La translucidez de la Razón y la transparencia del Mal
El multiculturalismo y la demanda de democracia participativa a toda costa se han apuntado como dos de los grandes logros del posmodernismo en nuestra época. Sin embargo, puede ser que toda esa jerigonza sobre la alteridad, el respeto por las diferencias y la igualdad esencial de todos los seres humanos sea, paradójicamente, la confirmación y reproducción de lo que pretende negar y combatir (la homogeneización cultural, entre otras cosas). De la mano de Jean Baudrillard, Fabrizzio Guerrero explora los dilemas del multiculturalismo y la alteridad en este excelente ensayo.
Fabrizzio Guerrero McManus
¿Y si toda la publicidad fuera la apología no de un producto, sino de la propia publicidad? ¿Y si la información no remitiera a un acontecimiento, sino a la promoción de la propia información como acontecimiento? ¿Y si la comunicación no remitiera a un mensaje, sino a la promoción de la propia comunicación como mito?
Jean Baudrillard.
En realidad, lo que no se dice en el discurso de la participación es que la buena participación se detiene en los signos de la participación.
Jean Baudrillard.
Hay algo fascinante en la intelligentsia francesa: un modo de pensar con el lenguaje, y no sólo por medio del lenguaje, que revela en las palabras los engranajes ideológicos del sujeto, de tal forma que el lector queda intrincado siempre en los nudos argumentativos de un pensamiento que tiene mucho de poético. El lector es en cada ocasión una pieza que ya estaba contenida en la discusión. Son textos en los que siempre importa quién lee, cuándo lee y cómo se siente aquel que lee.
El libro La Transparencia del Mal de Jean Baudrillard es un buen ejemplo de esa forma de hacer filosofía. Es un libro que unas veces es molesto por ser casi reaccionario, mientras que otras veces parece ser brutalmente radical y crítico. Es un libro que enoja, decepciona y entristece –no sólo por sus diagnósticos, sino por el quietismo moral y político que a veces parece implicar–, pero que también inflama, inspira y recuerda las deudas morales –y la moralidad misma de las deudas económicas– que plagan el mundo; casi dan ganas de gritar: «¡El corazón está abajo y a la izquierda!»
Es un libro que me hace recordar otro gran libro de otro gran pensador –también francés–, La Guerra de los Mundos de Bruno Latour. Ambos son libros, escritos tras un evento de crisis. En el caso de Latour, su libro fue escrito tras los acontecimientos del 9/11. Su tesis central es que habitamos en una globalización que utiliza al multiculturalismo para convertir a toda cultura en una mera diferencia museográfica, en un mero accidente que simplemente colorea a una misma naturaleza humana. Todos somos iguales, todos somos humanos, lo demás no importa… el problema es que sí importa.
Latour dice que de la mano del multiculturalismo se ha construido, a través de la noción misma de derechos humanos, una presunta naturaleza humana –un mononaturalismo– que homogeneiza todo. Ésta sería una forma de colonialismo ideológico más brutal de lo que parece. Esconde la existencia de una guerra muy real entre el Occidente y sus focos de resistencia. Esconde esa guerra y nos impide nombrarla. A través del eufemismo de la integración cultural se genera una forma de violencia que lo asimila todo al no asimilar nada, que asimila todo porque todo se convierte en un accidente prescindible que adjetiva a esa única naturaleza humana. Latour sugiere que sería más honesto declararnos la guerra abiertamente y luchar en el campo de batalla por los ideales de Occidente; quizás incluso ganen, quizás incluso merezcan ganar.
Las palabras de Latour son posiblemente herederas de un diagnóstico hecho por Baudrillard. Este último llamó a esta situación «el infierno de lo mismo». Para él, el multiculturalismo y toda la jerigonza de la democracia participativa esconden la destrucción del Otro, su conversión en una extensión de lo Mismo. Lo mismo en todas partes, lo mismo en todas las culturas, en todas las geografías.
Todo el discurso posmoderno de la diferencia, de la alteridad radical, del respeto al Otro y de la inclusión serían así una forma de desactivar a esa misma alteridad. Los mecanismos de participación supondrían un ciudadano que participa sólo a través de dichos mecanismos, y luego, luego nada. La diferencia sólo puede ser expresada allí donde el Sistema puede manejarla en tanto un dato estadístico cuantificable que regresará a la masa procesado y desactivado porque ya no es más un existenciario del sujeto sino simplemente un accidente que describe a un subconjunto de la población.
Ese infierno de lo mismo cancela la posibilidad de mirarle los ojos a la Gorgona. Entendamos a Medusa como ese otro tan radicalmente otro que al mirarlo sólo podemos morir. Pensemos así en una otredad tan alterna que no es posible la integración, no es posible la conversión de ese otro en lo mismo.
Occidente y los occidentales no son capaces de pensar en una otredad radical. Sólo la inventaron para convertir al mundo en un sitio de turismo y a los otros en lo mismo que ellos son, pero desplazados. Y ese otro desplazado debe atenerse a los únicos medios que se le brindan: la democracia participativa que ciudadaniza las alteridades como estilos de vida.
¿Por qué digo que esto, que parece tan crítico y tan liberador, invita a un quietismo moral y político? Porque si todos nuestros mejores discursos acerca de la alteridad, los derechos y la democratización, acerca del multiculturalismo, la inclusión y la comprensión mutua son simplemente estrategias para reducir al otro a una pieza de museo, entonces no hay manera de hacer algo por el otro.
Dotar al otro de educación, dotar al otro de espacios, dotar al otro de derechos, dotarlo de instituciones es, como dice Chakravarty Spivak, convertir al otro en un sujeto capaz de hablar de sí mismo, capaz de hablar por sí mismo. Es invitarlo a los discursos –políticos o no– sobre sí mismo. Es modificarlo de una forma tan radical que su otredad deje de ser una otredad y se convierta pura y simplemente en un sitio de enunciación diferente desde el cual habla un sujeto que ya es sujeto –que ya está sujetado por las instituciones occidentales– y que es ya un «lo mismo pero desplazado». El subalterno no puede hablar, dice Spivak, porque cuando habla es porque le hemos otorgado la palabra; se la hemos dado, no sólo en forma, sino también en contenido. Lo hemos in-formado acerca de quién es, lo hemos robado de sí mismo.
El reto filosófico es brutal. El diagnóstico parece certero. Pero nos deja con una prognosis en la cual nos queda la guerra –como dice Latour–, la sordera y el silencio –como podría seguirse de Spivak–, o la inacción absoluta –como podría pensarse con Baudrillard. Matar a Medusa, no mirar a Medusa o no atender siquiera a su presencia.
Baudrillard dice que estamos ante una transición de fase en la cual el Mal es innombrable. Ya no es el Mal que Nietzsche rescató del olvido, ese mal del derrotado, del perdedor, ya no es tampoco el Mal sustantivado del judeocristianismo y la Ilustración. El nuevo Mal sería el Mal de los fenómenos extremos, de los fenómenos que desestabilizan el funcionamiento del sistema. Algo es malo porque es disruptivo. Algo es malo cuando rebasa nuestro fetichismo institucional. Algo es malo cuando la superficie se fractura.
Pero ese Mal es también el signo que delata «[t]odo el espectro de la alteridad negada [que] resucita como proceso autodestructor. Eso también es la transparencia del Mal». Pero este mal es incalificable e inmanejable porque «[a]nte un proceso que supera en mucho la voluntad individual y colectiva de los actores, no podemos más que admitir que cualquier distinción entre el bien y el mal (y, por tanto, en este caso la posibilidad de opinar de la justa medida del desarrollo tecnológico) sólo vale estrictamente en el margen ínfimo de nuestro modelo racional –dentro de estos límites son posibles una reflexión ética y una determinación práctica».
Éste sería un mal inabordable porque no resulta sólo de nuestra inacción, sino también de nuestra acción, incluso de nuestra acción ética y justiciera, que busca incluir pero que termina siendo una fuerza que homogeneiza y crea más de lo mismo. Y, a consecuencia de esto, no puede ser combatido con ética, no puede ser eliminado a través de la acción racional.
Pero este tipo de argumentación, a la vez ultra crítica y ultra cínica, es más vieja que Baudrillard. Jacques Lacan, en su famoso argumento de Kant con Sade, anticipó muchos de los problemas que Baudrillard aborda. La ética kantiana de la obediencia a la norma que se vuelve sádica cuando se aplica sobre un otro inerme y vulnerable. La inflexibilidad de la regla kantiana que admite toda reflexión racional pero solicita una obediencia ciega e incuestionable. Una obediencia que anticipa un ethos autoritario en el cual se hacen las cosas porque así lo demandan la Ley, la Razón de Estado o la Justicia.
Kant es un sadeano porque la obediencia ante la Ley terminó por traducirse en la excusa de que los genocidas del holocausto «sólo seguían órdenes, sólo cumplían con su deber»; Kant es un sadeano porque esa obediencia se vuelve inmoral porque ese deber sádico termina por disfrutarse –ya que la Ley se introyecta como un deber que es constitutivo del sujeto. Y Sade es un kantiano porque su imperativo del dolor es un imperativo categórico que no admite condicionales, porque el otro sigue siendo un otro –no una cosa, no un subhumano– mientras se le va destruyendo lentamente; se le reconoce como humano, como sujeto, como persona, como un otro, pero de igual forma se le inflige todo el dolor posible.
Por algo dice Slavoj Žižek que todo genocidio tiene a su poeta. Todo genocidio encontrará un intelectual capaz de romantizar y racionalizar un holocausto. Los intelectuales se equivocan, son falibles y de carne y hueso.
Tal pareciera que Baudrillard extiende esta forma de pensar a esta nueva transición de fase. El infierno de lo mismo nunca desconoce al otro mientras lo avasalla y lo destruye, incluso cuando lo avasalla y lo destruye con las mejores intenciones o cuando lo somete y le impone una forma de expresión que no admite diferencias de fondo.
Baudrillard nos deja desolados. Su crítica disuelve también a la estética y no sólo a la justicia y la ética. El culto al mal gusto como arte, el culto a las artes decadentes como si fueran sublimes muestran la falta absoluta de nuevas ideas. Y casi pienso en las últimas películas de Woody Allen en las que se recicla a sí mismo una y otra vez, cambiando a Nueva York por Barcelona, Londres, París y Roma. Sus mismos chistes, sus mismos personajes con un rostro diferente. Pero ni siquiera con la frescura de entonces. Se convirtió a sí mismo en una marca y se volvió el gran héroe de la comedia romántica. Él asesinó a su propio referente, ahora él mismo es un personaje, es un simulacro hiperreal de sí mismo.
Woody Allen encarna un problema de fondo. El problema del pasado cual futuro. El problema de ver a los ismos estéticos como si todavía fueran vanguardia. El problema de seguir pensando en los viejos ideales comunistas, socialistas y feministas como si el siglo XX no hubiera pasado: seguir pensando en la vigencia misma del psicoanálisis, incluso como chiste. La invitación al quietismo retorna reforzada. Baudrillard nos habla de esta situación post-orgiástica en la que vivimos los fracasos de esos humanismos y tenemos, empero, que pretender que no. Tenemos que vivirlos como si no fueran un pasado sino como si apuntaran aún al futuro.
Nos quedamos de pronto pasmados. La brutalidad de su crítica parece amenazarnos a nosotros como lectores. ¿Seremos unos farsantes odiosos? ¿Somos una falsa izquierda o, peor, somos una auténtica derecha? ¿Somos impostores intelectuales? ¿Con qué cara defenderemos al comunismo después de Stalin? ¿Cómo seguir defendiendo a la vieja izquierda después de Cuba, China, Corea del Norte y la extinta URSS? ¿Cómo salir a alfabetizar y a educar después de Spivak? ¿Cómo seguir siendo activistas en favor de los derechos de los homosexuales cuando toda su lucha se ha convertido en una lucha por ser parte del modelo de familia burguesa que antes los excluyó? ¿Cómo defender a los animales cuando muchas veces esta lucha termina siendo la expresión de una misantropía tremenda?
Baudrillard apunta a la manera en la cual vivimos el pasado cual futuro, en nuestros ideales, en nuestros diagnósticos, en nuestras estrategias mismas de lucha: no queremos reconocer que muchos de los referentes están perdidos, refutados o desacreditados. Habitamos en una crisis de significación. La información refiere a sí misma y la publicidad es un simulacro que anuncia productos chatarra. Pero la misma política se volvió un simulacro, y la denuncia de esa política funciona de manera análoga. Baudrillard anticipó la miseria, no sólo de la prensa, sino de las redes sociales que critican la construcción mediática pero que despliegan el mismo estilo de argumentación en su construcción de héroes, villanos y senderos de lucha.
Pero yo quisiera creer que Baudrillard se equivoca, que sus ideas no están vigentes. Después de todo, no sé si éste es un libro vigente.
Fue escrito en 1989. Se nota demasiado su época, no sólo por las referencias culturales a iconos de los 80 como Madona y Michael Jackson, sino también por haber sido escrito tras una crisis económica internacional causada por los grandes capitales especulativos. Fue escrito en una época dominada por la decepción ante las democracias formales y el multiculturalismo francés. Fue escrito en un tiempo en el cual la política se había convertido en trans-política, esto es, en una forma de política en la que no está en juego nada importante porque tanto derecha e izquierda coinciden en lo sustantivo. Fue escrito desde una geografía muy concreta que vivió la Guerra Fría viendo a las potencias pelearse en el Tercer Mundo. Es un libro escrito desde el corazón de Occidente y que apela siempre a un «nosotros» que intercambia lo blanco y lo occidental sin problema alguno.
Para algunos el libro estará más vigente que nunca precisamente porque hoy, en 2012, Madonna y Michael Jackson siguen siendo referentes culturales. Porque estamos de nuevo en una crisis económica mundial creada por los grandes capitales especulativos. Porque estamos desencantados de la democracia formal y los mecanismos institucionales de participación. Porque el Estado ha fallado en el tema de la justicia social y ha sido incapaz de abordar los problemas de fondo –seguimos en la trans-política y la trans-economía. Las divisiones entre el Primer y el Tercer Mundo siguen allí y el Medio Oriente e Irán siguen apareciendo como focos rojos en el mapa. Parece entonces que Baudrillard tenía razón: de 1989 al 2000 no iba a pasar nada, y nada pasó del 2000 al 2012.
Pero, ¿son estas semejanzas suficientes para la vigencia de este libro? ¿Son estas semejanzas reales? Michael Jackson está muerto y Madonna es mami Madonna. Esta crisis económica mundial no es similar a la crisis de la que habló Baudrillard; la nuestra surgió en el corazón de EE.UU. y amenaza con destruir a la Unión Europea –al corazón histórico de Occidente– mientras las economías en desarrollo parecen sortearla con mayor éxito.
Y es verdad que Medio Oriente sigue siendo un foco rojo, pero el Irán de hoy no es el Irán de entonces. Ya pasó todo el ciclo de Irak. Y, si bien las divisiones entre el Primer y el Tercer mundo siguen allí, hoy China es un gigante colonizando África, América Latina y Europa. La justicia social y el multiculturalismo parecen haber fracasado y, sin embargo, EE.UU. tiene un presidente afrodescendiente y hay algunos triunfos para algunas minorías como la comunidad homosexual.
Pero quizás más importante que todo lo anterior es el hecho de que los ciudadanos mismos han cambiado. Baudrillard habla de una masa idiotizada por la televisión e incapaz de pensarse como una población alienada capaz siquiera de tomar una conciencia histórica. Habla de una masa que sólo está unida por su cólera y su enfado pero que es inútil como fuerza motora de cambio alguno. Para muchos, hoy más que nunca esto será el caso. Pero serán esos mismos los que fungirán como el contraejemplo más inmediato de que la gran masa no es idiota.
¿Está vigente entonces este libro?
Yo me atrevería a decir que el Mal nunca es transparente. Eso sería demasiado fácil. Ni siquiera ese Mal del que Baudrillard habla, ese mal como un fenómeno extremo que desestabiliza al sistema y que funge como un signo –un síntoma incluso– de las alteridades olvidadas. Baudrillard tiene razón cuando afirma que hay una crisis de significación. Los jóvenes más comprometidos de hoy parecen ver y no ver las dimensiones mediáticas de la política y la economía, de los medios y las instituciones.
Ven eso y creen que ven al mal en su transparencia. Es un otro que camina, que tiene nombre y que puede ser identificado; hay veces que es persona, otras tantas es sistema. Convocan a exorcizar a ese Mal, mayusculado. Pero parecen no darse cuenta de que ellos están entrampados en esa misma crisis de significación. Invocan para sí una legitimidad que ya no descansa siquiera en un formalismo democrático sino en la fantasía de la simulación de un compromiso ante un todo social que también es una simulación.
Esos mismos jóvenes de hoy están atrapados entre un diagnóstico ultra crítico y ultra cínico que exhibe la brutalidad kanteano-sadeana del Estado, por un lado, y una estrategia de lucha que presupone olvidar los fracasos del pasado. Parecen estar al tanto de ese infierno de lo mismo que despedaza toda diferencia. Están al tanto de la crisis de una legitimidad que ya no puede anclarse en las democracias formales cuando éstas son cómplices de la Razón de Estado qua Violencia de Estado. Los jóvenes de hoy están atrapados entre ese diagnóstico y una prognosis que apunta a un pasado cual futuro.
Siguen pensando en La Revolución de un proletariado que Baudrillard ha declarado muerto. La masa no es el proletariado. No ya porque esté ideologizada o alineada y, por tanto, alejada de su conciencia de clase; ¡oh no!, la masa no es el proletariado porque jamás estuvo ideologizada, simplemente se lo hizo creer a los marxistas. Los entrampó en un simulacro de su propia teoría. Quizás, como dice Žižek, la ideología de hoy opera mediante un nuevo eslogan que no es más el «hacer las cosas sin saber que se hacen», sino «el hacer las cosas a sabiendas de que se hacen».
Quizás lo más brutal de hoy es descubrir que el otro hace lo que hace sabiendo lo que implica: descubrir que no fue la simulación mediática, la trans-política o la trans-economía, sino la brutal indiferencia de un otro perfectamente consciente de lo que hace. Los jóvenes de hoy siguen pensando en estrategias de lucha que culminan en el descongelamiento de la Libertad, pero la tragedia más grande es que la Libertad no estaba congelada. Lo que había no era ni siquiera una indiferencia perfectamente consciente de sí, lo que había era una gorgona, una medusa, una forma de existencia que no puede no matar al mirar a un otro.
¿Es ése nuestro mundo?
Baudrillard nos arrastra a veces a pensar que sí. Pero, si el Mal no es transparente, la razón tampoco es translúcida. La verdad es que las razones del Otro radical se nos escapan, se nos escapa su deseo, su motivación y su miedo. La razón, nuestra razón, nunca se manifiesta ante los otros con esa claridad con la que quisiéramos y, de forma análoga, la razón del Otro nos es oscura, opaca. La razón no es translúcida y el mal no es transparente.
Pero hay un sentido en el cual la razón se entrega a la trans-lucidez. Cuando la razón va más allá de la lucidez, cuando la razón enloquece, cuando se rebasa a sí misma. Cuando se coloca en una situación en la cual hacer algo es peor que no hacer nada. Cuando alcanza un nivel de crítica que se vuelve cinismo.
Decía Christine Korsgaard que todas nuestras ideas de libertad, justicia y democracia son la sustantivación de un formalismo. No existe la justicia sino simplemente una idea de justicia plasmada en un aparato institucional. Estos aparatos pueden ser más o menos justos, pero no ya porque estén más cerca de una trascendentalidad sino porque son más sofisticados, poseen más canales de participación, poseen más contrapesos. Contra la idea marxista de una conciencia del proletariado como justificación última y legitimidad fundante, Korsgaard nos ofrece una lectura que parece descorazonarnos: la justicia, la democracia y la libertad siempre serán formales.
¿Por qué? Porque, como dice Žižek, históricamente el líder inventó al Partido y el Partido inventó al Pueblo: el Pueblo es aquello que corrobora la voluntad del líder. También el sueño comunista tiene su infierno de lo mismo: aquel que no está con el Pueblo es un traidor. El Mal es transparente en él. Y cuando ese juicio se alcanza la razón es trans-lúcida, ha dejado ya la lucidez.
Porque al final estamos entrampados en un esencialismo del Yo y el Otro. Si yo tengo un gesto hacia el Otro, cualquier gesto hacia cualquier otro, yo lo colonizo. Yo lo cambio. Y sí, pero ese otro también me cambia. Le doy voz, le doy palabra y, sí, lo in-formo, pero ese otro resignifica mi palabra, la expande y, en el proceso, me desdibuja un poco.
Una parte de la intelligentsia francesa no ha comprendido todavía la lección ética que Lacan nos brindó en su argumento de Kant con Sade, la posibilidad de una ética más allá de la obediencia, más allá de la Ley. Pero no en el sentido de invocar una desobediencia o una ruptura de la Ley. El deseo resignifica a la oposición y la oposición resignifica el deseo. Busquemos pues al Otro, al otro que está en oposición, pero no para combatirlo, no para violentar su Ley para imponer la nuestra, busquémosle no ya para otorgarle la justicia –que no es nuestra– sino para dejar que ese encuentro nos desbarate a ambos poco a poco.
No podemos alcanzar completamente a la alteridad, no hay la posibilidad de una relación que logre mediar cabalmente esa diferencia, porque el Otro es en parte el «sujeto que no es uno», el sujeto que yo no soy, el sujeto que no es sujeto, el sujeto que es una imagen del Otro. Y el deseo, como el amor, es desear ser lo que al Otro le falta, ser su complemento, imaginar a un otro que carece e imaginarme a mí como ese resto que lo hará feliz.
El combate al racismo, el combate contra la misoginia, la lucha contra el totalitarismo no tienen por qué acabar en un infierno de lo mismo. El formalismo no tiene por qué desembocar en un cinismo derrotista. Buscar al Otro, al otro que se opone, reconociendo que se opone y no que es un idiota ideologizado, puede abrir la puerta a un deseo por ese otro que resignifique esa oposición. Un deseo incluso erótico por encontrarlo, entenderlo, someterlo, comprenderlo y, quizás, por dejarse asaltar por ese otro.
Desdibujarnos mutuamente poco a poco. A sabiendas de que esos otros son la antesala al nosotros. A sabiendas de que la orgía apenas comienza. A sabiendas de que la repetición de la historia es imposible. Quizás sea posible, contra Baudrillard, mirar a la Gorgona y dejar que nos mate poco a poco… de placer. Nos haremos de piedra y a cada instante nos iremos desmoronando. Iremos cambiando sin encontrarnos nunca plenamente, desdibujándonos mutuamente poco a poco.
¿Seré yo un romántico, el poeta de mi tiempo?
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Fabrizzio Guerrero Mc Manus (Ciudad de México, 1981) es doctor en filosofía de la ciencia por la UNAM y profesor en la Facultad de Ciencias de la misma universidad.












