Poemas de George McWhirter

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Mil y una en Heathrow

 

En la sala de abordaje

la duna de su pelo arenoso,

     que sube por la orilla

     del sillón donde se acuesta,

es de Sherezada. Su cara,

cuando despierta

 y voltea a donde estaba el pelo: triste

tan sorprendido como estoy con su edad,

la longitud del horizonte, desierto

que todavía se extiende

     sobre la duna de su cabeza,

agitada ahora

en un siroco

de molesto despertar;

su pelo cuenta mil historias.

Su cara, sólo Una.

 

 

Agua de rosas

 

Mi madre tendía la ropa sobre una frase de Louise Brandeis:

«el sol es el mejor desinfectante». Me enseñó cómo tallar

–usando mis puños y nudillos como lavadero–, a luchar contra el polvo

en los pliegues de la franela, a erosionar los dobleces hasta que se doblegaran.

Hundíamos escamas y pellejos grises para dejarlos flotar y enjuagábamos

de la red de tierra una nata hinchada de ácaros hervidos y piel.

Me enseñó bajo el sol del patio de concreto a alzar

las sábanas con un palo y sumergirlas en las burbujas

de la tina galvanizada, con mi trasero tocando el arbusto detrás mío

cuando me agachaba.

Islas de franela gris, rodeadas por un arrecife de burbujas y mugre

después del invierno, que pasaban en la cabaña de verano vacía.

Sábanas encimeras y edredones hechos a mano, mortíferos con humedad

sobre nuestros fantasmas quemados por el sol hasta que se levantaban para Pascua,

lavadas y colgadas en un rayo de luz desinfectante.

Las extendíamos en los arbustos cuando los mecates se habían llenado.

Cuatro cuartos y seis camas por ser despertadas, vacías de sueño;

después eran exprimidas, enrolladas en el brazo hasta la muñeca

dejando la mano derecha libre para apretar y liberar el agua

 que engordaba la tela, escondida, que habitando

la absorción (un peso muerto después del estrangulamiento)

se retorcía y enfriaba el brazo hasta el bíceps

que mi madre mantenía desnudo: sólo usaba un delantal

para la tarea. Su pelo se iba cayendo del chongo

y, si el viento soplaba, acariciaba su cara; aún mejor

dejar al cielo secar mientras el sol le da una paliza a los gérmenes.

La ligereza y emoción de mirar las sábanas secarse

después de la tina pesada que tenía que levantar por las asas

con mis dos manos albinas, sumergidas hasta que estaban

tan adormecidas como mojadas, masa de pan en el agua jabonosa,

hasta que se sentían irreales y ajenas a mí, como enguantadas

en el trapo que usábamos para lavar las ventanas.

Balanceando la curva de la tina en mis muslos,

llevaba el agua, que se revolvía dentro de la tina, a las rosas

para dejarlas comer nuestra mugre y que la convirtieran en grutas de unas salvajes

y cultivadas rosas rojas, amarillas y blancas,

debajo de los árboles, los sueños de colores delicados,

crecidos desde la gruta gris de nuestros cuerpos durmientes.

Traducciones de Ana Laura Magis Weinberg

 

 

Xenófilo

 

No se unió al

ejército británico,

en lugar de eso se enlistó para hacer daño

en nombre de ese otro Imperio de la Lengua Inglesa

con versos e historias descabelladas

desde Belfast a Barcelona

Cuautla & Vancouver y en ocasiones se desvía

por las variedades del Luxor

con su momia favorita de cabello azul marino,

Wayne Newton. Su mente precoz aún vive,

soñando en el Club Bar en University Avenue,

mirando junto a los grandes nadadores en un Nilo negro

de cerveza amarga y barata, chorlitos hambrientos, creen

que cada picoteo espumoso traerá exótica carne animal

o pescado mientras busca en las tristes mandíbulas de cocodrilo

su siguiente trocito fino de canción.

 

Un mensaje de ningún momento

 

1.

Una larguirucha araña café colgó del techo

a la altura de mi ojo

 

para que yo dibujara una piedrita sobre

lo que no podía ver

 

detrás de ella en la pared blanca.

 

2.

Cochinillas deshidratadas y ciempiés sin fecha de caducidad

puntean y hacen guiones en la alfombra. Advertirlos sería imperfecto

 

ante el propósito de establecer la hora del alivio. Un forense

sería igual de inconcluso. Estábamos ocupados

 

cuando el regimiento de pies marchó y se detuvo,

cuando algún aroma u otro les ordenó parar en seco

 

sobre los hilos de nuestra alfombra berebere falsa. Un emisario

químico, que nos invita a seguirlos.

 

 

Traducciones  de Hipatia Argüero

 

 

______________

George McWhirter (1939) nació en Belfast, en Irlanda del Norte. Es poeta irlandés-canadiense, traductor, editor y receptor del primer «Poet Laureate» de Vancouver. Ha sido profesor en varias universidades de Irlanda, España y Canadá. Ha traducido a José Emilio Pacheco al inglés, y a publicado una cantidad notable de libros de poesía y cuentos,  como The Island Man, The Book of Contradictions  y Musical Dog.

 

Hipatia Argüero Mendoza (Ciudad de México, 1988) estudió Letras Inglesas en la UNAM. Es traductora y lectora por placer, aunque también por obligación. Le gustan los gatos y en general se la pasa bien. Busca fiesta. Si tienen fiesta avisen.

 

Ana Laura Magis Weinberg (Ciudad de México, 1988) estudia Letras Inglesas en la UNAM con afán de terminar lo antes posible. Es lectora profesional, traductora de hobby, y en sus ratos libres quisiera ser escritora.

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