El famoso J. Cruz
Eduardo Sabugal Torres
Valparaíso brillaba en nuestros ojos de viajeros como una antigua joya familiar. Cuando pudimos salir de Santiago, corrimos a ese puerto tantas veces aplazado en nuestro itinerario. Comprobaríamos si nuestras piernas aún tenían la fuerza necesaria para subir todos aquellos cerros, subidas empedradas que trepaban barrios desordenados y que después se convertían en un serpenteo de bajadas que desembocaban en el mar. Además de visitar la Sebastiana que desde su altura y sus ventanas atalayaba la infinitud del Pacífico, queríamos ver si en efecto el viento negro de esa ciudad nos llenaba de sal sonora. Así anduvimos, cambiando de elevador según la ruta que queríamos tomar en la exploración de ese gran caparazón mineral y marítimo que es Valparaíso. Nos metíamos, no sin cierto temor, en esos cuartitos de metal que crujían mientras se desplazaban sobre las viejas vías. Cuando iniciaba el descenso o el ascenso nos olvidábamos de los quejidos y los temblores de los fierros del elevador y mirábamos por las ventanas los lomos de las casas iluminadas por el sol y el azul intenso de la marea que respiraba lentamente a su lado. Cuando finalmente el hambre nos hizo buscar una mesa, recordamos la vaga mención días atrás del famoso J.Cruz. Dimos con el insólito lugar gracias a las instrucciones de una vieja amiga antropóloga, versada en rituales gastronómicos. En aquel lugar no sólo saciamos el hambre sino que descubrimos, sin sospecharlo siquiera, uno de los lugares más secretos del orbe. Ni siquiera la DINA pudo imaginar lo que los muros del J.Cruz guardan. Sé de sobra que debo ser discreto, pues ahora poseemos un oscuro tesoro, pero estas letras que escribo en una servilleta serán olvidadas tan pronto como cruce la cordillera. Después de callejear un rato por Valparaíso, y después de mirar lo que Neruda miró desde la altura de su hermosa guarida, descendimos a la ruta de los mortales y del apetito. Todo esto lo escribo ahora menos azorado, algo repuesto de la impresión, como si me hubiese recobrado a mí mismo de golpe, y aunque sé que será difícil escribir lo sucedido, lo hago para no olvidarlo. Virginia ha ido al baño, sigue en ese estado indescriptible en el que quedamos hace un par de horas, ninguno de los dos ha querido hablar de eso que aún no consigo nombrar. Estamos ya en Viña del Mar, en el Café Journal, intentando todavía fingir nuestro aspecto de turistas, tomándonos la segunda jarra de cerveza. Todo me parece ahora tan diferente que no sé si pueda escribir esto sin traicionar algo. Probablemente no volvamos a ver el mundo con mucho interés después de haber visto lo que vimos en aquel lugar.
El vagabundeo errátil por una calle inclinada, arrojaba de pronto a un callejón sin salida, si se seguía el camino se llegaba a una puerta de madera angosta, como de caseta telefónica, ésa era precisamente la puerta del J.Cruz. Antes de instalarnos en una de las mesas, la puerta de madera se cerró lentamente a nuestras espaldas como una compuerta, crujió levemente, con un ruido de lancha amarrada en el muelle que nos hizo recordar los gemidos de los desgastados elevadores que abordamos antes de llegar ahí. Al cruzar esa puerta, la penumbra del restaurante nos obligó a entrecerrar los ojos. Tardamos en acostumbrarnos a la tenue visibilidad y poco a poco fuimos descubriendo sillas, adornos, formas en las mesas, como si fuera un entrar o un salir onírico. Y es que ese lugar tenía algo de espacio acuoso, refugio oscuro para un trueque mágico que se repite sin tregua. El intercambio consiste en cambiar una fotografía personal por un trozo de memoria (acaso el sabor de una chorrillana que perdurará en los recuerdos póstumos). Llegamos ahí después de bajar por el ascensor, caminamos unas seis cuadras en descenso como si bajásemos de una montaña, y de pronto el camino se dobló en esa garganta arquitectónicamente siniestra. Uno no puede dejar de pensar que en ese callejón alguien murió apuñalado. Allan Poe sería feliz andando con sus letras borrachas por este angosto corredor de Valparaíso. Así que después de visitar la casa del poeta con una alegría matinal, terminamos ahí en el famoso J.Cruz, acodados en un mantel de plástico muy parecido al que usan en las fondas de México. El mantel tenía dibujos y letras hechos con pluma sobre la piel plastificada y floreada (no pude evitar la estúpida tentación de rayar, con un bolígrafo azul, la inicial de mi apellido sobre el mantel). Era una mesa larga, como todas las del J.Cruz, para unas doce o trece personas. Las mesas dispuestas en el comedor estaban rodeadas de grandes espejos con marcos barrocos que pendían del techo y de las paredes, sucias superficies que generando una extraña perspectiva reproducían el piso gris y algunas mesas y sillas. Los signos trazados en los manteles adquirían una textura rara en los espejos, como si fueran menos legibles y al mismo tiempo menos imperfectos, como si se tratasen de inscripciones remotas o jeroglíficos de otra lengua. Aquellos reflejos también nos distorsionaban a nosotros, nos hacían ver enanos, algo deformes. Recuerdo que los marcos de los espejos eran de madera y tenían enormes volutas en las esquinas labradas con complejidad y maestría, como si fuesen de estuco. El polvo tapizaba la superficie de madera y llenaba los pliegues con un talco gris, haciéndolos más lejanos en el tiempo. En todas las paredes del restaurante grandes vitrinas, saturadas de rostros fotografiados, se erguían del piso hasta el alto techo. Esas cristaleras exhibían caras que parecían contemplar el comedor desde la inmovilidad de credenciales estudiantiles, afiliaciones sindicales, documentos de algún partido político y carnets de identidad. Eran identificaciones de todo tipo, de varios países, en varios idiomas, algunas fácilmente localizables en el tiempo y otras imposibles de relacionar con alguna época, muchas estaban incompletas, rotas, o tenían arrugas y grietas como si fuesen un pergamino. Nos entretuvimos mirando aquello mientras traían nuestra comida. Reconocimos algunos documentos de nuestro país.
Detrás de las puertas corredizas de cristal de cada vitrina, también había servilletas de papel garabateadas con letras, nombres, dedicatorias, mensajes. A veces unas tapaban a otras, y era imposible leer completa una sola de esas servilletas. Se superponían las lenguas y las frases, eran caligrafías de muchas manos, luchando por su espacio en aquel extraño aparador. Grafías del alma. Recuerdos no se sabe de qué. En las paredes también había leyendas, más firmas, corazones con nombres de parejas. En todas esas identificaciones personales había algo de enigmático, como si aquellas personas fueran los integrantes de una secta, una logia, una lista negra. Pero en un principio no era miedo lo que inspiraba aquella aglomeración de credenciales sino un profundo respeto y misterio. En las paredes y en las repisas había objetos de toda clase, la mayoría relacionados con la navegación aunque uno podía hallar cosas más bien telúricas como el viejo quinqué de un minero o algún molinito de café. Cuando entramos había apenas un par de parroquianos con vasos de cerveza a punto de extinguirse y algunos meseros comían concienzudamente en una de las mesas del fondo. No recuerdo cuántos meseros eran pero he guardado el recuerdo de tres personas. Un hombre robusto con un bigote espeso y longitudinal que le daba un aspecto arcaico, como si perteneciera a la época de corsarios que guillotinaban con un solo movimiento a sus adversarios. Junto a él, dos meseras cuchareaban rítmicamente un plato que a la distancia me pareció ser de sopa de pescado. La más pequeña era una anciana arrugada, con ojos diminutos pero penetrantes. La otra mujer era una señora enfundada en un largo delantal que posiblemente alguna vez había sido blanco. Precisamente esta señora sería la que nos atendería, por decirlo de alguna manera. Cuando nos vio entrar se limpió la boca con el antebrazo y se levantó lentamente acomodándose el percudido atuendo como si fuese una túnica. Nuestra amiga se había referido al lugar como el santuario de la chorrillana, bisteces sazonados con sal y pimienta fritos con cebolla cortada a la pluma, ajíes en rajas, tomates en trozos chicos y vinagre. No estoy para anotar aquí toda la receta pero me parece que en el J.Cruz les añadieron además orégano y papa blanca sancochada. En todo caso el recinto en efecto parecía un santuario. Olía a fritanga, a madera, a vino pipeño, a pisco, a cebolla. Cada mesa tenía su mapa de letras y tachones, confeccionado con tintas de colores, y el único objeto que poblaba cada una de esas superficies atiborradas de letras, era una botella de plástico con ají picante. Las sillas eran de metal, muy viejas y austeras. Al entrar ahí, tuve la impresión de estar entrando a un lugar mucho más crucial que la Sebastiana, después de todo allí también había bellas copas de colores y timones añejos. Aquí la aglutinación de los objetos rescatados del mar y del tiempo era más genuina, el naufragio escenificado en ese lugar que olía a carne frita y aceite, era una réplica de Valparaíso, una radiografía quizá menos poética pero no menos sacralizada. Adentro, los relojes, las básculas, las brújulas y los barómetros con sus manecillas congeladas, vigilaban nuestra instalación en una de las mesas del centro. Sobre nuestras cabezas un perro gigante de porcelana escucha el fonógrafo, un astrolabio se inclina inquisitoriamente, un cuerno de Narval rompe la hilera de navíos atrapados en sus botellas de cristal y una bomba submarina pende del techo repitiendo su amenaza ancestral. Abajo masticamos lentamente la carne, las papas y la cebolla. Todo en silencio, como si fueran nuestros ademanes de comensales, los gestos de una ceremonia religiosa. Ayudamos la digestión de la chorrillana con un par de cervezas.
Comimos en silencio, pero nos mirábamos en complicidad como para saber que todo eso que veíamos o sentíamos no era una alucinación personal. En la calma del convite una cierta adivinación comenzó a nacer entre los dos, un presentimiento que se extendía sobre esos manteles tachonados, esos cristales empañados de firmas, esas vidrieras que eran como las genuinas vidrieras del Nautilius. Ahí todo estaba hecho para la memoria o para jugar con ella, para dejarla ahí pero al mismo tiempo para envolverla con todos los ángulos del inexplicable comedor. Daban ganas de verlo todo y de no olvidarlo. Memoria para dejarla ahí entre las mesas y también para llevársela, un poco más rica, un poco más hinchada, como la barriga de tantos comensales que quizá habrían salido de ahí sin descubrir el enigma del J.Cruz. Pasó el tiempo, rompimos el mutismo sólo para comentar alguna idea vaga sobre los muebles de las casa de Neruda. Cuando se nos acercó la mesera, nos faltaba muy poco para terminar con la chorrillana. El excelente platillo chileno que devoramos como unos bárbaros nos duró una media hora, sin embargo a partir de aquí el tiempo se sucedió de forma rara, como si se contrajera pero al mismo tiempo como si una lentitud hipnótica nos hiciera tener la noción de llevar mucho tiempo ahí. Cuando saboreábamos los últimos bocados la mesera vino a recoger los platos y las mil servilletas hechas bola que acostumbro dejar a mi lado. Nos miró sonriendo pero era una sonrisa algo desencajada, burlona. Miró la primera letra de mi apellido dibujada en el mantel mientras se limpiaba las manos en el delantal. Desembolsé la cartera y antes de disponerme a pagar, saqué una vieja credencial de profesor para dejarla como recuerdo en una de las vitrinas que conformaban el perímetro del salón principal. Vacié mi chato de cerveza de un trago e interrogué a la mesera sobre cómo abrir la vitrina para dejar nuestras credenciales (Virginia iba a dejar como recuerdo un pasaporte vencido). La señora se limpió la frente con el antebrazo y se nos acercó mucho como para decirnos un secreto. Sosteniendo aún el plato con la montañita de servilletas arrugadas, miró a Virginia un momento y luego me clavó los ojos a mí. Del delantal sacó un llavero enorme y oxidado, con cientos de llaves colgando en el gancho, lo inspeccionó lentamente, luego tomó todo el portallaves sosteniéndolo por una de las llaves que había seleccionado sin prisas y me lo tendió. Es ésta, me dijo, y señaló con la barbilla la vitrina que quedaba frente a nosotros. En ese momento la incomodidad creció, sosteniendo aquella llave sentía que tenía en la mano una inefable moneda de cambio. Como si sostuviera un objeto litúrgico y me estuviera comprometiendo irremediablemente a algo que yo mismo ignoraba. Mientras intentaba abrir la vitrina, la mesera miró mi credencial y leyó en voz alta mi nombre, me estremecí. Me giré para sonreírle nerviosamente y para hacerle notar que me era imposible abrir la vitrina, me daba miedo tirar fuerte de la llave y romperla o cortarme la mano. La mujer me miró seriamente, luego me quitó lentamente las llaves. Así que usted ya sabe, me dijo como confirmando algo, mientras se apoderaba nuevamente del llavero. ¿Qué cosa? le respondí tontamente. Ella entornó las cejas como ignorando mis palabras y calmosamente se puso a abrir la chapa de la vitrina. Al correr la puerta de vidrio, un montón de servilletas llenas de letras calló al suelo. Ante nuestros ojos quedaron las saturadas repisas con sus múltiples anzuelos de colores y formas. Algunos objetos parecían más terribles sin el cristal de por medio. Esa desnudez les confería un aire draconiano. La mujer señaló un objeto para que lo vieramos, su dedo índice nos mostraba un enorme diente de cachalote tallado virtuosamente.
El enorme diente reposaba en una de las repisas exhibiendo su blancura. Tuvimos que acercarnos para ver los dibujos que parecían trazados sobre la pieza por un miniaturista. En el diente aparecía la figura de un hombre sentado delante de una pantalla, un cuadro o un espejo. Dejó de mirar el diente y se dirigió a nosotros con voz casi inaudible, ustedes ya saben lo del espejo ¿no es cierto? Sí, contesté sin saber qué decirle. Vengan, nos ordenó recobrando el volumen de su voz, hizo una seña con la mano para que nos apartáramos del diente. Caminamos detrás de ella entre las mesas. Ahora pienso que nunca sabremos por qué la obedecimos así, sin la menor resistencia o duda. Se paró de golpe en la columna central del comedor, quitó una mesa y nos señaló un espejo que pendía como los otros, en lo alto de la pared. Pónganse ahí, junto a la columna, no se muevan. El espejo tenía una tela que lo cubría, una especie de telón de ésos que se usan en los teatros. Los meseros que comían en un tablón junto a la cocina dejaron sus tenedores en suspenso, los que estaban de espaldas se torcieron sobre su respaldo para espiarnos. El hombre de largos bigotes alcanzó a apurar su último trago de vino, dejaron vasos y platos a un lado y se dispusieron en absoluto silencio a mirar la escena con una seriedad ritual. Los dos o tres clientes que estaban en una de las mesas del rincón también se quedaron inmóviles, interrumpiendo su charla y mirándonos con un aire aburrido, como si supieran lo que iba a suceder después. De la cocina salió un gran hombre sudoroso que no habíamos visto antes, protegido con un delantal blanco y secándose las manos con un trapo también blanco. Nos sonrió luciferinamente y se quedó ahí, aguardando en el quicio de la puerta que separaba el comedor de la cocina. La mesera que nos había llevado hasta esa parte del restaurante, dio unos pasos hasta un cordón como de cortinero que colgaba de la tela que cubría cuidadosamente el espejo. Nos miró con una especie de compasión y luego tiró del cordón.
Lo que vimos es imposible de escribir aquí, sería traicionar forzosamente todo lo que vimos. La pequeña mujer arrugada nos refirió algunos casos, no supe si para advertirnos o para hacernos ver que había peores trances en el historial de esa cruel develación. Pero sus palabras como las mías, ahora que las escribo con una caligrafía que no me pertenece, no pueden ser ciertas. Cuando un ser se ve tal como es, se aproxima a la experiencia divina, pero aquí ese misticismo no desembocaba en la manginificencia de una deidad sino en la malignidad del deslumbramiento. La coincidencia exacta entre lo visible y lo pensado. Parejas que salían odiándose, hijos que desconocían a sus padres, pescadores convertidos en locos profetas de la extinción, mujeres que no volvían del mar o que se abrían las venas en habitaciones anónimas, viejos jubilados que prendían fuego a sus casas. En la desesperación de verse, alguien se había amputado una mano para recomponer su figura reflejada. Una de las parroquinas había salido de ahí resuelta a dejar Valparaíso, viajó sin rumbo hasta que el dinero y los pasaportes la detuvieron, luego murió en una hermosa pensión llena de flores. Un viejo militar después de verse en el espejo del J.Cruz, sólo acertó a darse un balazo ahí mismo, salpicando las mesas y los cristales de las vitrinas. Después de eso el espejo estuvo clausurado un par de años. Algunos han sobrevivido a la experiencia pero con el precio de la locura o la amnesia, salen de ahí sin saber quiénes son a marchitarse lentamente entre burlas y examenes psiquiátricos. En el espejo aparecíamos nosotros, no sería preciso decir que dentro del espejo éramos los mismos pero deformados, por el contrario éramos precisamente nosotros, tal como somos, por primera vez vistos sin deformación. Todos los espejos anteriores nos habían mentido, habían puesto un disfraz y el demonio amorfo que jugueteaba en ese ente que llamábamos «yo» había permanecido oculto. Me he visto, sé cómo soy, el mundo se ha tragado ahora todas mis representaciones. A bordo del autobús que nos alejaba para siempre de Valparaíso, comprendí que aquella escena tallada en el diente de un cetáceo era tan sólo un intento por representar el tormento de Eco y de Narciso. Nuestro tormento. Ese estado de postración ante uno mimso en donde no hay ya mirada y objeto mirado sino una sóla unidad indisoluble, atroz, irreparable.
En el vaso de Virginia la cerveza ya no está fría, sé de sobra que ella ya no regresará del baño ni de ninguna parte. Sé que tendré que dejar aquí su bolsa y sus papeles, su vaso de cerveza intacto. Aunque continuaré ya mi viaje solo, será mejor que nadie vea estas servilletas con mi letra, así que las guardo de inmediato para luego quemarlas.
_____________
Eduardo Sabugal Torres (Puebla, Puebla, 1977) es escritor de cuento y guionista. Maestro en Lengua y Literatura Hispanoamericanas. Ha publicado los libros de cuentos Involuciones (2010, Secretaria de Cultura del Estado de Puebla) y Liquidaciones (2012, Fondo Editorial Tierra Adentro/CONACULTA). Colaborador de la revista Crítica, editada por la BUAP. Ganador de la Beca Estatal FOESCAP, FONCA y PECDA. Actualmente es catedrático universitario, productor y conductor de radio.












