Monday, 9th June 2014

Ucrania: cronología de una crisis

Publicado el 02. jun, 2014 por en Política y sociedad

Desde hace unos meses, la crisis ucraniana ha ocupado el centro de la agenda internacional. En este contexto, los medios de comunicación, fundamentalmente occidentales, han presagiado repetidamente el inminente regreso del expansionismo territorial ruso y del enfrentamiento bipolar que marcó la segunda mitad del siglo pasado. Contrarrestando esta perspectiva, Ricardo Cárdenas describe y analiza los factores y actores que fueron gestando la crisis ucraniana, enfatizando no sólo el papel que jugaron elementos externos, sino los aspectos históricos y estructurales internos que influyeron en el curso de los acontecimientos.

 

 

Ricardo Cárdenas

 

La URSS formalmente se desintegró cuando los presidentes Yeltsin, de Rusia, Kravchuk, de Ucrania, y Shushkevich, de Bielorrusia, firmaron los acuerdos de Belavezha el 8 de diciembre de 1991. A partir de entonces la relación entre Rusia y Ucrania cobró un papel central para definir al resto de las relaciones en el mundo postsoviético debido al peso estratégico de ésta. Se trata de los «dos grandes»conformadores del corazón demográfico e histórico de la URSS, además de ser los concentradores de su principal zona industrial. Era claro que sin Ucrania ya no había posibilidad de que la Unión Soviética siguiera existiendo.[i] Por tanto, la crisis política que vive este país desde noviembre de 2013 ha provocado que la comunidad internacional centre su atención en una región tradicionalmente olvidada, bastante desconocida, ubicada en los márgenes de la Europa comunitaria y Rusia, pivote de la estrategia de expansión europea en el espacio postsoviético y puerta de entrada –desde Occidente– a la geografía de Eurasia, la cual inicia en los Cárpatos balcánicos, pasa por los desiertos de Asia Central y termina en el extremo oriente, en el puerto de Vladivostok.[ii] Así, en la configuración territorial de Ucrania se encuentran las raíces de su trágica y agitada historia. Sin embargo, la geografía es simplemente el marco donde tienen lugar las condicionantes generales de las dinámicas que sigue el país, de ahí que, a pesar de su importancia, no es un determinante absoluto ni un factor que nos permita entender los distintos porqués de la actual crisis. En este sentido, cualquier análisis que busque desentrañar los orígenes del conflicto debe señalar el papel de los principales actores y las motivaciones políticas, económicas e históricas que los llevaron a tomar una decisión.

En los últimos meses ha proliferado una abundante y abrumadora cantidad de artículos que utilizan marcos conceptuales propios de la guerra fría en los cuales se reciclan los mismos prejuicios con los que se discutieron las crisis de esa época. Asimismo, hemos sido testigos de la ligereza y superficialidad con la que distintos articulistas interpretan el conflicto.[iii] El principal objetivo de este análisis es hacer un resumen general de la evolución que ha tenido la crisis en Ucrania, lo cual nos permitirá ofrecer una perspectiva general de su origen y desarrollo. También se busca señalar a los principales actores involucrados tanto a nivel interno como en el ámbito internacional para observar los elementos coyunturales que mantienen la inestabilidad en el país. La geografía y el diseño institucional son los factores explicativos de largo plazo que pueden arrojar luz sobre el futuro de Ucrania. Se consideran tres las fases principales que han marcado la crisis en el país eslavo: la primera está centrada en Kiev y el movimiento Euromaidán, la segunda tiene su epicentro en la península de Crimea, y la tercera y más reciente está ubicada en el oriente del país, en la provincia de Donetsk, con ramificaciones en las ciudades de Lugansk y Járkov. El argumento central es que la crisis ucraniana fue provocada por la presión proveniente desde Bruselas y Moscú para «ganarse» a un país con un mal diseño institucional que impide reconocer las diferencias culturales e identitarias entre sus principales componentes demográficos –ucranianos y rusos–, lo cual provoca conflictos recurrentes y una permanente inestabilidad entre la parte central y occidental, favorables a la integración con Europa, y un sur y oriente cercanos a Rusia. Es en ese diseño institucional donde se encuentran los orígenes del conflicto.[iv] A esto se debe añadir la ineficacia de los actores internos para resolver la crisis política y económica del país. La contundente respuesta proveniente desde Moscú era esperable debido a que, según la narrativa rusa, Ucrania no es un país más en la comunidad internacional, al contrario, es el lugar de nacimiento del primer Estado ruso en la historia –la Rus de Kiev– y, por tanto, su integración a la Unión Europea representaría la amputación cultural del russkiy mir;[v] además hay consideraciones económicas y de seguridad: por su territorio corren los principales gaseoductos que envían el gas ruso a Europa, y una Ucrania europea representaría tener instalada a la OTAN como un actor central de la periferia rusa.

Kiev y el Euromaidán

La primera fase de la crisis tuvo como epicentro la plaza Maidán, en Kiev, e inició el 21 de noviembre de 2013, cuando el entonces presidente Víktor Yanukóvich anunció la cancelación del acuerdo de asociación oriental con la Unión Europea (UE). Este acuerdo suponía el primer paso para la futura integración del país a la UE, sin embargo en el corto plazo su suscripción representaba para el gobierno de Yanukóvich la implementación de reformas con fuertes costos sociales, como la disminución del presupuesto destinado a gasto social, la reducción del aparato burocrático, la congelación de los salarios, etcétera. A cambio, Europa ofrecía 610 millones de euros, lo cual era poco atractivo para Yanukóvich ya que no resolvía la crisis económica del país y le era desfavorable para su reelección en los comicios programados para 2015. Con la economía en plena crisis y la pobre oferta europea, Yanukóvich recurrió a Moscú, que estaba dispuesta a ofrecerle un préstamo de 15 000 millones de dólares que serían entregados en varios pagos, además de que ofrecía una disminución en el precio del gas ruso, permitiendo a Kiev dos cosas: aliviar las decaídas finanzas del país y fortalecer a su dirigente, Yanukóvich, para encarar los comicios de 2015. Inmediatamente miles de manifestantes ocuparon la plaza, dando nacimiento al movimiento del Euromaidán, en el cual se agruparon los sectores pro occidentales del país que buscan la integración con la UE. Al principio las protestas se concentraron en reactivar las negociaciones con Europa, sin embargo, rápidamente las demandas se transformaron, pasando a señalar la corrupción en el gobierno, la parálisis económica y el deterioro de la calidad de vida en el país.

Aparecieron los primeros enfrentamientos entre las fuerzas policiales del Berkut y los manifestantes, que no harían sino aumentar la tensión, ya que durante los combates, francotiradores encapuchados dispararon contra la población civil. En los medios occidentales se empezó a catalogar al gobierno de Yanukóvich como una «dictadura» que reprimía a defensores y combatientes por los derechos humanos. No obstante desde el Kremlin se observaba la situación con cautela, temiendo la aparición de otra revolución de color en Ucrania, como la ocurrida en 2004. Para finales de diciembre, la tensión disminuyó, pero fue reactivada por un proyecto de ley aprobado a mediados de enero en el cual el gobierno de Yanukóvich restringía las causas de protesta, incrementando las penas para quien quebrara la ley. Los enfrentamientos volvieron a surgir, Kiev parecía ingobernable y las demandas exigían la caída del gobierno de Yanukóvich. Éste empezó a ceder: primero dimitió su primer ministro Mikola Azarov, el 28 de enero, luego mandó a las Berkut desarmadas a que desalojaran la plaza Maidán, provocando la muerte de varios policías de forma irresponsable. En febrero la violencia se incrementó y al Euromaidán ingresaron grupos nacionalistas neonazis, que fungirían como el brazo armado en los combates y serían el principal frente de choque ante las autoridades gubernamentales. Mientras tanto, la cancillería rusa proponía una negociación tripartita en la que Moscú, Kiev y Bruselas discutirían las condiciones de acceso de Ucrania a Europa, sin embargo la UE rechazó cualquier negociación trilateral, obligando a Ucrania a tomar una decisión única y excluyente. Con la reiterada aparición en Maidán del senador estadounidense John McCain y Victoria Nuland, encargada de los asuntos para Eurasia en el Departamento de Estado, alentando a los protestantes a que combatieran al régimen de Yanukóvich, se confirmaron las sospechas de Moscú del interés occidental de buscar la desestabilización de los gobiernos cercanos al Kremlin. En febrero, Rusia ponía su atención en la celebración de los juegos olímpicos de invierno en Sochi, no obstante la situación en Ucrania empeoraba y los grupos de extrema derecha se hacían con el control del Euromaidán. La revelación en marzo de la conversación telefónica entre Catherine Ashton y el ministro del exterior de Estonia, en la cual éste le confirmó a la jefa de la diplomacia europea la contratación de francotiradores por parte de los grupos opositores en Maidán, sólo aumentó la guerra de declaraciones y comunicados entre Occidente y Moscú.[vi]

El primer acto de este drama terminó con la firma, el 21 de febrero de 2014, de un compromiso entre Yanukóvich y la UE que establecía celebrar elecciones anticipadas, sin embargo bastaron dos días para que la negociación desembocara en la caída del gobierno y el exilio de Yanukóvich en Rusia. Occidente celebró la partida de Yanukóvich esgrimiendo argumentos legales, mientras desde Rusia se calificó la acción como un golpe de Estado. Ambas visiones tienen sustento real.[vii] Como sea, en los hechos se estableció un gobierno provisional encabezado por Arseni Yatseniuk y Oleksander Turchínov, cercanos colaboradores de Yulia Timoshenko, candidata de los sectores pro occidentales derrotada por Yanukóvich en las elecciones presidenciales de 2010 y encarcelada desde 2011. La conformación del nuevo gobierno excluyó a las élites políticas del este y sur del país, base electoral del Partido de las Regiones, el partido del depuesto Yanukóvich y fuente de fuertes sentimientos prorrusos. El ministerio de seguridad quedó bajo el mando del partido Svoboda, el partido de los nacionalistas ucranianos del occidente del país que reivindica la figura de Stepán Bandera, colaborador ucraniano de la Alemania nazi durante la invasión a la URSS en la Segunda Guerra Mundial. Una de las primeras medidas que implementaron las nuevas autoridades en Kiev fue revertir el incipiente proceso de federalización que inició Yanukóvich, derogando la ley que establecía al ruso como lengua oficial en aquellas regiones donde su uso fuera amplio. Esta política fue el punto de partida para que la crisis se desplazara de Maidán a Crimea, la península al sur del país enclavada en el Mar Negro y lugar de una conflictiva relación con Kiev desde que la desintegración de la URSS la dejó fuera de las nuevas fronteras de Rusia. Es aquí donde inicia la segunda fase de la crisis en Ucrania.

Crimea y Sebastopol

A inicios de los años noventa, cuando Yeltsin se percató de que su acceso al poder implicaba desplazar a Gorbachov mediante el reforzamiento de los poderes periféricos –lo que en la práctica se traducía en provocar la implosión de la URSS– en reiteradas ocasiones consideró la posibilidad de expandir el territorio ruso a costa del resto de las antiguas repúblicas soviéticas.[viii] 25 millones de rusos quedaron fuera de las nuevas fronteras, convirtiéndose en ciudadanos de otros países. Territorios que históricamente habían sido rusos pertenecían ahora a otros Estados dirigidos por élites que buscaron alejarse de Moscú. En buena medida, Ucrania y Crimea, con sus 11 millones de rusos, estaban en posición de ser el punto de partida para una posible redefinición de las fronteras. La presión internacional y el riesgo de una implosión interna alejaron el proyecto de Yeltsin, sin embargo el sentimiento de humillación y pérdida permaneció inalterado.

Crimea, desde que Ucrania obtuvo su independencia, fue uno de los principales centros de inestabilidad política del país debido a los sentimientos nacionalistas prorrusos albergados en muchos de sus habitantes. Durante las últimas dos décadas fue un bastión electoral de los candidatos que prometían relaciones cercanas con Moscú. Con un 56 % de población étnicamente rusa y otra tanta ucraniana identificada con Rusia, para el Kremlin el que Sebastopol sea la sede de la Flota del Mar Negro confiere a Crimea una fuerte carga simbólica. La destitución de Yanukóvich, aunada a la rusofobia emanada de las nuevas autoridades en Kiev, naturalmente provocó una reacción en las periferias ucranianas, específicamente en Crimea y el Donbás, al sur y oriente del país. Para marzo, la histórica península era nuevamente el centro de tensión mundial. Rusia había terminado de organizar con éxito sus juegos olímpicos de invierno y Vladimir Putin redirigió su atención hacia Ucrania. Los manifestantes prorrusos de Crimea no reconocieron a las nuevas autoridades y demandaron el regreso de la ley de idiomas que confería al ruso estatus de lengua oficial a la par del ucraniano. El gobierno en Kiev, respaldado por Estados Unidos y la UE, desatendió las peticiones y destituyó al aparato político de Yanukóvich, criminalizando a las fuerzas del Berkut, fuerzas que en buena medida provenían de las regiones sur y este del país. Además impusieron gobernadores leales al gobierno central, sin tener en cuenta las condiciones locales que obligaban a mantener prudencia. En Sebastopol las manifestaciones se intensificaron y el parlamento de Crimea convocó a un referéndum para el 16 de marzo en el cual se ofrecieron básicamente dos opciones: anexarse a Rusia o permanecer en Ucrania. Con el 87 % de participación, un abrumador 93 % votó por la primera opción. Desde Occidente se condenó la acción, imputándole a Rusia la responsabilidad por exacerbar sentimientos separatistas para beneficio propio, además se señaló la ilegalidad del referéndum, ya que la constitución de Ucrania indica que se necesita contar con la aprobación del parlamento nacional para celebrar este tipo de consultas. En una de esas ironías que pone la historia, Estados Unidos se vio defendiendo la integridad territorial de Ucrania, mientras que desde Moscú no se tardó en comparar la secesión de Crimea con la de Kosovo, que fue apoyada por Washington y los países europeos. Moscú respaldó el referéndum y buscó desligarse del despliegue de tropas que los grupos de autodefensas locales hicieron en la toma de los principales centros de comunicación de la península. Así, Crimea quedó aislada, mientras en Moscú la Duma rusa autorizaba el despliegue de tropas en territorio ucraniano. Putin declaró que se reservaba el derecho del uso de la fuerza para proteger a la población rusa si ésta se veía expuesta a algún peligro por alguna contraofensiva dirigida desde Kiev; ante lo cual el primer ministro de Crimea, Serguéi Aksiónov, solicitó la anexión formal. El 18 de marzo Vladimir Putin firmó el tratado de unión por el cual Crimea se reintegraba al territorio de la Federación Rusa. Los índices de popularidad del presidente ruso alcanzaron uno de sus máximos históricos –75. 7 %–,[ix] lo cual se vio reforzado por el flaco favor occidental de imponer una avalancha de sanciones en contra de Rusia. Así pues, Putin fortaleció su imagen al desafiar claramente a Estados Unidos y Europa, logrando completar la integración de Crimea sin disparar prácticamente una sola bala. Fue en estos momentos cuando se alcanzaron altos grados de tensión, ya que la OTAN se vio sometida a la demanda de sus miembros orientales –Polonia, Rumania, los países bálticos y la República Checa– de aumentar las tropas en sus territorios ante la supuesta amenaza que representaba el comportamiento ruso en Ucrania. El Kremlin respondió que no estaba interesado en amenazar a sus vecinos europeos; no obstante la jugada estaba completa: Crimea se reintegró al territorio ruso por iniciativa de sus propios habitantes –la mayoría rusos–, y Sebastopol seguirá albergando la flota rusa del Mar Negro.

Fue Tolstói quien en sus inmortales Relatos de Sebastopol difundió la idea de Crimea como una región de heroísmo, siendo Sebastopol la ciudad donde se consagró la gloria del pueblo ruso, derrotado militarmente en la guerra de 1854, pero triunfante en alma y espíritu.[x] Finalmente Putin logró, por primera vez desde el fin de la URSS, que Rusia reintegrara a la Federación territorio históricamente ruso. Las primeras palabras de apoyo vinieron de Mijaíl Gorbachov, el dirigente tan aclamado por Occidente para quien el referéndum en Crimea estaba corrigiendo los errores de la era soviética.[xi] Mientras tanto en la Asamblea General de Naciones Unidas, el 27 de marzo se aprobó la resolución 68/262, que respaldó la integridad territorial de Ucrania con 100 votos a favor, 11 en contra y 58 abstenciones; no obstante en el Donbás, al oriente del país, el ejemplo de Crimea era atentamente observado, y con esto la tercera etapa de la crisis en Ucrania comenzaba.

 

Donetsk, Járkov y Lugansk

Si bien el capítulo de Crimea se resolvió sin grandes enfrentamientos que provocaran derramamiento de sangre, el tercer escenario de la crisis política de Ucrania entraña riesgos mayores. A diferencia de la península, donde domina demográficamente un grupo que históricamente ha tenido aspiraciones de reintegrarse a Rusia, el oriente de Ucrania presenta una mayor complejidad, tanto en su variable demográfica e identitaria como, por consecuencia, en el sentimiento de pertenencia al país. Es cierto que la zona es rusoparlante; además la diferencia entre ser ucraniano y ruso es bastante irrelevante, ya que en términos prácticos ambos grupos étnicos tienen una indudable afinidad cultural con Rusia. Sin embargo, también es cierto que comparten la idea de una Ucrania en la que el oriente del país es parte integrante del Estado; la población también conoce y maneja el ucraniano, lo cual implica que su nacionalismo no exprese algo similar a la rusofobia existente en el occidente de Ucrania. Al contrario, Rusia es vista como el aliado histórico de combate junto al cual derrotaron al fascismo, fortaleciendo y liberando al centro y oeste del país, lo que permitió establecer sus fronteras actuales. Durante la época zarista, prácticamente no hubo distinción alguna entre el oriente de Ucrania y el río Volga, columna vertebral de la geografía europea rusa; fue hasta la época comunista que se trazó una frontera por demás porosa y artificial. La zona es el corazón industrial del país, la base donde descansa una economía fuertemente ligada al intercambio comercial con Rusia, por tanto no hay hostilidad hacia Moscú.[xii] La región también ha sido la base electoral de los gobiernos que buscaron una relación pragmática con Rusia mediante una política que permitió lidiar tanto con las presiones de Bruselas como con las de Moscú. Es por ello que las políticas de «ucranización» implementadas por los gobiernos nacionalistas causan rechazo y malestar en una población con identidad binacional y aumentan los riesgos de estallido de una guerra civil. El oriente es el principal centro de operaciones de los oligarcas que dominan la economía del país y es el actual escenario del drama ucraniano producido por el cisma que atraviesa el país.

Los manifestantes prorrusos buscan celebrar en mayo un referéndum similar al de Crimea, y durante abril, en las principales ciudades del oriente, han surgido comités populares que tomaron los edificios gubernamentales para rechazar a las nuevas autoridades de Kiev. En el fondo buscan establecer una autonomía que les permita seguir utilizando el ruso como lengua oficial, además de evitar que el centro y occidente puedan dominar el escenario político nacional. Es en este contexto que se proclamó la denominada República Popular de Donetsk el 7 de abril, lo que provocó una incipiente contraofensiva desde Kiev. Quizá la tibieza de la respuesta responde a que es evidente que el despliegue de tropas rusas a lo largo de la frontera con Ucrania disuade a las nuevas autoridades de llevar a cabo una ofensiva más agresiva en el oriente del país. En este contexto se celebraron los acuerdos de Ginebra el 17 de abril, en los cuales Estados Unidos, Rusia, Ucrania y la UE buscaron frenar la escalada de violencia mediante el desarme de todas las milicias irregulares prorrusas y el abandono de las sedes gubernamentales; sin embargo éstas insisten en que previamente también se debe desalojar la plaza Maidán y desarmar al sector de derechas nacionalistas que opera en el centro y oeste del país.[xiii]

Los riesgos de que estalle una guerra civil en el oriente de Ucrania que se expanda al resto del país siguen presentes, ya que, como se mencionó, resulta difícil diferenciar las identidades en una región claramente binacional y con pertenencias culturales tanto a Ucrania como a Rusia. Históricamente la región fungió como puente de enlace entre ambas naciones, por lo que sería una desgracia que la imprudencia y la falta de diplomacia lleven al abismo de la confrontación a una región que simplemente busca mejorar sus condiciones de vida sin tener que enfrentar su anhelo europeísta a sus fuertes vínculos con Rusia. Hasta el momento hay tres fases claramente diferenciadas en la crisis en Ucrania, por tanto, para evitar una más, resulta indispensable un rediseño institucional que permita conservar una Ucrania unida, federal, pacífica y neutral que refleje sus pertenencias múltiples y pueda mantener, de forma equilibrada, la representación de los distintos grupos culturales del país. Las elecciones programadas para mayo próximo serán la prueba de fuego que Ucrania debe pasar para seguir siendo el punto de convergencia donde Rusia y Europa encuentran un marco de entendimiento común. Por el momento esto no parece estar ocurriendo, pero es el único camino posible para mantener unido el territorio que Ucrania heredó con el fin de la Unión Soviética. Si se opta por la confrontación todos pierden, en especial los ciudadanos ucranianos.

 

 

NOTAS

[i] Dmitri Trenin, Post-Imperium, Washington, Carnegie Endowment for International Peace, 2011, p. 88.

[ii] Robert Kaplan, The revenge of geography, Nueva York, Random House, 2012, p. 178.

[iii] Rainer Matos, «Crimea en la plumería mexicana», Distintas latitudes, 9 abril de 2014. Obtenido de http://www.distintaslatitudes.net/crimea-en-la-plumeria-mexicana, consultado el 15 de abril de 2014.

[iv] Keith Darden, «How to Save Ukraine», Foreign Affairs, 14 abril de 2014. Obtenido de http://www.foreignaffairs.com/articles/141182/keith-darden/how-to-save-ukraine, consultado el 16 de abril de 2014.

[v] Orlando Figes, Natasha’s Dance: A Cultural History of Russia, Nueva York, Picador Reading Group, p. 164.

[vi] ABC, «Un ministro estonio admitió ante Ashton la posibilidad de que la oposición contratara a los tiradores en Kiev», 6 de marzo de 2014. Obtenido de http://www.abc.es/internacional/20140305/abci-ministro-estonia-ucrania-kiev-201403051645.html, consultado el 18 de abril de 2014.

[vii] Keith Darden, op. cit.

[viii] Robert Service, Historia de Rusia en el siglo XX, Barcelona, Crítica, 2001, p. 480.

[ix] RT «Rusia: el índice de popularidad de Putin alcanza su límite histórico», 20 de marzo de 2014. Obtenido de http://actualidad.rt.com/actualidad/view/122907-rusia-popularidad-putin-record, consultado el 17 abril de 2014.

[x] Orlando Figes, The Crimean War: A History,Nueva York, Metropolitan Books, 2010, p. 473.

[xi] RT, «Gorbachov: Los crimeos en referéndum han corregido error de la era soviética», 17 de marzo de 2014. Obtenido de http://actualidad.rt.com/actualidad/view/122632-gorbachev-crimeos-referendum-corregir-error-urss, consultado el 19 de abril de 2014.

[xii] Andrew Wilson, The Ukrainians: Unexpected Nation, Nueva York, Yale University Press, 2009, p. 216.

[xiii] El Mundo, «Ucrania comienza a aplicar los acuerdos de Ginebra e interrumpe las operaciones en el Donetsk», 19 de marzo de 2014. Obtenido de http://www.elmundo.es/internacional/2014/04/19/5352ab9822601d06548b4570.html, consultado el 20 de abril de 2014.

 

 

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Ricardo Cárdenas (Ensenada, 1986) estudió la maestría en Ciencia Política en El Colegio de México, es licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Autónoma de Baja California. Gitano de espíritu y ciudadano del mundo por convicción, es un apasionado del vino mexicano.

 

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