Ojo de gallina
Pedro J. Acuña
Una gallina pica el ojo derecho de un niño, justo en la córnea. El ojo revienta como un globo lleno de agua y el humor vítreo escapa del cuerpo en un chorro blanco. El niño suelta a la gallina, que se va corriendo y olvidará su crimen cinco minutos después. El niño, en el suelo, llora y grita y sus padres se acercan para ver qué pasa. De nuevo, el ojo revienta, la córnea escurre junto con el líquido blanco, después gris porque hay mucho polvo. En reversa, el líquido blanco regresa al ojo y un pico de gallina sale, reparando el agujero. La gallina salta de los brazos del niño al suelo, el niño sale del corral, caminando hacia atrás, una piedra llega a su pie y lo empuja y camina otra vez para atrás. Hacia delante: el niño patea la piedra y entra al corral, agarra a la gallina, se la pone cerca de la cara, le dice «Cloccloccloc» y la sacude; la gallina le pica el ojo y el humor vítreo escapa del cuerpo.
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José se despertó agitado, con sudor en la parte baja de la espalda, la nariz tapada y un dolor en el ojo derecho. Sentía pulsar el órgano y cómo resonaba en la cuenca de hueso. Se levantó al baño y vio que su ojo estaba cubierto por una membrana blanca, casi transparente, como la capa que le sale a los huevos cocidos. «Cataratas», pensó. Miró el reloj. Tres de la mañana. Faltaba mucho para irse a trabajar, con la paranoica idea de quedarse ciego; regresó a la cama con la paranoica idea de quedarse ciego; se calmó después de un rato: «Tranquilo, las cataratas son totalmente operables».
Habló en la mañana a la oficina. «Hoy me desperté con algo dentro del ojo y me duele mucho. Supongo que no es nada grave, pero voy a ir al doctor», «No hay bronca, Pepillo –contestó la jefa—, revísate bien y avísame si necesitas algo. Te pongo la falta como día económico, ¿no?». José colgó y revisó su cartera; tres billetes de doscientos se convertían en seis por efecto del ojo derecho.
Llegó a la clínica oftalmológica que estaba a unas cuadras de su casa. Pasó al consultorio después de cinco minutos de ojear revistas en la sala de espera. «Dígame, ¿qué le pasa?», preguntó el médico; «Me salió algo en el ojo derecho», contestó José. El médico le abrió el párpado y lo revisó con una lamparita blanca. «Siéntese en el aparato, por favor». El médico se colocó del otro lado y empezó a mover una palanca. Tomó unas instantáneas con la máquina, las vio un par de minutos. «¿Ve doble o borroso?», «Sí, las dos cosas», «¿Desde cuándo tiene molestias?», «Hoy en la madrugada. Creo que es una catarata», «Las cataratas son una opacidad del cristalino. Se soluciona con una operación sencilla. Por lo que estoy viendo, el cristalino parece estar bien. Más bien esa opacidad es como otro lente. ¿No le ha entrado nada en el ojo?, ¿una basura, polvo?», «No», «Puede ser pterigión. Si pasa mucho tiempo frente a una computadora, descanse cada quince minutos. Le voy a recetar unas gotas. Si no aguanta el dolor, tómese un paracetamol. Regrese en una semana».
José fue a la farmacia y compró lo que le había recetado el médico. Ahí mismo, en la calle, se puso tres gotas. Regresó a su casa. Se sentó en la sala y empezó a ver la televisión. El dolor llegó otra vez. Fue a al baño y encontró una caja de paracetamol, se tomó dos pastillas, sin agua, y regresó a la sala. Se fue a acostar. Eran las once de la mañana.
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El niño, con el ojo derecho desinflado. La gallina corre sin dirección determinada. El niño la alcanza y le mete el dedo en ese minúsculo ojo de ave. La gallina se retuerce, intenta zafarse. El niño saca el ojo completo, suelta a la gallina, que corre y cacarea de dolor y sangra del lado derecho de la cabeza. El niño se mete el ojo de la gallina a su propio ojo; presiona hasta que se desorbita. Ahora es una bola negra que excede la cuenca. Crece y alcanza el mismo tamaño que la cabeza del niño. No hay iris ni córnea. Parece más un globo lustrado y lleno de agua que un ojo. El peso lo vence y el niño cae sobre la bola negra; la revienta. El niño no se mueve. La gallina picotea la tierra mojada alrededor de la cabeza.
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José despertó. El ojo le punzaba. Trató de ver la hora en su reloj de pared. Tres de la mañana. Había dormido todo el día. Tomó las gotas de su bolsillo y aplicó tres. Fue al baño y se miró en el espejo. Poco a poco, su ojo derecho recuperó la visión normal. Se sintió aliviado.
Sin prisa, se preparó para ir a trabajar. Después de tomar un baño de horas, se sentó a ver la televisión. Cambió de canal en canal sin que nada llamara su atención hasta que sintonizó un documental sobre la vida de los pigmeos. Notó que todas las caras que salían en la pantalla tenían el ojo derecho minúsculo, como si tuvieran un ojo humano izquierdo y un ojo de gallina derecho. Los rostros estaban llenos de asimetría: un párpado de tamaño normal, con pestañas, córnea e iris; del otro lado, un órgano de medio centímetro, abierto tozudamente, negro, con callosidades rojas. Cuando los ojos de los pigmeos parpadeaban, lo hacían dispares: por un parpadeo del ojo humano, había otros muchos del ojo de gallina. «Dios mío, lo que uno se puede encontrar». Sonrió frente a la ridiculez de las caras hasta que el antropólogo, o quien estuviese hablando con ellos, un hombre blanco y rubio, giró hacia la cámara. Él también tenía un ojo de gallina.
José corrió hacia el baño; se miró en el espejo. Todo normal, dos ojos humanos. Pensó que tal vez era una enfermedad rara de Sudamérica o algún problema con la señal. Se mojó la cara. Volvió a verse. Todo estaba en su lugar. Se terminó de vestir y apagó la televisión.
Salió hacia su trabajo, cerró la puerta del departamento mientras su vecino, de espaldas, cerraba la suya. José aventuró un «Buenos días». El vecino se volvió; la sonrisa se le desfiguraba con un ojo derecho de gallina. José, sin esperar respuesta, bajó las escaleras. Salió del edificio. Su respiración se entrecortaba por el esfuerzo y por la imagen de la cara del vecino. Fue a la tienda de la esquina a comprar unos cigarros. El tendero lo recibió con un ojo de gallina. Se alejó rápidamente y empezó a encontrarse más gente en la calle. Todos con un ojo de gallina. Un niño de brazos lo miró, también con ojo de gallina. El ojo derecho de José punzó incontrolable. Bajó la mirada y se lo cubrió con la mano. Cuando alzó la cabeza chocó con una señora. ¡Dos ojos normales! Dijo «Disculpe» con una sonrisa. Se quitó la mano de la cara. El ojo de gallina apareció al instante en el rostro de la señora. José se desmayó en medio de la banqueta.
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Un ojo de gallina se abre y se cierra. Gira hacia arriba, parpadeo; hacia abajo, parpadeo. Mira de frente, parpadeo; mira de lado, parpadeo. Un dedo se acerca al ojo y lo empieza a presionar por un lado. El niño aplica más fuerza y utiliza otros dedos hasta que el ojo bota, completo. Entre el pulgar y el índice, el niño sostiene el órgano amputado. Se lo lleva a la cuenca del ojo derecho y lo introduce. La cara del niño de frente. La cuenca derecha se reduce, los huesos del pómulo estiran la piel y cierran la cavidad, expulsan un ojo humano, ya plano y seco. La piel cicatriza y, en medio, luchando y desgarrando músculo, el ojo de gallina emerge. Gira hacia arriba, parpadeo; hacia abajo, parpadeo.
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José abrió los ojos. Seguía tirado en la calle. La señora con ojo de gallina y muchas otras personas más con ojo de gallina lo veían. «Háganle espacio. Déjenlo respirar». Un hombre le preguntó «¿Te sientes bien?». El ojo de gallina estaba demasiado cerca y lo miraba de frente, nervioso como todos los ojos de ave. José aventó a los que lo levantaban. Empujó otros ojos de gallina y, tapándose la mitad de la cara, regresó a su casa.
Subió corriendo las escaleras, sacó las llaves. Sus manos no atinaban a abrir la cerradura. Respiró tres veces y abrió la puerta. Entró al baño, miró su imagen en el espejo. El dolor regresó. Dos pastillas más de paracetamol; sin efecto.
Habló a su trabajo, la voz apenas le salía. «Hola, jefa. Soy José», «Pepillo, ¿qué tal con el doctor ayer, todo bien? Te oyes raro». Necesitaba una buena excusa, no iba a decirle que no podía a ir a trabajar porque todos en el edificio tendrían un ojo de gallina. «Más o menos. Dice que tengo pterigión», «¿En serio?, ¿cómo está la cosa?», «Sale por estar tanto tiempo frente a la computadora. El doctor me dijo que descansara unos días», «No hay bronca, Pepillo, ahorita la chamba está calmada. ¿Cuándo regresas?», «¿Me puedo tomar hasta el lunes?», «Va, pues, cuídate y mejor ve esto con el seguro, para que no te cueste». José colgó. Su ojo seguía punzando.
Fue a su cuarto, se puso las gotas, apagó la luz y cerró las cortinas. Se acostó boca abajo sobre la cama.
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El niño con ojo de gallina se agacha y saca un gusano de la tierra. Lo mira, lo aplasta y lo parte en dos. Tira una de las mitades y la otra se la lleva a la boca. Lo mastica y se lo traga; el ojo de gallina vibra y parpadea extasiado. El niño se vuelve a agachar y agarra otro gusano. Lo aplasta, lo parte y se come la mitad. Mientras se repite la acción, el ojo de gallina empieza a supurar un líquido negro y se llena de lagañas marrones. El niño sorbe los mocos. El ojo de gallina se sale de la cuenca y cuelga sobre la mejilla, se sostiene de la cara sólo con un nervio amarillo. El niño lo arranca. Se come el ojo de un bocado y mastica el nervio.
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José se levantó acalorado. Le sudaban las manos y tenía lagañas en los ojos. No quiso abrir las cortinas ni prender la luz. Miró el reloj. Tres de la mañana. Decidió ver a un psicólogo. Entró al baño, abrió la regadera y se miró al espejo. No había nada de diferente en su cara. Se tapó el ojo derecho para notar algún cambio. Nada. Aprovechó para rasurarse, se cortó las uñas y tomó una ducha larga. Salió del baño y miró su reloj. Eran las ocho y media. Le marcó a su madre. «¡Hola, Pepe! ¿Cómo estás? Hace mucho que no nos vemos», «Bien, bien. Un poco atareado de la chamba», «Te oyes cansado, ya no trabajes tanto. ¿Qué vas a hacer el fin de semana? Viene tu hermano y vamos a preparar una carne asada», «Sí, sí voy. Oye, ¿te acuerdas de tu amigo Raúl? El psicólogo. ¿Sigue dando consulta?», «Te paso el teléfono. ¿Todo bien?», «Sí, sólo se me antojó ir. Por esto de la presión», «Ay, mijo, pues cuídate y nos vemos el fin. Te paso a tu papá para que lo saludes». José habló con su padre y colgó el teléfono. Le marcó al psicólogo y agendaron una cita al día siguiente a las nueve de la mañana. José se fue a acostar.
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Una cabeza de gallina, sin el ojo derecho, cae al piso. El niño la toma y la observa con su ojo de gallina. La huele, le da asco; aun así, la muerde y le arranca el pico. Lo mastica. Las muelas pulverizan el cartílago con parsimonia. El niño traga con dificultad. Empieza a masticar las plumas. Son más difíciles de comer que el pico; se le atoran en la garganta, lo hacen toser. Rompe el cráneo y sorbe el cerebro, que tiene un sabor agridulce. Roe el cuello y se sienta para acabarse el resto de la cabeza.
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José no necesitó ver el reloj para saber que eran las tres de la mañana. Abrió la cortina. No había nadie en la calle. El ojo derecho punzaba. Fue al baño y buscó las gotas pero no recordó dónde las había puesto. Abrió la llave del lavabo y se mojó la cara. Se miró al espejo. Sintió que el párpado se tensaba, como si lo estuvieran presionando desde adentro. Oyó un chasquido y un líquido empezó a escurrir por el lagrimal derecho. Su respiración se aceleró. Los tendones de sus antebrazos se acalambraron. Volvió a enjuagarse la cara y vio que el lavabo se llenaba de una sustancia blanca. Del ojo derecho de José comenzó a surgir algo duro y amarillento.
Primero fue la punta del pico, luego unas plumas mojadas. La presión de los tejidos expulsó una cabeza de gallina, que el lavabo, lleno de agua, sangre y sustancia blanca, recibió con pocas salpicaduras. José miró la cabeza; le faltaba el ojo derecho. Regresó la vista al espejo. De donde salió el pico, empezaba a surgir una esfera de medio centímetro. Un ojo de gallina brotó triunfante de entre esa masa de carnosidades rojas. Mientras el ojo humano parpadeaba una vez, el ojo de gallina lo hacía muchas más. Las venas del cuello y de la frente estaban a presión máxima. Su respiración era cada vez más arrítmica y los latidos aceleraban. Con los dedos índices de ambas manos sujetó el ojo de gallina y empezó a apretar como si fuera un barro. José reventó el ojo de gallina y le dolió hasta la base de la espalda. La cuenca derecha sangraba negro y las lagañas cafés corrían por sus mejillas. Sintió un vació en el estómago. Se llevó la mano a la cara y buscó una toalla para limpiarse. Tenía entumida toda la parte derecha de su cuerpo.
Abrió la regadera. Pensó en cómo le iba a explicar al psicólogo lo que había pasado, cómo le iba a explicar a cualquiera por qué se había mutilado. Se miró en el espejo. No pudo distinguir bien qué tan desfigurado había quedado porque su ojo izquierdo estaba cubierto de una leve membrana blanca.
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Pedro Acuña nació en Chihuahua, vivió en Toluca y, ahora, en la ciudad de México. Será (dios mediante) maestro en filosofía por la UNAM. Ha publicado en las revistas Tierra Adentro, Los bastardos de la uva, F.I.L.M.E, Icónica, Registromx, El portal de Toluca, Este país y Escala. Desde hace mucho le interesan los cineclubes. En este momento forma parte de Kinotecnia cineclub.












