Sr. Ridin y Queen Cutlery, asociados

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Inconspicuous_Stabbing_by_MasterC88

 

René Rueda Ortiz

 

Para Beatriz Juárez

 

 

Aquella mañana del 2 de mayo de 1984, el señor Ridin recorría de principio a fin un mercado de baratijas. Buscaba alguna daga, navaja, o cualquier otra arma punzocortante que se ajustara a las exigencias de su mano derecha y de su plan.

Si fuera navaja, debía ser automática, pues el señor Ridin comprobó, en dos ocasiones, su torpeza con los modelos que se abrían al jalar la hoja mediante el pellizco del pulgar y del índice. Además, al señor Ridin le sudaban las manos, y las proezas de aquellos héroes de filo en ristre que integraban su pequeña videoteca le parecían cada vez más irrealizables; sobre todo cuando se paraba ante el espejo y medía el tiempo que gastaba en abrir, empuñar y ejecutar el golpe de la víbora con su instrumento. Ni siquiera cuando se despojó de la camisa pudo romper la barrera de los dos segundos.

La salvación llegó a través de una cinta de Slavus Klane. Allí estaba el poco ortodoxo cuchillero a punto de iniciar una riña contra dos maleantes; allí se miraba la mano diestra de Slavus, primero vacía y luego armada con un prototipo de cachas negras, virolas plateadas, tipo estilete; dueña de un mecanismo que hacía botar la hoja mediante la presión de un minúsculo interruptor situado a la mitad de la empuñadura, al alcance del pulgar más torpe.

Desde aquel filme, la navaja automática se clavó entre las ilusiones del señor Ridin, quien se soñaba provisto de ella, mientras atacaba el vientre del receptor de sus odios.

Pero ninguna hoja brillaba la mañana en que el señor Ridin, resignado, buscaba aunque fuera una simple daga, o cualquier otra arma blanca que se aproximara a las necesidades de su plan y de su mano. Si fuera daga, debía carecer de cualquier dobladura, asimetría o defecto que impidiera su obligación más elevada: clavarse a fondo en un cuerpo adversario gracias al tiro arrogante de un daguista.

Desde que asumió la sospecha como verdad, el señor Ridin se adiestró en el lanzamiento de cuchillos. Durante las ausencias de su mujer, entrenó sobre una tabla que afianzó lo mejor que pudo en su patio. Nunca logró más de tres clavadas continuas. Confiaba en que la posesión de una daga auténtica mejoraría su récord.

Hacia el final del mercado, el señor Ridin se repetía que las cosas buscadas con más ahínco son siempre las más difíciles de hallar, cuando, en medio de un montón de cacharros, anillos de cobre y pedacería multicolor, reconoció una forma discordante. Era un ejemplar cachas de hueso, virolas plateadas, tipo estilete, mecanismo automático.

El señor Ridin acarició los billetes en el interior de su bolsillo y preguntó el costo; regateó, fracasó y pagó. Ansiaba perforar el estómago del sujeto sin rostro que había perturbado su existencia. No tenía pistas, pero tenía la seguridad de encontrarlo.

Era la segunda vez que su mujer le exigía el divorcio. La primera, ella dejó constancia de otro hombre en libretitas que el señor Ridin hurgó furioso. Pero la segunda fue distinta; con la oscura agudeza que la caracterizaba, la señora Ridin no dejó rastro alguno.

Pero su marido era novelista, y los novelistas son capaces de imaginar sucesos que todavía no ocurren, sin que por esto sean videntes o profetas, aunque sí neuróticos. Gracias a esta facultad, el señor Ridin reconstruyó, arma en mano, cada tardanza o viaje de su consorte.

La navaja era entonces su compañía ideal, juntos tejían las finas caricias, los violentos agasajos, el encuentro culminante del adulterio. La navaja era la mascota perfecta, dócil con el amo, obediente hasta la muerte. Lo único que demandó al principio fue un poco de aceite, después botó sin tardanza las veces que fue requerida.

Era una servidora absoluta, tan afín a los gustos violentos del escritor, que éste la tenía por una máquina mitad zombi, mitad vampiro, de subyugada voluntad y tan deseosa de sangre como él.

La navaja estaba orgullosa de la determinación que alcanzaban cuando ambos imaginaban los lugares de gozo en donde podría yacer la señora Ridin. Iban de un lado a otro. Fijaban muy bien la atención en las entradas de los hoteles, baños públicos y restaurantes económicos. No les parecía que la adúltera mereciera otros deleites.

En los jardines, cada vez que el patrón la apretaba en el interior de la chaqueta, la navaja creía que su momento había llegado. Eran falsas alarmas. El señor Ridin necesitaba anteojos. Miraba a su cónyuge en el cuerpo de cualquier mujer de amplia cadera, cabello lacio, blanca, 1.55, que se paseara junto a cualquier sujeto.

Pero ni hombre ni arma se engañaban. El señor Ridin ya no amaba a su esposa; sus actividades estaban regenteadas por la venganza. Quería ver las facciones aterradas de ella, cuando él y Queen Cutlery –tal era el nombre de la navaja– dieran muerte al rufián.

El escritor ya había imaginado lo que vendría: cárcel, separación definitiva de Queen Cutlery, separación definitiva de la señora Ridin. Pero ella asumiría la peor parte: por su culpa, un hombre moriría y otro habitaría la cárcel de por vida, pues el delito de homicidio no era castigado con la pena de muerte.

La pérdida de Queen Cutlery era algo que tenía contemplado desde que tomó la opción del asesinato mediante un arma blanca. Sabía que la certeza de la misión cumplida mitigaría todas las nostalgias que en la cárcel lo visitaran. Planeaba escribir un libro extenso donde relataría su aventura. Miraba su porvenir envuelto en el exotismo de ser famoso tras las rejas, con un montón de periodistas y estudiantes curiosas que amaran en los varones la rudeza y la intrepidez. Consideraba la opción de casarse nuevamente y de vivir con los brazos tatuados. Sin duda, un tatuaje de Queen Cutlery adornaría su mortífero antebrazo derecho.

Inmersos en sus respectivas imaginerías, arma y hombre buscaron el arribo del gran momento. No tuvieron que esperar muchas semanas para que éste llegara. Un día caluroso, localizaron a la señora Ridin en brazos de un hombre rizado. Se mimaban a la sombra de unos antiguos sauces en el parque más concurrido de la ciudad. Imperceptibles, como unos malhechores de thriller, el señor Ridin y Queen Cutlery saltaron frente a la pareja. El novelista empuño a la navaja, presionó el interruptor y la filosa hoja despertó.

Los rostros se crisparon cuando el agresor acometió un lance limpio de técnica que no tocó la piel, porque el rizado vestía una gruesa chamarra y al señor Ridin se le aflojó el coraje en el momento cumbre. Queen Cutlery se dejó caer en tierra, avergonzada. Luego, el rizado tomó una piedra, impactó con ella la cabeza del maniático y éste cayó sin conocimiento.

Tanto la señora Riding como su amante arguyeron que la pedrada fue en defensa propia. El juez absolvió de los cargos al rizado, no sin antes felicitarlo por conocer la enorme diferencia entre un arma blanca y un arma contundente. Lo felicitó por sus próximas nupcias, halagó la belleza de la novia, le palmeó el hombro y le aseguró que el novelista recibiría el castigo adecuado.

Queen Cutlery fue triturada, junto con otros instrumentos, el 13 de junio de aquel año. Al siguiente día, ante un numeroso grupo de invitados, el juez que había llevado el caso dio la orden al verdugo y, en dos minutos, el señor Ridin feneció a través del método llamado ahogamiento inducido, bajo la pena de estulticia en primer grado.

 

 

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René Rueda Ortiz (Chilpancingo, Guerrero, 1984). Narrador. Becario del FOECA Guerrero en dos ocasiones. Becario de la Fundación para las Letras Mexicanas durante los periodos 2012-2013 y 2013-2014. Ha publicado Diario posmoderno y «Un poema para el luto: No es el viento el que disfrazado viene y sus símbolos».

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