Del ‘Joga bonito’ al juego sucio
Publicado el 02. jun, 2014 por Cuadrivio en Cuadrivio proteico
El futbol es sólo una parte de la gran cancha donde se juega la historia de las sociedades. En este texto, entre el ensayo y el relato, Jorge Meneses teje su biográfico romance futbolero con los hechos más relevantes de la vida política y social de México desde los años ochenta, contándonos cómo el buen juego recibe contragolpes sucios de los dueños del balón.
Jorge Meneses Cárdenas
La táctica fija
A Inglaterra le debemos el origen del capitalismo y el futbol. El naciente modo de producción generó la concentración de individuos en ciudades, y con ello comenzarían desiguales y heterogéneos procesos de proletarización. Los nuevos marcos de referencia de la disciplina capitalista, como el horario en las fábricas, la creencia en la puntualidad, la higiene, la competencia y la movilidad social como utopía, expresarían dinámicas de trabajo en equipo a través del conjunto de disposiciones sociales de la semana inglesa.
El futbol, como deporte racional, de tácticas, «desplaza» a los juegos de azar, que basan el éxito del juego en la suerte. Los valores asociados al futbol promueven la disciplina, el trabajo en equipo, la constancia y el ascenso social, materializado en los mitos de jugadores que nacen en barrios populares y logran avanzar a la cúspide social hasta convertirse en líderes de opinión, que lo mismo son noticia por sus goles en el campo que por las debilidades de la carne.
Si bien el futbol considera la racionalidad del trabajo disciplinado una fuente de éxito, no desdeña la «ayuda» de distintos sistemas de creencias basados en la suerte, el poder divino y la predestinación de eventos, a los que la comunidad del futbol atribuye la capacidad de incidir en el juego, y que pueden observarse en dinámicas dentro del campo, por los jugadores, y fuera del campo, por los aficionados. El hacer apuestas y el creer en las cábalas, las vibras o los amuletos son formas simbólicas de comunicación habituales entre los que viven del futbol: dueños, federativos, televisoras; los que viven para el futbol: los futbolistas; y los que mantienen al futbol: los aficionados.
Los valores asociados con la disciplina del futbol y sus formas simbólicas, representadas en prácticas, ubican al juego como un campo simbólico con múltiples representaciones. El estadio, cuando suceden en él eventos periódicos altamente ritualizados, se convierte en un espacio cuasi religioso en donde los asistentes son los que hacen el espectáculo catártico al ser parte central de la comunión entre lo que sucede en la cancha y en la tribuna.
Alineaciones
En México, cuando el aficionado va hacia el partido, se observan distintas formas de peregrinar y ejercer el papel de seguidores: unos con la familia o con los amigos cercanos; otros, llegan haciendo aspavientos y, rodeados de operativos de seguridad, gritan, saltan ‒con notorias influencias del alcohol‒, se quitan la playera efusivamente y en muchas ocasiones incitan y violentan. No me refiero a los directivos de las federaciones, ni a los dueños de las megaempresas que entre sus activos tienen equipos de futbol, tampoco a los políticos que viven la victoria de su patria o ciudad como si su secretario de energía les confirmara el descubrimiento de cinco nuevos yacimientos petroleros, ni a los capos del narcotráfico que abonan para el equipo o invitan a futbolistas a sus fiestas. Hago solamente referencia a las barras de los equipos de futbol, que en el caso mexicano tienen una relación muy estrecha con los directivos de los equipos.
Durante los torneos internacionales o locales, el estadio es el campo de batallas nacionales, regionales o locales. La noción de comunidad, representada por los futbolistas y sus seguidores, en el campo y las gradas respectivamente, pareciera contener el germen de la guerra entre amigos-enemigos, más que el de la simple rivalidad deportiva.
A su vez, los medios de comunicación, a través de distintas formas de mercadotecnia, comunican acontecimientos cotidianos y ritualizan los duelos deportivos, casi al grado de sacralizarlos, para la acumulación de capital.
Los comentaristas, aparte de ser pregoneros y dedicarse a integrar productos, pueden actuar como futurólogos y basar su trabajo en las predicciones. Algunos narradores del partido optan por usar la épica para decir lo que sucede, otros descargan xenofobia, homofobia y otras flores como forma de contactar con las audiencias. Aunque también se observan trabajos serios, principalmente en la prensa escrita por personas críticas que ven el futbol desde distintos ángulos, en sus nexos con el capital y el poder político y como fenómeno sociocultural.
Otra «unión libre» la constituyen el Estado y el futbol, pues pareciera que practican distintos tipos de romance y coqueteo. En la variedad de manifestaciones que tiene esta unión, vemos a los gobiernos locales que subsidian equipos de futbol, a los que utilizan a jugadores como edecanes electorales o a los que, además de hacer esto, facultan a equipos o ligas para tener poderes supranacionales y/o meta constitucionales que permiten a la federación y a sus equipos no otorgar derechos laborales, la entrada de capitales y «empresarios» sin ningún control fiscal y, además, autorizan a los Estados a utilizar el estandarte nacionalista para aglutinar percepciones que les generen capital político coyuntural o con miras de más largo alcance.
Primer tiempo
Pese a todo lo escrito, en los ochenta, en mis tiempos de infancia en Nonoalco, Mixcoac, en la Ciudad de México, meter la mano era hacer trampa y los que lo hacían en la cuadra sin reconocerlo no eran leales ni dignos de confianza. El escoger nombres de jugadores como Pablo Larios, Manuel Negrete, Maradona, Hugo, Marco van Basten, Héctor Miguel Zelada, Zuly Ledesma, Hermosillo o Zague para los partidos en la escuela nos hacía fantasear con que si anotábamos gol, la celebración era a la salud de ellos. Un «¡paradón de Larios!» era visto como un momento de contacto divino entre el portero de la selección mexicana en México 86 y el niño-portero que realizaba la hazaña.
Mucho después de empezar a jugar futbol supe que existía el fuera de lugar. Al ser expulsado del paraíso del Gol por el conocimiento de esta regla, comencé a observar en la tele que el árbitro vestía de negro, llevaba silbato en la boca y tenía la autoridad de un director de primaria que corría a quien él quisiera, sin dar explicación.
Sin embargo, pese a las reglas formales, en la niñez la rivalidad deportiva convertía el patio de la escuela primaria en un centro deportivo altamente peligroso, ya que, aparte de que se iniciaban las apuestas y las burlas entre los que rivalizaban en los recreos, se improvisaban partidos en cualquier momento y el balón, pelota u objeto pateable podía terminar en la cara de algún paseante con torta en mano o en la ventana del salón más próximo. La pasión era un nuevo sentimiento compartido entre niños que transformaban la calle, el patio casero o el escolar en campos de pavimento fértiles para el disfrute sin reglas asfixiantes y para poder pegarle a la pelota. Durante esta etapa, antes de cumplir diez años, el futbol me pertenecía, pues lo practicaba en cualquier espacio. Creía que podía ser futbolista, era aficionado fiel al Cruz Azul y, sobre todo, no sabía nada del futbol como negocio y espectáculo, pues de muchas formas me sentía protagonista.
Segundo tiempo
En 1988 las noticias más importantes para el país fueron la elección del 2 de julio y las sospechas fundadas de un fraude electoral del llamado partido de Estado, el PRI. Sin embargo, para mi apetito televisivo, lo más relevante fue que Hugo Sánchez pasaba sus mejores épocas en el futbol español y anotó un golazo de chilena contra el Logroñés (lea al revés la palabra «Logroñés» y encontrará algo bonito).
Meses después, antes de las eliminatorias para el mundial de Italia 90, los representativos mexicanos fueron suspendidos de cualquier competición internacional durante dos años, por alinear a jugadores con mayor edad que la permitida en unas eliminatorias para el mundial sub-17 que se celebraría en Arabia. Esto no sólo trajo el descrédito del futbol mexicano, sino la evidencia de la forma de actuar de los que viven del futbol, y, por supuesto, para el futbol representó una generación perdida de futbolistas.
Mientras los federativos quedaban al descubierto, comencé a observar que un grupo de periodistas de lo que era el canal estatal Imevisión discutía sobre el control del futbol mexicano por parte de la televisora de San Ángel, Televisa. Algunos de ellos fueron vetados para asistir al mundial como comentaristas, cosa que despertó mi tristeza y la idea de que en México el futbol y la televisora de Chabelo tenían más relación con el gobierno que la que se sostenía a través del famoso conductor infantil con el interventor de la Secretaría de Gobernación que avalaba los concursos de su programa.
Gracias al puesto de periódicos de la esquina, en el que podía leer las portadas de los periódicos deportivos y las noticias de relevancia nacional, pude enterarme de las marchas en apoyo a lo que después sabría que era el Frente Democrático Nacional. Años después comprobé con la piel de gallina que los gritos, insultos y la comunión catártica no eran materia exclusiva del programa de la cubana radicada en Miami Cristina, sino que también formaban parte de las manifestaciones rumbo al Zócalo de la Ciudad de México, en donde la gente indignada denunciaba el matrimonio por conveniencia entre Televisa y el PRI; mientras en los estadios la palabra «ratero» acompañaba la salida de distintos árbitros después de los juegos polémicos.
Mi lectura en ese momento no podía hacer un paralelismo entre el sistema político mexicano y la Federación Mexicana de Futbol. Aún hoy no lo hago, pero lo cierto es que visualicé por fin la relación entre un medio de comunicación y los diferentes tentáculos con los que influía en el futbol local. Que su dueño se autoproclamara soldado del PRI me daba más pistas.
Mientras el PRI parecía un monolito inmóvil cubierto por una coraza inexpugnable y el sistema político mexicano parecía no aprender nada de los procesos democratizadores del bloque comunista, ni de la realidad latinoamericana, el futbol mexicano estaba ensimismado en su autoimagen casera de país competitivo con eterno futuro prometedor, aunque la realidad contrariase esta imagen cada cuatro años. Eran los tiempos en que las playeras de los equipos no tenían logos de patrocinadores y los aficionados compraban el boleto en las taquillas días antes de los partidos.
En materia política, el surgimiento del periódico La Jornada, de programas de radio novedosos y de alternancias estatales y municipales daba cuenta de que la ciudadanía tenía más opciones para informarse y pedía mayor transparencia en la vida pública del país. Por su parte, la relación entre Televisa y el futbol mexicano hacía despertar mentadas de madre entre los aficionados de los equipos que no pertenecían a la televisora por sospechas de encuentros arreglados. En ambos escenarios, la idea de que los jueces de cada contienda ‒la política y la deportiva‒ estaban amafiados era un común denominador.
En esta etapa comencé a creer que el futbol sólo estaba ahí para servir al Estado, quizá por mis primeras lecturas sobre política y mi nulo conocimiento sobre antropología o sociología del futbol. Como fuera, comenzaba a entender en algo las redes políticas en México.
Medio tiempo.com
En los noventa llegó a la vida nacional el levantamiento armado de los zapatistas chiapanecos, el neoliberalismo a la mexicana, que comenzó a desmantelar la soberanía del Estado a través de la venta de paraestatales, y el Tratado de Libre Comercio con los países vecinos del Norte. Los asesinatos políticos aderezaban las elecciones locales y nacionales, la presencia del narcotráfico era cada vez más evidente y el internet comenzaba a ser utilizado por los líderes de movimientos sociales. En mi caso, tuve una conversión futbolística: cambié de equipo y me uní a los Pumas de la UNAM. Como si cambiara de religión, mi decisión fue cuestionada por amigos y familiares.
Aunque en esos tiempos los estadios de futbol todavía eran para familias o porras de animadores y había cierta homogeneidad entre lo que la gente gritaba, como el «chiquitibum», la afición de los Pumas, integrada por estudiantes, jóvenes, profesores con tiempo libre y trabajadores, tenía su grupo de apoyo: la Ultra Puma, que utilizaba formas distintas para hacerse escuchar en la tribuna, ya que desde la «goya» universitaria hasta las consignas para árbitros, jugadores de equipos contrarios y comentaristas de Televisa todo era parte de un repertorio juvenil diferente.
Segundo tiempo
Si al entrar a la secundaria conté con mayor libertad para ir al antiguo estadio de la Ciudad de los Deportes en la colonia Nochebuena, mejor conocido como Azulgrana, y después como Estadio Azul, en la prepa, la asistencia al estadio de Ciudad Universitaria fue la opción para mí, pues mi economía se veía beneficiada por tener credencial de la Prepa 8 y poder comprar con ella boletos de estudiante.
Además de ser una década perdida para la economía familiar en México, y de que en ella las generaciones juveniles urbanas con mayor escolaridad, principalmente, se fueron familiarizando con la arroba punto com, en los noventa la entrada de TV Azteca al mundo del futbol no sólo trajo consigo la llegada de competencia para la televisora de San Ángel en términos de audiencia, sino la existencia de más un dueño con por lo menos dos equipos en la primera división, además de la presencia de grupos económicos hegemónicos con equipos de futbol, desde el norte del país hasta el estado chiapaneco.
Cuando México logró su mejor papel en algún torneo oficial fue en 1992, año en que obtuvo el subcampeonato en la Copa América de Ecuador e inició una etapa de mayor competencia con Sudamérica. A esto también se suma la internacionalización de los equipos mexicanos en torneos de clubes como la Copa Libertadores. Sin embargo, aún con el buen desempeño de distintos equipos mexicanos en estos torneos, sólo se ha llegado a levantar la copa del subcampeonato.
La selección mexicana de futbol no se pudo sustraer ni del libre comercio ni del fenómeno migratorio, pues se afianzó en el gusto de los empresarios de Estados Unidos y quizá sea la selección nacional que juega más partidos como local, ya que sus partidos amistosos como «local» los juega en Estados Unidos, principalmente en ciudades donde la amplia presencia de mexicanos hace de los partidos una fiesta y da el pretexto ideal para que se vean por unas horas como una comunidad nacional.
En esta etapa de los noventa, intenté comprender más lo que se observaba en el panorama mexicano extra cancha, pues el deporte se había afianzado como deporte-espectáculo bajo la tutela de grupos económicos que comenzaban a disputarle un poco más el poder a las televisoras.
Tiempo de compensación
La industria deportiva en México ha transformado al futbol de deporte a deporte espectáculo con más preocupación por los promocionales de apoyo que por los resultados en la cancha. El uniforme del equipo mexicano ocupa los primeros lugares en venta de ropa deportiva, cosa que no corresponde con sus resultados a nivel deportivo, pues la forma excesiva en que se promociona a la selección antes de los mundiales contrasta con el apoyo que el Estado le brinda al deporte juvenil en todas las demás disciplinas.
La globalización del futbol mexicano se observa en los intercambios monetarios a nivel global por medio de la compra-venta de jugadores (un equipo puede tener decenas de cartas de jugadores prestados a equipos en distintas ligas del mundo). A cambio de eso, en las comunidades de ocio algunos mexicanos son inmortalizados diariamente a través de los videojuegos. Además, figuras públicas como Cuauhtémoc Blanco, originario de Tepito, Jorge Campos, de Acapulco, y Oribe el Hermoso Peralta, del ejido La Partida, a diez kilómetros de la ciudad de Torreón en Coahuila, expresan el don de la movilidad social en el futbol mexicano.
La situación actual del futbol mexicano quizá pueda ejemplificarse con la final de ida entre el León del grupo Carso y el América del grupo Televisa, en diciembre de 2013, pues es la primera final que no transmite el duopolio televisivo de Televisa-TV Azteca, sino que se transmitió a través de internet y en señal cerrada por una cadena transnacional. Además de ser la primera final que se transmite en vivo por internet, entre los dueños de los equipos el duelo dio expresión a una disputa profunda en la que se ponía en juego desde el deshonor de perder una pelea hasta el de compartir utilidades. Cabe recordar que al ganar el León la final, su propietario no se levantó la playera para celebrar.
En la primera década del siglo XXI, comencé a buscar información sobre antropología del futbol y del deporte en general. Sólo entonces pude entender que mis percepciones sobre el futbol, siendo yo aficionado, eran básicas y que tanto en Latinoamérica como en algunas universidades de México la problemática se estaba estudiando desde distintos ángulos y enfoques.
Allí fue cuando comencé a interesarme por investigar y escribir de futbol, y a entenderlo como un fenómeno social total. Empecé a ver a ratos la cancha y a ratos la tribuna, y las distintas manifestaciones socioculturales que el deporte permite observar en distintas arenas deportivas. Muchas veces lo que se presumía como jogo bonito o fair play era aburrido y sucio, lo que resultó interesante fue observar los contragolpes de los dueños de la pelota contra el propio futbol.
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Jorge Alberto Meneses Cárdenas estudió antropología social en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, mismo lugar donde pudo impartir cursos de Antropología y futbol años después. También estudió sociología política en el Instituto Mora. Ha escrito distintos artículos sobre futbol, aunque le gusta más verlo. Actualmente es profesor e investigador en la Universidad del Mar, campus Huatulco. Además de escribir cuento y poesía, entre sus intereses de investigación y publicaciones están temas relacionados con las culturas juveniles, la antropología del deporte, la salud reproductiva, la cultura popular y la migración.









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