Nueva casa

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Antonio Citron

 

Las ganas de estirar las piernas y el cambio de velocidades del camión nos trajeron de vuelta al peso de la semioscuridad.

—¡Miren arriba! –Una gaviota se mostraba estática, con sus alas abiertas en el cuadriculado cielo que la rendija de la única ventanilla dejaba ver.

—Es una patiamarilla -añadió un negro sentado frente a mí. Se llamaba Goodluck Ika. Había sido el último «invitado» a nuestro grupo variopinto. Con el silencio de quien no sabe bien qué agregar, volvimos a los propios pensamientos. Al menos eso me pareció factible como alternativa para huir de la imagen exterior. La idea del espacio abierto, casi inconmensurable, fuera del camión, no mejoraba el ánimo, sino que más bien nos deprimía. Se nos había dicho que íbamos a «retornar» ¿Pero quién deseaba realmente volver? Y si de volver se trataba, ¿quién sabía exactamente lo que significaba «volver» para ellos? Desconocidos los unos de los otros, podía estar seguro de que teníamos en común el frío en la espalda que esa palabra nos causaba en las circunstancias actuales.

El viaje, la única oportunidad de conversación entre nosotros, fue rápido. Apenas pudimos presentarnos, intercambiando información tan banal e insuficiente como la nacionalidad y el nombre de los que allí estábamos. Fue casi al final del trayecto que oímos un oscuro quejido, casi un gruñido desde uno de los rincones al fondo del camión. Lo que parecía ser un cuerpo, gruñía, se agitaba y golpeaba contra algunos de los que estaban más cerca. Pronto los ruidos se extinguieron y el rincón oscuro de donde provenía la agitación volvió a la calma.

No sé cómo lo hizo pero esposado y todo logró enrollarse un trapo al cuello, pasó los extremos por un fierro en el techo del camión y poco a poco se fue asfixiando. A alguien escuché decir que se suponía que un gendarme debía viajar con nosotros para prevenir las soluciones extremas. Pero eso fue mucho después, claro, cuando ya no se podía hacer nada. Con nosotros sólo iba la gaviota que aún planeaba en paralelo a la ventanilla y el ruido de los fierros del furgón. Habría, al menos en mi caso, que agregar el miedo de estar indefenso y sin la certitud de nada. Ni siquiera de lo que mis ojos veían. Sólo nuestros cuerpos el ruido de las latas y los fierros cabían en ese espacio tan reducido. Pocos, los que estaban más cerca del suicida, se atrevieron a gritar desde un comienzo. Luego todos nos unimos a los alaridos para alertar a quienes pudiesen oírnos. Con el camión en movimiento, lógicamente, era imposible que desde afuera alguien viniera a asistir al macabro espectáculo del que éramos testigos obligados, pero continuamos gritando sin parar hasta que el camión se detuvo.

El olor a orina se hacía insoportable y me sofocaba el calor de fin de verano, aumentado en una decena en esa penumbra El primer gendarme que subió a la parte del camión donde estábamos, no pudo evitar cortar su impulso y volver a caer fuera para cerrar la puerta de un impulso. Pudimos escucharlo exclamar su asco, lo que no le reproché. Pude distinguir que a mi lado, el más joven de entre nosotros, lloraba silenciosamente.

—Si un día van a Senegal, pasen a verme -susurró Goodluck. Un buen perdedor de su suerte, me dije.

Las puertas del furgón se abrieron, esta vez de par en par y los policías nos hicieron descender en fila. El cuerpo sin vida fue el último en bajar. Con los pies por delante lo cargaron fuera. Las olas se escuchaban no muy lejos desde donde estábamos.

—Mira nuestra nueva «casa» -me señaló Carlos, un chileno. Yo sólo veía un inmenso muro entre nosotros y lo que debía ser una hermosa vista al mar.

 

 

 

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Antonio Citron (Valparaíso, Chile, 1975) es chileno por obligación. Comenzó a escribir poesía mientras viajaba para escapar de su familia. Ha vivido en Bolivia, España, Francia y Vietnam. Actualmente reside en Caen, Francia, donde obtuvo un máster en Lengua y literatura hispánicas en la Universidad de Lyon 2. Sus poemas han sido publicados en Argentina, España, Francia y México. En Francia se editó un poemario con sus textos traducidos al francés llamado Une ligne Blanche (éd. Le suc et l’absynthe, Lyon) y la colaboración de una fotógrafa francesa. También colabora en la revista literaria A Verse de Paris. Ésta es la primera vez que somete un cuento al dictamen de una revista.

 

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Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

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