Friday, 13th December 2013

Amor y seducción en la época contemporánea

Publicado el 02. sep, 2012 por en Dossier

Cuando hablamos de posmodernidad y sus derivados hablamos, invariablemente, de complejos fenómenos culturales y políticos y de enrevesadas construcciones teóricas inaccesibles a los no iniciados. Pero, ¿qué hay sobre el amor? ¿Qué hay sobre ese sentimiento común a todos los seres humanos (y aun a otros seres vivos)? ¿Acaso el amor escapa o se abstrae del multicitado posmodernismo? Emilia Bautista explora en este ensayo las insospechadas relaciones entre amor y posmodernidad.

 

Emilia Bautista

A Luis Flores, inspiración.
Y a todas ustedes (Sol,  Ili, Nat y Bea),
apoyo y aliento
.

En medio de un sollozo, la indómita protagonista de Cumbres borrascosas, Catherine (Earnshow/Heathcliff/Linton), dice a su sirvienta leal:

Mis grandes sufrimientos en este mundo han sido los sufrimientos de Heathcliff, los he visto y sentido cada uno desde el principio. El gran pensamiento de mi vida es él. Si todo pereciera y él se salvara, yo seguiría existiendo, y si todo quedara y él desapareciera, el mundo me sería del todo extraño, no me parecería que soy parte del él. Mi amor por Heathcliff se parece a las eternas rocas profundas, es fuente de escaso placer visible pero necesario.[1]

111 años más tarde, un personaje mexicano, Hortensia Chacón, habitante de La región más transparente, al pensar en su amado, se dice: «A ti te espero porque eso me exigiste y eso quise siempre, sólo esperar, y no, no es la oscuridad la que me obliga a esperar: la oscuridad corona mi ansia de esperar y todo mi cuerpo, contigo, deja de sentirse ultrajado y expuesto.»[2] Estas grandes pasiones de la literatura se sustituyen hoy por las rudas palabras de escritores como Rubem Fonseca, cuyos personajes sin conocerse se dicen: «Quiero que me revuelques en la cama […] Me eché encima de ella. Me cogió por el cuello, su boca y la lengua en mi boca, una vagina chorreante, cálida y olorosa. Cogimos.»[3] ¿Son estos cambios literarios un reflejo de nuestra forma de interpretar el mundo?

El tema del amor a través del tiempo ha sido uno de los tópicos más explotados en el mundo académico y artístico, sin embargo la vida cotidiana es también un recorrer constante de dichas inquietudes, pues el debate en torno al manejo de las relaciones interpersonales existe siempre en nosotros al establecer algo nuevo, ya sea de forma explícita o inconsciente. Los rituales de seducción lentamente desaparecen, los viejos ideales de un amor que logra sobreponerse a las limitantes espaciotemporales son cada vez menos una realidad y más una fantasía obsoleta; nos relacionamos por y para el instante; buscamos alejarnos de toda atadura con el irónico propósito de seguir relacionándonos.

La época en que vivimos, tan llena de avances tecnológicos, espacios de comida rápida, no-lugares, competencia constante, entre otros factores, nos orilla a ver al otro más como un beneficio personificado y menos como un ser humano con quien poder compartir hasta el último respiro. Se busca correr la menor cantidad de riesgos posible. Es allí, en el pequeño hueco de segura comodidad, donde comienza el problema, pues, parafraseando a Baudrillard en su ensayo La eterna ironía de la comunidad, el amor es un reto, es lanzar una moneda al aire, implica no sólo el desafío de seducir sino el de dejarse seducir, de hacer que el otro nos ame, arriesgarse incluso a que nos ame más de lo que nosotros a él.[4] Este amor arriesgado y decimonónico no tiene otro límite más que el de la muerte. Ese insensato amor eterno al que se accede tras un largo camino, donde impera el deseo del bienestar mutuo y no el individualismo encarnizado en que vivimos, está cada vez menos asociado con la realidad, dejándose casi para uso exclusivo del arte. Si bien resulta imposible hablar de eternidad en el hombre, pues la única certeza con que cuenta  es su carácter finito y sus constantes cambios, vale la pena preguntarse si ese amor perenne ha muerto definitivamente. Frente a esta dificultad de ser árbol en territorio de pájaros, nacen las líneas siguientes como un intento por comprender las endebles relaciones contemporáneas.

Hablar de amor, independientemente de la época en que lo situemos, resulta complejo por los procesos rituales que implica, así como por las tradiciones bajo las cuales se desarrolla. Los juegos de seducción, la intimidad, el erotismo y la sexualidad solían ser temas complejos de explorar debido al velo con el que recelosamente se cubrían. Quedaba implícito un misticismo perteneciente únicamente a los amantes. Hoy día, en cambio, contamos con tantos medios de comunicación que ni siquiera logramos distinguir lo real de lo imaginario. Facebook, twitter y demás medios permiten el acceso directo e inmediato a la vida de los otros, esos otros que no se sabe si son realmente como dicen ser o si son el álter ego de unas manos vacías tras la computadora. La sobresaturación de información forma parte de lo cotidiano; es raro quien no pertenezca a ese vértigo de transparencia informativa que trajo consigo el periodo de ruptura que llamamos posmodernidad y cuya imprecisa definición sigue siendo objeto de análisis.

La posmodernidad suele entenderse como la desesperanza ante las incumplidas promesas de la modernidad, paso de la unidad a la diversidad, al relato múltiple. De acuerdo a Lyotard, este quiebre en la ciencia, la literatura y el arte permite una innumerable variedad de identidades y discursos, apostando siempre a favor de la multiplicidad.[5] El futuro carece de importancia, el pasado ha perdido peso; vivimos en los constantes fragmentos del presente, sin embargo,  esta «imposibilidad de concebir la historia como un decurso unitario»,[6] como dice Vattimo, desata un caótico mar de indiferencia. Lipovestky incluso deja de usar el término posmodernidad para situarnos un paso más allá. Para él, el vértigo en que estamos inscritos ha rebasado ya los límites temporales establecidos.

Libertad sexual, acceso a la información, auto-servicio, narcisismo, post pornografía y vacío son algunos de los términos que caracterizan a nuestra generación. Los espacios públicos se han visto invadidos por la publicidad, el espacio íntimo se muestra indistintamente. Todo, absolutamente todo, puede hacerse visible de forma inmediata; se trata, como diría Baudrillard, de una «obscenidad de lo visible, de lo demasiado visible».[7]  La pornografía, por ejemplo, expone lo que nosotros no vemos al momento de una relación sexual, y es justo esa exposición explícita de órganos y movimientos lo que la convierte en obscena. Lo mismo ocurre con la inmediatez actual.

Este ser efímero no se limita a las transparencias de lo moralmente mal visto, sino que se traslada a todos los ámbitos de la vida cotidiana. Así como cambiamos con naturalidad el modelo de celular, los lentes o la ropa, así como saltamos de un programa televisivo a otro sin profundizar en su contenido, así vamos de una persona a otra, de una relación a otra, de un amor de la vida a otro, hasta llegar a los 40 años con seis amores de la vida, ocho amantes inigualables, tres amores inagotables y una profunda soledad.

El cortejo y la seducción han sido sustituidos por la necesidad de satisfacer deseos inmediatos: «Tienes un cuerpo y hay que gozar de él. Tienes una libido y hay que gastarla.»[8] Los procesos de seducción son demasiado lentos, lo que impera es el anhelo de saciar goces instantáneos; citando a Baudrillard, «somos una cultura de la eyaculación precoz».[9]

La literatura y el cine han contado numerosas historias donde el cortejo es un proceso lento en el cual los personajes sufren transformaciones, son puestos a prueba en su deseo y se ven obligados a hacer uso de toda suerte de recursos. En el camino aprenden, crecen, luchan, edifican. ¿Cómo ignorar el gran de amor de Gabriela y Nacib en el pintoresco Brasil de Jorge Amado o los tiernos abrazos de Juliette y Jean en la película L’Atalante de Jean Vigo? Sempiternas historias cuyos personajes superan todo obstáculo que pueda separarlos.

Por otro lado, volviendo a la realidad, vale la pena recordar que durante muchos años las mujeres se vieron obligadas a soportar infelices matrimonios para no manchar el nombre de la familia; durante siglos los matrimonios han sido arreglados con el propósito de obtener mejoras económicas sin tomar en cuenta la idealizada concepción de una pareja amorosa. ¿Será entonces que esta permanencia de los amores de antaño se debía a las limitadas opciones con que contaban?

El filósofo español Patxi Lanceros, en su ensayo «Apuntes sobre el pensamiento destructivo», señala que la gran oferta que se nos presenta cotidianamente nos distrae de la idea de algo permanente. Desde el temprano siglo XX, Walter Benjamin discutía sobre el carácter destructivo incapaz de ver algo duradero, viendo siempre caminos múltiples que se abren paso sobre las ruinas de lo despejado.[10] ¿Será cierto que, en relación al amor, el erotismo y la seducción, todo aquello que no cumple un placer inmediato es mera ficción?

Lipovetsky nos habla de lo efímero, del autoconsumo y el narcisismo. Para él, vivimos un tiempo en donde lo más importante es la satisfacción personal, la renovación constante. Sexo y placer libres de todo apego emocional. Bajo estos esquemas, hablar de seducción y erotismo es casi inconcebible; la velocidad los convierte en recursos obsoletos. ¿Quién tiene tanta energía, tiempo y disposición para analizar las formas adecuadas de lograr el amor de alguien? Y aun lográndolo, ¿quién tiene el tiempo y la paciencia para hacerlo permanecer? ¿Por qué habría de detenerme en una sola persona si en el mundo hay millones de opciones disponibles?

Sobre esta necesidad de oponerse a la consolidación, Walter Benjamin señala que su carácter «sólo conoce una consigna: hacer sitio; sólo una actividad, despejar. Su necesidad de aire fresco y espacio libre es más fuerte que todo odio».[11] El hombre como ser sociable por naturaleza se ha transformado en un sujeto encerrado en sí mismo. Vivimos, parafraseando a Lipovetsky,  para nosotros mismos, bajo una lógica individualista donde el Yo es la única preocupación.[12] Hemos pasado de la idea esperanzadora de encontrar el Amor (con mayúsculas) a la necesidad del desapego emocional. Satisfacción inmediata del deseo sexual, contacto efímero, involucración superficial, donde el acto parece transformase en una lucha por obtener más placer que el otro, una relación donde el otro nos es grato en tanto nos beneficiemos de él, pero desechable en cuanto deje de favorecernos en lo económico, lo sexual o lo emocional. Vamos de un presente a otro, viviendo ahistóricamente bajo la bandera protectora de la hipermodernidad, de la juventud, de la autonomía. Y sin embargo, nada más falso: basta mirar el número de anuncios para conocer gente, de forma virtual o presencial, y el gran éxito de las redes sociales.

Seguimos buscando el amor y la compañía pero de forma rápida, sin complicaciones ni muestras exacerbadas de sentimentalismo. «Todas las cartas de amor son ridículas», escribió Pessoa, pero también dijo que «sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor/sí que son ridículas».[13] Tal vez porque el romanticismo nos mostró el lado difícil del amor, de las pasiones enloquecedoras y las tragedias inevitables, hemos optado por «huir del sentimiento»; se nos olvida que la muerte es también un goce. Al respecto, Bataille señala en su ensayo «Mística y sensualidad» que el desfallecimiento es deseado tanto en el sentido religioso como en el erótico, pues todo gasto excesivo de energía es, en cierto modo, una aproximación a la desaparición. La penitencia exacerbada de los religiosos se acerca a la negación de la existencia en un mundo superfluo, es la muerte la verdadera vida, es la santidad un camino prometido. Lo mismo ocurre con las relaciones sexuales, pues la comunión de los sexos persigue el placer. Así pues, la llamada muerte chiquita, ese agotador derroche de fuerza en el que nos vemos desposeídos y posesos, es también una autoafirmación; el desorden orgásmico permite, contrastantemente, enfatizar el equilibrio de la vida ordinaria. La muerte permite una ventana a la vastedad; el amor, un instante de eternidad.

Quizás la inestabilidad actual de las relaciones emocionales no tiene que ver con la herencia romántica, sino con nuestra apatía hacia lo permanente. Las imágenes, modas y formas de vida son tantas que ya no se sabe qué elegir. Hoy se opta por una cosa, mañana por otra, el sábado próximo por la siguiente y así hasta el infinito. No hay presiones, sino opciones peligrosamente ilimitadas. Cuando antes se hablaba de sentir con detenimiento, de cerrar los ojos para percibir la piel erizada del amante, de escuchar el latir acompasado de su respiración, de saborear los dulces instantes de intimidad, hoy se habla del efervescente cool sex; si antes se buscaba el momento para arreglar las dificultades de pareja, hoy se prefieren las relaciones libres; el deseo de permanecer por toda la vida con una sola persona, sin importar cuánto se luche por ese amor, hoy es visto como un obsesivo intento de posesión digno de largas sesiones de psicoanálisis. Las personas se han trasformado en valor de cambio, en pequeños puentes por los cuales cruzamos determinados ríos. Dado que el futuro no es de nuestro interés, poco importa solucionar problemas en las relaciones personales; ya ni siquiera nos tomamos la molestia de ver si tienen arreglo: ¿para qué detenerse a solucionar viejas dudas cuando el presente nos ofrece tan nuevos y variados personajes por descubrir?

Por otro lado, vivir en desapego es bueno, evita el sufrimiento de la pérdida y la ansiedad del deseo. La pregunta sería si esto que vivimos es desapego o indiferencia. La muerte de Dios y la pérdida de valores supremos hace mucho que fueron superadas. ¿Sucederá lo mismo con el amor y sus procesos? Acaso, lo verdaderamente preocupante no radique en lo efímero de las relaciones contemporáneas, en el desapego emocional, sino en que la desaparición del amor inmutable cada vez nos importa menos.

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Emilia Bautista Castillo (Ciudad de México, 1989) actualmente cursa la carrera de Estudios y Gestión de la Cultura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. En sus ratos libres escribe y forma parte de una compañía de teatro. Busca marido escritor o lingüista.­­­­­­­­­­­­­­­­­

 

Bibliografía

Bataille, Georges, El erotismo. México, Ed. Tusquets, 2003.

Baudrillard, Jean, De la seducción. Madrid, Ed. Cátedra, 2008.

Brontë, Emily, Cumbres borrascosas. México, Ed. Época, 2009.

Diversos autores, En torno a la posmodernidad. Madrid, Ed. Anthropos, 2003.

Diversos autores, Posmodernidad. México, Ed. Colofón, 1988.

Fonseca, Rubem, El cobrador, versión en línea consultada en <http://www.loscuentos.net/cuentos/link/424/424042/> el 18 de abril de 2012.

Fuentes, Carlos, La región más transparente. México, Alfaguara, edición conmemorativa, 2008.

Lipovetsky, Gilles, La era del vacío. Barcelona, Ed. Anagrama, 2012.

Lyotard, Jean-François, La condición posmoderna. Madrid, Ed. Cátedra, 1987.

Pessoa, Fernando, «Todas las cartas de amor son ridículas»,[14] versión en línea consultada en <http://amediavoz.com/pessoa.htm> el 14 de abril de 2012.

Walter, Benjamin, Discursos interrumpidos I. Madrid, Ed. Tauros, 1982.


 NOTAS


[1] Brontë, Emily, Cumbres borrascosas. México, Ed. Época, 2009, p.83.

[2] Fuentes, Carlos, La región más transparente. México,  Alfaguara, edición conmemorativa, 2008, p. 62.

[3] Fonseca, Rubem, El cobrador, versión en línea, consultada en <http://www.loscuentos.net/cuentos/link/424/424042/> el 18 de abril de 2012.

[4] Baudrillard, Jean, De la seducción. Madrid, Ed. Cátedra, 2008, p. 27.

[5] Lyotard, Jean-François, La condición posmoderna. Madrid,  Ed. Cátedra, 1987.

[6] Vattimo, Gianni, «Posmodernidad: ¿una sociedad trasparente?», en En torno a la posmodernidad. Madrid, Ed. Anthropos, 2003, p. 13.

[7] Baudrillard, Jean, «El éxtasis de la comunicación», en, Posmodernidad. México, Ed. Colofón, 1988, p. 194.

[8] Baudrillard, Jean, De la seducción. Madrid, Ed. Cátedra, 2008, p. 42.

[9] Ibídem.

[10] Walter, Benjamin, Discursos interrumpidos I. Madrid, Ed. Tauros, 1982.

[11] Walter, Benjamin, Discursos interrumpidos I. Madrid, Ed. Tauros, 1982, p. 159.

[12] Lipovetsky, Gilles, «Narciso o la estrategia del vacío», en La era del vacío. Barcelona, Ed. Anagrama, 2012, p.49-60.

[13] Pessoa, Fernando, «Todas las cartas de amor son ridículas», versión en línea consultada en <http://amediavoz.com/pessoa.htm> el 14 de abril de 2012.

 

 

 

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