Por encima de los guardianes

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A Male y Edgar

 

Gabriela Silva Rivero

 

 

Bueno, ya no éramos tan fans para entonces. Yo hasta había dejado de leer cómics, y Alex se había salido de clases de japonés. Pero a veces sentíamos que esto era lo único que nos mantenía juntos. Las pocas cosas que podíamos hacer sin pelear era ver animación y jugar Nintendo, y Japón aún nos llamaba. Ese verano juntamos todos nuestros ahorros y logramos nuestro sueño de prepa de visitar Japón.

Tal vez yo creía que ir allá nos iba a arreglar, o más bien, para mí era una de dos: o Japón resultaba así como nuestras fantasías y nosotros volvíamos a funcionar igual de bien, o Japón resultaba ser un país como cualquiera y nosotros hasta ahí llegábamos como pareja. Lo que pasó queda en medio, supongo. En una película nos habría re-acercado. Pero para Alex se convirtió en una cuña, en medio de nosotros y… bueno.

Pero la primera semana fue hermosa. Todo era tan nuevo como familiar, gracias a tanto manga, tanta animación. Japón era una tierra de misterios donde todo podía pasar pero no lo haría, y en la certeza de la incertidumbre nos sentimos más cerca de lo que habíamos estado en años.

***

 

Pero a todo se acostumbra el hombre: viejitas con peluca rosa en los templos, hombres con más maquillaje que cualquier ser humano debería usar, chicas de piel bronceada y cabello platinado. Las pantallas gigantes que alternaban videos de dinosaurios con comerciales de gente anunciando cerveza a gritos dejaron de impresionarnos. En cuanto dejó de haber cosas que nos distrajeran, los problemas de siempre regresaron. Yo me quejaba de su desorden, él me acusó de roncar. Empezamos a caer en largos silencios.

Estábamos en Kioto cuando Alex propuso que tomáramos una desviación a Nara, la antigua capital, donde los venados y a cuarenta minutos en tren exprés. El verano húmedo de Kioto me había dejado cansada, y el internet afirmaba que Nara era más fría. Se me ocurrió que tal vez era sólo el clima lo que nos tenía de mal humor, la humedad lo que congestionaba mi nariz y causaba los ronquidos, y hacía a Alex demasiado perezoso para poner algo de orden.

 

***

 

Al día siguiente compramos duraznos, pan, y té, para comer en el tren. La mañana era fresca, y el jugo de los duraznos escurría por nuestra barbilla. Nos limpiamos con los pañuelos que regalan en las estaciones de tren, nos reímos de lo muy gaijin que seguramente nos veíamos.

Pero los duraznos se acabaron, la temperatura subió de nuevo, y Alex comentó que deberíamos estar cerca, que ya deberíamos de estar ahí. En el mapa del recorrido, sepultado entre los anuncios y advertencias, nos dimos cuenta de que habíamos tomado el servicio local en vez del exprés: en cuanto el tren ganaba algo de velocidad la perdía para detenerse en algún pueblo desconocido. Llevábamos una hora de viaje y no habíamos alcanzado ni el punto medio.

Yo tenía sed, estaba aburrida y me urgía fumar. Me entretuve descifrando los anuncios amontonados en las ventanas: uno para una película de una chica que viajaba entre sueños, un poster de amarillo sólido para una escuela de ingeniería. Del techo colgaban banderas rojas, anunciando una revista tipo tabloide. Al igual que toda otra revista tipo tabloide en el mundo, estaba llena de mujeres desvestidas.

Tuve hasta tiempo de memorizar el tren mismo (dos sillones azules en el lado derecho, en el izquierdo uno verde y uno rojo) y espiar al resto de los pasajeros: dos chavillas de secundaria, todavía con sus uniformes, hablando a gritos o concentradas en su celular, un ama de casa con vegetales recién comprados, un hombre de traje, una mujer con tanta sombra de ojos que me recordaba a un panda, y un hombre mayor con un sombrero occidental.

Ya no teníamos de que hablar. Alex no se rió cuando le dije que la mujer parecía panda, estaba callado y en su silencio lo oía culpándose a sí mismo por no haber leído bien las señales, y culpándome a mí de no haber revisado bien, culpándome de haber confiando en él así, a ciegas. Propuse que nos bajáramos en la siguiente estación, para estirar las piernas al menos. La verdad es que no estaba interesada en hacerlo sentirse mejor, pero necesitaba un cigarro y algo de beber.

El pueblo en el que nos detuvimos era tal vez más pequeño que todos lo que habíamos pasado. Un letrero oxidado por encima de la estación (dos plataformas conectadas por un puente) llevaba el nombre «Kamikoma», escrito en japonés simple debajo de los kanji. De esos, uno significaba «Arriba» y el segundo no lo reconocí. Yo saqué mis cigarros, Alex sacó su diccionario y se puso a buscar el segundo ideograma.

—Raro –dijo después de un rato–. Significa algo así como «perro guardián». ¿«Por encima del perro guardián»? ¿«Arriba del guardián»?

Yo me encogí de hombros. No vi ningún perro guardián en la estación, y el siguiente tren iba a pasar en una hora. Subimos al puente, que se sacudía al caminar. Kamikoma estaba en mi definición de la mitad de la nada: campos de arroz atrás, campos de arroz adelante. El pueblo era un puñado de casas blancas, pre-construidas en plástico al estilo de los años setenta. Cada casita con su jardín, cada jardín con pantalones de mezclilla y camisetas en tendederos de plástico. Las vías del tren eran lo más moderno a la vista. Cuando aventé mi colilla, cayó entre hojas secas y humeó por un rato antes de apagarse.

Tal vez fue porque en un lugar tan pequeño no estaban acostumbrados a los turistas, pero cuando le intentamos mostrar nuestros pases al guardia de estación éste se inclinó a buscar algo bajo su escritorio, y permaneció así hasta que nos retiramos. En el pueblo, la gente evitaba mirarnos, y una señora escupió al suelo al pasar. El dueño de la única tienda que encontramos se retiró al fondo y se negó a salir.

Era la primera vez que nos sucedía algo así. A Alex no le molestó, pero yo fumé con saña y cada colilla que tiraba al piso era venganza.

***

 

Cuesta abajo, las calles se volvieron callejones de loza cubierta de moho. Las casas, aunque aún nuevas, no eran prefabricadas, y desde los pisos superiores había siluetas siguiéndonos, algunos cerraban sus persianas de golpe. Me sentía tan sola como observada, perseguida por el ruido de persianas. Cada vez había más moho, hasta que nuestras botas dejaron de hacer ruido alguno; cada vez había más humedad, hasta que mis cigarros se negaban a prender bien. El cielo era de un azul bajo, tan cercano a nuestras cabezas que parecía pesar, y un par de minutos después yo estaba agotada. Ninguno de los dos podía hablar.

Finalmente vimos un parque al fondo de la calle, pequeño y bien cuidado, con un par de bancas de hierro y un mini-carrusel con tres caballitos color pastel. Atrás había bosque, y la tierra subía de nuevo hacia una montaña lejana: el parque estaba verdaderamente hundido, con laderas hacia todos lados. Alex corrió a sentarse en una, yo no alcancé a tanto, y me arrastré hasta uno de los caballitos del carrusel y me dejé caer en él. Si el aire en Kioto era húmedo, el de Kamikoma era pegajoso, como si intentara cerrarte los pulmones desde dentro. El pelo se me pegaba a la cara, la ropa a la piel, respirar se volvió un reto.

Estábamos frente a los perros guardianes de Kamikoma.

Dos estatuas de piedra blanca, perros con cabezas enormes y garras de gato. Bigotudos, feroces, uno con el hocico abierto en un rugido de piedra, el otro con una mueca, casi una sonrisa que dejaba ver sus dientes. Alrededor del cuello llevaban un collar de tela roja con una cuenta dorada al centro, pero recuerdo que estaban cubiertos de un tinte verde, tal vez el reflejo de la luz sobre el moho, que hacía las sombras más pronunciadas. Los dos parecían muy crueles.

Atrás había una torii, un arco sintoísta rojo que enmarcaba un santuario de madera. Todo me parecía mucho más nuevo de lo normal: la laca de los pilares brillaba, las bisagras del santuario parecían recién pulidas. Los perros, también, sentados en sus pedestales de piedra, estaban libres del moho que invadía todo alrededor.

Yo los miré y los miré, hasta que Alex se empezó a reír.

—Ya entendí –exclamó, entre jadeos–. Las estatuas están aquí abajo, y el pueblo queda cuesta arriba… está literalmente arriba de los guardianes.

Siguió riendo. Yo recuerdo haber pensado que la idea no era chistosa, o al menos no para reírse tanto.

—¿De qué sirven aquí abajo? –Alex se acercó al perro congelado a medio rugir– Seguro tiene hambre. ¿O no? ¿Quién tiene hambre? ¿Quién?

—Deja al perro en paz, Alex. Seguro es sagrado o…

—No seas pesada, hombre –y siguió hablándole al perro con voz de idiota–.  ¿O no? ¿Verdad que Julia puede ser bien pesada? ¿Eh?

—No mames. Nos va a dejar el tren, vámonos.

—Ya, no te pongas así –como un último reto, palmeó la cabeza del perro guardián–. Te portas bien, amigo. Ahí nos vemos.

Y con el último palmeo, de alguna forma, la roca cedió y la estatua se desmoronó al suelo. Alex quedó pálido, aún con la mano en el aire, desde el carrusel yo me cubrí la cara con las manos.

—¡Carajo, Alex! Tenías que tocarlo, ¿verdad? –en ese momento me importaba menos la estatua, o el fuego que había causado sin querer en las vías. Me enojaba que no me hubiera oído, que en vez de encararme le hubiera hablado a la estatua–. ¿En cuánto nos va a salir tu chistecito? Seguro era patrimonio de la humanidad…

– ¡Pero sólo la toqué! No puede ser.

– ¿Qué, entonces? Las cosas no se rompen…

Me interrumpió un sonido mecánico, parecía que caía del cielo. Mejor así: iba a decir algo obvio, «las cosas no se rompen solas» o semejante.

Había una sombra encima de nosotros, tan cercana que la forma quedó desfigurada. Me tomó trabajo reconocer que era un avión. Gordo, con nariz de hélice, desraizó el aire, nos rodeó de polvo y después se levantó por encima de Kamikoma.

Alex fue el primero en reaccionar.

—Mira, nadie nos vio. Vale madres la estatua, ¿sí? Vámonos y ya.

Recogió su mochila y se dio la vuelta para salir del parque. Yo lo iba a seguir, porque lo que él había dicho era verdad: dejar el pueblo, antes de que alguien viera la estatua, antes de que volviera el avión, era la única opción. Pero al intentar levantarme, el poni metálico en el que estaba apoyada rechinó –el pilar se dobló en dos, rojo ladrillo por el óxido, y el caballo cayó al suelo y se partió en dos. Yo caí de espaldas, y Alex empezó a gritar,

—¡Qué chingadas, Julia!

—¡No fui yo…!

—¿Qué, entonces? –empezó a imitarme, pero tomó aire, se acercó al caballo, y siguió–. Mira, la cosa esa ya estaba muy jodida. Vámonos sin tocar nada más y ya.

Pero no había estado tan jodido, eso lo había visto yo. El caballo en el que yo me había recargado era casi nuevo, con ojos de canica y piel rosada. El animal en el suelo era verde desteñido, y del estómago roto le asomaban los resortes como tripas plateadas, alguien le había arrancado los ojos. Aun desde el piso podía ver que los otros dos caballitos habían cambiado también: estaban cubiertos de polvo negro y grafiti, los ojos vacíos, las cuencas rodeadas de óxido naranja. Todo el parque había cambiado, sin que yo notara cuándo… tal vez cuando Alex tocó la estatua, o al pasar el avión, no hay cómo saberlo.

Justo entonces volvió el ruido de motores, más lejano, pero sin duda el mismo: tres aviones en el cielo, pintados de verde con una estrella blanca en el costado. Parecían ilustraciones de un libro de historia, y no sé por qué bajé los ojos de nuevo al santuario de madera, también el santuario se veía viejo. Pensé que no era que las cosas hubieran ganado años sino que los habían perdido, tal vez, y mientras yo pensaba eso oí un silbido en el aire, vi algo caer desde los aviones y golpear la tierra.

Hubo una erupción de sonido desde el bosque, sonido y calor y tierra, o al menos así lo recuerdo, sonido que me tiró al suelo y calor que me quemó las pestañas y las cejas. Pensé que era el perro guardián que aún quedaba de pie, aullando de ira… un instante: después caí y todo olía a humo. Me dolían los oídos, la cabeza, los ojos. Cuando levanté la cabeza vi a Alex pasar a mi lado corriendo, de vuelta al pueblo. Yo no le importaba entonces: el santuario atrás de los guardianes estaba en llamas, y el único perro que quedaba era aún más siniestro cubierto en llamas y hollín.

Corrí tras de Alex por la pendiente, donde el pueblo estaba construido de madera y ladrillo en vez de plástico. En los jardines había yukatas de algodón colgadas en los patios junto a uniformes color verde olivo. La primera explosión había golpeado lejos, en la montaña, y aun así nos había alcanzado. Pero la segunda golpeó más cerca, y la tercera y cuarta y quinta siguieron una a la otra. Alex estaba demasiado lejos, escondido entre los escombros y los gritos, y yo corría sin dirección, sólo buscaba escapar de las llamas.

Kamikoma se quemaba, décadas en el pasado. De eso me di cuenta al correr, aunque no lo entendí entonces. Los guardianes nos echaron, furiosos con uno de nosotros, o con los dos…

En ese momento podía sólo buscar espacios de luz entre el humo, y esperar que me sacaran del fuego. Mi pecho se sentía rojo, cansado, mis piernas no dejaban de temblar desde la primera bomba. Pero no dejé de correr, de llamar a Alex para que no se olvidara de mí.

Salí a la calle principal de golpe, pisé algo y resbalé al suelo. Me di la vuelta: había una mujer muerta, sin cabello, cubierta de ampollas rojas por el fuego. Me había tropezado con su brazo, y el hueso había quedado al descubierto, mi bota había arrancado la piel, la carne, la grasa…

Ahí habría quedado, dando gritos, pero alguien me tomó de los hombros y me puso de pie.

—¡El tren! –Alex me gritaba, y aun así no podía oírlo–. ¡El tren!

Un sonido penetraba el ruido de los motores de avión y de las bombas, recuerdo sólo que me pareció moderno, o más bien, cercano. Corrimos, a través de los cuerpos quemados, por el fuego y un olor que no quiero describir, por las escaleras y el puente; llegamos a la plataforma cuando las puertas ya estaban abiertas.

Adentro estaba fresco y silencioso. Me colgué de uno de los tubos de metal y me dejé caer al piso. Alex se sentó junto a mí.

Cuando levanté la vista, vi banderillas rojas colgando del techo. Un póster color amarillo para una escuela de ingeniería, y un anuncio de una película acerca de una chica que viajaba por sueños.

Alguien habló, no entendí quién. Junto ante mí estaba el viejo con sombrero occidental, y el hombre de traje. En el sillón azul frente a nosotros iba la mujer con maquillaje de panda, el ama de casa con sus vegetales y las niñas de secundaria con sus celulares. Todos nos miraban, los dos extranjeros que habían entrado como en asalto al tren.

La joven de maquillaje se inclinó hacia nosotros y nos preguntó en inglés si estábamos bien.

Yo me miré las manos –tenía tierra, pero sólo eso. Sin hollín, sin quemaduras ni sangre, mis botas estaban limpias de piel. Mis cejas y pestañas seguían en su lugar. Miré a la mujer sin entender nada, en sus pupilas me veía perfectamente normal. Alex respondió que no pasaba nada y se arrastró a uno de los sillones. Él también estaba limpio, pero con piel gris y pastosa, la camisa pegada al pecho con sudor.

Yo me quedé en el piso, abrazada al tubo de acero, frío contra mi piel, que debería haber estado ardiendo por las llamas. Las niñas de secundaria dijeron algo, se rieron y reanudaron su conversación, la mujer volvió a su libro. Yo miré a Alex, él volteó a ver el suelo, y se mantuvo callado hasta que llegamos a Nara.

 

***

 

Terminamos por adelantar el vuelo de regreso. No recuerdo nada de lo que pasó en Nara, y la idea de seguir hasta Hiroshima me daba náuseas. Pagamos la multa, era mejor que seguir así.

En la línea para registrar el equipaje Alex me confesó que se sentía culpable: por haber tocado la estatua, y por no haberme ayudado a escapar de la primera bomba.

Yo le dije que no me importaba, que todo mundo habría reaccionado igual. No le dije que yo creía que cada bomba era una respuesta a las colillas que había aventado, que pensaba que tal vez los guardianes me castigaban a mí por igual. Lo dejé cargar su culpa.

No quedaban lugares juntos en el avión. Nos sentamos separados, y yo dormí todo el vuelo. La última vez que lo vi fue en movimiento, al pasar en un taxi de aeropuerto mientras yo esperaba el mío. De Kamikoma también me queda un recuerdo en movimiento: la vi través de las ventanas del tren, adormilada, sin humo, sin fuego. Intocada.

 

 

 

 

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Gabriela Silva Rivero (Ciudad de México, 1985) estudió Lengua y Literatura Moderna Inglesa en la UNAM, actualmente realiza una maestría en la Universidad de Essex. Su primera novela, Los doce sellos (Ítaca, Ciudad de México) fue publicada en 2009.

Twitter: @huesodeliebre

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Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

1 comentario

  1. Paulina

    septiembre 10, 2012 at 10:33 pm

    No se cómo se llame este género, pero me encanta!

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