Margen de error

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Luis Reséndiz

But in utopia, every man is a cunning lawyer.

- Thomas More, ‘Utopia’.

 

 

 

1997

Salvador Carrasco abrió los ojos y contempló el techo azul de su habitación. Apagó la alarma que reverberaba en sus oídos y se paró, apesadumbrado, a encender el bóiler. El intento resultó infructuoso: se había terminado el gas. Tiritó ante la perspectiva de tener que bañarse así, con el implacable frío del cerro de Xalapa. Instantes después se introducía en la regadera, bajo heladas gotas de agua que le aguijoneaban todo el cuerpo. Finalmente despertó de forma mucho más brusca de lo que le hubiera gustado y comenzó a vestirse con presteza con el uniforme del joven aspirante a burócrata: camisa blanca, adecuadamente lisa; pantalón de vestir con perneras que terminaba exactamente donde comienza la suela del zapato; una delgada corbata negra y un ligero saco.  Miró su imagen en el espejo; juzgó que era el vivo retrato de la licenciada corrección y, 2o minutos después, se apersonaba impecablemente vestido en la Facultad de Derecho de la Universidad Veracruzana. Saludó a varios compañeros que conversaban fuera del aula –702, el último salón en el que  tomaría clases antes de terminar la licenciatura– y entró, aún con restos de frío colgándole de las orejas.

* * *

Decenas de papeles, desperdigados por su minúsculo escritorio, dieron la bienvenida a Salvador al llegar al despacho donde trabajaba por las tardes. Su jefe era un viejo y gordo abogado litigante especializado en jinetear los pagos de los escasos clientes que se paraban en su despacho, fruto de las viejas glorias que su padre, gran abogado y respetado catedrático de la facultad de Xalapa, le había heredado al morir. Disfrutaba especialmente prometiéndole a Salvador la posibilidad de comenzar a litigar inmediatamente, aunque cada caso nuevo que llegaba era invariablemente cedido al hijo torpe del abogado, un imbécil que cursó tres semestres con esfuerzos en la escuela y que desde su llegada había mostrado una escasísima habilidad para el trabajo pero un enorme interés en la pornografía japonesa que contemplaba a todas horas en su oficina.

La labor de Salvador consistía en ordenar expedientes viejos, hacer llamadas telefónicas de cobranza y de consulta, transcribir las demandas horriblemente redactadas, denuncias y oficios necesarios para los casos en turno, ir por dos litros de horchata a eso de las cinco de la tarde y por las tres órdenes de hot dogs al parque Juárez alrededor de las siete de la noche, sacar las copias, pagar los recibos de agua, electricidad, teléfono y televisión por cable , entre otras labores elegantemente definibles como extrajurídicas. Cualquier otro, incluido él mismo, diría que era el gato del despacho. Llevaba en ese lugar poco más de un año –fue donde encontró pronto acomodo para el servicio social–  y, una vez terminado éste, le ofrecieron quedarse por una paga que parecía suficiente y la promesa de comenzar a litigar lo antes posible. Esta promesa expiró rápidamente ante los ojos de Salvador, quien se vio obligado a permanecer allí cuando menos hasta la llegada de su título: había facturas que pagar mes con mes, y nadie tenía interés en contratar a un joven pasante de abogado sin experiencia, influencia o apellido destacado en el mundo de los leguleyos locales. La opción de volver a su antiguo empleo de cajero en Walmart, o a cualquier otra variante de mctrabajo imaginable, estaba también completamente descartada.

Salvador contempló el montón de amarillentos papeles y miró un post-it sobre ellos. Ordenas todo y te vas por la cena y terminas de redactar la demanda de doña Gracia que hay que presentarla mañana URGE. En firme pleito con la vida, tras un largo suspiro, comenzó a clasificar los expedientes en el húmedo rincón que le correspondía en el despacho.

 

*

Antonio Leiva

Antonio Leiva nació en 1941 en Xalapa, Veracruz. Hijo de Fedro Carpizo, nunca vivió con su padre, casado ante los ojos de la sociedad xalapeña con Mariana Gutiérrez. Leiva era hijo ilegítimo de Carpizo, quien no pudo heredar el apellido ni a él ni a su hermano, Arturo. La madre de ambos, Helena Leiva, era lo que usualmente se conoce como la querida de Fedro Carpizo. Con todo, Carpizo siempre quiso notablemente a la familia que formó con Helena; y con especial devoción paterna, a Antonio. Durante toda su vida cuidó como si no fuera un padre ausente de los Leiva y, de no ser por su muerte prematura, hubiera seguido haciéndolo por muchos años más. Al morir Fedro Carpizo, Helena Leiva intentó pugnar por la parte que les correspondía de la herencia. Fracasó irremediablemente: pese a que en su testamento Fedro, abogado de profesión, estipulaba claramente una fracción destinada a los Leiva, Mariana Gutiérrez y su hijo Tomás pelearon con acritud en los juzgados para impedir que esta herencia llegara a manos de los Leiva. Finalmente, y después de una querella que duró largo tiempo, lo lograron: Helena Leiva y sus dos hijos quedaron impedidos de obtener cualquier bien que hubiera pertenecido al hombre que los hizo familia.

Antonio Leiva pasó su infancia admirando a su padre, y cuando cumplió 19 años se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad Veracruzana. Allí conoció a su medio hermano, Arturo Carpizo, con el que se lió a golpes tres veces a lo largo de la carrera –la última casi deriva en la expulsión de ambos–, pero también conoció a varios amigos leales: muchos de ellos, incluso, hijos de antiguos camaradas de su padre, enterados del pleito entre las mujeres de Fedro, decidieron, en honor a la memoria de Carpizo, ayudar a su hijo de la forma que a él le hubiera gustado. Cuando Antonio Leiva egresó de la Facultad de Derecho, le fue asignado –tras apenas un año en los juzgados– el puesto de juez en Coatzacoalcos. Fue allí donde conoció el manejo de las influencias, el dinero y las mañas en la impartición de la justicia. Dotado de una inteligencia filosa y amplio poder de convencimiento, Leiva ascendió con rapidez en la estructura casi mafiosa de la función pública. Su último puesto en ella, en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público del estado de Veracruz –tras diez años de movimientos y ascensos en toda la república– le dejó suficiente dinero para independizarse del gobierno y poner su propio despacho. Su amplia experiencia en todos los ámbitos del derecho público y privado y los amplios conectes y compadrazgos finamente hilados durante diez años lo convirtieron rápidamente en una figura conocidísima y efectiva en la ciudad y sus alrededores. Varios casos dudosos llegaron a él –un par de asesinatos en los que se vieron involucrados un ex alcalde y un jefe de la policía de Xalapa– y fue su firmeza y nula capacidad de titubeo las que los llevaron a buen puerto, aumentando considerablemente su capital, político y económico,  y permitiéndole, incluso, encarcelar casi de por vida a su medio hermano, Arturo Carpizo. La venganza fue consumada, y su vida continuó prosperando durante varios años más: su despacho creció hasta convertirse en el más importante de la ciudad y él en un respetado profesor de la Facultad de Derecho.

Un 16 de febrero de 1994 fue asesinado mientras desayunaba en un restaurante cercano a la Facultad de Derecho por tres tiros de una calibre .32. La sangre que manó de los agujeros de bala se escurrió sobre su propio desayuno –huevos motuleños– y sobre el blanco mantel de la mesa en la que comía. Nunca alguien intentó quitar la mancha y el mantel terminó, sin miramientos, en la basura. Su asesino, el hijo más joven de Arturo Carpizo, fue matado a tiros más tarde por la policía, quien no tardó en encontrarlo, en su casa, llorando con el arma utilizada para el crimen entre las manos. En el reporte oficial constó que Carpizo abrió fuego contra la policía para resistirse al arresto, pero la verdad es que el oficial a cargo era un viejo discípulo de Leiva. Cuando encontró a Carpizo con el arma, lo comprendió todo y decidió que lo mejor era abrirle la cabeza a tiros. La sangre de Carpizo manchó mucho más que la de Leiva, incluyendo la pared y el uniforme del oficial. Su esposa intentó quitar la mancha de la pared un sinnúmero de veces, pero fue imposible.

El despacho de Leiva quedó, después del luto, bajo el mando de su hijo mayor, con el que compartía nombre, un gordo torpe e incompetente cuyo único mérito fue el de ser hijo de Antonio Leiva. Fue este individuo de estudios incompletos y lúbrica afición a la pornografía, encargado de despojar del buen nombre y el lustro que tenía el despacho Leiva en apenas un par de años, quien en 1996 recibió a un joven estudiante de derecho llamado Salvador Carrasco como asistente.

 

 *

1997

 

No podía existir un peor día para Salvador que los viernes. Meses atrás, cuando comenzó el semestre y se dio cuenta, al revisar su horario, que tendría el viernes totalmente libre de escuela, se entusiasmó y propuso a su jefe en el despacho la posibilidad de trabajar ese día completo. Salvador pensaba en ganar un poco más de dinero y pasar un día entero en los juzgados o donde fuera necesario. Se equivocó rotundamente en lo segundo. Leiva le pagaba el día doble, cierto, pero sus labores seguían restringidas al despacho. Peor aún: pasaba el viernes completo cobrando por toda la ciudad en el viejo Volare destartalado que Leiva relegaba a ese tipo de misiones. Usualmente visitaba las colonias más jodidas y a los clientes más tercos, lo que implicaba tocar un sinnúmero de puertas y recibir un montón de gritos para, al final, no cobrar el total de lo esperado, llegar al despacho y enfrentar los rostros de desaprobación de Antonio Leiva y su hijo.

Aquel viernes hubo cambios en la rutina. Leiva le pidió a Salvador que se quedara en el despacho haciéndola de secretario. Teresita, la señora encargada de atender el teléfono y tomar recados, había hablado temprano para avisar que no podría ir: su nieta estaba enferma y tenía que quedarse en casa a cuidarla. La idea de pasar el día tomando y pasando recados a los Leiva no lo entusiasmaba, pero era mejor que cobrar a clientes malhumorados.

El día transcurría a través de un lentísimo goteo de normalidad. Carrasco aprovechó el tiempo sobrante, que era mucho, y la computadora desocupada para poner en orden sus finanzas del mes. Aún no pagaba la renta, el pago de su teléfono y el de alguna ropa que había comprado a crédito. Sonrió amargamente cuando vio la cantidad que le restaría para sobrevivir durante los próximos quince días, aunque sabía que poco se podría hacer al respecto. No pensaba pedir un adelanto a los Leiva, aunque estaba consciente de la necesidad de conseguir algún dinero extra. Quizá sugiriera que le pagaran cada semana y no quincenalmente, pero no sabía qué tan bien podrían tomárselo. Solían ser quisquillosos con pequeños detalles que otras personas hubieran pasado por alto.

Alrededor de las diez de la mañana, quizá un poco más tarde, sonó el timbre en el despacho Leiva. Salvador se acercó a la puerta y miró a través del ojo de buey: un tipo despeinado, con sobrepeso y con amplias ojeras esperaba tambaleante. Pensó que era un borracho impertinente y pensó en no abrirle. Otra vez el timbre y, casi inmediatamente, el grito de Antonio Leiva, padre, apurándole a abrir la pinche puerta. Obedeció y recibió un buenos días, señor, ¿es usted el señor Leiva? No, no, yo sólo trabajo aquí, ¿qué se le ofrece? Quiero hablar con el señor Leiva, abogado, ¿dónde está?, es importantísimo que hable con él. Un momento, iré a buscarlo.

Don Antonio, llamó a la puerta de la oficina de su jefe, lo buscan. ¿Quién?, gruñó Leiva sin atender. No lo sé, don Antonio, insistió mucho, dice que es importantísimo. Ve a preguntarle qué quiere y luego lo haces pasar, chavo, muévele.

Salvador regresó al recibidor y ¿cuál es su asunto?, preguntó mecánicamente. ¿Eres abogado o qué?, le espetó el desconocido. Soy abogado y trabajo aquí, señor, don Antonio me pidió preguntarle cuál era su asunto. Pues nomás le voy a decir a él, que es con quien quiero hablar y no contigo, chavo, añadió retadoramente el visitante. Pásele, señor, lo está esperando. Condujo al desconocido hasta la puerta de la oficina de Leiva, tocó con los nudillos –pase, está abierto, contestó Leiva mientras Salvador le mentaba la madre en un murmullo para sí mismo– y abrió para que el cliente entrara. Cerró sin mirar tras de sí y volvió a la computadora a seguir contemplando su deprimente contabilidad.

Pasó alrededor de media hora antes de que el desconocido saliera de la oficina, notoriamente irritado. Leiva caminaba nerviosamente detrás de él, lo que sorprendió ligeramente a Salvador –no porque su jefe fuera un hombre especialmente valiente, sino porque solía comportarse como un cerdo con todos los clientes. El abogado murmuraba disculpas en voz bajísima a las espaldas de su cliente, quien daba anchos pasos hacia el recibidor. No, no quiero disculpas, lo que no entiendo es por qué chingados nadie tiene los huevos de hacerse cargo de esto, con el lanón que les podría dejar y de seguro es algo sencillísimo para ustedes, qué mamada, de verdad, antes había cabrones con tanates dispuestos a hacer lo que fuera con tal de ganarse el pan y no muñequitas incapaces de tomar lo que les corresponde, juro que no puede ser, no puede ser.

No tengo opciones, caballero, se arrastraba Leiva, es un caso riesgoso y difícil de tomar, debe entender nuestras posiciones, las cosas ya no son como antes y los madrazos se están poniendo durísimos en estos negocios y no podemos tomarnos las libertades que nos tomábamos antes, yo le sugeriría que acuda a un despacho más pequeño o que… Paró en seco y miró a Salvador, quien ahora ordenaba los expedientes del caso de doña García. Sonrió de forma poco agradable y no importa, creo que sé cómo podríamos llevar a buen término su caso, señor.

El desconocido también se paró en seco. ¿De qué habla?, espetó. Ven, Salvador, ven. ¿Conoce a este joven? Trabaja para mí. Es un estupendo estudiante de derecho, casi casi un abogado, y acá con nosotros ha aprendido un montón. Ya nos ha llevado unos casos y puedo garantizarle que trabajar con él será como trabajar conmigo. Le he enseñado todo lo que se debe de saber del arte del litigio. El potencial cliente miró intensamente a Salvador, quien ahora se encontraba rodeado del obeso y sudoroso brazo de su jefe. No lo sé, mi lic, es un niño, parece un niño. ¿Un niño?, exclamó Leiva, ¿un niño?, no tiene usted idea, señor, permítame que se lo diga, si esto es un niño yo soy su santidad Juan Pablo II, este cabrón es perfectamente capaz de lograr lo que usted quiere y más, se lo ve joven pero lo cierto es que es un tigre, lo tengo absolutamente garantizado. La impresión de ser un cachorro de pastor alemán a punto de ser vendido llegó a Salvador, junto con otras metáforas menos favorecedoras.

El potencial cliente evaluó mentalmente a Salvador por unos segundos que parecieron minutos. No parecía dispuesto a ser timado, pero su aspecto era desesperado. Necesitaba un litigante más o menos conocido, más o menos hábil, y no había podido conseguirlo. Gruñó un poco antes de extender la mano hacia el joven abogado y espetarle qué tal, licenciado, soy Guillermo Martín, ¿dónde podemos hablar de mi asunto?

 

*

Tomás «Popeye» Martín

Nació en 1953 en Paso del Toro, Veracruz, hijo de Alejandro Martín e Irina Pérez. Su infancia fue dura como la de cualquier natural de Paso del Toro: ayudó a su padre en la albañilería desde los ocho hasta los catorce años cuando, por influencias de su tío materno, comenzó a viajar hacia los Estados Unidos de forma ilegal. Se convirtió en un pollero conocido y a los diecinueve años comenzó a traficar pequeñas cantidades de mariguana. Había dejado la escuela al terminar la secundaria y, con ella, los sueños de estudiar la anatomía humana y el funcionamiento de la respiración en los peces.

A la mariguana la siguieron las primeras dosis de cocaína  y otras drogas en llegar a esa región del estado de Veracruz. En 1975 ocurrió el primer encuentro con Juan Nepomuceno Guerra, líder del entonces naciente Cártel del Golfo, quien le deja a cargo de la zona de Xalapa y Veracruz después de una espléndida comida en el puerto de Veracruz: la propuesta nació al mediodía, con una mojarra al chile y limón, maduró con un pescado en escabeche, se consolidó con unos pulpos en su tinta y se corroboró con un firme apretón de manos acompañado de un café lechero, en el Gran Café de La Parroquia. Martín se destacó por su sangre fría con los enemigos del cártel y su afecto casi filial hacia los miembros de la organización; más de una ocasión se rumoró al interior del cártel que sería casi benéfico que el liderazgo recayera en él. Esto nunca pasó, principalmente por iniciativa de Martín, quien se sabía cómodo y seguro en su posición y prefería que fuera Guerra quien se llevara la mayor gloria y ganancia pero, también, la presión y responsabilidad que traían como consecuencia la dirección de la operación. A Nepomuceno Guerra, también, no le terminaba de convencer un veracruzano como miembro prominente de la organización, pero El Popeye llegó primero, además de haber mostrado una lealtad absoluta al cártel desde que comenzaron operaciones en conjunto.

El poder de Martín comenzó su debacle a mediados de los noventa, cuando las autoridades locales comenzaron a endurecer sus políticas respecto al tráfico de drogas y, en específico, al realizado por El Popeye. El punto más bajo de su dominio, el aparente comienzo de su caída, ocurrió en 1997, cuando un juez dio la orden de abrir un proceso en su contra por posesión de armas de uso exclusivo del ejército, gracias a un soplón que informó a la policía local del sitio exacto donde estaba su armamento. Tomás Martín fue informado del proceso y casi entró en pánico. Nunca había tenido a la autoridad tan cerca, pisándole los talones; nunca había sentido, hasta ese momento, que Nepomuceno Guerra lo dejara desamparado. Martín tomó una decisión que consideraba definitiva: recurrir a un agente de la ley, o lo más parecido a eso que pudiera encontrar, para defenderse, en lugar de las amenazas o el amedrentamiento. El viejo capo envió a Xalapa a su hijo, Guillermo Martín, a buscar un abogado con los suficientes huevos para hacerse cargo del caso. Padre e hijo pensaban que su nombre sería suficiente para lograr que cualquiera se enganchara inmediatamente con su caso, pero no contaban con lo mermada que se encontraba su imagen en el estado. Guillermo visitó los despachos de los cuatro abogados más importantes de la ciudad, sin conseguir algo concreto. Molesto, se metió a una cantina céntrica a beber una cerveza para pensar. Dos horas después, se encontraba ebrio y sin resultados. Conversaba con un tipo bastante más ebrio acerca de su problema, y éste le habló de un abogado corrupto y en decadencia que aceptaba todo tipo de casos. Martín tomó sus datos y al día siguiente, con una cruda inclemente y sin desayunar, estaba llamando a la desvaída puerta del despacho Leiva, donde un asistente con cara de hastío llamado Salvador Carrasco lo recibió sin la menor idea de la identidad del recién llegado.

 

 

 

[*] El presente fragmento es un adelanto de la novela homónima.

 

 

 

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Luis Reséndiz (Coatzacoalcos, 1988) vive, trabaja y escribe en D.F. Escribe sobre cine para Letras Libres y otras publicaciones. Ha publicado cuento en Picnic. Edita y colabora en índice, blog de crítica en Milenio. De grande quiere ser detective.

 

 

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