Apuntes del mito para inflexiones sobre el canon
En toda forma del arte hay dos tendencia aparentemente contradictorias que, no obstante, se encuentran en la creación artística: el mito, con su don de la metamorfosis, y el canon con su imperfecta perfección. Xésar Tena teje un ensayo sobre este encuentro.
Xésar Tena
El canon en el arte es un modelo. Es natural que a un modelo se le atribuya un ideal de perfección, ya que su función es servir como germen, base o referente. El mito proporciona múltiples modelos conocidos como arquetipos. Sin embargo, hay que detenerse en la naturaleza del mito para comprender de qué forma trabajamos y nos relacionamos con el canon. Antes de continuar, cabría hacerse la pregunta ¿cuál ha sido la tendencia de mi trayectoria creativa: deificar el modelo o vituperarlo?
La palabra griega para designar al mito (mythos) se aplica a cualquier historia, desde el argumento de una tragedia, la intriga de una comedia, o una fábula de Esopo. Mythos se opone a logos como la fantasía a la razón, como la palabra que narra a la que demuestra. Logos y mythos son las dos mitades del lenguaje, dos funciones igualmente fundamentales de la vida del espíritu. El logos, siendo un razonamiento, intenta convencer, produce en el oyente la necesidad de emitir un juicio. El logos es verdadero si es adecuado y conforme a la «lógica»; es falso si encubre cualquier astucia secreta. Pero el mito no tiene otro fin que sí mismo. Se cree en él o no, a capricho, por un acto de fe, amén de juzgarlo bello o verosímil. El mito atrae así en torno suyo toda la parte irracional del pensamiento humano: está, por su naturaleza misma, emparentado con el arte en todas sus creaciones. Gracias al mito, lo sagrado ha dejado de ser terrible y lo terrible incorpora su dimensión sagrada; toda una región del alma se ha abierto a la reflexión; gracias a él, la poesía ha podido convertirse en sabiduría.
El mito difícilmente se siente cómodo expresado en los términos del logos, pues designa una imagen, un símbolo de una realidad que sería, de otro modo, inefable. Roland Barthes refiere que cualquier cosa podría ser un mito, pues un mito es un habla elegida por la historia; no surge de la «naturaleza» de las cosas. Sin embargo, todos los materiales del mito, sean representativos o gráficos, presuponen una conciencia significante que pueda razonar sobre ellos independientemente de su materia, aunque la materia no sea indiferente. La imagen, sin duda, es más imperativa que la escritura, ya que impone su significación en bloque, sin analizarla ni dispersarla.
Es muy probable que a los ojos mismos del poeta el mito no sea otra cosa que un medio de expresión, una forma de revelación, que ayuda a concebir el misterio del mundo pero que «no debería ser tomado al pie de la letra».
Lo docto y lo espontáneo, lo natural y lo artificial se mezclan íntimamente en la mitología. En el mito, la unidad no se introduce sino de modo artificial y secundario. Por tanto, hay que desconfiar de los mitos que se ha vuelto perfectos: su coherencia denuncia las modificaciones y el trabajo secundario de que ha sido objeto. Avenidos a ello, podemos recalcar que uno de los aspectos esenciales o fundacionales del mito es el don de la metamorfosis.
Por supuesto, antes de transformar el canon, podemos aprender de él. Desentrañarlo no es una tarea menor, pues funge como abrevadero de un conocimiento generacional que no solo le ha permitido al hombre sobrevivir, sino que ha nutrido su psique de una vitalidad imprescindible para la comprensión del mundo.
La relación con el arquetipo, por turbia que sea, guarda siempre en su centro el compromiso y la promesa de un vínculo humano. Por ello no podemos desligarnos de él ni desatenderlo. La religión primaria del ser humano no es el amor, sino los otros seres humanos y la relación con ellos. La otredad como principio esencial nos funda y nos expande en un mismo acto, tal como sucede en cualquier gesto creativo. Dicho mal y pronto, no hay singularidad sin modelo.
El mito pertenece a una ciencia general que incluye a la lingüística, a saber, la semiología, que es la ciencia de las formas, puesto que estudia las significaciones separadas de su contenido. Es posible que la «vida» solo sea una totalidad indiscernible de estructuras y formas, pero la ciencia es incompatible con lo inefable: necesita decir «vida» si quiere transformarla. Necesito confiar en mythos para que pueda transformarme.
El artista ha sido en todos los tiempos instrumento y portavoz de su época. Su obra sólo puede ser entendida parcialmente en función de su psicología personal. Consciente o inconscientemente, el artista da forma a la naturaleza y a los valores de su tiempo que, a su vez, le forman a él. Es decir que tanto el modelo como la obra en proceso forjan también la psique del escultor.
En este punto de reconciliación, el canon sugiere una relación dinámica que arrastra, pero conforme nos hace avanzar, la proyección de nuestra sombra lo modifica. El mito es un habla que necesita ser dicha y basta una simple y sugerente inflexión para transformarlo. El mito es un valor, pero su sanción no consiste en ser verdadero: nada le impide ser una coartada perpetua; le basta que su significado tenga dos caras para disponer siempre de un más allá.
En la antigüedad se mezclaba con mayor naturalidad el mito con la vida cotidiana y se convertía en algo familiar. Las imágenes estaban en cántaros, vasos y recipientes de todas clases. Sus figuras ocupaban la imaginación y dominaban las concepciones morales (toda ética es también resultado de un modelaje de comportamiento). Sin embargo, si algo garantiza la permanencia del mito –como del canon– es su plasticidad. Lo «perfecto» siempre es un acuerdo temporal entre algunos sobre algo. Un patrón en el arte se define, no como una cicatriz irreconciliable, tanto como una brújula dispuesta a conocer y plantear rutas.
De vuelta la mirada adentro ¿qué tipos de canon me seducen?, ¿a qué mitología corresponden?, ¿cuál es mi ideal de modelo y qué elementos lo componen?
Todo modelo es una trampa si se pretende definitivo. Así como todo signo depende de su significación, toda significación está determinada por su sentido y en última instancia el sentido vuelve a ser tanto una relación, como una construcción personal.
El hombre es una fábrica espontánea e inagotable de símbolos. Los sueños son su mitología personal. Carl G. Jung plantea que no podemos definir la psique ni su naturaleza, incluso refiere que la conciencia es una novedad en la historia de la civilización y su unidad es un asunto dudoso: puede romperse con demasiada facilidad, pues es vulnerable y susceptible de fragmentación. Los símbolos, como pequeñas unidades de sentido, le han servido en toda época y región como un ancla; pequeños eslabones que forman la misteriosa red de ansiada totalidad, para no disolverse en el tiempo/mundo.
Precisamente es oportuno en esta época de recalcitrante individualismo, donde los arquetipos del inconsciente colectivo están despojados de su energía emotiva, configurar un imaginario personal con vocación política (horizontal). Tal como un sueño –caldo de cultivo simbólico– no puede tener una interpretación (significación) idéntica para uno y otro individuo, la fórmula de proporciones y dogmas en el arte es casi un suicidio cuando se fragua desde lo tácito o lo explícito como un «esto es así». Caso contrario e igual de nocivo, es partir de un malensayado empirismo fenomenológico que privilegia la experiencia sensorial y hace de la tabula rasa su credo artístico: «esto es así, para mí, en este momento».
Sospecho que la afirmación cuasizen contenida en cada expresión artística sería algo parecido a «esto podría ser así» o «todo puede cambiar, en cualquier momento, en cualquier lugar desde el que se mire».
De cualquier forma, la errática naturaleza de la percepción acorde a su humana tendencia relacional, opera desde el mecanismo básico de identificación donde todo sujeto en su intento de apropiar el objeto –artístico– que tiene en frente, tiene contadas opciones: lo niega, lo ignora o lo transforma en sí mismo. El canon, comprendido como mito, puede alcanzarlo todo, corromperlo todo. Las cosas ocurren de suerte que, cuanto más el modelo se resiste al principio, mayor es su prostitución final: quien resiste totalmente, cede totalmente.
El arquetipo, figura mítica por antonomasia, no es perfecto. Como parte de su naturaleza compleja es atemporal y perfectamente vigente. Sin embargo, recordemos que todo modelo es un convenio, un acuerdo. A veces muy íntimo, pero finalmente un acuerdo entre mi cuerpo y el mundo, mi sensación y la historia, mi obra y su contexto, mi palabra y el que escucha.
El canon no debería ostentar una hegemonía autorreferencial, sin embargo lo hace por prerrogativa propia. Es una suerte de dictadura semiológica. Se debe creer en él y desconfiar de él al mismo tiempo. Se debe nutrir y actualizar toda vez que se considere necesario, así como respetarlo como la visión más sacra del imaginario colectivo, en medio de un conflicto de fe creativo.
La mitología pudo ser el nacimiento del hombre como referente del universo, su síntesis e intento de sometimiento. Si el arquetipo del mito es el hombre, el canon en el arte es su alma mutable.
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Xésar Tena (Guadalajara, 1980) Psicoterapeuta, creador escénico y guionista. Coordina talleres en Teatroterapia México. Actualmente desarrolla proyectos de teatro empresarial y adapta para cine una novela histórica.





