Friday, 14th February 2014

Del buhonero a la bailarina de los siete velos

Publicado el 16. dic, 2012 por en Artes, Portafolio

La danza oriental, el árabe y sus prácticas en el imaginario mexicano

 

Paola Nieto Paredes

 

Juguemos a las adivinanzas. ¿Quién soy o de quién estoy hablando si menciono: sultanes, harenes, el hombre sexualmente insaciable, Aladino, Alí Babá, las alfombras voladoras, los faraones, Egipto, el despotismo corrupto, Las mil y una noches.  El moro, el ábaco, el álgebra, el ajedrez, el bullicioso mercado y la religiosidad mística. Nómadas, analfabetas, indocumentados, turcos, polacos o maronitas. El salvaje y el otro. Comerciantes, buhoneros, vendedores ambulantes, «baratos-baratos», Joaquín Pardavé, El baisano Jalil (1942), El barchante Neguib (1945),y luego, la telenovela brasileña El clon (2001), el usurero, el empresario, la riqueza, el poder, el éxito financiero, el libanés y Carlos Slim. Petróleo, armas, guerra. Hombre de turbante y barba, opresor de mujeres y violador. Sadam Hussein, Osama Bin Laden, el secuestrador de aviones, el terrorista. Pero también mujeres de belleza exótica, mujeres tapadas, mujeres con el vientre destapado, fajillas de monedas, el bellydance, los siete velos y las caderas de Shakira?

Todos estos adjetivos y sustantivos son ejemplos del extenso imaginario que actualmente existe en México en torno a la figura del árabe, Medio Oriente y sus prácticas. Nociones sumamente diversas que se han ido permeando y configurando a partir de varios procesos históricos, culturales, sociales e incluso económicos, y que, a su vez, se han ido reproduciendo y representando en las producciones culturales del país.

De entre todas estas imágenes existe una en particular que durante estos últimos años se ha convertido en todo un fenómeno en los gimnasios, academias de baile, teatros, restaurantes y carteleras culturales: la danza árabe o el bellydance. ¿Cómo se representó esta danza en las manifestaciones culturales en México durante el siglo XX? y ¿qué discursos se generaron en torno a ella?

Mucho antes de que la cantante Shakira generara a finales de los noventa el boom de la danza del vientre, existen registros de bailarinas desde principios de siglo XX, varias de ellas procedentes de la tradición clásica (ballet), quienes insatisfechas por los modelos «rígidos» de la época prefirieron incursionar en otros estilos y manifestaciones culturales. Ejemplos son, la rusa Norka Rouskaya, quien aparece en la película Santa (1918), y la española Tórtola Valencia, quien «era conocida como “la bailarina de los pies descalzos” por su estilo apegado a las tradiciones originales de las danzas antiguas; inspiró a poetas de la talla de Manuel López Velarde y Carlos Pellicer».[1]

Y todavía nos podemos ir más atrás en el tiempo, por el simple hecho de que en México ha habido contacto con la cultura árabe desde siglos anteriores. Un ejemplo de ello se da durante la Conquista, cuando la dominación española trajo consigo a través de sus barcos una herencia de siete siglos de convivencia con musulmanes, judíos y cristianos árabes. Es gracias a este proceso que muchos elementos y prácticas propias de esta cultura se adoptaron y adaptaron en la Nueva España. Lo árabe se coló en la arquitectura, la literatura, en el comercio, la organización política e incluso el lenguaje: «¿Tan difícil resulta darse cuenta de la existencia de una tercera cultura en la mexicanidad cuando escuchamos en un mismo día alarife, alazán, alberca, alcayata, acitarra, alacena?».[2]

Las aportaciones de esta cultura a la sociedad mexicana ahora son evidentes, pero es también a partir de estos contactos y diálogos culturales que se lograron construir los imaginarios del árabe.

No es sino hasta el siglo XX cuando se llevaron a cabo dos procesos cruciales que permitieron conocer y representar al árabe y sus prácticas. En primer lugar, se encuentran las oleadas migratorias de fines del siglo XIX y principios del XX, las cuales produjeron la llegada al continente americano de libaneses, sirios, palestinos, y en menor medida, egipcios, marroquíes, jordanos e iraquíes de religión greco-ortodoxa, maronita, católica y musulmana. En segundo lugar, se encuentra la gran influencia de la industria cinematográfica norteamericana, cuyos imaginarios de lo árabe se permearon hasta nuestro país por medio de Hollywood bajo un esquema poscolonial y orientalista.

Ambos han formado diferentes imágenes del árabe y su danza que todavía hoy en día prevalecen: en el primero, a partir de complejos y característicos procesos de asimilación, socialización, choques culturales y políticas migratorias, tenemos como resultado al extranjero, a un «otro» que se rechaza pero que también interesa por su carácter exótico:

[…] la idea de que ser extranjero en México es garantía de riqueza ha creado entre nosotros sentimientos controvertidos que se vierten en los inmigrantes; la paradoja se consuma en la xenofobia y la xenofilia, que han sido dos constantes de nuestra historia. También lo han sido la discriminación y el prejuicio, males de todas las sociedades colonizadas que, como nosotros, sufrieron la despersonalización y la estigmatización de su cultura, en su propio territorio.[3]

Estos migrantes pasaron por un proceso de asimilación un tanto complicado, no sólo por el idioma y las políticas migratorias, sino también porque rápidamente entre la población se generaron imágenes sobre el extranjero árabe permeadas de ciertas «visiones colonialistas basadas en el valor civilizacional de la raza blanca y la superioridad cultural europea frente a los otros pueblos [que] se reflejaron también en las Américas a través de discursos y opciones políticas, cuando no incluso leyes, que preferían la inmigración europea».[4]

Bajo esta situación se conforma la imagen del buhonero, del comerciante y del interesado en el dinero, representados, por ejemplo, por Joaquín Pardavé en varios de sus filmes, y que es consecuencia de una necesidad de restablecimiento económico del migrante después de haber dejado todo en el viaje. Esto me recuerda el chiste:

Estaba un árabe hablando a su hijo:
—Mirá hijo, este reloj berteneció a mi tatarabuelo, de mi tatarabuelo pasó a mi bisabuelo, de mi bisabuelo a mi abuelo, de mi abuelo a mi badre, de mi badre a mí y ahora quiero que base a ti… Te lo vendo baratos.[5]

También está el empresario, el libanés, que, si bien empezó como vendedor ambulante, ha logrado hacerse de considerables riquezas. Bien lo describe la antropóloga Camila Pastor cuando analiza la manera en que se acogió y entendió al inmigrante de Medio Oriente: «Los árabes cuando llegan son turcos, cuando tienen su tiendita son árabes y cuando son élites son libaneses».[6]

A pesar de ello, llegaron, se asentaron y lograron asimilarse a su nuevo hogar. Dejaron (o más bien olvidaron) su idioma y aprendieron el español, hicieron contacto con su clientela y se relacionaron con todos los sectores económicos de la población mexicana; iglesias como la de la Candelaria les abrieron las puertas para que profesaran la religión católica maronita[7]; y contrajeron matrimonios para generar alianzas con la población receptora. Rápidamente se logró formar una comunidad méxico-libanesa, lo cual manifiesta una estrecha asimilación entre ambos grupos.

Precisamente el contacto y la interacción logradas por las migraciones permitieron generar una noción peculiar y mucho más matizada del árabe, lo cual logró complementar aquella percepción basada en la imagen proyectada por los medios masivos (como la industria cinematográfica y el Hollywood norteamericano) y que tendía hacia la exotización, a reproducir una visión orientalista tal como Edward Said la define en su obra Orientalismo.

El teórico palestino, utilizando a Foucault y sus teorías de las relaciones de poder, se dio a la tarea de mostrar al mundo que Oriente no es más que el resultado de un discurso colonialista occidental (y europeo); Oriente como una invención, tal como en palabras de Said:

[…]un estilo de pensamiento que se basa en la distinción ontológica y epistemológica que se establece entre Oriente y […] Occidente […] [Es] una institución colectiva que […] consiste en hacer declaraciones sobre él, adoptar posturas con respecto a él, describirlo, enseñarlo, colonizarlo y decidir sobre él […] pretende dominar, reestructurar y tener autoridad […] [porque] la relación entre Occidente y Oriente es una relación de poder […] [donde] Oriente fue orientalizado, no sólo porque se descubrió que era «oriental» […] [sino porque] se le podía obligar a serlo.[8]

Este Oriente occidentalizado (o más bien orientalizado) ha traído a sultanes, harenes y odaliscas a un ahora más extenso (porque el árabe también es terrorista) imaginario medioriental muy al estilo de las Mil y una noches, película protagonizada por Tin Tan en 1957, o El sultán descalzo (1956) y El mago (1949) de Cantinflas, en cuyas escenas aparecen números dancísticos con bailarinas que muestran sus vientres descubiertos, moviendo las caderas y ondulando sus cuerpos.

Entonces, siguiendo la misma lógica que Said propone mostrando a Oriente como una construcción, lo mismo se puede hacer con cualquiera de las imágenes que se enlistaron durante nuestro pequeño juego de adivinanzas: ¿las odaliscas y la danza árabe de las películas son una construcción? Definitivamente sí. Simplemente pensemos en los vestuarios: lentejuelas, brillos, monedas y mucha carne al descubierto, representación que en la tradición musulmana se reprueba por completo (simplemente recordemos los burkas).

La danza del velo, por ejemplo, más allá de un sustento mitológico como lo es Salomé y su danza de los siete velos, surge y se populariza hasta el siglo XX cuando a una bailarina le resultó estético salir al escenario del cabaret con una tela entre las manos:

Se podría trazar el origen del velo a la influencia de la bailarina rusa Ivanova. Esta mujer, que era profesora de danza de las hijas del rey Faruk de Egipto, habría enseñado a Samia Gamal […] Samia Gamal incorporó el velo en 1954 en su película Alí Babá y los cuarenta ladrones, una producción francesa que fue todo un bombazo a nivel internacional, y que creó una verdadera fiebre del velo en los escenarios de todo el mundo.[9]

O la danza faraónica que hizo fue resultado de copiar los jeroglíficos e imágenes de las paredes de los templos del antiguo Egipto, donde se encontró la tumba de Tutankamón durante la década de 1920, acontecimiento que suscitó que el mundo volteara y se interesara por estudiar el legado de esta cultura.[10]

Entonces ¿por qué hablar de lo árabe, de la danza y de México? Si bien este tema nos puede mostrar las aportaciones de una comunidad árabe que habita en nuestro país y de una herencia o raíz cultural, en lo personal más bien me ha dado pie a reflexionar y arrojar preguntas desde otra perspectiva en la que la danza árabe sólo es un motivo más (al igual que lo serían cada una de las palabras enlistadas al principio del texto) para cuestionarse sobre cómo en el ayer observamos, construimos y representamos a la otredad, y si estas representaciones siguen dirigiendo la manera en que nuestra sociedad la concibe.

 

NOTAS


[1] Gloria Briceño, «De una tradición del Medio Oriente al oficio: la inserción de la danza del vientre en el campo de la producción cultural en México», en Revista de estudios de género. La ventana, No. 24, Universidad de Guadalajara, México, 2006, p. 350.

[2] Ikram Antaki, «Al encuentro de nuestra herencia islamo-árabe», en Guillermo Bonfil Batalla (comp.), Simbiosis de culturas. Los inmigrantes y su cultura en México, CONACULTA/FCE, México 1993,p. 100.

[3] María Martínez Montiel y Araceli Reynoso, «Inmigración europea y asiática, siglos XIX y XX», en Guillermo Bonfil Batalla (comp.), Simbiosis de culturas. Los inmigrantes y su cultura en México, CONACULTA/FCE, México 1993, p. 273.

[4] Martín Muñoz, Gema, «La Arabia americana: un ejemplo contra el choque de civilizaciones», en Contribuciones árabes a las identidades iberoamericanas, Casa árabe, Madrid, 2009, p. 7.

[5] En Camila Pastor, «Lo árabe y su doble: imaginarios de principios de siglo en México y Honduras», en Contribuciones árabes a las identidades iberoamericanas,Casa árabe, Madrid, 2009, p. 297.

[6] Idem.

[7] En relación a este proceso, véase Carlos Martínez Assad, «Los libaneses maronitas en México y sus lazos de identidad», en Contribuciones árabes a las identidades iberoamericanas, Casa árabe, Madrid, 2009, pp. 93-114.

[8] Edward Said, Orientalismo, De Bolsillo, México, 2009, pp. 21, 25.

[9] Korek, Devorah, Danza del vientre, Océano, Barcelona, 2007, p. 194.

[10] Ibid, p. 240.

_______________

Paola Nieto Paredes es egresada de la licenciatura en Estudios y Gestión de la Cultura por la Universidad del Claustro de Sor Juana, bailarina de la escuela de danza árabe Ramah Aysel y directora del taller de danza árabe de la Universidad del Claustro de Sor Juana, donde además es profesora de música y expresión corporal del coro de niños La Pequeña Cantoría. Paralelamente se encuentra estudiando la licenciatura de Piano Jazz en la Escuela Superior de Música del INBA.

 

Tags: , ,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

* Copy This Password *

* Type Or Paste Password Here *

20.302 Spam Comments Blocked so far by Spam Free Wordpress

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>