Friday, 23rd November 2012

A la expectativa de una parusía siempre pendiente

Publicado el 11. dic, 2011 por en Academia

Un comentario crítico a la Microfísica del poder

En la Microfísica del poder, Foucault responde a la necesidad de analizar los fenómenos microscópicos del poder por debajo de la intelección política y más allá de los estudios tradicionales. Con este objeto, el discurso foucaultiano nos llevaría a la final revelación de la microfísica, que recubriría el planteamiento total con un nuevo sentido. A través de esta lectura crítica, vemos que la microfísica efectivamente se anuncia, pero nunca llega. 

  

 

Mercedes Hinojosa y Rafael Muñiz

 

La lectura es siempre un ejercicio violento sobre el pensar de un autor. Al leer, debemos partir de la premisa de que hay alguna inconsistencia que imposibilta a lo pensado y escrito ser una totalidad cerrada y perfecta, debe existir algún exceso o ausencia que evita que un pensamiento esté completo. La presente reseña se basa en la afirmación de Heidegger de que «lo pensado por un pensador solamente puede ser superado reduciendo lo impensado de su pensamiento a su verdad inicial»[i]; hay que restituir la verdad de lo pensado justo en la región que no ha podido abordar, porque este límite le resulta constitutivo, no sólo como borde, sino como centro vacío, como eje en torno al cual no puede dejar de girar lo pensado.

Microfísica del poder nace en el caótico siglo XX francés que enmarcó la vida de Michel Foucault. La obra, conformada por doce textos –entre ensayos y entrevistas–, intenta explicar cómo se instaura y se ejecuta el poder en la cotidianidad. Para Foucault, el poder es «una multiplicidad de relaciones inmanentes al dominio en el que se inscriben»; el poder es una relación de fuerza, que no se tiene, se ejerce. Pese a la negación que hace Michel Foucault sobre su adhesión al estructuralismo, contempla el poder a través del binomio dominio-represión. El estado, la familia, la educación, la prisión y los hospitales psiquiátricos son algunos de los ámbitos en los cuales se inmiscuye el poder. Dichas instituciones perfilan la individualidad del hombre, de manera que éste únicamente es el producto de las relaciones de poder que se ejercen sobre el cuerpo, el deseo y, por ende, lo diferente. El poder aspira a contener y reprimir la multiplicidad, el desequilibrio.

La anunciación sin epifanía

La estructuración del binomio dominio-represión apunta a la final revelación de la microfísica del poder, a la conceptualización específica de las relaciones de dominación que aparecen en las formas más básicas de las relaciones sociales.

Michel Foucault adopta frente a la violencia que resulta del poder una postura meramente pragmática; siguiendo el argumento de Carl von Clausewitz según el cual la guerra es la continuación de la política por otros medios[ii], contempla la violencia, no como condición ontológica, sino como una práctica necesaria y reguladora[iii]. Sin duda, resulta interesante la postura que adopta Foucault después de haber presenciado los movimientos sociales ocurridos en Francia durante la década de 1960; sin embargo, esto no logra subsanar la vaguedad de la obra sobre el tema central: la microfísica del poder. El filósofo francés sólo esboza dicho concepto, pues deja al lector la responsabilidad de definir y ahondar sobre el tema.

Hacer una analogía con la estructura anunciación-epifanía contenida en la narrativa evangélica ayuda a comprender la limitación intrínseca que yace en el texto de Foucault. Según los relatos evangélicos, antes de que el Mesías llegara, su venida al mundo fue anunciada a María por intermediación de un arcángel. Luego de la anunciación, su nacimiento no se puede comprender simplemente como una consecuencia lógica de su gestación, sino que debe ser entendido como la revelación de la verdad, la penetración de lo infinito en lo finito, con lo que el mundo obtiene, como un aliento apocalíptico, el reverso divino en lo más profano, y se puede restituir el sentido de Creación a lo que de otra manera quedaría como lo mero creado.

En Microfísica del poder el término «microfísica» ocupa el lugar de lo anunciado y Foucault el del anunciador. La necesidad de una microfísica del poder está dada por la limitada comprensión que se tiene de los fenómenos microscópicos del poder, aquellos que pasan por debajo de la matriz de intelección de lo político. En ese sentido la microfísica es una especie de recurso metodológico, al mismo tiempo que un campo particular dentro del estudio de las relaciones de dominación. Sin embargo queda como campo meramente esbozado, como recurso que se adivina por detrás de los límites epistemológicos, algo que no ha advenido. El problema aquí es que no hay tal cosa como una epifanía, nunca adviene la revelación final que permita realmente concebir la microfísica en su totalidad; el concepto que debe otorgar sentido en forma retroactiva a la cadena simbólica –al sintagma de elucidación del poder– no llega.

¿Una microfísica más allá del bosón sincrónico?

El llamado bosón de Higgs es una partícula teórica –en la física de partículas– que ayuda a explicar por qué en un campo vacío cuando hay presencia de un elemento el nivel energético disminuye en lugar de aumentar, como sería lo esperado si se concibe que la carga de una partícula polarizaría el campo de forma positiva. El equilibrio electrodébil es roto de forma negativa con la presencia de dicho bosón. En otras palabras y para simplificar el concepto, de forma quizá excesiva, se puede decir que se tiene una partícula que parece restarle energía al vacío en vez de otorgársela. Michel Foucault a lo largo de Las palabras y las cosas parece concebir el discurso como dicho bosón, puesto que es la partícula que, por medio de su negatividad, propicia que el vacío se ordene en torno suyo y prefigure las condiciones de estructuración del campo del conocimiento. La pretensión del autor francés es hacer un rastreo de las formas de ordenación de los dominios discursivos para con ello llegar a una interpretación que haga asequible el devenir de la episteme, es decir, dar con una explicación diacrónica que sirva de base para la comprensión sincrónica de los campos del conocimiento tal y como son actualizados día con día.

El discurso es entonces la materialización del principio ordenador de la totalidad de las prácticas sociales, el telón de fondo de toda forma de interacción, y, también, el contenedor primigenio de las formas de dominación y exclusión que destellan en los órdenes sociohistóricos concretos. La consistencia de la primera parte de la obra del autor ahora discutido depende de la centralidad de la praxis discursiva en el actuar. El propio Foucault refiere a un telón que antecede a las palabras[iv], pero que prefigura la experiencia de la realidad. Dicho telón es el orden, la experiencia fundamental que otorga coherencia –en tanto que abstracción primigenia– a la actualización pragmática visible en la praxis cotidiana:

entre la mirada ya codificada y el conocimiento reflexivo, existe una región media que entrega el orden en su ser mismo: es allí donde aparece, según las culturas y según las épocas, continuo y graduado o cortado y discontinuo, ligado al espacio o constituido en cada momento por el empuje del tiempo manifiesto, en una tabla de variantes o definido por sistemas separados de coherencias, compuesto de semejanzas que se siguen más y más de cerca o se corresponden especularmente, organizado en torno a diferencias que se cruzan, etc.[v].

La negatividad de la dimensión del lenguaje se hace evidente, en tanto que las fronteras epistémicas se presentan en función de una praxis lingüística que tiene como base el orden mismo que antecede su ejercicio. El discurso obtiene su sintaxis a partir de la codificación abstracta que otorga las reglas; en otras palabras, el ars combinatoria que se hace efectivo en la conversión de la langue en parole es provisto por el langage.

Sin embargo, en el presente texto, Michel Foucault comete el error de desdeñar el estudio de lo simbólico, de la lengua y de los signos por el sólo estudio de la guerra y la batalla. Aunque para él la historicidad sea un acontecimiento meramente belicoso –razón por la cual es estrictamente necesario analizarla desde las estrategias y las tácticas–, no carece de sentido el estudio de la historicidad desde la dialéctica ni desde la semiótica. Desde su perspectiva, la relación entre el poder político y la economía es meramente determinista, aun cuando Foucault se contradice al mencionar que el poder puede construirse a partir de una multiplicidad de poderes y de sus efectos; vemos, pues, un movimiento dialéctico, el poder logra sostenerse en tanto produce una gran cantidad de acontecimientos indeterminables. Nos enfrentamos sin duda a una visión reduccionista de la política, a una postura excluyente que domina y somete la dualidad; como si el hombre dejase de ser simbólico para sólo ser político.

Lo anterior es en suma sorprendente si tenemos en cuenta que el también autor de El orden del discurso abre su trayectoria académica en el Collège de France con una disertación en torno a los límites que el ordenamiento discursivo tiene en los performativos políticos. La forma de conceptualizar la exclusión y el poder a partir de una pretendida lógica supradiscursiva representa una tensión éxtima al pensamiento de Foucault, esto en tanto que su obra anterior se ocupa justamente de lo opuesto: de concebir el lenguaje como la matriz de intelección que contiene y actualiza las relaciones de dominación y la posibilidad misma de dominar por medio de un sesgo en el mundo[vi] del otro; esto, en cierto modo, podría ser la experiencia del poder. La tensión éxtima antes mencionada parece ser de orden involutivo y estar dominada por una economía de la pérdida en las posibilidades comprensivas del fenómeno del poder, puesto que en Las palabras y las cosas ya sostenía que: «En una episteme en la que signos y similitudes se enroscan recíprocamente en una voluta que carece de fin, era necesario que se pensara la relación entre microcosmos y macrocosmos como garantía de este saber y término de su efusión»[vii]. Si esto era cierto para la episteme del siglo XVI, una como la actual, caracterizada por algoritmos invisibles que dan forma a la experiencia virtual del mundo, encubriendo y descubriendo el universo de signos que da estructura a la existencia humana en un infinito fractal, no debería desatender el estudio y conciencia del fenómeno de la significación, so pena de una reducción en las capacidades comprensivas de lo Real.

El lenguaje, en tanto que bosón sincrónico, partícula que es negatividad absoluta, campo y materia en virtud de la cual destellan las sucesivas y yuxtapuestas dimensiones de la realidad social en forma de un entramando infinito, no puede ser dejado de lado ni pensado como un fenómeno secundario que no ayuda a comprender la microfísica que estructura las posibilidades de inscripción y movimiento del macrocosmos político. Hay un orden inmanente cuya presencia se infiere a partir del orden general de lo existente, dicho orden es el lenguaje, o visto desde una perspectiva más amplia, y quizá también más arriesgada, el orden simbólico, que es lo estrictamente humano. Baste para sostener el argumento antes esbozado suscribir la postura de Heidegger: «En un diálogo con la esencia del pensar hasta ahora existente, primero que nada la esencia del re-presentar sea traída a colación hablando su lenguaje. Si nosotros supiéramos corresponder a este lenguaje, no sólo aprenderíamos qué es el pensar en su destino esencial, sino que aprenderíamos ya a pensar»[viii].

Pese a los desaciertos que comete Michel Foucault, es pertinente recuperar uno de sus argumentos, ya que el contexto sociopolítico de México nos invita a seguir reflexionando acerca del poder. La represión, según Foucault, se presenta de distintas formas; el control de conocimiento, del saber, la contención de los movimientos sociales son algunos ejemplos que ilustran el control que el estado ejerce sobre el comportamiento social. Sin embargo, la represión encubierta por la justicia es aún más peligrosa, pues el individuo, puede –gracias a las instituciones de control, que bosquejan el terreno de la microfísica del poder– pasar por alto el asalto a la libertad. Siguiendo a Foucault, podíamos decir que la lucha antidroga es un pretexto para reforzar la represión social. Sin delincuencia no hay policía, dice Michel Foucault, y sin delincuencia no existe justificación para tolerar la presencia de la policía en las calles, no existe vigilancia, ni represión. De ninguna manera está de sobra decir que éste es un argumento bien tratado por Walter Benjamin en su Crítica de la violencia. El poder es la prohibición, es una figura que contiene el deseo.

NOTAS


[i] Martin Heidegger, ¿Qué significa pensar?. Buenos Aires, Terramar Ediciones, 2005, p. 58.

[ii] Der krieg ist die bloβe Fortsetzung der Politik mit anderen Mitteln. Carl von Clausewitz, Von Kriege,  «Erstes Buch: Über die Natur des Krieges», Erstes Kapitel: «Was ist der Krieg», §24. [La traducción es propia.]

[iii] Cabe acotar que la estructura del pensamiento de Clausewitz es eminentemente dialéctica (aún cuando no existan evidencias sólidas de algún acercamiento de su parte a Hegel).

[iv] Hay que distinguir entre las palabras y el lenguaje. La palabra está ligada al habla (parole) y es la actualización concreta de una lengua (langue), mientras que el lenguaje (langage) es la totalidad de las abstracciones que configuran un sistema de significación.

[v] Michael Foucault, Las palabras y las cosas. México, Siglo XXI, 2008, p. 6.

[vi] Entendiendo por mundo la totalidad de lo susceptible de nominación y por lo tanto de aprehensión, comprensión y concepción.

[vii] Ibid. p. 40.

[viii] Martin Heidegger, op. cit., p. 59.

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Mercedes Alicia Hinojosa Méndez (Ciudad de México, 1987) egresada por error —el verdadero error fue haber ignorado las recomendaciones que le hicieron en orientación vocacional y no haber estudiando Artes Visuales—, de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, quien en un acto de emancipación decide incursionar en el mundo del arte explorando disciplinas como la pintura y la fotografía; encontró también un refugio intelectual en la Filosofía a través de la fenomenología y la hermenéutica.

Rafael Muñiz (1987) estudió Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

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