Friday, 23rd November 2012

Escritura, muerte y comunicación

Publicado el 02. sep, 2012 por en Academia

La comunicación como unidad de sentido, como encuentro con un otro, se revela dislocada por la deconstrucción derrideana. Entre la condición de posibilidad y lo imposible de asir al otro, media la muerte, metáfora de un límite real en todo diálogo. En la escritura, la ausencia comunica. Y en los medios, el poder produce las ficciones que nos separan de una actualidad imposible. Ricardo Nava abre este diálogo entre fantasmas.

 

Ricardo Nava Murcia

 

La vida es una muerte que nos lleva tiempo.

Emily Dickinson

  

Extraña cita para abrir un diálogo sobre deconstrucción que viene a dislocar críticamente el concepto de comunicación. ¿Se trata de una máxima?, ¿de un preformativo que viene a recordarnos lo inevitable del «fin de cada vez un único mundo posible»?, ¿una enseñanza en los límites de la verdad?, o bien, ¿una frase dicha por alguien como mensaje transmitido en un tiempo de duelo? Performativo que introduce la muerte en la vida a través de un único tiempo. Epígrafe o cita que injertada en la escritura de Derrida viene a confirmar que ante el otro siempre hay un duelo anticipado. Un hola que siempre es ya un adiós, y que para compartirlo se necesita de dos que se hablan, que se comunican en un «la vida/la muerte» permanentemente indecidible. Habitamos la ficción de hablar al otro, de comunicar, de transmitir un sentido, como un «querer-decir». Ficción porque si hay algo así como comunicación, es sólo porque el acto del habla, de viva voz o escrito, se disemina constantemente en restos que balbucean intentando llegar al otro o ser recibidos. Así, pienso que algo que produce Derrida en sus operaciones textuales de escritura y lectura es el performativo de que la comunicación está asediada por la muerte, que todo diálogo es un diálogo con fantasmas, desde mi condición fantasmática hacia el duelo anticipado que habita la relación con el otro.[1]

El planteamiento que voy a producir como resto, en este intento de comunicar, transmitir algo, es el siguiente: la deconstrucción derrideana viene a dislocar, a poner en cuestión el ideal de la comunicación como unidad de transmisión del sentido, y esto a partir de dos, y no únicos, planteamientos en varios de sus textos: la deconstrucción del concepto tradicional de escritura, y con ello la problemática del tratamiento del texto en lo maquinal; y lo que constituye hoy en día la producción artificial de la información a través de lo maquinal. En ambos casos, la comunicación puede ser pensada como lo imposible y, a la vez, como la condición de posibilidad de la interacción humana, dada por restos no asimilables a una comunicación plena de sentido. Una comunicación que nos liga, desde esta posibilidad-imposibilidad, a la muerte, en tanto nostalgia de la amistad que implica, en actos comunicativos, que uno de los dos sobrevivirá al otro.[2] En consecuencia, una comunicación dislocada sólo transmite «sentido» en restos. Una posibilidad de asumir este duelo comunicativo es la práctica de heterografías,[3] esto es, la escritura sobre otro que ya nos habita dentro como duelo anticipado, en donde el gesto comunicativo se inscribe en un dejarnos habitar por el otro tanto como en un inventar siempre al otro.

 

Un diagnóstico

Ya Michel Foucault nos recordaba, en Las palabras y las cosas,[4] que el lenguaje es una dispersión que prolifera indefinidamente, que no somos dueños del sentido de nuestras palabras y que todo saber reposa en un espacio negro donde reina lo impensado. Este diagnóstico ha sido incisivo en señalar que el signo, que la representación tiene límites en el sentido de que no hay adecuación entre lenguaje y realidad, y esto por dos razones: la introducción de la conciencia histórica, en tanto muerte y finitud, y la pregunta por la interioridad. Respecto a este diagnóstico, Michel de Certeau desplaza la problemática hacia las cuestiones de cómo pensar desde la muerte y a partir de los límites de la representación.[5] Su propuesta se enlaza en dos tejidos, uno, el planteamiento de construir heterologías, esto es, estudios de lo otro, y el otro, el planteamiento de que la muerte nos habita dentro como ausencia, llevándonos a la imposibilidad de saber al otro; por tanto, sólo se puede intentar poetizarlo, o bien, asumir que la creencia es la posibilidad de todo lazo social.

Desde este diagnóstico, ¿lo que está en juego entre saber y otredad no es acaso la imposibilidad de la comunicación, en tanto que ésta debería transparentar al otro, como sentido pleno en una relación dialógica que permita un mutuo entendimiento?

Es aquí donde Derrida se desplaza aún más en torno a las condiciones de posibilidad de la comunicación, del sentido y del encuentro con el otro. Este desplazamiento lo puedo ubicar concretamente en lo ya señalado más arriba como propuesta: pensar la comunicación como lo imposible y como lo posible en restos diseminales es desplazarnos de las heterologías hacia las heterografías, en donde, en efecto, la muerte nos habita dentro, pero como duelo anticipado, o más propiamente dicho, como un duelo imposible, en tanto que no se trata de interiorizar al otro asimilándolo en la mismisidad, sino manteniéndolo en la memoria y en la espera en toda su dimensión de alteridad.[6] Para Derrida, por tanto, esta dimensión de la muerte indica que la comunicación es lo imposible, y en consecuencia, de manera radical, yo agregaría que nunca somos dueños del sentido de nuestras palabras.

 

Escritura y muerte

La deconstrucción permite una reflexión sobre la escritura, el papel, las máquinas procesadoras de texto, lo virtual yla comunicación. De esta manera, el planteamiento base de Derrida es que la escritura está atravesada por la muerte y por la ausencia. Pero de ningún modo se trata para él de una negatividad metafísica que dé prioridad a la voz y a la presencia viva como posibilidades de la comunicación, más bien se trata de asumir que la escritura es muerte y ausencia como condición de posibilidad de poder decir algo que sólo se constituye en restos diseminales de sentidos (no plenos, no unívocos) diferenciales constituidos por la materialidad de marcas, de huellas sin fondo y sin fin.

Para Derrida, la escritura es una marca material que existe independientemente del autor, de su momento de inscripción y de su momento de producción. No es el fármaco, en tanto veneno, suplemento de la voz, transcripción del habla, mera representación de las ideas, sino un indecidible (la lógica del ni/ni) que tiene la propiedad de repetirse en la alteridad, esto es que la escritura se activa como iterabilidad.[7] En consecuencia, toda marca es descifrable independientemente de las intenciones del emisor, incluso cuando ese desciframiento no restituya nada de la original intención comunicativa. Las marcas dicen algo, pero, por tanto, no comunican de una forma total y transparente, o que permita consensos y acuerdos; las palabras se nos escapan y no tenemos garantía de su sentido.

La iterabilidad viene a instaurar lo múltiple y la diferencia. Si toda marca es repetible en ausencia del emisor y destinatario originarios, las consecuencias que desprende Derrida se sitúan en que todo trazo, toda marca, puede ser sacada de su contexto de emisión y producción e injertada en un contexto otro, ajeno, extraño, diferencial. Es lo que se llama la posibilidad de la citacionalidad. Lo que se produce como posibles sentidos no depende de contextos saturables, sino de diseminaciones que se constituyen como restos de lenguaje. Restos que no son asimilables a una unidad de sentido sino que estallan indefinidamente.

Esta escritura, que es muerte, sólo se materializa en papel y en las máquinas, por tanto, es en este papel-máquina donde se juega el lenguaje, el signo, la muerte, la representación y el modo en que circula la información, sin ninguna garantía de la transmisión de un sentido.

 

Muerte y comunicación

Y por otra parte…

Escritura y voz en su différance también se han dispuesto en las modernas teletecnologías de la comunicación convertidas en imágenes mediáticas. Nada tiene que ver más con la muerte y el duelo anticipado que esto. Escritura y voz se desplazan aceleradamente en forma de ecografías. Ecografías de la televisión es un concepto-simulacro utilizado por Jacques Derrida y Bernard Stiegler.[8] Trata de un gesto que ecografía la televisión analizando la cuestión de la técnica, de lo tele-tecnológico y los efectos de realidad que se producen a partir de su artefactualidad espectral.

Siguiendo la propuesta que ha desplegado la deconstrucción en torno al concepto de signo, escritura y comunicación, hay que enfatizar la reflexión llevada a cabo por Derrida sobre la producción artificial de la información a través de lo maquinal. Artefacto que, como indica Derrida a Stiegler, trata de un gesto público, calculado, formateado, inicializado por un dispositivo que es ante todo y por todo mediático. Derrida acuña, de esta manera, un neologismo que indicará en una palabra esta problemática: artefactualidad. Esto es, toda actualidad es recuperada a través de diversos dispositivos artificiales que dan a ver una «realidad» referida a dicha actualidad, es decir, para ser más claro, referida a un acontecimiento. Por tanto, esta artefactualidad implica siempre una mediación ficcional. Derrida precisa que esta palabra es un comodín para significar que no hay actualidad, y, agregaría, que no hay comunicación en sí, a partir del hecho de que un conjunto de dispositivos técnicos o políticos eligen o deciden qué hechos deben ir en las informaciones. De este modo hay una apropiación del tiempo y del espacio público por quienes, a la vez de ejercer el poder mediático, producen y comunican ficciones, realidades virtuales. Y no es que Derrida asuma sin más el enunciado de Baudrillard de que la guerra del Golfo, por ejemplo, nunca tuvo lugar, porque, a pesar de haber sido una realidad ficcionalizada y mediática, no se debe olvidar de que hubo muertos en ambos lados, reales. ¿Qué es lo que los medios dan a ver? Y si esta pregunta se plantea, entonces, ¿hay comunicación?, ¿hay comunicación que no esté atravesada por la muerte como duelo anticipado?

Los autores hacen una comparación: que las tele-tecnologías son productos envueltos en discursos que no se identifican con su contenido y que se vinculan con el consumo de imágenes espectrales. Aquí, para Derrida, lo espectral y lo fantasmal como metáforas de lo virtual juegan un papel importante, pues no se trata de reproducciones fieles y auténticas, sino de falsificaciones espectrales, visiones alteradas de lo real, que, sin embargo, nunca son, nunca vienen. En suma, la artefactualidad, lo virtual, el ciberespacio y el uso de la información implican el análisis como tarea política de continuar pensando y deconstruyendo la comunicación: ¿qué es lo que se da a ver?

 

Heterografías, duelo y comunicación

La comunicación, indecidibilidad entre lo imposible y lo posible, tiene que ver con el otro. La unidad del sentido está quebrada. Sólo se transmiten restos de un sentido ya dislocado que nos señala el límite de nuestro pensamiento: eso no es. La escritura como muerte y ausencia abre la posibilidad de diseminar eso que se llama el sentido sin centro y anclaje absoluto hacia otro inasimilable, permanentemente indecidible con un adiós anticipado. Por otra parte, las artefactualidades corroboran que el otro no es apropiable, está ficcionalizado por lo que se nos da a ver. Una fotografía es siempre ya mi muerte anticipada, en tanto que así me verán cuando ya no esté, pero en donde nunca he sido más yo.

De ahí que valga la pena recordar dos cuestionamientos abiertos por Derrida: «¿Qué es un arribante? Y ¿qué quiere decir “esperarse”, “esperarse uno mismo”, “esperarse el uno (la una) al otro (a la otra) (en) la muerte”?».[9] Dirigirse al otro, comunicar, es la renuncia expresa a dar cuenta de él, a asimilarlo en lo Mismo, es mantener abierta su alteridad en tanto sigue siendo imposible comunicar(se). Dialogamos con ese otro ilocalizable, inaprensible, opaco, no ontologizable, no comunicable, un fantasma. Y precisamente ese otro, en tanto otro, nos asedia, nos coloca no sólo en el duelo anticipado en donde estoy ya siempre despidiéndome, sino que además instaura más muerte en algo que sería más bien un duelo imposible, en tanto pérdida siempre irrecuperable. El duelo está siempre allí antes de toda muerte, en toda comunicación que intenta transmitir un mensaje, pero como imposibilidad: el otro en mí, como radicalmente otro, extraño, extranjero, diferido, demorado. La comunicación imposible, en donde sólo hay restos que se diseminan constantemente en el intento de la transmisión, implica que el otro no es asimilable, pues lo que atraviesa todo gesto «comunicativo» es el acto de ganar y perder al otro en un único y sólo tiempo posible que convoca a aprender a vivir con la pérdida en ese acto de duelo imposible.

¿Cómo comunicarnos con el otro? ¿Cómo decir al otro? La escritura en Derrida aparece entonces como posibilidad, como intento de nombrar, enumerar, contar, decir al otro, al amigo presente, al amigo ausente, a la amada o el amado, a partir de ese acto de duelo imposible. La escritura es una heterografía que escribe ante el otro que ya nos habita dentro en el adiós, y que, en tanto huella, trazo, es ausencia y muerte que excede toda posibilidad de aprehensión de un sentido y rompe con toda posibilidad de apropiarnos del otro, y que sólo convoca a dejarnos habitar por su alteridad e inventarlo en cada marca que se traza sobre el papel-máquina.

Termino con una cita de Mónica B. Cragnolini a propósito del vínculo entre Blanchot y Derrida: «La base de la comunicación no es para Blanchot [y Derrida] ni el habla ni el silencio, sino la exposición a la muerte del otro, otro cuya presencia implica siempre su “insoportable ausencia”, que se encuentra inscripta en la vida misma. Es bajo esta condición que existe la amistad, puesta en juego y arriesgada a cada instante a la pérdida. Comunidad de amigos o comunidad de amantes, imposible en la sociedad mercantil, en la que existen comercio y tratos –pero no amor sin condiciones. Por ello la comunidad de amantes es “máquina de guerra”, amenaza constante para la sociedad. El amor es siempre excesivo, por eso, la única manera de vivir un amor es en la pérdida: “Perdiéndolo antes de que advenga”».[10]

NOTAS

[1] Mónica B. Cragnolini llamó precisamente mi atención sobre este desplazarse en duelo anticipado hacia el otro como condición fantasmática de la propiedad. (Mónica B. Cragnolini, Derrida, un pensador del resto. Buenos Aires, Ediciones La Cebra, 2007, pp. 35-46.)

[2] El duelo anticipado como ese saber insoportable de que en una relación se sabe que uno de los dos sobrevivirá al otro es una idea fundamental que Derrida propone en varios de sus textos, principalmente en Cada vez única, el fin del mundo. Valencia, Pre-Textos, 2006.

[3] Noción bastante sugerente que encontré al leer Derrida, un pensador del resto (op.cit), y más sugerente que la que propone Michel de Certeau como «heterologías» (cf. La escritura de la Historia. México, Universidad Iberoamericana, 1997), pues al final se trata de producir escrituras de lo otro, antes que saberes de lo otro.

[4] Michel Foucault, Las palabras y las cosas. México, Siglo XXI, 2002.

[5] Michel de Certeau, «El sol negro del lenguaje», en Historia y psicoanálisis. México, Universidad Iberoamericana, pp. 75-90.

[6] Las cuestión abiertas para pensar la alteridad a partir de la no asimilación de lo Otro a lo Mismo han sido un punto central en las reflexiones de Gilles Deleuze (Diferencia y repetición. Buenos Aires, Amorrurtu, 2002), Michel Foucault (Las palabras y las cosas, op. cit., principalmente planteado en el prefacio), Emmanuel Levinas (La huella del otro. México, Taurus, 1998), y una reflexión constante en los trabajos de  Jacques Derrida (Adiós a Emmanuel Levinas. Palabra de acogida. Madrid, Trotta, 1998, Políticas de la amistad. Madrid, Trotta, 2000 y La hospitalidad. Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 2000, entre otros); Mónica Cragnolini ha elaborado esta idea a propósito de lo que ella llama una «melancología» de la alteridad (Derrida, pensador del resto, op. cit., pp. 97-112).

[7] Para profundizar en la característica de iterabilidad tanto de todo sistema de escritura como de lengua (incluyendo la voz), cf. Jacques Derrida, «Firma, acontecimiento, contexto», en Márgenes de la Filosofía. Madrid, Ediciones Cátedra, 1998, pp. 347-372.

[8] Jacques Derrida y Bernard Stiegler, Ecografías de la televisión. Entrevistas filmadas. Buenos Aires, Eudeba, Universidad de Buenos Aires, 1998.

[9] Jacques Derrida, «Esperarse (en) la llegada», en Aporías. Morir –esperarse (en) los “límites de la verdad”. Barcelona, Paidós, 1998, pp. 77-130.

[10] Mónica B. Cragnolini, Derrida, un pensador del resto, op. cit., p. 135.

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Ricardo Nava Murcia (México, 1967) es historiador.

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