El último respiro del futbol romántico
Publicado el 02. sep, 2012 por Cuadrivio en Dossier
Antaño un espectáculo memorable donde los jugadores buscaban la gloria deportiva y la anotación del gol a como diera lugar, hoy el futbol se ha convertido en una maquinaria de especulación táctica y económica. ¿Qué fue lo que llevó a esa gran transformación? ¿Por qué después de la gran orgía futbolística los clubes y selecciones comenzaron a privilegiar la mezquindad táctica por encima del deseo de marcar gol y agradar? Leonard H. Waldman responde en este texto haciendo un recorrido por las diferentes etapas del futbol mundial.
Leonard H. Waldman
El fútbol se lo robaron a la gente, ya no les pertenece. Por eso la selección argentina ya sólo tiene espectadores, tiene público. El que entiende, no va más. Si el negocio se come los tiempos, malo. El fútbol es educativo y el Estado debería haber vigilado si funcionaba en las sociedades sin ánimo de lucro, pero ha mirado a otro sitio con las sociedades anónimas y han desaparecido clubes históricos, se los han fundido. Hubo grupos inversores que vendieron por tres millones de euros y al club solo entraban 300.000.
CÉSAR LUIS MENOTTI
«¿Qué ves? Tan sólo son 22 hombres corriendo detrás de una pelota», le comentó, con la televisión a sus espaldas, un hombre de edad ya avanzada a su hijo adolescente mientras cenaban en un restaurante de la ciudad de México. El joven veía, cada vez más interesado, la semifinal de la Copa Libertadores de América entre la U de Chile y Boca Juniors, ciertamente un poco incómodo para no contradecir a su padre pero absorbido por el espectáculo. No era un partido «normal», era un juego demasiado abierto, muy extraño para el futbol actual. Los comentaristas repetían la ventaja que había sacado Boca Juniors en su cancha en el partido de ida (2-0) y que con un sólo gol su rival necesitaría cuatro para llegar a la final. Pero poco parecía importarles a los futbolistas locales. Anotar el primer gol era primordial, pues sin él, la esperanza se habría extinguido.
Probablemente el joven no estaba realmente interesado en que la U de Chile venciera o en que Boca Juniors fuera a llegar a la final, sino en lo singular que resultaba el partido, lo diferente que era a los partidos que había visto antes. El futbol como él lo conoce es meramente un instrumento de marketing. Sabe que la selección nacional de México juega en Estados Unidos porque es mucho más rentable que si lo hiciera en su propio país. Se ha enterado del nivel de corrupción que envuelve el futbol nacional, pues varios de sus amigos hicieron el intento por ser futbolistas, pero al no tener contactos dentro de un club, o los 50 mil pesos que piden por entrenar con el plantel profesional de algún equipo, han visto su sueño romperse. Ha visto mercenarios venderse al mejor postor, manipulados por el agente en turno, para cobrar 10 mil dólares más, sacrificando la posibilidad de ganar algún trofeo. Tenía mucho tiempo, tal vez desde el último mundial que vio en casa de algún amigo, que no veía jugadores romperse el alma en búsqueda de gloria. Lo que no sabía era que el juego que veía era uno de los últimos respiros románticos del futbol.
El futbol no siempre fue un producto del marketing. En un principio era un juego de recreación universitario en Inglaterra y Escocia, posteriormente adoptado como distracción por obreros de diferentes regiones de ambos países. El éxito que el deporte tuvo causó que se crearan reglas unitarias para que los equipos de las universidades se enfrentaran bajo las mismas leyes y, posteriormente, se creó una federación para profesionalizar el deporte y que se disputara una copa. Todo era, obviamente, parte de la diversión y el espectáculo para los observadores de los partidos.
De Inglaterra para el mundo, el futbol llegó rápidamente a otras partes de Europa y posteriormente a América, pero nadie se dedicaba propiamente a jugarlo, no era una profesión. En la cancha, el único deseo era atacar y anotar, no había noción de defenderse con todo el equipo, y la mayoría de éstos ponían solamente dos defensas y hasta cinco delanteros. El deporte fue creciendo y ganando importancia cuando comenzó a reflejar la identidad colectiva de las comunidades y, eventualmente, de las naciones. Brasil, por ejemplo, oficializó el mestizaje de su pueblo cuando se dio cuenta de que lo que los hacía diferentes a todas las demás naciones era su manera propia de jugar al futbol basados en la capacidad corporal de los negros e hijos de negros que tenían un mejor dominio del balón que sus adversarios blancos. El futbol era una representación de la identidad colectiva de una nación.
El futbol se profesionalizó y cada vez iba requiriendo de una preparación mucho mayor, hasta que se institucionalizó y se transformó en la profesión de muchas personas, algo de lo que podían vivir. Sin embargo, ni los futbolistas ni los directores técnicos de los equipos ganaban demasiado dinero. No había vida de lujo, mansiones, carros último modelo y toda la fama del mundo, solamente existía el deseo de la gloria internacional al ganar una Copa del Mundo representando al país de origen.
Para la década de los veinte, en Austria la gente se reunía en los cafés para discutir de literatura, política, cultura y curiosamente futbol. Ya se había transformado en algo que se debía conversar y discutir en un nivel casi intelectual, y bajo esa influencia surgió el poderoso Wunderteam austríaco de Hugo Meisl que, junto con Jimmy Hogan, se transformaron más que en entrenadores, en pensadores del futbol. Sus ideas influyeron en técnicos posteriores a ellos, y las revoluciones tácticas comenzaron desde los años treinta casi hasta la fecha bajo dos ideas primordiales: jugar bonito y lucir lo estético del juego para así llegar al triunfo, o lograr este último como sea posible, aunque se sacrifique el espectáculo.
Las diferentes revoluciones de la historia del futbol eran, por lo general, cuestiones estratégicas. Los nombres de los mencionados Hogan y Meisl, Herbert Chapman (Inglaterra), Gusztáv Sebes (Hungría), Boris Arkadiev (Unión Soviética), Vittorio Pozzo (Italia), Flávio Costa (Brasil), Sir Alf Ramsey (Inglaterra), Helenio Herrera (Italia), Viktor Maslov (Unión Soviética), Béla Guttman (Hungría), Tele Santana (Brasil), Rinus Michels (Holanda), Renato Cesarini, César Menotti y Carlos Bilardo (Argentina), entre muchos otros, fueron revolucionarios, a su manera, del futbol de sus respectivas épocas. Todos ellos plasmaron sus ideales dentro de la cancha, alterando sus piezas como si se tratara de un juego de ajedrez. El último de los mencionados, Carlos Bilardo, llegó a su punto más alto en 1986 cuando ganó el mundial con Argentina en México, y todos ellos pertenecen al momento en «el que la orgía explotó sobre nosotros», la liberación del arte futbolístico.
El futbol a partir de los años noventa se comenzó a comercializar en mayor extensión. Los clubes empezaron a portar marcas en los uniformes y recibir el ingreso monetario de hasta más de 10 patrocinadores. Los futbolistas, ídolos, cada vez con mayor frecuencia aparecían en comerciales televisivos y ganaban más dinero. La venta de playeras réplica se transformó en un ingreso invaluable para los clubes, y poco a poco el espectáculo fue pasando a segundo plano. Los clubes se volvieron empresas; los futbolistas, mercenarios; y los aficionados, consumidores. Para el presente, la gloria es solamente el pretexto, y difícilmente el fin. El jugador, en ocasiones, vale más que el club y los derechos de exclusividad para pertenecer a un equipo pueden ser transferidos en millones de dólares. Los patrocinadores pagan cifras descomunales para que un futbolista sea la imagen de su marca, y las playeras réplica en venta generan ingresos de miles de millones.
La pregunta que naturalmente surge es, ¿dónde queda el espectáculo? Se ha transformado en otro medio. Los equipos quieren ganar porque eso genera más ingresos para el club e incrementa el valor de los derechos de un jugador. Hoy en día es difícil diferenciar si la alegría al levantar un trofeo es por el símbolo de la victoria o por el incremento en la cuenta de banco. ¿Qué es más moderno para los millonarios que comprar un equipo de futbol desconocido y desparramar millones –petrodólares, en su gran mayoría– en jugadores de élite, pagando transferencias y salarios impensables para ganar trofeos? Hasta el mundial del 2022 se jugará en Qatar, cuya cultura futbolística es inversamente proporcional a la cantidad de dinero que hay en dicho país.
Pero, ¿dónde han quedado los grandes pensadores futbolísticos como los revolucionarios de la historia del futbol? Casi ocultos, mimetizados en el negocio del marketing como meros obreros. Y aun así, existen, porque el futbol en su estado más puro, después de todo, todavía vive. Entonces, ¿en qué ha cambiado el futbol «después de la orgía»? ¿Se ha reconfigurado?
Son pocas las cosas que el dinero no puede cambiar. El fanatismo, la identificación casi religiosa de una persona con algún equipo, las viejas rivalidades. El futbol moderno, el del marketing, se ha ido devorando dólar a dólar la significación del espectáculo como elemento primordial, pero no ha podido acabar con sus tradiciones. Un Barcelona-Real Madrid, por ejemplo, sigue cargando con todo el bagaje sociopolítico que se forjó desde la época de Franco, y hasta se ha incrementado en los últimos años al enfrentar a las dos escuelas de pensamiento futbolístico en una nueva configuración. La cacería de la gloria internacional los tiene enfrentándose en partidos que paralizan al mundo y, al mismo tiempo, son víctimas de ello. Se han transformado en figuras de amor y odio en todo el planeta no sólo porque representan oposiciones, sino porque son excesivamente mediáticos. A pesar de ello, han logrado exponer grandes avances tácticos muy influyentes alrededor del mundo, pero estos en ocasiones pasan por alto, pues la gente quiere ver el show mediático que los enfrenta a ellos como personificaciones del bien y el mal futbolístico, y no el enfrentamiento de las dos principales escuelas de pensamiento del deporte en la configuración moderna.
Incluso aquellos aficionados que tienen a su equipo y sus ídolos en un altar son influidos por la prensa y los medios de comunicación que utilizan a los futbolistas para vender más productos. Ya no es suficiente con tener la playera del equipo con el nombre del jugador favorito, ahora hay que tener el muñeco de acción, la playera alternativa, los pósters de colección, el muñeco inflable y la chamarra. Por lo mismo, son los que exigen más a los jugadores y directores técnicos, pues quieren ver que el gasto ha valido, de cierto modo, la pena. Ya no importa pagar el boleto por ver al jugador, ahora hay que ver al jugador anotar tres goles, o, de lo contrario, ha sido un fracaso. Y de nuevo, los técnicos son contratados para que, con sus conocimientos, puedan construir un sistema alrededor del cual brillen sus estrellas y puedan ganar trofeos, para que así puedan comercializar más los productos. Es así como el futbol moderno se ha vuelto altamente exigente y se ha reconfigurado (transfutbol, por así decirlo).
Hoy en día los equipos son mucho más cuidadosos, pues los pasos en falso se pagan más caros que en el pasado. El mundial del 2010 expuso una gran cantidad de equipos que preferían defenderse más que buscar atacar al rival. El mayor evento, el pináculo del futbol internacional, se vio mermado por la configuración actual de la exigencia del deporte en términos mediáticos. Difícilmente tomaban riesgos y el espectáculo fue el último invitado a la Copa.
¿Qué era, entonces, lo que llamaba la atención de aquel joven que veía el partido de la U de Chile contra el Boca Juniors? Aire fresco de romanticismo. Jorge Sampaoli, el técnico de la U, veía su sueño de ganar la Copa Libertadores morir en la línea. Con el mejor equipo chileno de los últimos años, campeón de la Copa Sudamericana, tricampeón de la liga local, y millas por delante del resto de los equipos de su país, ésta era la gran oportunidad, pues la directiva del club ya había acordado que su mejor jugador y eje del equipo, Marcelo Díaz, fuera traspasado al FC Basel suizo por 4.2 millones de dólares, tan sólo meses después de haber vendido a Eduardo Vargas, otra de sus figuras importantes, por 18 millones de dólares al Napoli de Italia (además de perder también a Junior Fernándes, vendido al Bayer Leverkusen por 3 millones de euros, y en los próximos meses quizá a otro de sus jóvenes delanteros, Ángelo Henríquez, quien tiene un preacuerdo para fichar con el Manchester United por 4 millones de euros que puede ser activado en cualquier momento hasta 2014). El sueño de Sampaoli moría tras haber perdido el partido de ida 2-0, y por regla de gol de visitante, si Boca anotaba un gol la U necesitaría hacer cuatro, por lo que un planteamiento cauteloso, medianamente ofensivo era lo que se podía imaginar.
Boca había anulado a la U de Chile en el partido de ida porque los tenían muy bien estudiados en sus movimientos dentro de la cancha, y sabían cómo marcarlos para anularlos. Sampaoli, entonces, optó por la anarquía. Los jugadores se movían fuera de sus posiciones y eran difíciles de seguir, cansando a los rivales, confundiéndolos. Necesitaban atacar, ser más en número para aprovechar los espacios que los defensas abrirían siguiendo a los que debían marcar, y eso causó que la U llegara a defender con dos hombres, y muy cerca del medio campo, lo cual es arriesgadísimo, especialmente porque el rival atacaba con tres y tenía posibilidades de anotar. Boca estuvo muy cerca de matar los sueños de la U en el primer tiempo, pero no pudieron concretar. La U, por su parte, siguió intentando con todos sus hombres al frente, guiados por el deseo de levantar la copa más prestigiosa del continente (más que por cualquier tipo de orden o sistema), que los colocaría en el libro de historia como el mejor de los últimos tres años, indudablemente.
Para el segundo tiempo, ambos equipos estaban agotados, pero el partido seguía teniendo posibilidades de gol en ambos arcos. Generalmente, alguno de los equipos optaría por ceder la iniciativa e intentar contragolpear, pero el planteamiento de ambos era de matar o morir, especialmente el de la U de Chile. El juego terminó 0-0. Las lágrimas en los ojos de los futbolistas de la U de Chile reflejaban el dolor que les causaba ver el sueño de la gloria escapar.
Lo que le llamaba la atención al joven era ver un partido tan extraño, tan abierto y arriesgado para ambos equipos, tan puro, en una época en que difícilmente se arriesga tanto en la búsqueda del sueño que es la gloria.
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Leonard H. Waldman (ciudad de México, 1990). Es amante del futbol, especialmente el inglés desde los cuatro años, por la influencia de su padre. Fundador y columnista del blog online «Trequartistai», además de contribuir en la web británica «Bagsy Not In».






