A mí lo que me interesa es mover el libro: Álvaro Flores

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Cuadrivio proteico es el espacio para la delicia periodística y la nota variada, para el ensayo versátil y la narrativa híbrida. Irene Castro abre la sección más ambiciosa de nuestra revista entrevistando a Álvaro Flores, ejemplar de una especie en auténtico riesgo de extinción: la del librero preocupado por la calidad de sus materiales y, ante todo, por la satisfacción de su cliente natural: el lector.


Irene Castro Nava


A la gente no parece importarle si paga 800 o 2 mil 400 pesos. Aquí no existen los descuentos del 10 por ciento si pagas en efectivo o si llevas tu credencial de estudiante. A las personas que visitan esta librería les gusta el orden, la pulcritud, pero sobre todo, la atención que reciben por parte de los encargados. A otros tantos les encanta venir a charlar, a recordar aquellos tiempos en los que sus padres producían el pulque, mientras que otros prefieren añorar a María Félix, a la «me haría feliz».

Ser librero es un oficio que se encuentra en extinción. De acuerdo con el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlalc), «32 por ciento de las librerías se encuentran en las zonas céntricas de la ciudad de México» y aun cuando las cadenas de librerías comerciales continúan creciendo en sus puntos de distribución, las librerías clásicas se ven amenazadas por el volumen, no por la calidad de sus textos.

En la Librería Madero ser librero no es sólo preguntar qué título busca, al contrario, es una forma de vida en la que todos los días se aprende algo distinto de la gente que los visita. De tez morena, lentes y cabello canoso, Álvaro Flores Téllez tiene 20 años trabajando ahí y para él, cada cliente que pasa por la librería –de la calle que lleva su mismo nombre– enriquece su vida.

«Ésa es la experiencia que deja esta labor: la de convivir y platicar con la gente. Es muy importante para nosotros que sea un establecimiento personalizado: no nos separa un mostrador o una computadora. Hay gente que le gusta venir por charlar con nosotros. La atención que se les da no es nada más de pedir el título, lo buscas en la computadora y no lo hay. Ese trato es muy frío y nosotros buscamos todo menos eso.»

¿Por qué trabajar con libros?

Por el afecto que tuve al estar en contacto con los libros desde muy pequeño. Esto me generó el interés por la lectura. Por querer estar en contacto siempre con ellos. Yo, aunque estuve en una imprenta trabajando como cajero (midiendo las cajas donde se ponían las letras para hacer la impresión de los periódicos o revistas), no me gustó porque se ensuciaba uno mucho las manos y en la librería no, a no ser el polvo habitual, común en cualquier punto de la librería que es difícil de erradicar (sonríe).

¿Cuál es la importancia de su quehacer como librero?

Hacer llegar el material a personas que realmente lo aprecien es lo que nos preocupa, más que nada porque queremos que quede en buenas manos. Buscamos rescatarlo de bibliotecas particulares o de tiraderos y lo mandamos limpiar con un líquido especial (benzina, gasolina blanca) que no daña en lo más mínimo al libro y se vuelve a poner a la venta.

Muchas veces nos llaman de bibliotecas particulares pues suele suceder que fallece el abuelo y a los hijos no les interesa conservarlos y es cuando nos hablan: «Oiga, vendo la biblioteca de mis abuelos.» Entonces vamos y vemos qué tipo de libro tienen ya que muchas veces tienen material que ya no funciona, tal y como lo son las enciclopedias o los atlas; ya con el Internet, quedaron desplazadas. De esta manera es muy difícil comprar enteramente la biblioteca, pero si nos dejan seleccionar, adelante; es lo que se hace.

Nosotros personalmente ya no vamos a las ferias de diferentes estados, sino que tenemos gente que a eso de dedica de forma particular. Ellos saben qué tipo de materiales manejamos, lo compran y nos lo venden. Ahí es cuando nos hacemos de algún material de Oaxaca, Guanajuato, Nuevo León, hasta ediciones especiales que hacen en Veracruz. De los últimos hay que tener mucho cuidado porque vienen con humedad. Muchos de estos libros no se compran porque ya están oxidados y a largo plazo empiezan a crear hongo que se propaga a los demás, por eso preferimos dejarlos pasar.

Pero resulta que la obtención de sus materiales puede llegar a ser una historia sin precedentes, una caja de Pandora donde la sonrisa del librero esconde tras de sí anécdotas impensables. En ellas se narra la historia de lo que muchas personas se ven obligadas a hacer por conseguir un libro y venderlo al mejor postor…

Antes nosotros sí íbamos a los tiraderos: a Santa Cruz, a la Lagunilla, a Tacuba, al Bordo…, donde suelen aparecer libros antiguos. Sin embargo, existían muchos problemas porque había que ir a las cuatro de la mañana y uno corría el riesgo de que nos los quitaran más adelante y los volvieran a vender en el mismo lugar (ríe). Al ver la rebatinga que se hacía por un solo libro, nosotros dijimos (mueve su cabeza en son de negación y extiende la palma de sus manos hacia arriba): «No nos vamos a prestar a pelear por un libro. El libro que va a ser para nosotros va a llegar solito.»

¿Por qué a las cuatro de la mañana?

Porque es cuando aparecen los libros robados (sonríe). Son todo tipo de libros y ciertas personas se dedican a asaltar a los camiones que llevan el material y ahí aparecen en la madrugada. La venta es sólo de una hora, hora y media a más tardar. Lo que vendiste, vendiste; lo que no, vámonos porque si no, empiezan las denuncias del robo de textos.

En nuestro caso, muchas veces no sabemos de dónde vienen los libros, no lo sabemos (reitera en un tono de voz serio). En alguna ocasión nos han acusado de vender libros robados. Si usted me lo trae a vender aquí, yo no voy a investigar si se lo robó a su abuelo, a su papá o a una librería. No voy a hacer eso. A mí lo que me interesa es mover el libro, que se lea; es lo que necesita este país.

Ha venido gente a investigar y decirnos: «¿Por qué tienes ese libro si no salió a la venta?» Pues lo obtengo por intercambio. Hay gente a la que se lo regalan y no le interesa. «Oye, quiero otra cosa, ¿qué me ofreces?» Y adelante, viene el cambio, el trueque. Entonces ha venido gente a amenazarnos: «Es libro robado, te voy a levantar un acta.» Pues levántala, levántala (en un tono desafiante). «¿Dónde lo conseguiste?» Si vas aquí al callejón de Condesa, ahí lo compré. Obviamente no me dan factura. Ahí investiga. A mí no me vengas a reclamar puesto que yo lo compré ahí para venderlo a mis clientes porque sé que lo necesitan y ellos sí me van a pedir factura, estoy obligado a darla.

Por lo tanto, ¿hasta qué punto es robado? No lo sé. Que el material que aparece tú lo sabes, él lo sabe y aquél también, ¿qué hacemos? Son de esos secretos a voces que todos conocemos pero que ahí siguen y en ocasiones aquí están.

La librería está centrada en temas de arqueología, antropología e historia de México, que es la especialidad. Se pueden encontrar textos desde el año de 1576 hasta 2010 albergados en las cuatro paredes de la librería. No hay espacio que no goce de un libro. Cada mueble contiene siete pisos, apenas para contener los 172 mil títulos que acoge este espacio. Hay libros desde 50 hasta 25 mil pesos, como los libros de códices pintados a mano en papel amate.

Con más de 50 años, en la Librería Madero el tiempo parece no haber transcurrido: un teléfono de los años 20, un radio y una máquina de escribir de los 30. El estéreo que está prendido tiene sintonizada la estación Opus, 94.5 F.M.

En ocasiones nos han venido a preguntar: «¿Por qué no vendes bestsellers?» «Es que no me interesa vender cantidad, sino calidad», les respondo. Gandhi y El Sótano manejan el libro nuevo, el libro del momento; el bestseller. Yo no vendo bestsellers. Cuando llego a vender cinco libros de un mismo título es el éxito para nosotros (se ríe) porque sé que los puedo colocar. De esos cinco, si me queda uno es para el famoso stock, que es lo que engorda a las librerías; Gandhi lo que hace es vender 50 libros sobre el mismo título en un día o más. Ellos manejan volumen, nosotros no.

Libro que entra aquí a la Madero, se revisa o si sabemos de cuál es el tema, se adquiere; si no, se deja fuera. Sobre todo porque manejamos el libro serio, el cual contiene una amplia bibliografía que se refleja en la ardua investigación del autor; es una historia sin tintes de sátira o novela. Por ejemplo, los libros Azteca o Corazón de piedra verde no los manejamos no porque no nos guste –ambas son excelentes novelas–, pero son personajes sacados de la historia hechos novela y eso va distorsionando de a poco el rumbo y gusto de la historia.

A fin de cuentas, todo libro deja un aprendizaje, indudablemente (bueno, malo o regular) y por disciplina se termina de leer un libro. Ya al final lo comentará. Incluso nosotros podemos fallar, qué más quisiera uno atinarle al ciento por ciento. Ahora somos lectores de solapa, de periódicos dominicales, de revistas semanales que nos dan avances de libros nuevos. Tiempo atrás, los vendedores eran eso, vendedores: venían y le explicaban a uno la novedad, de qué trata, de qué es; en la actualidad, desafortunadamente, son recogepedidos.

Ya no es aquella gente que venía y orientaba; ahora vienen: «Mire, traigo esto», dicen. «¿De qué trata?», les pregunta uno. «No sé, me lo acaban de dar», nos responden. ¿Cómo vienes a vender así? (Se cuestiona enojado). Primero hay que informarse: te pasan un memorándum donde se especifica cuál es el tema, de qué trata, cuántas páginas, cuántos ejemplares se tiraron. No saben nada. Ahora traen una hoja. «No», les decimos, «convénceme de por qué debo adquirirlos.» Esto nos obliga a leer las solapas, el índice, los temas… «Va, mándame tres.» Ya no vienen a hacer una labor de venta, nada más pasan a preguntarnos: «¿Qué te mando?» Él, como promotor de la cultura, debería de estar al tanto de lo que lleva en sus manos; estar en contacto con su imprenta y con las novedades que van a sacar…

Y qué lástima porque así continuaba la charla hasta que me percaté de que el establecimiento ya estaba cerrado. Eran las 2:24 de la tarde y aún había gente en su interior. «No nos gusta correr a la gente aunque cerremos a las dos mientras movamos al libro», me dijo sonriendo don Álvaro. Entretanto, Opus seguía sonando y yo me retiré.

Centro Histórico, ciudad de México

10 de abril de 2010

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Irene Castro Nava (Ciudad de México, 1988). Estudia Ciencias de la Comunicación en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Ha publicado textos en el periódico satírico El Machetearte. Participa en el taller literario Fulgor de Palabras. Para ella, la danza es el pretexto perfecto para expresar las ideas, lo mismo que la escritura. Partidaria del periodismo cultural, es miembro del consejo editorial de Cuadrivio.

4 comentarios

  1. Irene Castro

    Diciembre 14, 2010 at 5:42 am

    Sí, un libro es sólo la palabra que engloba toda una serie de significados y usos posibles.

    No he leído esta novela de Carlos Ruiz Safón, pero se me antoja harto. Seguiré tu recomendación.

    Qué bueno que te haya gustado el texto y que te haya hecho reflexionar, es parte de mi intención. Gracias por tu comentario olivarec, un saludo.

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  3. olivarec

    Septiembre 1, 2010 at 5:57 am

    Simplemente bello! Me hace reflexionar sobre lo que significa todo lo que hay detrás de un libro. Y ese lugar tan mítico como la librería que describes me pone a pensar sobre “La Sombra del Viento”, mi novela favorita…. el librero y los libros =)

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