Sunday, 8th December 2013

El mundo se va a acabar

Publicado el 16. dic, 2012 por en Artes, Portafolio

Cómo escribir una película sobre desastres y Apocalipsis

 

Roberto Coria

 

Cuando observo los efectos del calentamiento global, los derrames petroleros en los diferentes mares del mundo, las especies animales que aniquilamos sin misericordia, y cosas aparentemente irrelevantes en medio de la tragedia nacional –porque la crisis económica, las injusticias que cunden rampantes por el país y la guerra contra el narcotráfico se cuecen aparte–, como el hermoso parque cercano a mi casa, donde muchas personas arrojan indiferentemente todo tipo de desperdicios –desde botellas de cerveza hasta condones usados–, no puedo evitar un fatal sentimiento: el ser humano, como especie, no merece existir. Es cierto que existimos unos pocos que tenemos cierto nivel de conciencia, y que el hombre ha creado las más sublimes expresiones artísticas, pero todos esos triunfos palidecen frente a nuestra naturaleza predadora sin sentido. La película Virus (John Bruno, 1999), protagonizada por Jamie Lee Curtis, ya lo dijo: «el hombre es un virus. Los virus destruyen a su huésped y se multiplican».

Uno de los temas más recurrentes de la ciencia ficción es el fin del mundo. Muchos le temen y también lo anticipan desde tiempos inmemoriales. Su anunciación ha propiciado suicidios colectivos y la proliferación de todo tipo de cultos. Para el nipón Chizuo Matsumoto, quien se rebautizó posteriormente como Shoko Asahara, fundador y representante de una doctrina que fusionó yoga y budismo, un negocio multimillonario que le permitió crear un pequeño imperio y que lo llevó a planear actos terroristas que devinieron en la mayor y más grave tragedia que recuerda Japón después de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Esto ocurrió el 20 de marzo de 1995. La sexta temporada del popular serial televisivo Dexter, giró en torno a las andanzas del profesor en teología James Gellar (Edward James Olmos) y su pupilo Travis Marshall (Colin Hanks), quienes fueron nombrados «los asesinos del Juicio Final» por la serie de homicidios que cometieron para anticipar el Apocalipsis según el Libro de las Revelaciones.

Pero sigamos por territorios mejores. El arte tiene la obligación, entre otras cosas, de exorcizar todos los demonios, y el temor que ahora nos ocupa no es la excepción. Desde maravillosas y terribles películas de los setenta como Cuando el destino nos alcance (Richard Fleischer, 1973), hasta impresionantes pirotecnias contemporáneas como 2012 (Roland Emmerich, 2009), el fin de la civilización ha exaltado la imaginación de escritores y cineastas, y ha servido como una forma de sacudir nuestra conciencia sobre la manera en que tratamos a nuestro planeta.

Pensé en todo esto porque el otro día volví a ver la película El último camino (John Hillcoat, 2009), basada en la novela The road, de Cormac McCarthy, autor de otro libro que ya ha sido llevado a la pantalla grande, Sin lugar para los débiles (hermanos Cohen, 2006). El eficiente guión de Joe Penhall narra la historia de un hombre ordinario (Viggo Mortensen) y su hijo (Kodi Smith-McPhee), quienes viven un drama de supervivencia en un planeta tierra devastado, donde las condiciones de vida han llevado a todas las especies animales a la extinción, a las vegetales al borde de la misma, y los pocos sobrevivientes humanos están en una continua búsqueda de alimento, la cual lleva a muchos al canibalismo. La supervivencia del más apto, anunciaba Charles Darwin. El resignado padre lucha no sólo por su vida, sino por mantener alejado a su vástago de estos horrores («nosotros nunca nos comeremos a alguien»). La cinta no pierde tiempo en profundizar en las causas que condujeron al mundo a la tragedia –no sabemos si fue por una guerra mundial, el calentamiento global o un virus asesino–, lo que le importa son las consecuencias. La trama está plagada de flashbacks, el preludio funesto a su aventura, donde el hombre recuerda su vida pasada al lado de su esposa (la sudafricana Charlize Theron), quien no resiste la inminente tormenta. A lo largo de su desventura, nuestro héroe contempla el suicidio en más de una ocasión, pero el instinto de conservación se impone junto con la necesidad de preparar a su hijo para seguir adelante cuando ya no se encuentre en este mundo, angustia inherente de todo buen padre. La desgracia despierta lo mejor de la naturaleza humana –recordemos el sismo de 1985 o el terremoto de Haití–, pero también lo más vil –rapiña, robos, instintos violentos–, y los protagonistas lo descubren en carne propia. También encuentran placer en las cosas pequeñas, como el hallazgo de una simple lata de refresco. Destaca la modesta producción de la película –que no precisa de efectos por computadora–, apoyada de una eficaz fotografía de Javier Aguirresarobe –cuya paleta está dominada por tonos grises–, y las breves apariciones de Robert Duvall y Guy Pearce. El desenlace, pese a una nota esperanzadora a través de la limpia mirada de un perro, anuncia la fatalidad a la que nos dirigimos. Una película depresiva, cierto, pero inquietantemente relevante.

Estas tragedias cinematográficas nos ofrecen la excusa de identificar modelos y escribir una clasificación, cual «índice de maldad», de las películas que nos anticipan el final de los días. Ahora la someto a su consideración.

DESASTRES NATURALES.

Fotograma de la película «2012»

Fotograma de la película «2012»

No hay fuerza más inclemente y poderosa que la naturaleza. Frente a ella, a pesar de nuestros portentosos avances tecnológicos, sólo podemos sentir respeto y humildad. No obstante, la indiferencia, ignorancia y codicia del ser humano han atentado indiscriminadamente contra ella. He aquí su venganza.

Desastres ambientales. Son dramas de supervivencia donde grupos humanos, grandes o pequeños, sufren diferentes embates de la naturaleza. Pueden ser:

Avalanchas. La película homónima de 1978, de Corey Allen, es la representante ideal.

Terremotos. Terremoto (Mark Robson, 1974) es un gran ejemplo. La Ciudad de México ha vivido las consecuencias de éstas catástrofes, como bien recuerdan las personas de mi generación. Hablo de terremotos causados por la naturaleza, no de los provocados por explosiones atómicas o dispositivos arrancados de películas de espionaje, como la bomba atómica que Lex Luthor detonó en Superman (Richard Donner, 1978).

Meteoros. Una de las primeras películas que vi en esos monstruosos reproductores Betamax, en mi tierna infancia, fue precisamente Meteoro (Roland Neame, 1979), estelarizada por Sean Connery. Otra película que se toma en serio el tema, con todo y su absurdo cómico y sus impresionantes efectos especiales –para la fecha–, es Armageddon (Michael Bay, 1998). No olvidemos Impacto profundo (Mimi Leder, 1998).

Volcanes. Volcán (Mick Jackson, 1997) y El pico de dante (Rogar Donaldson, 1997), son dos ejemplos de cine de desastres de los años finales del milenio pasado. El jefe de los servicios de emergencia de Los Ángeles (Tommy Lee Jones) en la primera, y un vulcanólogo (Pierce Brosnan) en la segunda, son los responsables de salvar el día.

Inundaciones y olas devastadoras. Retratos de hechos de la vida real, como el terrible tsunami –o surimi, según una voluptuosa «cantante y actriz»– que destruyó buena parte de Tailandia.

El mar todopoderoso. Una tormenta perfecta (Wolfgang Petersen, 2000) muestra claramente el poder absoluto del inquilino más grande de este planeta –ocupa do terceras partes de él. En este sentido, algunas películas de desastres de transportación náutica se colocan en esta categoría.

Calentamiento global. Sus efectos lo sitúan en esta categoría, pero me parece más adecuado ubicarlas los desastres causados por el hombre.

Tornados. Claramente ilustrados en la película homónima de Jan DeBon, de 1996.

Incendios. Cuando el fuego es provocado por causas naturales (un rayo que inicia un incendio que devasta una gran área boscosa, por ejemplo). De no ser así, son iniciados por hombre.

Animales y plantas. Los pájaros (Alfred Hitchcock, 1963) y su curioso homenaje, El fin de los tiempos (Shyamalan, 2008) demuestran cómo la naturaleza puede cansarse de nosotros. Tarántula (Jack Arnold, 1955), Enjambre (Irwin Allen, 1978), Piraña (Joe Dante, 1978) y Aracnofobia (Frank Marshall, 1990) son ejemplos notables del pavor ancestral a ciertas especies animales.

Monstruos. Los producidos por la naturaleza, como muchos de los que aparecen en la obra del inglés William Hope Hogdson. En Terror profundo (Stephen Sommers, 1998) unos malvados monstruos marinos hacen estragos sobre un moderno trasatlántico.

Epidemias. Tienen que ser por causas naturales, como la influenza H1M1 (¿fue natural?). Si no, entran en las producidas por el hombre.

Desastres espaciales. Nuevamente, tienen que ser ocasionados por la naturaleza, no por extraterrestres ni alienígenas. Si no, los debemos al hombre.

DESASTRES CAUSADOS POR EL HOMBRE.

Esta categoría se inscribe dentro de los mitos de Frankenstein: la creación que se rebela contra su creador. La arrogancia del hombre, orgulloso de su conocimiento y tecnología, propicia los más grandes males a través de:

Materiales peligrosos

Fotograma de la película «Soy leyenda»

Fotograma de la película «Soy leyenda»

Desastres químicos y epidemias. Exterminio (28 Days later, Danny Boyle, 2002) da cuenta de un desastre epidemiológico –iniciado por ambientalistas recalcitrantes que liberan monos infectados– que diezma a casi toda la población del archipiélago británico en los sólo 28 días. Junto con REC (Plaza y Balagueró, 2007) es uno de los mejores especimenes de cine de zombis del nuevo milenio. La Amenaza de Andómeda (1971 y remake televisivo de 2008), basada en la novela de Michael Crichton, Epidemia (Wolfgang Peetersen, 1995) y Soy Leyenda (Francis Lawrence, 2008) pertenecen a esta corriente.

La rebelión de las máquinas. Terminator (James Cameron, 1984) y la trilogía Matrix (hermanos Wachowski, 1999 y 2003) son los mejores exponentes de esta corriente. Ambas abrevan de la imaginación de Phillip K. Dick, William Gibson y algunos de los mejores representantes de la ciencia ficción literaria. Las máquinas, creadas por el hombre para facilitar su existencia, alcanzan un gran nivel de desarrollo, toman conciencia de su superioridad y resuelven que la humanidad es un peligro para su supervivencia y el entorno. Por ello deciden aniquilarnos o nutrirse de nosotros. Cría cuervos…

Desastres nucleares. Un día después (Nicholas Meyer, 1983) nos muestra las consecuencias de un tema que engendró las más notables cintas de horror de los años cincuenta, e introduce un subgénero del cine de ciencia ficción japonés conocido como Kajigu eiga –de monstruos gigantes– que tiene en Godzilla a su más notable representante.

Incendios. Un título lo resume todo: Infierno en la torre (John Guillermin e Irwin Allen, 1974).

Calentamiento global. En El día después de mañana (Roland Emmerich, 2004) todo tipo de desgracias, desde enormes marejadas hasta una anticipada glaciación, son producto de la alteración del clima causada por el calentamiento global. Lo mejor de la película: al final, los países subdesarrollados son la salvación del primer mundo.

Monstruos gigantes. Godzilla (Ishiro Honda, 1954), en esencia, es un común y natural lagarto que alcanzó una proporción colosal y destructiva por estar sometido a la radiación de pruebas atómicas realizadas por el hombre. Igual ocurrió con su remake norteamericano (Emmerich, 1998). Es representante de toda una vertiente de cintas que proliferaron en los años cincuenta y sesenta. Las causas que originaron a su colega y heredero norteamericano, el monstruo de Cloverfield (Matt Reeves, 2008), no han sido aclaradas –no sabemos si es de este mundo, si lo creó la milicia o es una especie desconocida por del hombre–, por lo que reservo su clasificación. El cine de monstruos gigantes es otra historia (y una futura entrada de este blog).

Desastres de transportación. Las cosas a veces salen mal.

Aeroplanos. De ¡Viven! (Frank Marhall, 1993) al popular serial televisivo Lost, las desgracias aéreas son un magnífico prólogo para todo tipo de aventuras. Presagio (Alex Proyas, 2009) muestra una excelente secuencia de un avión que se estrella. Las torres gemelas (Oliver Stone, 2006) y Vuelo 93 (Paul Greengrass, 2006) reviven un caso tomado de la horrible realidad –pues ésta supera a la ficción–, donde un conocido grupo terrorista estrella aviones de pasajeros contra conocidos blancos de Estados Unidos. El drama de los pasajeros o los supervivientes es el centro de la película.

Automóviles y camiones. Máxima velocidad (Jan DeBon, 1994) suele considerarse dentro de este rubro, pero no olvidemos que es un maniático (Dennis Hooper, que en paz descanse) quien instaló una bomba en el autobús manejado heroicamente por Keanu Reeves y la hoy laureada Sandra Bullock.

Barcos y submarinos. La aventura del Poseidón (Roland Neame, 1972) y su infame remake. La taquillera Titanic (Cameron, 1997) y todas sus versiones previas son obvias.

Naves espaciales. Ejemplo claro: Apolo 13 (Ron Howard, 1995). La desgracia de esta nave, tomada de la vida real, se debió íntegramente a causas mecánicas, no a meteoros ni a criaturas alienígenas.

Trenes. Un desastre ferroviario es mostrado en El protegido (Shyamalan, 2000). Debemos a nuestro cine otro espécimen, La bestia negra (Gabriel Soria, 1939).

Parques temáticos. Más allá de Oestelandia (Michael Crichton, 1979), con Yul Brynner, cuenta la historia de unos robots que animan un parque de diversiones y se vuelven contra los visitantes, historia parodiada en Los Simpson. Jurassic Park (Spielberg, 1993) ingresa parcialmente en esta clasificación, no por su causa –dinosaurios creados genéticamente– sino por sus consecuencias.

DESASTRES SOBRENATURALES.

Cuando el fin de la humanidad es causado por designios divinos, monstruos gigantes o invasiones extraterrestres.

La ira de Dios. Si el Creador contempla el desastre en que hemos convertido su obra, debe sentirse muy molesto. Por ello desata las más variadas formas de destrucción, desde sus hordas angelicales (Legión de ángeles, Scott Stewart, 2009) hasta plagas apocalípticas (Prueba de fe, Stephen Hopkins, 2007).

Por intervención extraterrestre. Representada por la trama planteada en pleno periodo victoriano por H. G. Wells y sus incontables revisiones: de Marcianos al ataque (Burton, 1996) y El día de la Independencia (Emmercich, 1996), hasta el remake de El día que la tierra se detuvo (Scott Derrickson, 2009).

Monstruos. Cuando el origen de estos seres obedece a razones sobrenaturales.

Si analizamos todas las anteriores, podemos establecer una receta argumental:

La presentación. Los protagonistas, uno por uno, se presentan ante nosotros con sus conflictos personales, manías y fobias, con el fin de ganar nuestra simpatía o despertar nuestra más profunda aversión.

Los avisos. El fenómeno destructor, causado o no por el hombre, comienza a anticipar su llegada. Los protagonistas pasan por alto estas advertencias. Algunos las perciben con suspicacia y otros advierten al mundo del inminente caos, pero son tachados de locos, como el Dr. Loomis (Donald Pleasance) de Halloween, o muchos candidatos políticos de la izquierda.

El desastre. Se desata la destrucción. Vemos muchas muertes. Nuestros protagonistas emprenden un peregrinar lleno de riesgos para asegurar su supervivencia. Se someten a los más increíbles peligros.

La depuración. Varios de nuestros protagonistas mueren. Algunos heroicamente, otros por azares del destino, unos pocos porque lo merecen (según el espectador).

La resolución. El ánimo de los protagonistas parece desmoronarse, pero sacan fuerza de flaqueza. Están resueltos a sobrevivir.

La inyección de emoción. Para aumentar la tensión, el fenómeno destructor ataca de nuevo (una réplica de terremoto, la segunda erupción de un volcán, o un nuevo ataque extraterrestre, por ejemplo), pero nuestros héroes siguen adelante, facilitada su odisea con el costo humano de un valiente.

La luz al final del túnel. Luego de la tormenta viene la calma. Nuestros héroes –los sobrevivientes– recuperan la paz que el fenómeno destructor les arrebató. Casi siempre resuelven sus dramas individuales (conflictos de pareja, filiales o de trabajo) gracias a la experiencia.

Pese a los temores que circulan, no sé si nos toque observar la cabalgata de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. Mientras esto sucede sugiero que nos sentemos plácidamente y pensemos en la filosofía que predicó el grupo estadounidense R.E.M.: «Es el fin del mundo como lo conocemos, y me siento bien».

__________

Roberto Coria (Ciudad de México, 1973) estudió Diseño Gráfico en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM. Especialista en literatura y cine de horror, ha impartido cursos y dictado conferencias en instituciones como Casa del Lago de la UNAM, Museo Coahuila y Texas de Monclova, Universidad Autónoma de Coahuila, Casa Jaime Sabines, Universidad La Salle de la ciudad de México, Universidad del Valle de México, etc. Es coautor de Dioses y Monstruos. Variaciones sobre Frankenstein, y autor de la novela El hombre que fue Drácula, misma que ha sido llevada a la escena teatral.

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