Monday, 9th June 2014

Stallone, Pelé y los nazis

Publicado el 02. jun, 2014 por en Antesala, Artes

 

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Hollywood ha explotado hasta el cansancio el género de las películas de deportes. No obstante, curiosamente ha mostrado un marcado desinterés por explotar al deporte más popular en el mundo: el futbol. Gerónimo Sarmiento cuestiona en este artículo las razones por las cuales las dos grandes mecas del entretenimiento a nivel global –Hollywood y el futbol- no se acercan, ni buscan interactuar, así como los resultados de los contados y poco exitosos intentos que se han hecho en el cine estadounidense para retratar la pasión y el fervor que existe detrás del deporte más popular en el planeta.

 

Gerónimo Sarmiento

 

En la orografía del negocio del entretenimiento hay un extraño estrecho que separa tajantemente las que quizá sean las cimas más grandes del globo: Hollywood por un lado y la industria del futbol por el otro. Sin mediar un análisis profundo, asumo que la razón primordial de este sumidero es la autosuficiencia que ambos colosos sostienen. Por ejemplo, muy a pesar de la expansión futbolística que Estados Unidos emprendió en los noventa ‒con dos mundiales y un campeonato femenil‒, para Hollywood sigue siendo dispensable el mercado global de aficionados al futbol. Mientras su estrategia de mercado siga esbozando una península aislacionista cuya conexión con el resto del mundo sea ignorada en pos de satisfacer a los consumidores nacionales, otros deportes continuarán teniendo prioridad cinematográfica sobre el futbol.

Aun así resulta intrigante la falta de incursiones fílmicas sobre este deporte, sobre todo si se considera la muy redituable tradición de películas deportivas que Hollywood ha erigido. De los hermanos Marx a Oliver Stone, de Spike Lee a Bill Murray, de Gene Kelly y Frank Sinatra a Brad Pitt, la industria cinematográfica estadounidense ha invertido en innumerables estrellas y diversificado varios géneros con tal de elaborar narrativas que complementen, expandan y glorifiquen a sus contrapartes paralelas del beisbol, basquetbol y futbol americano, por mencionar los ejemplos más populares. Si el negocio es redondo, si tanto las grandes ligas profesionales como Hollywood se benefician mutuamente, ¿por qué no hay puentes notables que entrelacen al cine estadounidense con el futbol, el deporte con mayor popularidad a nivel mundial?

Sí, creo que este sumidero es producto de la autosuficiencia, de la autosuficiencia narrativa que desdeña el diálogo, o sea la traducción. Si ambas cúspides se miran de frente sin interactuar es porque ninguna le pide nada a la otra. Ambos espectáculos han sido capaces de construir extensos panteones con deidades y villanos para protagonizar sus distintas épicas y tragedias, comedias y parodias. Así, el Sargento Hartman de Kubrick no le pide ni le quita nada en el terreno del rigor disciplinario al Dunga de la selección brasileña; el detective Mills de Fincher sucumbe ante su ira pasional contra John Doe de la misma manera que Zidane camina su destino trágico hacia Materazzi; José Mourinho tiene el intelecto maquiavélico de Hannibal Lecter y Cristiano Ronaldo exhibe la misma destreza, arrogancia y mal gusto que el Jesús Quintana de los hermanos Cohen. Autosuficiencia u orgullo, podríamos advertir, pero la cuestión va más allá. A final de cuentas se trata de industrias que no han sabido relacionarse y atraerse mutuamente. Con el fin de ejemplificar esta incompatibilidad, me remonto a uno de los muy pocos puentes que han conectado a ambas montañas, un puente que, sin lugar a dudas, ha sido el más ambicioso a pesar de que ahora, a más de 30 años de su realización, yace casi en el olvido: Escape a la Victoria (1981).

Impulsado por el relativamente desconocido Freddie Fields, el proyecto nunca mostró resquicio alguno de humildad, asumiendo desde un principio cualidades titánicas. El contexto de la trama es ni más ni menos que la Segunda Guerra Mundial: París ocupada, campos de concentración, prisioneros militares, nazis, pastores alemanes, alambres de púas y la Résistance. Ya desde este momento se percibe la incomodidad con la cual el futbol tiene que asumir un rol tan históricamente significativo dentro de los esquemas de construcción de epopeyas de Hollywood, porque no hay que ser adivino para saber que la redención provendrá del heroísmo en la cancha.

Décadas después, son muy claras las intenciones que Fields tenía al situar a los personajes en esta historia: tejer una épica mundial (o tan mundial como la Segunda Guerra Mundial) y hacer de los aliados una hermandad global que ignora fronteras cuando se trata de luchar contra un mal común. Condescendiente, y tal vez erróneamente, Fields optó por emplear al futbol como metáfora de esta empresa, como el vínculo que une al mundo ‒al mundo no estadounidense, hay que aclarar. Manifestando un claro ánimo expansivo, el objetivo mejor logrado de Escape a la Victoria es dar óptimo lugar, poner en escena, a dos tipos de diálogo: el internacional entre varias individualidades y el estético entre el futbol y Hollywood.

El elenco seleccionado es claro reflejo de tales propósitos: está conformado por jugadores profesionales de la talla de Bobby Moore, capitán de la selección inglesa que ganó el mundial de 1966. La película cuenta con la representación de Bélgica, Holanda, Inglaterra, Escocia, Argentina, Noruega, Polonia, Dinamarca, Estados Unidos y Brasil. La alineación hollywoodense tampoco se queda atrás: Max von Sydow, el alguna vez actor de cabecera de Bergman, interpreta al buen alemán, mientras que su contraparte británica es interpretada por Sir Michael Caine. En un gesto de grandilocuencia y ostentosidad, la película es liderada por el mismísimo Pelé, ya con algunos años en el retiro, y Sylvester Stallone, quien a principios de los ochenta disfrutaba el clímax de su carrera como estrella de Hollywood.

Por si fuera poco, a lo anterior hay que agregarle la presencia rebelde y mítica del que es simplemente uno de los directores más importantes de la historia, John Huston. Ya con películas tan icónicas en su haber como El halcón maltés (1941), La noche de la iguana (1964), o Los inadaptados (1961), las razones por las cuales Huston se aventuró a dirigir tan inusitado proyecto permanecen obscuras. Probablemente la excentricidad del proyecto apeló al carácter mismo del director estadounidense, quien en su ecléctica carrera ya había demostrado cierta tendencia a rebelarse contra los estándares exigidos por los estudios de Hollywood y a arriesgar de más en sus proyectos (Huston fue de los primeros directores en filmar fuera de Estados Unidos, cuando realizó El Secreto de la Sierra Madre [1941] en Durango).

Con tal disposición, es extraño que la película no haya cumplido con las expectativas de su productor, de su elenco. En realidad como película taquillera hollywoodense los resultados no son decepcionantes: muy al estilo de El Gran Escape (1963) de John Sturges, Escape a la Victoria logra narrar la inverosímil fuga de un puñado de militares de un campo de prisioneros nazi, todo esto con intrigas, comedia, diálogos ingeniosos y petulantes y excesos de carisma (obviamente provenientes de Stallone). ¿Entonces en qué estriba el fracaso rotundo de la película? En pretender anexar al futbol como un accesorio adquirido con la participación de unos cuantos jugadores.

Supuestamente todas las escenas de futbol fueron asesoradas por Pelé. Lo anterior equivale a poner al mismo Huston a dirigir un equipo de futbol y esperar resultados decentes. No hay toma en todo Escape a la Victoria donde ruede un balón de manera convincente: o los jugadores siguen todos el esférico como niños de primaria, o las tomas son adulteradas de manera obscena para mostrar fragmentos totalmente desarticulados. El síntoma más revelador de las carencias de la película es que la participación de Pelé como futbolista es mucho peor que su participación como actor: cuando tiene que actuar, Huston acierta en no exigirle de más; cuando tiene que jugar, Huston erra en dejar el balón en sus pies por demasiados minutos, durante los cuales Pelé realiza danzas patéticas y risibles.

Queda claro, por ejemplo, que Oliver Stone entendía el lenguaje del futbol americano cuando dirigió Un Domingo Cualquiera (1999), de la misma manera que Spike Lee sabía qué hacía cuando grabó cada escena de He Got Game (1998). Asimismo queda claro que John Huston y Sylvester Stallone trabajaron no con ojos de futbolista, sino de conquistadores forajidos en tierras ajenas, con los mismos ojos con los que décadas antes John Pershing, bajo las órdenes de Woodrow Wilson, se aventuró a invadir el territorio mexicano en busca de Pancho Villa. Los resultados, obviamente, fueron similares.

Pero el mercado se rige por la demanda, y con esto quiero aclarar que la intención no es glorificar la estética del futbol, hacer un caso excepcional de sus condiciones, sino describirla como un lenguaje que Hollywood no se ha visto en necesidad de dominar. Entre las acepciones del tipo de dominio al que hago referencia quedaría excluida la subyugación burda: sólo dejando de lado la prepotencia, y sobre todo la condescendencia elitista, es que alguien se puede acercar a otro ámbito y empatizar con el orden que rige a sus participantes.

 

 

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Gerónimo Sarmiento ha visto mucho cine y mucho futbol.

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