El futbol: incendio de la memoria
Publicado el 02. jun, 2014 por Cuadrivio en Cuadrivio proteico
Cualquier aficionado al futbol sabe que su gusto por este deporte va más allá de representar un simple juego entre veintidós personas. Por medio de un texto referencial de su propia pasión, y la voz de un futbolista, Marco Antonio Cervantes trasciende la práctica deportiva hacia una actividad cultural que se desborda en vivencias, recuerdos, nostalgia y mucha efusión.
Marco Antonio Cervantes
Como las cosas que merecen la pena, para mí, el descubrimiento del futbol fue algo místico, y –por su puesto– accidental: vi en televisión, un domingo cualquiera, un partido (que me enteraría mucho después), no fue cualquier juego. Era el 22 de mayo de 1983 y los equipos que se enfrentaban eran América contra Guadalajara. Para un niño, la didáctica de dividir entre buenos y malos es la manera más razonable de ordenar su mundo; la jugada que me convertiría en aficionado tuvo la cualidad de resolver ese dilema a patadas.
Aún recuerdo la escena: dos jugadores corrían en el extremo izquierdo de la cancha. Uno de ellos, con ventaja y velocidad, entraría al área final. El contrario, rojiblanco, al verse rebasado, alzó alevosamente la pierna derecha para cruzarla por debajo y zancadillear de manera infame. El que llevaba el balón rodó al piso.
Para mí todo fue claro, en ese instante aprendí que en el futbol había tramposos que metían el pie por detrás. Por televisión me quedaba clara la diferencia entre buenos y malos. El final del partido de aquel mayo de 1983 es apoteósico: después de la falta de Eduardo Cisneros a Norberto Outes, el Estadio Azteca se convirtió en el escenario de una de las broncas más largas transmitidas por la televisión: veinte minutos ininterrumpidos de patadas, balonazos y empujones. Tal vez, para mí, eso fue lo menos importante. Esa tarde adquirí una mirada ética propia, y, lo mejor de todo, sabría de por vida quién sería mi equipo. Suscribo la idea que leía en algún momento: endosarse los colores de un equipo es adquirir una mirada definitiva ante la vida.
Quiero señalar en este momento del texto que me aburre catequizar. No quiero demostrar quién es el mejor equipo de futbol del mundo. Las pasiones, se comprueba a diario, son susceptibles de contagio. Pero en estos tiempos, hablar de Dios y del Club América pueden provocar reacciones insólitas. Así que me conformo con compartir algunas escenas que me han marcado como aficionado.
Primera escena: para la mayoría el recuerdo más importante de la vida se encuentra en la infancia. Las novelas de García Márquez y Proust comprueban tal hipótesis. Para mí hay una noche importante: subimos tres –dos niños y un adulto– por infinitas rampas de un enorme escarabajo de cemento. Es de noche, ¡el partido ya comenzó! Todos corremos. Entramos a un túnel y después… un espacio inabarcable, recortado por una luminiscencia nunca antes vista. Un eco portentoso; un alarido hueco. Y abajo, muy abajo, el verde del pasto es perfecto; un rectángulo estupendo: una cancha real. ¡El futbol a colores es algo que existe!
En esos años dentro de los estadios era común un «juego» extremo: las banderas de los aficionados contrincantes se arrebatan para luego quemarse. Así, el Estadio Azteca era un mechero gigantesco. Un espectáculo, pues. ¿Cómo medir la emoción o la trascendencia de un recuerdo? Esas fogatas, el gol de Carlos Hermosillo y las luces de ese estadio aún iluminan algún rincón de mi memoria.
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Es portero, debutó un sábado de octubre en la Primera División. Desde hace 12 años vive profesionalmente del futbol. Es de los pocos que pueden presumir que vive de eso. Logró lo que millones soñamos alguna vez: jugar en el césped de un estadio ante miles de personas y dar autógrafos en el supermercado.
Después de 12 años ha deambulado por equipos de Segunda y hasta Tercera División. Ha visto de cerca la otra cara del futbol: ha pedido decenas oportunidades, soportado la altanería de los dueños, promotores y asistentes. Ha tenido que lidiar con las manías de los directores técnicos y las neurosis de los aficionados. Ha soportado viajar en un autobús siete horas para después jugar y regresar en el mismo camión. Y por supuesto, luchar contra la certeza del paso del tiempo. En una profesión donde se es «inservible» a los 35 años de edad.
Le insisto que me dé una entrevista. Correos, mensajes, llamadas. La noche de un lunes platicamos. Me pide que omita algunos datos:
«A veces me parece que todo esto es una representación, una mentira, un show. Y nadie se da cuenta de que esto es un trabajo como otro cualquiera. Donde hay gente bien intencionada, gente floja, tranza, y gente muy buena, que se toma muy en serio el deporte. La diferencia es que nosotros salimos en la tele. Nadie sabe si nos aburrimos los días previos a los partidos, si estamos enfermos o morimos de miedo; si tenemos diarrea o depresión. Siempre debemos salir bien a la cancha. Ser los mejores. Tal vez sea eso lo que me sigue gustando más del futbol: la competencia, competir».
«A mí nunca me ha tocado vivir un caso de corrupción o algo así. Pero sí te voy a confesar que un día me habló un jugador que yo admiraba muchísimo. Estábamos concentrados antes de un partido muy importante. Me dijo por teléfono: ‘¿Cómo estás, manito, listo para mañana?’ A mí se me hizo muy extraña la llamada, pues él me buscaba muy poco. Me dijo que yo estaba en los planes de algo muy grande, que nos pusiéramos de acuerdo para vernos pronto y bla, bla. Colgamos sin ponernos de acuerdo de nada. Estoy seguro que pensaba que al otro día yo iba a jugar. Caí en cuenta que en un momento dijo: ‘Ya sabes cómo se agradecen los favores’. Después entendí que me pidió que en el juego del siguiente día cometiera ‘un error’. Nunca volví a saber de él».
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Segunda escena: En junio de 1986 la gente de esta ciudad fue feliz por un ratito. Para mí y mi familia, asistir a los partidos del Mundial de 1986 era como viajar a la Luna. Pero no fue tan difícil salir a la calle, al igual que miles de personas que vivieron la alegría genuina de simplemente «saludar» a los aficionados que regresaban del Azteca después de ver los partidos de El Tri. No nos importaba haber visto en televisión los partidos; no nos interesaba la mercadotecnia impuesta: nos sentíamos parte del triunfo de la selección nacional. Tlalpan, División del Norte, Universidad, Insurgentes, Periférico eran una fiesta de banderas, porras y brincos.
Ese domingo de junio el futbol sirvió para sentirnos parte de algo que aún me parece indefinible determinar. No comparto ningún tipo nacionalismo ramplón, ni quiero abordar sociológicamente nada. Pero pocas veces he visto tanto entusiasmo reunido en tantas esquinas. Aún estaba presente en la memoria el terremoto de un año antes; la ciudad seguía cercenada por muchas heridas todavía visibles. Después de una tragedia de tal magnitud bien valía la pena –sobre el cascajo– ganarle a la vida, aunque fuera un poquito, aunque fuera nada. No olvido un grito de ese domingo de junio que escuché con mi hermano sobre Miguel Ángel de Quevedo: «¡El día del padre, les dimos en la madre!».
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«Un amigo siempre me decía que el futbol era como la vida. A mí me pasa: cuando juego todos mis problemas se me olvidan. Todos. No tengo cabeza para más: ni la «comisión» del promotor, la camioneta que me robaron, las deudas. Estoy tan metido. A veces en el partido uno ríe: el equipo anota; y después, te anotan, pierdes. Te resbalas; pierdes todo. A veces está todo bien y después todo cambia en dos minutos. Como la vida, ¿no? Eso me gusta. Toda la vida en 90 minutos».
«Estábamos en la semifinal del ascenso; en el estadio más importante del bajío. En el primer tiempo tuve que entrar. Pensé: ‘¡Todo mundo me está viendo; es ahora o nunca!’ ¡Y que anotamos tres goles! Ya teníamos el partido en la bolsa en el descanso. Las gradas eran una tumba; todos calladitos. Entonces que nos meten un gol. Y otro en el minuto 81. Dos minutos después nos empatan: ¡3-3! Yo ya no podía ni pensar con tanto ruido de la gente. Te juro, me quería morir: ‘que ya se acabe esto, por favor’, repetía. ¡Y luego otro gol, y luego el quinto! El partido se acabó: ganamos 5 a 3. Busca el partido en Youtube; es buenísimo. De película, dicen».
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Tercera escena: Mi texto predilecto sobre futbol se llama El gran toque. El texto no pertenece a la moda de intelectualizar argumentativamente sobre la «trascendencia» del juego. Un crítico escribía acerca del cuento: «toca todos los enigmas de la vida». Alguna de las virtudes del relato de Luis Miguel Aguilar es mostrar al otro como cómplice necesario del juego: lo que vale la pena de jugar es estar al lado de la gente que uno aprecia; el juego siempre necesita a los demás. Cito a Luis Miguel Aguilar: «La memoria es nuestra única escuela, ¿qué aprendemos en ella? Que el tiempo es el fuego en el que ardemos».
El futbol, como la vida, arden en esa hoguera: combustionan lo mejor de nuestra memoria.
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Marco Antonio Cervantes (Tlaxcala). Cursó la maestría en Comunicación, en la Universidad Nacional Autónoma de México.









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