El canto del Uirapurú
Fernando Cruz Quintana
Algunas personas tienen la necia costumbre de no escuchar completas las oraciones y empezar a sacar conclusiones de medias frases, otras más actúan sin oír todo lo que quien está frente a ellas tiene que decir, como hizo Lucrecia justo la tarde en que le dije que no volteara de inmediato, porque detrás de ella, en la librería de la Cineteca, se encontraba Argelia, mi antigua novia.
No es difícil adivinar que estábamos sentados en el restaurante afuera de las salas. Sí lo es pensar que no hay vergüenza tan grande que haga que un adulto, supuestamente maduro y emocionalmente estable, pueda huir corriendo de cualquier sitio por culpa de la pena.
Argelia, con un libro en mano que no alcancé a reconocer, volteó al sitio en donde me encontraba con Lucrecia. Miró fijamente y frunció el ceño. ¿Seña de extrañamiento o recurso físico que le permitió mirar con más claridad a distancia? Lo ignoro, lo que sí sé es que nos vio y aun a pesar de que mi evasiva mirada hizo suertes tratando de encontrar cualquier pretexto visual en los muros de la Cineteca, la suya la condujo hasta la mesa en que Lucrecia y yo estábamos sentados.
Ante lo inevitable del encuentro, no tuve una reacción que me permitiera sortear con mayor suerte aquella tarde. Cómo no se me ocurrió que ella querría ver Muerte en los pantanos, película en la que un joven profesor de ciencias, Walt Murdock, trabaja en pro de la creación de una sociedad encargada de defender a las aves cruelmente masacradas en la zona de Miami –el filme se presentaba esa tarde dentro de un ciclo poco concurrido de películas sobre aves. Todo por restar importancia al obstinado apego de Argelia por hacerse de cualquier cosa aviar –de preferencia sobre ese pájaro extraño de bellísima voz y de nombre Uirapurú que tanto le gustaba y que nunca en mi vida había escuchado–, era una conducta muy suya que respondía a la necesidad de afirmación de ser una veterinaria de la UNAM, como si su título y su clínica veterinaria no fueran suficientemente demostrativos de ello.
¿Cuál era el porqué de mi pena ante el encuentro? Dos motivos, principalmente: en primer lugar, ella había sido quien tomara la decisión de terminar con nuestro noviazgo de seis años, cuatro meses y doce días; la segunda cuestión –aún más vergonzosa que la primera– tenía que ver con el hecho de que estuviera sentado junto a Lucrecia. El resto de los motivos son irrelevantes. En pos de resguardar intacto lo que quedaba de mi ego, hubiera ocultado a Lucrecia con una bolsa en la cabeza, pero para entonces era demasiado tarde.
Argelia nos miró fijamente hasta que logró hacer contacto visual, y se dirigió con una gran sonrisa y el semblante de asombro propio de quien encuentra a un amor pasado después de mucho tiempo (un año, cinco meses y veintitrés días).
―¡Hola! ¡Cómo estás? –dijimos al unísono y al momento de un gran abrazo que duró más de diez segundos. Saludo por demás normal para una situación que no lo era. Ojalá que nunca nos hubiéramos soltado: si intenté prolongar el estrujón mucho tiempo fue por dos sencillas razones: mi cuerpo extrañaba el suyo, y la espera de que el calumnioso sol de abril hubiera derretido a Lucrecia.
Posterior al saludo no pude escapar a hacer uso de esa estúpida caballerosidad que me fue inculcada y que siempre me había hecho pasar más penas que triunfos. Era como si mi educación fuera una conducta natural ineludible, como si un ave de pronto quisiera ladrar pero en cambio emitiera su graznido de siempre. Así, tuve que presentar a mi acompañante en medio de la mayor de las vergüenzas –tiempo atrás yo le había confiado a Argelia que únicamente en un estado de desesperación total habría salido con Lucre «la lacra», como solían decirle todos en la facultad debido a su ínfima belleza y a la refinadísima educación que la caracterizaban.
―¿Yo? –hablaba en aquel tiempo con tono altivo y confiado–, ¿con Lucre «la Lacra»? Entiende que no hay pasión que conduzca hasta ella: si existe un interés, naufraga hacia cualquier otro ser humano. Me ofendes. –Tal era el nivel de confianza y de supuesta superioridad que Argelia despertaba en mí, y que se vino abajo en tan sólo unos segundos aquella tarde en la Cineteca.
―Oye, ¿recuerdas a Lucrecia? Fue nuestra compañera en la facultad –presenté a mi acompañante, ahogado en la tristeza. –¡Por Dios! ¿Qué estás idiota?, claro que la recuerdo: es Lucre «la lacra» –me imagine que pensaba Argelia, cuando en realidad respondió con una falsa sorpresa y exceso de tacto: –Claro, Lucrecia… ¿Cómo te ha ido? ¿Cuánto tiempo sin verte?
Su conversación fue obligada y no merece ser contada, salvo la parte en que Lucrecia, tan amable como fea que era, invitó a una dudosa Argelia a acompañarnos en la mesa. Quién lo hubiera pensado, ella esperaba a alguien más, pero aun así aceptó.
Pidió solamente un café –a diferencia de Lucre, para quien la palabra gula era un vocablo vacuo: sopa azteca, una carne asada –con papas adicionales–, una ensalada y dos coca colas. Argelia platicó conmigo, con «la lacra» como testigo. Aunque la duda sobre quién era la persona que ella esperaba me mataba, me contuve de preguntarle y no de torcer el labio inferior de mi boca, como hago involuntariamente cuando algo me estresa en extremo.
Cómo me trata la vida, me preguntó en algo que para mí era una muestra de la crueldad más vil desplegada ante un corazón roto. La vida me trata mal: trabajo como empleado de Sagarpa en un departamento encargado de proveer de vacunación anual a las aves del país, creado después de la crisis de la gripe aviar. Además de eso que me hacía terriblemente infeliz, aún sigo, de 32 años, viviendo en la casa de papá y estaba tan terriblemente solo que invitaba a Lucrecia a salir de vez en cuando.
―No me quejo, Argelia, la vida me trata de maravilla –mentí con tristeza esperando que no se volviera a tocar el tema.
En un breve lapso de diez minutos hablamos de lo divertido que era ser un funcionario público, de lo bien que le iba a ella como dueña de su propia clínica veterinaria y de la película que en media hora se disponía a ver. También hablamos de cómo Lucre nunca había conseguido terminar la carrera de veterinaria y aún buscaba suerte, después de abandonar sus estudios en comunicación, en la Facultad de Psicología y en el encuentro con su verdadera vocación profesional.
Con todo lo que se dijo me humillé unas quince veces, así que de seguir ahí sentado hasta que empezara la función, lo habría hecho al menos unas cuarenta más. Ante lo desfavorable del contexto, tomé una decisión: dije que iba al baño y dejé que las dos mujeres conversaran un poco y completaran los vacíos después de mucho tiempo sin verse.
Destrozado anímicamente y con unas ganas terribles de orinar, me dirigí a verter toda mi angustia líquida en el mingitorio. Terminé. Mientras me lavaba las manos y mojaba el rostro me miré al espejo. La imagen era la de un joven obeso, notablemente cachetón y poco atractivo para cualquier mujer que se respetara un poco a sí misma –excepto Lucrecia–. En un intento por realzar mi autoestima, asumí tener un valor inexistente y me decidí a pasar con mis mujeres los veinte minutos restantes, antes de que Argelia entrara a ver su película con no sé quién. Qué cosa peor podría suceder, pensé antes de dejar los sanitarios.
Abrí la puerta. Salí y a la distancia vi a Lucre, a Argelia y a un tipo a su lado que prestaba su brazo y hombro como respaldo. Cuánto habré tardado que en mi ausencia un tipo bien parecido había entrado en escena. Evidente protagonista en la reciente historia de mi antiguo amor; no lo será en la mía.
Contrario al plan A, después de salir me oculté cual niño que juega a las escondidas y ve de lejos a su captor: los observé durante un minuto, acaso, y desistí en hacerlo cuando el policía, encargado de la seguridad del lugar, me observó con extrañamiento. Oculto detrás del muro, pagué el boleto de estacionamiento y me dirigí a mi auto en espera que nadie me viera partir, como en efecto sucedió.
Apurado, arranqué y abandoné el lugar. Pobre Lucrecia, ella no tiene la culpa de nada de lo que pasó y no debí haberla tratado de esa manera. A los quince minutos, desde que fui al baño, me llamó cuatro veces a mi celular y luego dos más a mi casa durante la noche. No le contesté. Jamás me volvió a llamar después de aquel día y yo tampoco lo he hecho. Al llegar a mi hogar pasé toda la tarde llorando a mi ex novia en la cama. Tampoco a ella quería volverla a ver, no después de haberla observado al lado de aquel tipo. Imagen fotográfica que quiero velar y no puedo.
Por fortuna jamás me aprendí los teléfonos de Argelia debido a su constante cambio de hogar y línea telefónica, y tenía la tonta esperanza de que ella hubiera perdido mi número y no lo recordara, pero su capacidad para recordar datos inútiles, fechas de cumpleaños y todo tipo de numeralia seguía intacta. Me llamó también esa misma noche y tampoco le contesté.
Pasaron los días y me dediqué a encontrar el lado grato de ser un empleado en el gobierno federal. Ya no veía a Lucre y creo que ella no tenía muchas ganas de buscarme. Traté de vivir mi vida como si nada hubiera pasado aquel día de abril en la Cineteca. Lo bloqueé de mi mente, como dicen. Para mí, lo que sucedió aquella vez fue una hermosa tarde en la que yo, solo, me sentaba en el restaurant de la Cineteca en espera del inicio de una buena película de terror.
Al paso de un mes podía decir que mi tragedia casi había dejado de aparecer en mi cabeza, hasta el día en que Argelia arremetió con todo e intentó, de manera desesperada, de contactarme nuevamente por teléfono. Lo que hubiera dado porque me hablara arrepentida por estar con aquel tipo de la Cineteca y me pidiera una reconciliación inmediata, pero seguramente me reclamaría la canallada de abandonar a Lucre, así que preferí no alzar la bocina.
En un lapso de una semana tuve veinticinco llamadas suyas –quince a mi celular y diez más a casa. Lo hacía a distintas horas, como esperando un descuido, pero ni siquiera mi padre –previo aviso mío– le contestaba.
Hoy, a casi más de dos meses de mi fuga del restaurant, cedí la guardia y respondí por distracción a su vigesimosexto intento, pero una vez más eludí el enfrentamiento con ella: después del clásico «¿Bueno?», con el que por arco reflejo atiendo todas las llamadas, y de la respuesta también mecánica «Hola, ¿cómo estás?» de su parte, tuve otro escape ridículo y quizá más vergonzoso que el de la Cineteca.
―¿Quién habla? –pregunté. Argelia, en un notable tono molesto, embistió con lo mejor de su repertorio de maldiciones hacia mi persona. Obstinado en seguir con mi actuación, añadí: –¿Con quién deseas hablar?, creo que estás equivocada –aun cuando era obvio que era ella detrás de la línea.
La furia de Argelia aumentó y la combinación de improperios mostró una habilidad inusitada en el uso de la lengua. Sin terminar de oír aquel recital tenebroso en mi contra, torcí mi labio inferior y apagué el celular. Desconecté también el teléfono de la casa. Nada de lo que hiciera podría revertir el orden de las cosas con ella ni detener aquel apocalipsis y sus siete trompetas que musicalizaban nuestra relación desde el momento en que elegí abandonar la Cineteca.
Qué terrible soledad ésta de hacer cosas de niño para resolver mis problemas personales; no dejo de huir al encuentro con el pasado en el presente. Derrotado en vida, no por la muerte sino por el amor no correspondido, comencé a llorar y me dirigí a la ventana a fumar el siguiente último cigarrillo de mi vida (llevaba meses fumando el último cigarro).
Abrí la ventana y prendí el cigarro, di una inhalada (al tiempo que moría un poco más), exhalé el humo, miré hacia afuera y entonces sucedió. Es preciso aclarar que mi hogar o, mejor dicho, la calle donde se encuentra la casa de mi padre no es precisamente el lugar más tranquilo del mundo; sin embargo, y aún sigo sin explicármelo, la quietud reinó en aquel momento y los sonidos del mundo fueron disminuyendo poco a poco hasta hundirme en la total soledad frente al pájaro aquel del que siempre me había hablado Argelia: el Uirapurú.
¿Qué sucede en una epifanía que el mundo pierde su cotidiana animación? En la casi ingravidez del momento los sonidos exteriores se extinguieron: los autos dejaron de emitir su ruidosa contaminación, el murmullo de la televisión asumió por cuenta propia el mute y finalmente, y acaso en la más asombrosa muestra de humildad de parte de la naturaleza, como cantantes menores ante uno de ópera, el resto de los pájaros posados en el árbol rindió culto silencioso al canto del Uirapurú.
Ahí estaba, pequeño Uirapurú de Sudamérica en territorio azteca. Y no hay explicación lógica: ¿generación espontánea? Ahí estaba. Curioso Uirapurú, el pájaro favorito de mi amada, viéndome desde el árbol y cantando una canción. Quien lo haya presenciado antes sabe a qué me refiero: la genialidad divina de la creación, que nos quita el aliento y nos deja perplejos ante lo sublime de la sencillez más directa: el canto más hermoso no es producto del hombre.
Tanta belleza en ese momento, tan simple e inexplicable, como estar enamorado, me hizo darme cuenta de lo solo que me sentía. Soy otra persona desde el momento en que partió: soy yo y la carencia de Argelia que todo lo rodea, tan amplia como el cielo en que vuela el Uirapurú, me envuelve su ausencia y está tan presente que lo único que hago es moverme dentro de ese espacio vacío.
Ah, terrible soledad, Uirapurú, canta, canta mientras la recuerdo y me hago una chaqueta.
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Fernando Cruz Quintana (Ciudad de México, 1984) es maestro en Comunicación por la UNAM. Amante y estudioso del cine y la literatura, artes de las que admira a Pedro Almodóvar, Wes Anderson y Charly Kauffman; y a Sergio Pitol, Daniel Sada, Jorge Eduardo Eielson y Gonzalo Rojas. Twitter: @fercruzquintana














Leslie
septiembre 11, 2012 at 10:27 pm
“Qué terrible soledad ésta de hacer cosas de niño para resolver mis problemas personales; no dejo de huir al encuentro con el pasado en el presente.”
“¿Qué sucede en una epifanía que el mundo pierde su cotidiana animación?”
“… soy yo y la carencia de Argelia que todo lo rodea, tan amplia como el cielo en que vuela el Uirapurú, me envuelve su ausencia y está tan presente que lo único que hago es moverme dentro de ese espacio vacío.”
Lo que más me gustó de tu cuento fueron esos tres momentos en los que el insight de tu personaje nos rescata momentáneamente del terror que a veces se llama amor y otras veces existencia. Tu cuento se siente cercano porque todos hemos estado ahí, aunque no siempre con esa introspección poética.
Zaira
septiembre 10, 2012 at 6:26 pm
Ojitos tristes: hace poco aprendí varias cosas de la mirada, la mirada atenta y su relación con el respeto; me atrevo a decirte que no necesariamente al fruncir el ceño es porque estás prestando más atención, es un mal habito que muchas personas tienen. Para ver mejor, ya lo decía el Lobo, hay que tener los ojos grandes grandes. Si mal no recuerdo nunca he tenido un desamor así de fuerte, pero sé que eso es subjetivo, ¿Cómo es un desamor pequeño? ¿Cómo sabe el corazón que lo que siente no es para tanto y el dolor va a pasar? Ojalá un pajarito así de bonito te lo pudiera cantar al oído y encontraras calma en medio de la soledad. Te beso mucho.