Imagina una historia, Diego Rivera
Con la intención de expresar de manera artística el desarrollo y los logros del avance científico, en 1943 Ignacio Chávez encargó a Diego Rivera la realización de un mural que decorara el vestíbulo del Instituto Nacional de Cardiología en la Ciudad de México. Andrea Beltrán analiza esta obra y las circunstancias de su creación.
Andrea Beltrán Segura
Largo tiempo después de que se secara la máscara fúnebre de Diego Rivera, sus obras continúan mirándonos conforme nos movemos por nuestros días cotidianos. Nos acompañan al teatro y a la escuela, ven pasar gente disfrazada de traje en edificios públicos, e incluso una de ellas ―más monumental aún que sus descomunales frescos― vigila nuestra memoria prehispánica. Sin embargo, la gran mayoría de estas obras guardan silencio, relegadas a rincones diminutos del imaginario colectivo debido a la enorme sombra que proyectan sobre ellas un puñado de murales y una que otra pintura de caballete tocados de renombre mediático. El Diego Rivera del Hombre controlador del universo en el Palacio de Bellas Artes, el que cuenta la gran epopeya mexicana en los muros de Palacio Nacional, aquél que tuvo un Sueño de una tarde dominical de la Alameda Central y ese otro obsesionado con los alcatraces se imponen sobre todos los demás Diegos que existieron. Y ellos también han sido ofuscados por esa imagen de Rivera como el promotor del arte-político, el hombre de los escándalos públicos o el Sapo de Frida Kahlo.
¿Qué pasaría si nos acercamos a sus obras obviando los prejuicios más comunes sobre sus ‘monotes’ y sobre la versión caricaturizada de su ideología (política, especialmente) que se ha difundido en las últimas décadas? Este artículo es una invitación a mirar uno de sus murales más discretos, uno que se esconde en el vestíbulo del auditorio del Instituto Nacional de Cardiología de la Ciudad de México.
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La Historia de la Cardiología que escribió Rivera con imágenes da cuenta de una narración histórica, como bien indica su nombre, sobre los estudios del corazón y sus cuidados clínicos. Este mural fue un encargo del director y fundador del Instituto Nacional de Cardiología, Ignacio Chávez, quien escribió unas cuantas notas apresuradas sobre la historia, lo esquemas y las gráficas que aparecían en los documentos originales de los investigadores, para que Diego completara los frescos con su apabullante imaginación creadora[1].
El mural consta de dos secciones: Historia de la Cardiología Antigua, a la izquierda, e Historia de la Cardiología Moderna, a la derecha. La división temática entre lo antiguo y lo moderno está subrayada por los colores que aplica Diego Rivera al mural. Por un lado, la antigüedad está iluminada con los tonos cálidos de una paleta que tiende hacia el rojo-ocre, donde el juego de luces y sombras remite a la danza irregular de las flamas en las velas que alumbraron el progreso de la medicina. En cambio, el mural que nos cuenta la historia de la modernidad se enciende con el brillo azulado de las luces eléctricas que iluminaron el progreso científico. Aquí, justo en la esquina superior derecha, vemos un árbol de electricidad, que le da vida a esas máquinas que se hicieron cada vez más sofisticadas para ayudar al hombre a realizar los hallazgos médicos más importantes de la primera mitad del siglo xx.
Esta monumental síntesis de descubrimientos e invenciones en torno a la medicina se presenta a ojos del espectador como una galería de retratos de personajes identificados rigurosamente mediante inscripciones colocadas en papeles, muros, marcos y demás rincones ingeniosos de la composición. En ellas podemos leer los nombres junto con las fechas de nacimiento y muerte de cada individuo.
La mayoría de los personajes que pueblan el mural están fijados con atributos simbólicos que consolidan su identidad. En primer lugar, Diego hace referencia a la apariencia convencional de los individuos apoyándose en las notas y guías iconográficas (de cuadros, grabados o dibujos de los individuos en cuestión) que le sugirió Ignacio Chávez. Además, usa toda clase de vestimentas variopintas y peinados de época como marco referencial cronológico.
Algunos de los personajes están representados en el acto mismo de la epifanía científica que brotó de sus experimentos: en el fresco de la antigüedad, René-Teophile Hyacinthe Laënnec escucha latir el corazón de un paciente con la mediación del estetoscopio que acaba de inventar, mientras que en los paneles de la modernidad, Stephen Hales aparece realizando su famoso experimento con el que mide la presión sanguínea en la arteria femoral de una yegua (patas arriba, de la que sólo se ven los cuatro cascos suspendidos en el aire); y el fisiólogo holandés, Wilhelm Einthoven, hace la primera lectura del electrocardiograma que sale de una curiosa máquina pintada con brillantes amarillos y dorados.
Más abajo, en la base del mural, hay una serie de grisallas que soportan todo el peso de los monumentales progresos de la ciencia médica. Quizá se trata de un guiño hacia a los artistas del Renacimiento (o Renacimientos, según los ánimos del lector) en Italia, quienes incluían representaciones de estatuas o espacios arquitectónicos en sus obras para postular sus comentarios sobre la preeminencia de la pintura respecto del arte escultórico (v. gr. Andrea Mantegna, El Bautizo de Hermógenes, Domenico Ghirlandaio, La última cena, Paollo Ucello, Monumento Funerario a Sir John Hawkwood o los frescos del techo de la Capilla Sixtina). Lo cual tendría sentido, puesto que Diego Rivera hizo un tour por Italia siguiendo el itinerario que trazó su amigo y mentor Elie Faure, el historiador del arte (Mary-Anne Martin, 2007, p. 8). En su travesía por Ravena, Venecia, Verona, Padua, Florencia, Roma y demás lugares, Diego se encontró cara a cara con el arte monumental de los palacios e iglesias italianos. Y, de acuerdo con su avezada costumbre de apropiarse de los modelos formales que se le aparecían en frente, llevó a cabo una suerte de absorción de las ideas formales y de la técnica del fresco de pintores como Giotto, Ucello y Tintoretto (entre muchísimos otros), para desarrollar su propia versión de muralismo, al que le infundió la inabarcable potencia emotiva y figurativa del rico universo de imaginerías mexicanas que vertería, no sólo en la Historia de la Cardiología, sino en todos los metros y metros cuadrados de sus narraciones visuales.
Estas cuatro escenas de la grisalla representan episodios de la medicina china, griega, africana y mexicana. La escena «Medicina China» muestra a un hombre con barba larga y ojos rasgados acuclillado frente a una mujer recostada. A la derecha, en «Medicina Griega» un hombre con facciones que se asemejan a las de una escultura grecolatina toma el pulso de una mujer vestida con un quitón. En la grisalla del lado moderno, en el «Uso del strophantus[2] en Africa», hay una figura masculina desnuda ―con gruesos labios, cabello ensortijado y un disco ritual en el lóbulo de la oreja― que administra el veneno curativo de la planta strophantus con la punta afilada de dos flechas al hombre tendido en el suelo. La última escena, «Medicina Mexicana», presenta con gran detalle a un hombre de nariz aguileña y largos cabellos lacios preparando una compleja receta de hierbas curativas para el enfermo que yace en un petate.
Los cuatro personajes que aparecen como base para el mural que traza el derrotero de la Historia de la Cardiología están caracterizados con toda la otredad que les era propia según sus culturas. Es fácil imaginar que Diego, el detractor de los modelos europeos, las ideó haciendo mañosas alusiones a los modelos formales de los dibujos en tinta china, las máscaras africanas o las estelas americanas. Sin descuidarse, claro está, de resolver la petición de Ignacio Chávez por enfatizar el espíritu de universalidad del progreso de ciencia. En las notas que recibió Diego Rivera para la composición del mural, el director del Instituto Nacional de Cardiología le recuerda al artista que
los hombres que forjaron la cardiología son de las más variadas nacionalidades: belgas y franceses, italianos y alemanes, ingleses y checos, españoles y hombres de América, lo mismo del mundo sajón que del latino, greco-romanos y austríacos, holandeses y japoneses… que el progreso científico en nuestro ramo, lo mismo que en cualquier otro, no ha sido patrimonio de ninguna raza ni de ninguna cultura cerradamente nacionalista. Es el genio del hombre de todos los tiempos y de todos los pueblos el que ha ido elaborando la cultura universal. Y ese espíritu de universalidad es el que usted debe plasmar en los dos grandes frescos.[3]
Y, precisamente, la presencia de esos cuatro inusuales médicos le confiere al mural ese toque de multiculturalidad que Ignacio Chávez deseaba ver materializado en el auditorio.
El desfile de los personajes ilustres en los dos frescos de la Historia de la Cardiología se compone en una marcha ascencional con escalones como espirales donde cada peldaño implica un paso más hacia el progreso científico con el que el hombre genera conocimiento y se convierte más y más en controlador del universo. Casi se puede percibir el entusiasmo de Diego dando pinceladas sobre sus andamios. Diego el apasionado por las ciencias. Seguramente hubo muchas ocasiones en las que pasara horas y horas recreando para sí mismo aquellos tiempos cuando servía de asistente del Doctor Atole Servín en las clases de anatomía en la Escuela de Medicina porque cada vez que el octogenario profesor tomaba el bisturí para hacer una disección terminaba por hacer de cualquier tejido un mazacote como hígado picado[4]. Y entonces Diego estallaba en esas carcajadas que todos le conocían, esa risa que era la auténtica risa siniestra, que daba pánico haberla provocado aun cuando fuese para bien y representase algo así como un aplauso y una hilaridad de sus multitudes interiores, las multitudes que llenaban su alma (Gómez de la Serna, 1931).
Casi resulta inverosímil pensar que todo el aparato visual de los dos frescos que componen este mural está construido con una sola mano, ya que el fresco no permite arrepentimientos, pero fue el mismo Chávez quien apuntó que el mural debía ser pintado así, ya que sólo la técnica de fresco «tiene la potencia expresiva que requieren los grandes mensajes y porque ella ha tenido en México la más noble de las tradiciones»[5]
En vista de que los pintores no se pueden permitir ninguna clase de pentimenti al momento de trabajar, la composición de los frescos suele llevarse a cabo en un estudio, con bocetos que, una vez listos, se calcan sobre la superficie del penúltimo repellado (para el que Diego Rivera utilizaba una mezcla de cal y polvo de mármol). Sin duda, el dibujo de los trazos geométricos y estructurales de la composición funcionaba como guía para los pinceles de Rivera. O al menos esa era la intención de las calcas sobre el muro, pero frecuentemente Diego se lanzaba con toda osadía más allá de los límites de la composición original para dar pie a una creación orgánica con la que inventaba armonías dinámicas que dialogaban con la arquitectura misma del edificio y los muros que alojarían sus frescos. De este modo, Diego, que a veces parecía más arquitecto que pintor debido a esa obsesión imperecedera por la construcción (y de-construcción) del espacio, jugaba a la integración plástica en sus pinturas.
Reconstruir una versión de Diego Rivera que intenta distanciarse de la imagen consolidada del comunista y re-comunista, Sapo de infieles traiciones o maquiavélico oportunista de las épocas que le tocó vivir, implica dejarse llevar por todas las imágenes que legó, así como por los recuentos laberínticos y fantasiosos de sus biografías maravillosas. Cualquiera que se acerque al Gordo, muy a menudo se dará cuenta de que hay trampas y contradicciones, juegos y enredos en las palabras de un personaje que inventaba sus memorias. Este pintor, que hizo tanto más que pintar, hace las veces de una Hidra de Anáhuac, pues cuando se le corta una anécdota falsa, crecen dos. Pero es justamente esta curiosa peculiaridad de los recuentos riverianos lo que envuelve de misticismo y maravilla aquel pasado mágico cuando los monumentales pintores del Renacimiento Mexicano caminaban sobre la tierra. Y a quién no le gustan los tiempos de titanes.
NOTAS
[1] Ignacio Chávez, Diego Rivera. Sus frescos en el Instituto Nacional de Cardiología, México, Talleres de Policolor S. de R. L., 1946, ils.
[2] Género de varias decenas de especies de plantas con flores que algunas tribus africanas utilizaban para preparar el veneno de sus flechas. Asimismo, el cardiólogo alemán Albert Fraenkel (1864-1938), quien también está retratado en Historia de la Cardiología, extrajo de estas plantas el compuesto ouabaína, que hasta la fecha se utiliza para tratar la insuficiencia cardíaca congestiva.
[3] Ignacio Chávez, ibidem.
[4] Ver Gladys March, Diego Rivera. Mi arte, mi vida o Loló de la Torriente, Memoria y razón de Diego Rivera para más anécdotas y mitologías sobre Diego Rivera.
[5] Ignacio Chávez, ibidem.
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Andrea Beltrán Segura (Ciudad de México, 1987). Pasó fugazmente por periodismo y creación literaria, para estacionarse en la traducción. Actualmente vive embelesada por la historia del arte y el estudio de la cultura visual desde la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.









