El lado oscuro de los cronopios

Por  |  0 Comentarios

 

Julieta Flores Jurado

 

Al hablar del cuento argentino sería imposible evitar la mención de Julio Cortázar, y de sus entrañables y carnavalescas Historias de cronopios y famas. Los cronopios, que seguramente no necesitan mayor presentación, son esos seres «pequeños, verdes y húmedos» que se conmueven hasta las lágrimas con las flores, la música y los relojes que atrasan, se dejan llevar por la euforia ante un tubo de pasta dental rosa o un montón de mangueras de colores, y se divierten traduciendo tangos al rumano. ¿Qué ha sucedido con los cronopios, medio siglo después? Pienso que Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) explora en Pájaros en la boca el lado oscuro de los cronopios. Se trata de una colección de narraciones lúdicas y desestabilizadoras: Schweblin propone un anti-carnaval, delirante y muchas veces siniestro. Por el libro caminan un hombre bala en decadencia, un hombre sirena y un pintor que recuerda a M. C. Escher y en quien la genialidad y la insanidad se confunden:

Esperaba dibujando. Eso apuraba el tiempo y me alejaba del mundo. Dibujaba cajas cerradas y peces con forma de rompecabezas que encajaran entre sí. […] El dibujo eran dos peces rompecabezas, cada uno en una caja, y ambas cajas dentro de otra caja. Saqué eso de cajas dentro de cajas de un pintor que le gustaba a mamá, y todas las maestras estaban encantadas… («Cabezas contra el asfalto»)

Pájaros en la boca (Almadía, 2010) abre con «El cavador», la historia de un insólito encuentro con un personaje que remite inmediatamente al Bartleby de Herman Melville. Esta especie de personaje, que reaparece más adelante en otros cuentos, crea una sensación que sólo puede calificarse, en términos freudianos, de ominosa. La identidad se tambalea a cada página, las barreras entre realidad y pesadilla desaparecen. Frecuentemente la entrada al mundo de la pesadilla coincide con el alejarse de la ciudad. Los personajes inquietantes, como el enigmático cavador o los mineros fantasmagóricos, casi siempre habitan en pueblecitos lejanos, en la provincia o «En la estepa», como se titula el último cuento. Son criaturas de bajo tierra; no es casual que el acto de cavar juegue un papel importante en dos relatos de la colección. Estos personajes representan, en palabras de Schelling, «todo lo que estando destinado a permanecer en el secreto, en lo oculto, ha salido a la luz». El narrador puede, literalmente, tropezarse con ellos en cualquier momento:

Necesitaba descansar, así que alquilé una casona en un pueblo de la costa, lejos de la ciudad. […] Cuando iba llegando, los pastizales me impidieron seguir en auto. El techo de la casa se veía a lo lejos. Me animé a bajar. Tomé lo imprescindible y seguí a pie. Oscurecía y, aunque no se veía el mar, podía escuchar las olas alcanzar la orilla. Ya estaba a pocos metros cuando tropecé con algo.

—¿Es usted?

Retrocedí asustado.

—¿Es usted, don? –un hombre se incorporó con dificultad–. No desperdicié ni un solo día, eh… Se lo juro por mi mismísima madre… («El cavador»)

El libro construye simultáneamente una gran fascinación y un profundo rechazo hacia lo monstruoso y lo freak. Schweblin es capaz de cerrar un relato con imágenes de un horror tan eficaz como el que provoca el hombre que vomitaba conejitos en «Carta a una señorita en París». Pienso especialmente en el cuento más breve y tal vez más brillante del volumen, «Mariposas». Me parece que a través de Pájaros en la boca corre un hilo temático secundario que deriva de lo monstruoso: el miedo, y en particular el miedo a la paternidad. En este sentido, creo que los cuentos «Conservas», «En la estepa» y «Pájaros en la boca» podrían formar una especie de trilogía. Estos relatos tratan, respectivamente, sobre cómo evitar el nacimiento de un hijo (mejor dicho, cómo revertir su concepción), el terror de encontrarse con un hijo con rasgos de monstruo, y qué hacer con un hijo irremediablemente freak.

Schweblin mantiene una prosa limpia y clara, de lectura ágil, pero que en ocasiones no parece por completo coherente con la situación ilógica en la que se encuentran sus personajes. Casi todos los cuentos se narran en primera persona y en presente, y al tratarse de relatos breves que difícilmente se leen aislados, hay poca variedad en las voces y actitudes de los narradores, que suelen recibir lo sobrenatural con bastante serenidad, o incluso indiferencia. Se advierte la aplicación de una fórmula ya ensayada y perfeccionada, efectiva, pero sin variaciones substanciales en la forma de contar la historia. No quiero decir con esto que los cuentos no cumplan, en su mayoría, su propósito de atrapar y producirle vértigo al lector desprevenido.

Una analogía más me viene a la mente al pensar en retrospectiva en Pájaros en la boca. Los cuentos de Samanta Schweblin son como cortometrajes, breves e intensos, cargados de imágenes que parecen alucinaciones. La comparación no es inapropiada si se tiene en cuenta que la autora estudió la carrera de Imagen y Sonido en su ciudad natal. Se necesitaría un cineasta que fuese tan audaz e imaginativo como Schweblin para convertir uno de sus cuentos en un cortometraje. «El hombre sirena», o nuevamente «Mariposas» serían elecciones muy afortunadas. Espero tener noticia de ese cineasta en los próximos años. Mientras tanto, no hay que perder de vista a esta sorprendente joven narradora.

 

 

__________________

Julieta Flores Jurado (Ciudad de México, 1991) estudia Letras Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.  Ha colaborado en Cuadrivio y Periódico de Poesía.

Print Friendly

Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>