Un domingo exitoso

Por  |  0 Comentarios

Humberto Ballesteros

 

Hoy he tenido un domingo exitoso. Lo sé porque mi víctima se bajó del bus en una parada que no era la suya. Era un tipo de unos cincuenta, de anteojos de marca y pelo engominado. Tenía un vestido, una camisa de seda, una corbata y unos zapatos de cuero. Lo escogí porque me recordaba a mí mismo cuando no tengo disfraz: el mismo nudo minucioso de la corbata, la misma electricidad en la mirada y los movimientos, la misma recta confiada en la boca.

Fue afortunado que lo encontrara. Llevaba una hora tomando buses al azar, pagando y esperando que alguien me inspirara. Incluso pensé en subirme a Transmilenio, que siempre anda tan lleno que todas las víctimas potenciales están sobreestimuladas, es imposible sentarse y los espectáculos están condenados al fracaso. Pero al fin mi búsqueda dio fruto. Supe, cuando me subí a ese ejecutivo a la altura de la Jiménez y lo vi sentado junto a la ventana en uno de los puestos de adelante, que tener éxito con él sería para todos los efectos como tenerlo conmigo mismo, como lograr que yo mismo me bajara en la parada incorrecta, con el pulso desordenado por algo ajeno y a la vez mío de forma visceral, implacable.

Esperé con verdadera voluptuosidad que la muchacha que estaba sentada junto a él se bajara del bus. Pero pasó media hora y ella no daba muestras de estarse acercando a su destino. Estaba erguida en la silla, con la mochila a los pies y unos audífonos en los oídos. A veces, entre el griterío de los vendedores ambulantes, los bufidos del bus y las risas o los comentarios de los pasajeros, me llegaban trinos de la música que estaba escuchando; un vallenato. Mi víctima, ignorante de la tensión que la rodeaba, estaba escribiendo un texto en el celular.

Ya estábamos llegando a La Soledad y nada que la muchacha se bajaba. Comencé a ponerme nervioso. Qué tal que él se bajara primero; o que lo hiciera ella, me pudiera sentar junto a él, y un instante después, sin darme tiempo de comenzar mi rutina, él se bajara a su vez y me dejara desolado. Me imaginé sentado en aquella silla sin nadie alrededor, en un barrio desconocido más allá de la 200, con mi disfraz desperdiciado y el vacío creciendo en el pecho, comenzando a masticar con los dientes que tiene, a tragar sin hacer ruido, agazapado; y me tuve que agarrar de la barra y respirar hondo. Esta víctima no era como las otras; ésta se parecía tanto a mí cuando no tengo disfraz, que hacerla bajar del bus aplicando mi estrategia me resultaba imprescindible.

La verdad era que no sabía si podría seguir viviendo si no tenía éxito este domingo. Ya iban semanas en que fracasaba. Mis víctimas llegaban a su parada antes de que yo pudiera comenzar a torturarlas, o se quedaban dormidas, y despertarlas habría sido inadmisible; o en el peor de los casos un pasajero inoportuno se ponía a hablarme, y yo tenía que huir hirviendo de rabia. Entre más fallaba, domingo tras domingo, más se me iba cerrando el cuello, más se me iba congelando la sangre en las venas; y temía que en cualquier momento terminara como una persona normal, sin respirar ni sentir la vida circular por el cuerpo, estatuario en medio de mi propio enfático movimiento. Pero cuando comenzaba a desesperarme, la muchacha se quitó los audífonos, los enrolló, los metió en la mochila y se puso de pie.

Estaba tan poseído por el deseo de sentarme junto a mi víctima que me aparté para dejar pasar a la muchacha. Era un gesto inadecuado para mi personaje, que debería haber dado un paso imperceptible al frente antes de quitarse, o haber murmurado una palabra inaudible en un idioma inventado. Me dieron ganas de rascarme vagamente la cara, o de morderme la lengua sin que nadie se diera cuenta, pero la muchacha ya se estaba alejando y la víctima no parecía estarme mirando.

Me acomodé junto a él e intuí de inmediato la repulsión que le producía. Me sentí orgulloso. He de aceptar que mi disfraz hace una buena parte de mi trabajo dominical. La colonia que me pongo es conocida, la venden en todas las tiendas de cadena, pero escojo la variante que tiene un matiz vagamente más vulgar que las otras. Mis mejillas regordetas y sin maquillaje, picadas por las cicatrices del acné juvenil, a la luz incierta de la tarde bogotana son insoportablemente humanas. Mis ojos, marrones e insípidos, no parecen ocultar más que un par de pensamientos predecibles. Mis manos, limpias pero sin manicura, son tan insignificantes que al espectador le parece haberlas visto millones de veces y le dan ganas de no verlas nunca más. Mis jeans, escogidos con extremo cuidado de los catálogos de descuentos, no me quedan bien pero tampoco deslucen. Me veo como un tipo cualquiera, y lo que es peor, mi medianía resume la de los demás, es un reflejo conmovedor de la vulgaridad de todo y de todos. Mi espectáculo, mis movimientos tan ensayados, mis balbuceos, mis gestos que incomodan a la víctima sin dejarle claro el porqué, son sólo el condimento especial que necesito para tener éxito.

Me preparé por un instante, dejando la mochila a mis pies y mordiéndome un labio, con un temblor secreto en la imaginación. Ya me estaba viendo a mí mismo diez minutos después, en pleno ejercicio de mi arte, y casi ni podía contener la risa. Pero la contuve, porque soy un profesional. Aunque nunca estudié actuación ni participé en un grupo de teatro, me considero un verdadero profesional, de esos que hemos aprendido a fuerza de práctica un quehacer brutalmente difícil, sin maestro posible, sin instrucciones, sin otra cosa que el ansia de perfeccionar nuestro trabajo.

Entonces comencé. El primer paso es hablar, pero en voz muy baja. El volumen es importante; tiene que ser casi imperceptible, tiene que estar en el borde mismo de la inexistencia, para que la víctima se pregunte si está imaginando que el hombre junto a ella está hablando solo.

Tal vez no lo parece, pero la escena que realizo para mis víctimas es muy elaborada. El ritmo de los murmullos, que a veces se detienen, a veces suben ligerísimamente de volumen, a veces se reducen hasta desaparecer, a veces se condensan en un tarareo y a veces son interrumpidos por una especie de ladriditos lejanos, es absolutamente irregular. Y desafío a cualquiera a que intente pronunciar palabras sin sentido, en el volumen exacto en que alguien sentado al lado nunca sabrá si de verdad las está murmurando, intercalándolas con ruiditos y tarareos mientras parpadea aquí y allá, sin que su exhibición, al cabo de meros treinta o cuarenta segundos, se haya asentado en un ritmo. Un canto inaudible, un par de palabras, un parpadeo lento y dos rápidos, y cuando uno menos lo espera está estableciendo un patrón, la víctima y los otros pasajeros se están acostumbrando a las repeticiones, e inconsciente pero indudablemente están volviendo a calmarse. Una de las partes más arduas de mi preparación fue desterrar de mí la tentación de la estructura.

Esta tarde estaba verdaderamente inspirado. Aunque no podía asegurarlo, porque todavía no había comenzado la fase de los movimientos y estaba mirando al frente, podía sentir en todas partes, en los hombros, las rodillas, la calva y sobre todo la cara, las miradas inquietas de los pasajeros a mi alrededor, incluida la de la víctima. Fueron tres minutos de introducción, un verdadero concierto de carencia de sistema. Incluso me permití dos ruidos nuevos, improvisados; un murmullo largo, una especie de ‘erbaerbaerbaerbaloooo’, en un tono ronco de fumador y justo en el nivel de volumen en que no era claro si de verdad estaba diciendo algo, y una exclamación infantil, ‘¡yuyuy!’, sin cambiar la magnitud del sonido pero sí el tono, que esta vez fue muy agudo.

Fue un comienzo magistral. Estaba comenzando a flotar, a sentir adentro ese aire embriagado que me aliviana la cabeza y los músculos cuando estoy dándolo todo para mi espectáculo. Y ahora había que comenzar con los movimientos. Sabía que nadie estaba preparado para aquello; la audacia de mi preámbulo había sido tal que a mí mismo me había sumido en la incertidumbre.

Entonces moví la cabeza y me encontré de lleno con los ojos inquisitivos de mi víctima. Tuve que reprimir una mueca de desprecio y un bufido de burla que habrían arruinado por completo mi programa. Al girar la cabeza otra vez sentí que regresaba de un lugar donde vibraba el sentido de mi vida: esos ojos de hombre pulcro y seguro de sí, que perfectamente podían ser los míos cuando no tengo mi disfraz, y que me miraban con prevención que comenzaba a condensarse en hostilidad, eran mi justificación, el altar donde exhibo e inmolo para mi propia salvación lo más mío de mis días.

Comencé con la mano. Luego el pie derecho. La clave, como siempre, es carecer de ritmo. Algunos movimientos son innegables, pero en su mayor parte son sutilísimos; reacomodamientos que en ningún caso, vistos de forma aislada, producirían la menor curiosidad, risa o inquietud. Una ceja que se levanta, una mano que aprieta una rodilla, unos dedos que tamborilean un instante, un labio que se proyecta hacia fuera, una inhalación un poco más intensa que las otras; un hombro que se levanta y luego vuelve a caer, una mano que rasca el envés de una oreja. La combinación constante sin reiteraciones de movimientos y sonidos hace que uno se convierta poco a poco, por una razón insoportablemente ambigua, en fuente de desasosiego.

Esa segunda etapa habrá durado diez minutos, y he de decir, modestia aparte, que fue tan genial como la otra. Pero esa genialidad la posibilitó el aguante casi sobrehumano de mi objetivo. Nunca, una vez he llegado a la parte culminante de mi esfuerzo, había tenido una víctima que resistiera más de un par de minutos.

Este domingo fue diferente. A ese hombre, tan parecido a mí cuando no tengo disfraz, su vestimenta, calculada para causar la mejor impresión posible, y su actitud positiva y resuelta, lo habían envalentonado como a ningún otro. Llegué a dudar de mí mismo. Llegué a pensar que había perdido mi talento o no había practicado lo suficiente, y de alguna manera mis movimientos y mis murmullos se habían asentado en una estructura. Como un saxofonista que pendiera de la cuerda invisible de su solo al borde del abismo, logré la mejor interpretación de mi vida. Mastiqué por un instante una nuez inexistente, me sorbí los mocos imperceptiblemente, contraje y relajé de nuevo los dedos de los pies, me toqué con velocidad sobrehumana la punta de la nariz.

Sabía que era una verdadera obra maestra; si aquel hombre no estaba inquieto era porque no era un mortal, o porque ya estaba muerto. Y no pude evitar, aunque la carencia de reiteraciones es un imperativo inflexible, una segunda mirada a donde él estaba sentado.

Vi un ojo detrás de unas gafas brillantes, mirándome sin duda, aunque de reojo. Vi un pecho bajo una camisa impecable vibrando nerviosamente, y una mano de dedos flacos que jugaba histéricamente con una argolla de matrimonio.

Fui feliz. Supe que mis temores eran infundados, que mi víctima estaba a punto de bajarse. Continué con la función apenas otros treinta segundos, y tuve que reprimir una carcajada cuando se puso de pie.

Lo mejor de este domingo exitoso fue, sin embargo, la despedida. Siempre hago lo mismo, es el gesto definitivo e imprescindible. Cuando la víctima, antes de bajarse del bus, mira en mi dirección para confirmar que no está loca, que de verdad hay algo turbador en aquel tipo, yo la miro, como el cazador mira a la presa moribunda, y le sonrío. Eso fue lo que hice, y el pobre se mordió los labios y se abrió paso hacia la parte trasera del bus con la vehemencia de quien escapa de la muerte.

Como el verdadero profesional que soy, aguanté las ganas locas de ponerme de pie, levantar los brazos y gritar que soy libre. Continué con mi espectáculo, ya para nadie, por unos instantes. Me bajé a la altura de la 147. Me sentía renovado, invencible. Entré al centro comercial, busqué los baños, cerré la puerta metálica tras de mí, abrí la mochila y me cambié.

Luego salí y me miré al espejo. Afortunadamente no había nadie, y tuve unos minutos para admirarme a mí mismo, ya sin disfraz. La peluca estaba bien acomodada, y el pelo engominado me daba el aire de exitoso hombre joven de negocios que me es tan necesario. El nudo de la corbata no tenía un solo pliegue incorrecto. Mi sonrisa, cuando la ensayé, resultó cálida, una sonrisa de mejor vendedor del mundo que recibe al cliente con un apretón de manos.

Me ajusté la chaqueta y me quité una pelusa del hombro. Sonreí otra vez; en aquel instante me habría comprado a mí mismo por una fortuna. Me apliqué base en las mejillas, para ocultar las cicatrices del acné que son tan esenciales para mi máscara; oriné sensualmente, me lavé las manos, me colgué al hombro la mochila con el disfraz y salí. Estaba pensando que tenía que llamar a mi esposa, que probablemente me pediría que le comprara pañales al bebé; que también tenía que llamar a mi amante, concertar una cita y susurrarle suciedades al teléfono; que había que terminar la presentación para los clientes del martes, cambiar el bombillo del garaje y comprar la comida del perro; que el cumpleaños del jefe es el jueves; pero al mismo tiempo, debajo de todo eso y sosteniéndolo con su filigrana inexorable, sintiendo la risa silenciosa a mandíbula batiente de quien ha aprovechado su tiempo libre, ha tenido un domingo exitoso y está preparado para la semana que viene.

__________________

Humberto Ballesteros (Bogotá, Colombia, 1979) es escritor. Ganador en 2009 del concurso nacional de cuento de la revista La Movida Literaria, y en 2010 del Premio Nacional de Novela Ciudad de Bogotá. Vive en Nueva York y cursa un doctorado en Literatura Comparada en Columbia University.

Print Friendly

Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>