La amabilidad de los extraños
Ricardo Limassol Orozco
—No quiero un beso tuyo –dijo Andrea–. Quiero que me quemes con el cigarro. José Luis le preguntó por qué quería eso. Andrea dijo que eso duraba para siempre. José Luis la miró con curiosidad. Andrea parecía impaciente. —Ahí va –dijo José Luis–. No vayas a llorar. Andrea extendió su brazo derecho. José Luis presionó el cigarro por más de diez segundos. —¿No te duele? –dijo José Luis–. Estás loca. José Luis dejó de presionar el cigarro sobre el brazo derecho de Andrea. —Me gusta cómo se ve –dijo Andrea–.Y me gusta cómo se siente. José Luis no dijo nada y se fue a la cocina. Andrea se sentó en una silla y miró por la ventana.
—La chica de allá no recogió la mierda de su perro –dijo Andrea–. No soporto a ese tipo de personas tan poco responsables. Andrea prendió un nuevo cigarro. —Si las personas no fueran irresponsables, la ciudad sería un mejor lugar –dijo ella–. —Qué les cuesta –dijo José Luis desde la cocina. —No les cuesta nada –dijo Andrea–. Malditos cerdos. Lo arruinan todo. Andrea terminó su cigarro. —Ahora tengo asco de ir la tienda porque el perro cagó en la entrada –dijo ella–. —Necesitamos pan y aceite –dijo José Luis–. Ya sabes el trato: tú vas a la tienda y yo cocino. Andrea buscó un suéter.
Andrea compró el aceite en la tienda y después fue por el pan a la panadería. Caminó dos cuadras para llegar a la panadería. Afuera de ella encontró al perro que cagó en la entrada de la tienda. El perro era pequeño, aullaba y daba vueltas sobre el mismo lugar. Andrea entró en la panadería. Escogió el pan y se formó en la fila para pagar. La fila era de siete personas. La dueña del perro era la segunda persona. Andrea era la séptima. La primera persona pagó su mercancía. Ahora la dueña del perro era la primera en la fila y Andrea la sexta. —He olvidado algo importante –dijo la dueña del perro a la cajera de la panadería–. Ahora vuelvo. «No puede ser», pensó Andrea. «Estúpida mujer. José Luis me está esperando». Pasaron cinco minutos. La dueña del perro regresó con seis donas sabor chocolate. El total de su compra fue 30 pesos con 50 centavos. La dueña del perro sacó un billete de 1000 pesos de su cartera. —¿No tiene cambio? –preguntó la cajera de la panadería. La dueña del perro dijo que no. Andrea dejó la bolsa de pan que cargaba y salió de la panadería. Andrea estaba enojada. Las demás personas en la fila no se movieron.
El perro continuaba aullando y dando vueltas en el mismo lugar. «Los perros son unos idiotas», pensó Andrea. «Pero ninguno merece una dueña traga donas de chocolate». Andrea desamarró la cuerda que mantenía al perro sin oportunidad de escape. El perro se quedó quieto. —Vete –dijo–. Anda, goza la libertad. El perro seguía quieto. –¡Que te vayas, he dicho! –gritó Andrea. El perro parecía estatua de piedra. –Olvídalo –dijo Andrea–. Ya me voy a casa. El perro siguió a Andrea hasta la puerta de su edificio. –Ya dije que no me siguieras. Vete ahora. No puedes entrar –dijo ella. El perro se quedó quieto. Andrea cerró la puerta del edificio. El perro comenzó a rascar la puerta.
Andrea y el perro entraron al departamento. —¿Y este perro? –dijo José Luis–. ¿Qué hace aquí? —Es el perro que cagó en la entrada de la tienda –dijo Andrea–. Me siguió hasta aquí. —¿Por qué lo dejaste? –dijo José Luis–. ¿Y su dueña? —Su dueña ahora soy yo –dijo Andrea. José Luis no dijo nada y regresó a la cocina. Andrea volvió a sentarse en la silla. El perro subió a las piernas de ella. Andrea le dijo a José Luis que él ahora tendría que ir por el pan y ella cocinaría. —Todo está en una bolsa cerca de la caja –dijo Andrea. —Estás loca –dijo José Luis. —Anda, no te tardes –dijo Andrea–. Tengo mucha hambre. José Luis se resignó y salió rápidamente del departamento. Él también tenía mucha hambre. Andrea vio cómo José Luis corrió hacia la panadería.
Andrea continuó mirando por la ventana. En la cocina dos filetes marinados esperaban el fuego de la estufa y una tabla de madera cuidaba pedazos pequeños de tomates, chiles y cebollas. Una botella de vino sería el acompañamiento. Andrea apagó su cigarro. Miró al perro y pensó un nuevo nombre para él. Andrea se levantó para ir a la cocina. Un grito se escuchó desde la calle: era la antigua dueña del perro. Andrea cargó al perro. —Mira allá –le dijo con voz baja al perro–. Tu dueña actuando como loca. La antigua dueña del perro iba de arriba para abajo buscando un policía. Andrea seguía cargando al perro. Un policía apareció cerca de la tienda. La antigua dueña del perro corrió para hablar con él. Tropezó con la mierda que el perro había dejado en la entrada de la tienda. La donas de chocolate salieron de la bolsa y se mezclaron con el desperdicio del animal. El policía ayudó a la antigua dueña del perro a levantarse. Andrea arrulló al perro y lo dejó acostado en la silla. En la cocina Andrea abrió la botella de vino y sirvió una copa. Prendió la estufa y echó uno de los filetes en el sartén. Bebió el vino. «José Luis ya se tardó», pensó. El primer filete estaba listo. Andrea volvió a beber de la copa. El perro comenzó a ladrar. Alguien tocaba el timbre del departamento. Andrea apagó la estufa. «José Luis olvidó las llaves», pensó. Andrea cargó al perro y abrió la puerta. —Ya es hora de comer –dijo ella con voz alegre.
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Ricardo Limassol Orozco Rosales (1987) tiene un diplomado en Escritura Creativa por la Universidad del Claustro. Participó en la antología Acapulco en su tinta (Instituto Guerrerense de la Cultura, 2012). Es autor de los libros de poesía Todo menos trabajar y Jóvenes sin futuro, les habla su capitán (Juan Malasuerte, 2012).













Víctor Polanco
septiembre 9, 2012 at 10:35 pm
Tremendo final.