmo.

La voz sumaba

años y años

con gran destreza

(si existen los seres superiores,

han de ser matemáticos):

número de escalones saltados,

cantidad de dulces digeridos,

de moscas vistas

y cabellos desprendidos,

huellas que ensuciaron la alfombra,

sudor acumulado en las manos,

páginas leídas,

perros acariciados,

cantidad de palabras pronunciadas,

cifra exacta de parpadeos,

basura generada,

canciones tarareadas,

litros de orina expulsados,

uñas mordisqueadas,

moretones,

lápices utilizados,

horas de sueño,

enfermedades contraídas,

carcajadas proferidas,

minutos desperdiciados,

discusiones victoriosas

y velas encendidas.

En fin,

la estadística completa

–siempre en furiosos participios–

de qué había hecho yo

mientras pude consumir

toda el agua y el aire disponibles.

No tengo claro

qué seguía después de tal revelación:

si un arrepentimiento débil,

una alegría sin control,

o un reclamo largo

porque había una falla en la cuenta.

No sé si era entonces

cuando veía a todos mis muertos

–por los que aún no había sufrido–

y a los canes que susurran entre ellos

sus nítidos aullidos de consuelo.

La única certeza

era que la muerte consistía en ese instante

en que toda acción cobraba sentido

pues alguien, ¡qué suerte!, había tomado nota

de mis grandes proezas

en tanto yo me distraía

descifrando nubarrones.

 

Años después, la obsesión por el documento,

el rastro y la huella,

se tornó más productiva

–más adulta–.

Era necesario llevar un diario,

escribir qué había comido

y si había peleado o sonreído en exceso.

Pero esta labor

era terrible,

puro tedio y desconsuelo,

porque jamás anotaba lo que hubiese querido

y la corriente del crecimiento,

la sobrevaluada madurez,

con sus estimadas obligaciones,

me arrastraba con fuerza.

 

Ahora, ¿cómo habrá certezas?

¿Cómo sabré que no soy alguien

que ha sido imaginada por un niño

(tal vez dios tenga cinco años)

o que vive sobre una hoja en blanco

abrazada entre dos forros?

El único remedio que hoy encuentro

para este miedo duro

como una costra olvidada;

para el temor de ser el último rayo

que expulsó el Sol en una noche

llena de hartazgo;

el consuelo

es volver a la infancia,

a las verdades sencillas

y a las certezas ingenuas.

Nada de condenas

ni trascendencia:

sólo esperar

que mientras las noches se sucedan

los datos se acumulen

se registren,

en un papel de fibras infinitas,

y que algún día formen parte

de la Enciclopedia de los muertos

que imaginó antes que yo

ese eterno infante,

el genio desconocido,

Danilo Kiš,

escritor que, intuyó,

valía la pena inmortalizar

nuestras exhalaciones,

el primer día en que fumamos –sin éxito–

y la composición de nuestras lágrimas.

 

Es de suma importancia

que cuando ya no existamos,

cuando caigamos al suelo guiados por una ceguera terrible

o cuando al hablar emitamos

los ruidos que hacen las hojas al ser pisadas,

cuando lleguemos al terreno luminoso,

a la oficina donde no hay tragedias

y donde cada acción se vuelve nimia,

que alguien nos dé un recibo notariado,

un folio con mil dobleces,

donde se declare que,

efectivamente,

un humano con nuestros rasgos y manías

erró durante un tiempo en esta tierra.

 

 

 

________________

Michelle Pérez-Lobo estudió Letras Iberoamericanas en la Universidad del Claustro de Sor Juana y es editora de la sección de poesía de la revista La Peste, donde también ha publicado poemas y ensayos. Ha colaborado en las revistas Pánico, La Hoja de Arena y Cuadrivio.

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Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

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