Palabras al suelo

Por  |  1 Comentario

Javier Elizondo

 

Mientras ella espera un taxi en Insurgentes, él plancha una camisa. Le gusta planchar desde que vio una película en la que Juliette Binoche plancha y mira televisión. Planchando –Juliette– parece entrar en trance: suda y se mece de un lado a otro, sensual y precisa, como un péndulo. Él difícilmente entra en trance porque se preocupa demasiado por hacerlo, pero la posibilidad, la promesa de quedar hipnotizado, tan entregado a un solo pensamiento que no se daría cuenta si tocaran el timbre o si cayeran unas gotas de sudor sobre la camisa, le parece suficiente. Sólo plancha una y la cuelga en el soporte de la televisión.

 

Ella sube a un taxi y el hombre que viaja escondido en el suelo del asiento del copiloto bajo una cobija se levanta; de un segundo al otro ahí está, vestido con una playera blanca, tan regular, tan lejano del producto infernal de la sombra que ella se imaginaría. Él abre una lata de atún y la vacía en un plato, la enjuaga y la tira a la basura; coge dos rebanadas de pan blanco, se sirve un vaso de agua y se sienta a la mesa. Ha pasado todo el día arrepintiéndose por haber gastado tanto dinero el fin de semana: el viernes en la comida a la que sólo fue porque quería platicar con ella y en la oficina se siente incapaz; se muere de vergüenza de sólo pensarse ahí parado, en medio de cualquier pasillo o al lado de su lugar hablando en voz muy baja para que nadie se dé cuenta de que le gusta; después, en el bar con Óscar, el hermano de Óscar y su novia, que no hizo más que admirar el lugar, que parece recién salido de una película de ficheras, güey, está increíble, güey, pero por qué nadie baila si ahí están las ficheras, güey, vamos a bailar, güey, ándale, aunque sí está medio rudo, ¿no, güey?, digo, está simpático y todo, pero así, como para un ratito nomás. Tuvo sólo una pequeña oportunidad, mientras la novia fumaba afuera, para contarles, a Óscar y a su hermano, que la había invitado a salir, por fin, en la comida de cumpleaños de Marimé.

 

—No, y fue como bien fácil; platicamos un ratito y le dije «pues deberíamos de salir un día, ¿no?», para que me siguiera contando de sus ondas, porque pinta y así, ilustra, y me dijo «ay sí, estaría», y ya, quedamos para el miércoles o el jueves —así de fácil, después de casi un mes de convivir con ella en la oficina. Y luego un taxi seguro a casa: cuarenta pesos. El sábado compró una serie de postales viejas con dibujos de plazas y personas tomando café, o sentadas en bancos cubriéndose del sol con sombrillas, con la única intención de regalarle una, y el domingo la inevitable comida con su madre, en la que la cuenta nunca baja de doscientos pesos, además de la lavandería y el tanque de gas. Quedaron en salir el miércoles o el jueves, después del trabajo.

 

A ella, el muchacho –porque es un muchacho, no puede tener más de veinte años– la va a violar. Por su evidente corta edad es que da tanto miedo su mirada; por eso siente que cuando la toca, la pellizca o le jala el cabello su alma se vuelve un montón de astillas que lastiman su piel; porque no puede tener más de veinte años es que sabe que está en peligro; ese muchacho es más importante que ella; ella sólo es daño colateral, y él es un sujeto de estudio; él es un problema (¡un problema nacional, internacional!); él es víctima de un desamparo mayor, es la metástasis de un tumor que el mundo está tratando, sin muchos esfuerzos ni resultados, de removerse. Ha salido de la tierra y sus palabras son escuchadas por la tierra. El chofer voltea cada cierto tiempo y mira por el espejo retrovisor siempre. No alcanza a distinguir ninguna expresión en él, ni siquiera le parece que tenga un rostro y ya no tiene voz, sólo le escucha decir «¡pa’ tras, pa’ tras!» y «ándele» en algún momento. Él termina de comer y se va a la cama. Parece que no –se lo niega a sí mismo– pero no cabe de contento. Cruza los brazos sobre su cabeza y sonríe, se da permiso de cruzar los brazos sobre su cabeza en lugar de acurrucarse con ansiedad entre sus dos almohadas y tratar de abrazarse a sí mismo, como dándole la bienvenida, desde ahora, al abrazo real; como sintiendo desde ahora que un cabello se le mete a la nariz y el mucho calor debajo de las cobijas. Decide que no se va a masturbar hasta el sábado por la noche; toda esa semana hará guardia por ella. Hace una lista de cosas por hacer antes de que llegue el miércoles o el jueves: barrer y trapear toda la casa, lavar el WC, la regadera y el lavamanos, comprar fruta, lavandería, afeitarse y, quizás, cortarse el cabello; buscar la película que le escuchó a ella mencionar el otro día como lo más (lo más, pero conseguirla está imposible; digo, tampoco le he echado ganas a buscarla); ir y pagar las más deudas posibles para no pensar en ello ese día y gastar sin remordimiento; por supuesto, verificar el carro.

 

Despierta y pega un grito, o pega un grito y despierta. Llega su madre corriendo.

—Hija, ¿hija, qué pasó? ¿Cómo te sientes? ¿Mejor? Hija. No, no te preocupes; no, no tienes que sentirte bien, no. Ay, hija, ven, cálmate, ven, ya no pasa nada, ya pasó lo peor, hija, ven. Ven, hija, nadie te va a hacer nada. Malditos, chingados cabrones malditos, maricones. No es de Dios. Cálmate, hija. Acuéstate. Trata de dormir un poquito más, aquí ando yo. Voy a traerte un café, ahorita vengo. Acuéstate, hija.

 

Él camina bajo la canción de la mañana, bajo el sol transparente que no quema, que sólo protege del frío con la promesa de lucir en cualquier momento. Piensa en darle lo que le escribió, pero duda que sea buena idea dárselo ahora y no esperar hasta el miércoles o jueves, o incluso hasta otro día, o años después como regalo de aniversario, o no sabe. Es un poema sin título que comienza con «tiene treinta días / treintayuno / que asomó tu mano por tu suéter»; una demasía como para dárselo ahora. Le gustaría comprar dos jugos, uno para ella, pero también le parece fuera de lugar. Se regodea en la emoción que siente y, como un niño, está agradecido con el sol, con el mundo, con la tierra que, le parece, hoy escucha todas sus palabras.

 

 

_______________

Javier Elizondo (Tj, 1985). Lleva La Estremecedora Mecedora. Ha publicado reseñas de conciertos en La Jornada Semanal, poesías en Los Nóveles y relatos en diversas revistas digitales, así como traducciones y reseñas literarias. Graba discos con el conjunto Aleluya. Tose por las noches.

 

Print Friendly

Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

1 comentario

  1. Pingback: Cuadrivio tres « es-tre-me-ce-do-ra mecedora

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>