Significados sin brújula
Raúl Bravo Aduna
El asunto no es nuevo, ni novedoso. Los griegos ya se peleaban al respecto: ¿los marcos referenciales de la experiencia humana son impuestos por el mundo (delimitando al hombre) o por el hombre (delimitando al mundo)? Cualquiera de las dos opciones, la que se escoja, parece quedarse a la mitad de lo que podría aceptarse como una respuesta medio decente. El asunto, pues, es que no hubo necesidad ni de una orgía ontológica ni del fin de la historia ni del fin de la teoría ni del después de todo para que este fenómeno se apareciera en este mundo tan insípido. Este tormento epistémico llega con el advenimiento del hombre mismo, lo que me hace suponer que somos una especie con handicap incluido: surgimos con la desventaja misma de cuestionar incluso nuestro surgimiento.
A ratos nos hemos sentido más seguros: las grandes narrativas nos arroparon, las estructuras de poder nos delinearon, el consenso más o menos generalizado (e impositivo) nos trazó el camino. Y, sin embargo, el cuestionamiento nunca fue extinguido y rara vez institucionalizado, hasta que llegó el postmodernismo, que también estableció un marco referencial supuestamente objetivo, y bastante tramposo: no existen los marcos de referencia objetivos.
La pregunta es incluso difícil de formular, porque en ella se encuentra una respuesta más que desgarradora. Y, sin embargo, es capaz de dar vueltas y vueltas, llevando a las mentes más deslumbrantes de nuestra raza a la deriva epistémica. Bien escribe Javier Salvago que «La culpa es de este oficio. De tanto darle vueltas/ a todo, todo acaba perdiendo consistencia.» Todo lo sólido se desvanece en el aire, dice el lugar común, ¿pero qué ha sido, o es, para el caso, verdaderamente sólido? Se me apachurra el corazón con el simple hecho de teclear esas palabras.
Para Baudrillard sí hay un antes y un después. Y para Baudrillard son claros. El después, nuestro «ahora», es una tolvanera de designificación. «Aceleramos en el vacío», dice. Todo se volvió todo, y el todo, sabemos desde Montaigne, es igual a la nada. Agotamos la orgía y nos quedamos sin qué hacer, sin qué teorizar y, más espeluznante aún, sin qué vivir. La proliferación de todo –y por todo no podemos sino entender TODO– nos dejó enterrados en un alud de mierda del que difícilmente se puede salir. Nos dejamos llevar por una orgía que agotó a la orgía misma.
Pensar en estos términos es desolador, pero al mismo tiempo edificante. Imaginar el abanico de posibilidades frente a nosotros es sencillamente esperanzador, aunque desastroso. Me gusta creer que, en estos términos, vivir se vuelve una hazaña. La vida ya no está dada, nuestros significados andan sin brújula, nos corresponde dirigir sus caminos, nos corresponde significarlo, si no es que re-significarlo, todo. Pero este acto no puede ser contingente nada más, aunque sí sea activo. Cornelius Castoriadis lo dijo hace casi veinte años: debemos entender que si queremos vivir debe ser con significado, no con significación. Pero esto no es sencillo. El mundo, en efecto, ya no está dado, ni siquiera se puede tomar su existencia como axioma incuestionable. Y ahí está el asunto: está en nuestra experiencia misma la creación del significado para enterrar a la significación que tanto daño nos ha hecho.
La pregunta no es si todavía se pueden encontrar marcos de referencia objetivos en el mundo; la pregunta, y la respuesta que la acompaña, me parece que está en la búsqueda misma. Búsqueda que, para fortuna nuestra, continúa y no parece estar cercana a la extinción.
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Raúl Bravo Aduna es ensayista, poeta y traductor. Actualmente es profesor de lenguas en la Universidad Panamericana y editor literario de Cuadrivio.













Zorobabel
septiembre 9, 2012 at 11:48 am
Es obvio,siempre lo ha sido; El Hombre y sus paradigmas, algo en que creer a donde pertenecer; Encontrar el motivo y la razón; Amar lo que se hace, hacer lo que se ama; Ser feliz; Ser feliz mas allá del sexo, las drogas y el rock&roll.
Las Letras; En ellas existen mil millones de combinaciones como constelaciones y estrellas.