Dos excusas para hablar de Roy Lichtenstein
Publicado el 16. dic, 2012 por Cuadrivio en Artes, Portafolio
Eduardo Paredes Ocampo
I. Del cómic al crimen: una lectura de Roy Lichtenstein y James Holmes
Coetáneo a la exposición retrospectiva de Roy Lichtenstein en el Instituto de Arte de Chicago, se realizó el polémico estreno de la tercera parte de The Dark Knight Rises, de Christopher Nolan. Al siguiente día del tiroteo de Aurora, Colorado, llevado a cabo precisamente en la premier del filme, a las 10:30 de la mañana, kilómetros al norte de la Unión Americana, ciudadanos de the windy city se amontonaban en las puertas del museo para entrar a apreciar las piezas de uno de los pioneros del arte Pop.
Más que el marco temporal común, el verano de 2012, lo que relaciona a las expresiones anteriores lo podemos encontrar en su génesis: todas ellas provienen del cómic. Fue esta «literatura de masas» la inspiración de Lichtenstein para producir sus célebres pinturas Whaam! y Drowning Girl (ambas de 1963), de Nolan en su versión cinematográfica de la historieta de Batman y, finalmente, también de James Holmes, quien, disfrazado de un personaje de la película, ametralló a una multitud de asistentes en la sala de cine.
Como en el caso de John Lennon, donde el homicida, Mark David Chapman, fue capturado por la policía mientras leía un ejemplar de The Catcher in the Rye, de J. D. Salinger en la escena del crimen, en el tiroteo de Arizona la literatura y el arte se volvieron instantáneamente cómplices del delito. Para muchos no resulta tan evidente que la culpa no es de la lectura en sí sino, más bien, de los lectores.
Cualquiera conoce escuchas del Black metal («el estilo del rock con más asesinatos»1) que no por su mal gusto evolucionan en homicidas sanguinarios. Con un ejemplo contrario hemos visto a lo largo de la historia la perpetración de toda clase de crímenes en manos de asiduos lectores de Biblias. Estas posturas polares deberían servir como pruebas positivas ante tan evidente «satanización» del arte.
Una multitud de factores (la educación sentimental, la condición histórica e individual, y hasta las capacidades neuronales) favorece la ausencia de una frontera más o menos amplia entre realidad y ficción, linde del cual, sin duda, carecía Holmes en el momento de emitir sus célebres palabras al ser detenido: «I’m the Joker» [Yo soy el Guasón]. Es interesante notar que si bien muchas personas mantienen la idea un tanto romántica del libre disfrute del arte, aquí se postula una responsabilidad frente al elemento estético. Sobre este tema reflexiona Roy Lichtenstein en sus más interesantes trabajos.
Ante los conflictos bélicos estadounidenses del siglo xx, destacan posturas artísticas que apoyan e incitan los movimientos armados del país. De esta manera, surgen las tiras cómicas Men of War, serie de historias ilustradas que representan la valentía y fuerza del ejército americano ante sus enemigos. Paralelamente, producciones similares venden el modelo de vida americano con historias de amor, abundantes en frases «cliché» y falsas tragedias.
En la década de los sesenta, Lichtenstein reproduce a gran escala las pequeñas viñetas de la vida cotidiana y violencia proyanqui de estas historietas. Al observarlas, su efecto paródico no es captado instantáneamente, pues la reproducción no se aleja mucho del original. Apenas hay un retoque de color, una matización diferente. Donde –después de una lectura profunda– se evidencia que la mutación es en el texto. Los diálogos, los pensamientos en «nubes» resultan, ante este enfoque, inverosímiles. Una mujer a punto de ahogarse afirma que prefiere morir antes de pedirle ayuda a Brad, en Drowning Girl: «I don’t care! I rather sink than call Brad for help!» [¡No me importa! ¡Prefiero hundirme a tener que pedirle ayuda a Brad!]. Un narrador omnisciente exagera las condiciones en que se retratan a los soldados estadunidenses en Takka Takka: «The exhausted soldiers, sleepless for five and six days at a time, always hungry for decent chow, suffering from the tropical fungus infections, kept fighting!» [Los soldados exhaustos, quienes no han dormido durante cinco y seis días, siempre hambrientos por un pedazo decente de carne y sufriendo por las infecciones ocasionadas por hongos tropicales, ¡continuaron luchando!].
El elemento cómico y polémico de esta propuesta radica en el parecido de los diálogos del artista con los originales. El genio de Lichtenstein mimetiza a los escritores de cómics para, alejando los recuadros de su contexto y plasmándolos en grandes óleos, llamar la atención precisamente en torno a su lectura. ¿Qué es lo que realmente presentan las historias de amor y guerra que semana tras semana devora un público cautivo? Eso: ridiculeces.
Llegado a este punto cabría preguntarnos (porque el hubiera en literatura sí existe) sobre la posibilidad de la coincidencia e imaginar a un Holmes desarmado, con su extravagante pelo rojo, paseándose de manera detenida enfrente de las pinturas expuestas este verano en el Instituto de Arte de Chicago.
Fuera del artefacto literario, en el mundo real, fenómenos tan dispares en tiempo y espacios relativamente comunes pueden llevarnos a concluir una cosa: quizá el arte no pueda impedir los tiroteos (en la víspera en que se escribió este ensayo sucedió otro en New Jersey), ni siquiera los fanatismos; sin embargo, esta cohabitación tan moderna entre lo estético y la violencia posiblemente nos ayude no a erradicarla sino, más bien, a ser mejores lectores de ella.
II. El mejor parodiador
A los pocos meses de convivencia, las parejas se parecen. Empiezan desarrollando gestos y tonos similares para, al final, con una esporádica palabra o frase dicha al mismo tiempo, saberse mimetizados. Más que nada, el amor es mímica: precisamente en esos puntos de encuentro está la parodia.
Este plagio consentido resulta más evidente durante los primeros acercamientos al otro. Si bien en un principio imitamos a las figuras familiares, las actitudes y características extraídas no inhabilitan las barreras de lo banal. Cuando resulta increíble este peculiar remedo es durante el alba del amor: mientras admiramos lo nuevo, horroriza, a veces, sentirse los dos tan uno.
Las teorías actuales de la parodia tienen amplia extensión. Lo que una vez fue la explicación de un procedimiento artístico sale de su campo para marcar también a la lingüística. Tratada en un principio como una interpretación o reinterpretación cómica o laudatoria (o ambas) de un texto previo, la parodia prima también es la enseñanza de la lengua. El centro de la comunicación emana de una pantomima perene, generación tras generación, de las voces maternas.
Basta aceptar la centralidad del lenguaje en la perduración de la especie para entender la importancia social de la parodia. El desarrollo de este tipo de actitudes ha permitido tanto el aprendizaje de las rutinas culturales propicias para la subsistencia como la más rauda competencia: el más apto parodiador es el que sobrevive.
En el terreno artístico las conclusiones anteriores resultan ciertas. Un ejemplo particular aclarará lo dicho. El verano pasado en la ciudad de Chicago tuvo lugar una de las mayores exposiciones retrospectivas de Roy Lichtenstein, ícono, junto con Andy Warhol, del movimiento Pop Art. Ahí, sala tras sala, las pinturas repetían, junto con una paleta de colores bastante constante, el uso de la parodia. El objetivo de caricaturizar podía, también, ser sintetizado fácilmente: el consumismo y la cultura de masas estadunidense.
De manera general, por medio de la repetición casi idéntica de tiras cómicas y productos comerciales, Lichtenstein logra descontextualizar el mundo de las marcas. Su ridiculización ni por mucho vence a la maquinaria del consumo, pero sí consigue concientizar respecto a la inercia y el automatismo de muchos de sus lectores. Ese paso adelante se lo debe, sin duda, a la parodia.
A grandes rasgos, tales nociones podrían percibir los asistentes a la exposición. Sin embargo, justamente pasando el quicio de la última sala, la ilusión terminaba: daba comienzo inmediatamente la tienda de regalos. La más variada selección de artículos, hermosas corbatas, playeras, bolsas, postales, todas reproducciones de los cuadros, lapidaba los postulados estéticos del artista. La parodia había sido parodiada.
Un pregón corre por el mundo haciéndonos creer en la importancia de nuestras huellas dactilares: todo ser humano es único e irrepetible. Quizá biológicamente (y hasta cierto punto culturalmente) este postulado sea innegable. No obstante, como se ha dicho, gran parte (digo gran parte para no caer en un darwinismo social) de las rutinas imitatorias son responsables del desarrollo humano colectivo.
La parodia es, en la mayoría de sus casos, un mecanismo que desarticula. Se sirve de los elementos de lo imitado para contravenir y superar ese discurso. Puesto que el proceso evolutivo es lento e imperceptible, resulta difícil saber hasta qué punto el hombre ha superado a aquellos que, por falta de capacidades paródicas, nunca pudieron usar herramientas, andar erguidos, hablar…
A pesar de esto, la evidencia de su funcionamiento cuasi mecánico se halla presente en ejemplos visibles como el de Lichtenstein. Valiéndonos de tales patrones de conducta podemos hipotetizar respecto de alguna de las generalidades que componen al humano: el hombre –animal político, ser social, único animal con lenguaje articulado– es, esencialmente, parodiador. ¿Será que el amor, el sentimiento más puro de nuestra especie, se rige también bajo la crueldad de esta premisa?
NOTA
1 Iván Muñoz- Rojas, «La escalofriante historia del black metal: sangre de cerdo, putrefacción y suicidios» en Rolling Stone, 22 de abril de 2012. Obtenido de: http://rollingstone.es/specials/view/la-escalofriante-historia-del-black-metal-sangre-de-cerdo-putrefaccion-y-suicidios
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Eduardo Paredes Ocampo (ciudad de México, 1989) es ensayista y poeta. Estudió Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Actualmente es becario de investigación en el Colegio de México. Su blog es http://lalineamortaldelequilibrio.blogspot.mx.








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