The Orbital Blues
Julio María Fernández Meza
La única diferencia es la siguiente: nosotros no somos creadores del universo, y sí lo somos de la obra bítica, aunque sea indirectamente.
Stanislaw Lem, ¿o J. Rambellais?, Historia de la literatura bítica.
Como había programado la alarma del iMind para sonar al filo de la madrugada, sentí un extrañamiento al mirar el aparato: 4.30 am. Tres horas antes de lo usual para despertarme. Una vez despojado de lagañas, pero aún con la putrefacción en la boca –la remanencia de alcohol en mi aliento ante la insistencia de asearse sólo con espray por su practicidad y no con dentífrico o similares–, vi la llamada perdida en la pantalla. En realidad, no era la alarma sino Yves Bonnecourt, mi supervisor.
Debía presentarme de inmediato en la oficina. Una emergencia, según lo indicaba el mensaje. Cuán extraño que me buscara a estas horas, pero sobre todo citarme en el cuartel, si comúnmente me asigna casos a través del iMind, y es raro toparnos en el departamento salvo cuando cobro o cuando apuramos tragos de bourbon en su oficina para celebrar un trabajo bien hecho. Rocié mi boca con la dosis necesaria para que mi vaho no generara rechazos y salí, envuelto en gabardina y sombrero.
Lo supuse, el departamento estaba vacío y si no fuera por las luces en el suelo del pasillo central, reinaría la oscuridad. Estaba por encender los focos del techo cuando la voz del jefe se me adelantó.
—¡Bien! –palmeó con cariño mi espalda–, ¡a la oficina!
Miré la puerta de su gabinete. Para mí, aquella entrada contrastaba a toda vista con el departamento, prácticamente metálico en su totalidad a excepción de esta puerta de caoba. Ya dentro, Yves presionó el switch y el cuarto se iluminó. Alargó de nuevo el brazo, invitándome a tomar asiento. Así lo hice. Escuché cómo cerró la puerta y luego se hundió en su sillón. Juntó las manos, cada dedo de una mano sincronizado con el dedo de la otra y posó los codos en el escritorio. Me miró con severidad y sin la sonrisa afectuosa de hace unos minutos.
—¡Intolerable, intolerable! ¡Como si terminar con civiles fuera cualquier cosa! Hemos identificado a tres de los occisos, pero no sabemos si el conteo ha aumentado desde antier, cuando dimos con la última víctima. Ni una baja más, ¡ni una!
El jefe no se inmutaba por repetir monosílabos o frases cortas. Eso siempre lo ha caracterizado, enfatizar las desinencias, como si así se expresara con más claridad.
—Pensé en ti para el caso. Eres mi mejor elemento…
Vaya asunto. Me quité el sombrero y lo coloqué en el escritorio. Tras reclinarme en el asiento, enlacé las manos sobre la nuca para atenuar la tensión.
—¿Bien, de qué se trata exactamente?
—¿No te das cuenta? ¡Está acabando con quien le plazca!
Bonnecourt no solía sobresaltarse y menos por homicidas, a quienes se aprehende tarde o temprano por errores cometidos por ellos mismos. Este pasmo no tendría por qué vincularse con un criminal de tan simple naturaleza. ¿O tal vez sí? El jefe interrumpió mi soliloquio de manera intempestiva. Estampó las manos sobre el escritorio y se alzó muy enérgico.
—¡Además, en cada cuerpo ha escrito una frase! Semejante descaro me desquicia, porque intencionalmente está dejando pistas. Los N-6 tenían la inocencia de un niño, a pesar de que mataran gente. Ahora no. Por eso hay que entregar a la sospechosa en la Corporación T™, donde la convertirán en chatarra o la pondrán en estasis o qué sé yo, ¡pero no causará más daño!
—¿N-6? ¿La Corporación T™?
—Los N-6 son humanoides creados por el señor Tyrell, CEO de la compañía homónima. Tyrell falleció hace décadas y según se dice a causa de una de sus invenciones. Jamás se supo exactamente qué fue de él. Bien, la compañía fue renombrada Corporación T™ en honor suyo. Se fabricaron seis, tres hombres y tres mujeres. Creemos que la sospechosa es una de ellos. Como no se sabe qué fue de los N-6, si desaparecieron o se les eliminó, suponemos que la sospechosa pertenece a la serie por las frases en las víctimas. Hay un vínculo al respecto. Escribe con caligrafía. Trazos delicados, sinuosos, esbozados con esmero y no con premura, despreocupada en lo más mínimo porque la apresen. Grabaré las frases en tu memoria sináptica. Serán de utilidad.
Me extraje la memoria de la sien y se la entregué. Abrió un cajón del escritorio y sacó un cubo negro. Un disco duro de exabytes, pensé. Insertó la memoria en una de sus múltiples ranuras y al poco tiempo una lucecita brilló. Se había impreso la información. Me devolvió la memoria. Luego pregunté lo elemental:
—¿Rastros del arma homicida?
—Nulos. Los cadáveres no registran laceraciones, quemaduras o heridas de ninguna clase. La autopsia tampoco ha revelado nada, empleo de químicos o de venenos ni nada más. Estos cuerpos parecen simplemente extintos, como si la vida se les escapara de entre las manos por azar. Por eso debemos actuar cuanto antes.
Permanecimos en silencio unos minutos. En vista de ello, Bonnecourt aclaró que me asignaría agentes adicionales para el caso. Me negué, confiado en la experiencia que me precedía. Él insistió y yo lo rechacé de nueva cuenta. Era inútil pedir un trago ahora y así tomé el sombrero y me marché del departamento.
Opté por no ver las frases hasta llegar al despacho. Mejor leerlas al resguardo del desayuno que durante el trayecto a casa, rodeado de pasajeros con quienes jamás congenio, la turba autómata de los trenes magnéticos. En casa le ordené a la cocina unos huevos con tocino y mojé mis labios con la espuma de una Corona, pues siempre me ha gustado esta marca. Abrí el reproductor del iMind para escuchar una canción ahora olvidada, que me despierta la concentración por su letra: «Helplessness Blues», de los Fleet Foxes. La atmósfera adecuada para examinar pistas. Bonnecourt nombró el archivo crestomatía. El fólder contenía unos documentos separados en rubros: las digitalías de las víctimas, las frases halladas e información extra al respecto. La primera decía:
Replicamos para estar vivos.
Mi atención se encendió de inmediato por el verbo inicial. ¿Por qué pluralizarlo si se supone que ella actúa por cuenta propia? Pensé entonces en la palabra «réplica». La segunda era más larga:
Eternizarme más allá de mis hermanos y hermanas, allende su pasado.
Como había dicho el jefe, las frases no eran en sí crípticas. Haber mencionado a su «familia» señalaba de algún modo su procedencia, aun cuando no indicara literalmente pertenecer a la serie N-6. A la vez había algo oculto en aquella oración, un vínculo con el tiempo. La eternidad frente al instante. Por último:
¿Acaso soñamos con ovejas eléctricas?
Un enunciado interrogativo más enigmático que los anteriores… o tal vez no tanto. La alusión a las ovejas eléctricas confirmaba las sospechas de Yves Bonnecourt. Como lo leí en el archivo, los humanoides eran muy diferentes a nosotros, seres generados por operaciones y no en vientres, proscritos de reproducirse por medio del coito y sometidos a un ciclo de vida muchísimo menor que el nuestro. Creados como entre paréntesis, ajenos a las tareas de robots e incapaces de experimentar sensaciones… a no ser que sueñen como nosotros, pues si no esta última frase carecería de sentido. Pero también había lugar para la ambigüedad porque si era cierto que soñaran, ovejas o cualquier cosa, no tendría por qué haber formulado la incógnita con semejante escepticismo, como si se sintiera invadida de temores para preguntarse lo que fuera. Decidí escabullirme al lugar de los hechos, a donde los cuerpos habían sido hallados. Apuré una tercera Corona –escudriñar siempre me provoca sed– antes de salir.
En el primer sitio, ubicado en un callejón, la silueta blanca del finado había sido dibujada como reclinada en una pared. Me extrañó la postura atípica. ¿Cómo había muerto para terminar así? En cambio, en el segundo lugar, una calle escondida entre negocios y puestos, encontré lo esperado. El contorno del fallecido al ras del suelo. Intuí por sus brazos extendidos que había perecido rápidamente, como sin agonía. Pregunté a la gente local sobre el asunto y contestaron de manera esquiva. Presentí el miedo en sus palabras. Afirmaron haber visto varios hombres de gabardinas negras bajar de sus spinners. Ellos alejaron a curiosos y metiches, delinearon el cadáver y se lo llevaron en cuestión de segundos. El siguiente sitio, el paso subterráneo de una estación de tren magnético, también me hizo pensar en una muerte similar. Inútil comparar estos lugares con las digitalías de los difuntos. Lo único que llamó mi atención fue que no vi en ellas los rostros, no habían sido retratados. Después fui a la morgue señalada en el archivo. Quise ver las frases directamente. El empleado se limitó a mostrarme los cuerpos. Su trato reticente me recordó los sujetos que topé cerca del segundo cuerpo. Me desconcertó que los tres cadáveres estuvieran encapotados, como si las bolsas no bastaran y la cubierta tuviera que ser doble. Examiné las oraciones. Como sospeché por medio de las imágenes del informe, estaban grabadas alrededor de las muñecas. Consulté las autopsias. En cada registro, la causa de defunción indicaba paro cardíaco. Bonnecourt estaba en lo cierto, ninguna herida había sido localizada en los occisos. Me tomó el día entero este periplo y retorné al despacho. Si los rostros estaban cubiertos, debía averiguarlo a cualquier costo.
Dos días después, tras examinar con gran detenimiento las frases de los cadáveres y reparar que no existía una clara conexión entre ellas, me sentía como un péndulo, atrapado en el punto en el que no se quiere abandonar el caso pero en el que uno está atascado, como si caminara con pasos ahogados en medio del desierto. Aunque el jefe hubiera mencionado que las oraciones ayudarían a dar con la sospechosa, no podría responder qué orillaba a esta mujer a cometer asesinatos y más aún a marcar la piel de sus víctimas con frases presuntamente vinculadas con su condición de humanoide. A mi modo de ver, éstas no revelaban a toda luz un nexo con la serie N-6 como según Bonnecourt afirmaba, ni tampoco parecían pistas. Oía otra vez «Helplessness Blues» cuando el iMind vibró. Una llamada del supervisor.
—Malas noticias. Malas en verdad: el cuarto cadáver. Repórtate de inmediato a la Sexta entre Transición y Celentéreo. Prensa en oleadas, mirones en multitud. ¡Date prisa!
En efecto, cuando llegué allí vi una legión de espaldas moverse como una pasta gelatinosa. Clics de cámaras. Rumores de boca en boca. Me inmiscuí entre la muchedumbre para ver al caído, pero sentí la opresión de unos dedos en el hombro.
—Peor aún, muchacho, peor aún –era Yves Bonnecourt–. Antes de tu llegada, me notificaron que el quinto cuerpo había sido encontrado tan sólo a unas cuadras de aquí. Por fortuna las masas no saben nada al respecto. Ya encargué a unos agentes registrar la data pertinente sobre este finado –hablaba del cuarto–. Debes venir con nosotros. La desgraciada no puede estar lejos.
Éramos cinco perseguidores. El jefe iba a la cabeza. Alargó el brazo derecho hacia el frente, dos hombres se escurrieron en tal dirección, luego extendió su izquierda, conduciéndonos en tal sentido a otro hombre y a mí. Unas cuadras después llegamos a una esquina donde se nos instó detenernos. Todo estaba envuelto en un silencio inusual, demasiado raro para una ciudad colmena como ésta y sentí un alud de incógnitas recorrerme: me pregunté qué sentirían si presenciaran un asesinato los edificios cercanos, los postes ahora apagados, las cosas afines de la vía pública. ¿Percibirían, como nosotros, ese acto atroz con resquemor, con rechazo, conformes por aceptar el término de una vida como si fuera algo cotidiano? ¿O tal vez los objetos permanecen indiferentes a nuestro devenir y la pérdida de un humano, de cualquiera de nosotros, carece de significado para ellos? ¿Acaso porque al someterlas a nuestro servicio, las cosas nos pagan así el trato, con una indiferencia tal como para jamás hablarnos, como para vedarnos por siempre de su reino? Bonnecourt dio fin a mis tribulaciones al abrir el puño en alto para armarnos y replegarnos en formación. Cada uno desenfundó su arma e inmediatamente nos apartamos de la pared. Miramos el cadáver, expuesto a la luz del sol. Era cierto, nadie salvo nosotros estaba allí. ¿O eso parecía? Uno de los agentes lanzó una advertencia. Había visto a la mujer. Escuché tacones a la fuga. Se nos ordenó seguirla y así dos hombres y yo corrimos tras ella.
Yves Bonnecourt y yo nos comunicamos a través de nuestros iMinds, exactamente de la misma manera en que hemos resuelto caso tras caso, yo al acecho del agresor, a la caza de su sombra, atento ante las circunstancias. Y él, como el consejero, la voz lejana pero paternal, dispuesta a mostrar los pasos precisos para caminar en la oscuridad y hacer un buen trabajo. Frente al peligro, que yo percibía como el zumbido de una mosca, el jefe aquietaba mis nervios. Los conducía hacia el cumplimiento del deber. Siempre me sentía cobijado por él. Los hombres y yo corrimos por unas cuadras, guiados por el taconeo a veces entrecortado, a veces sonoro. Sentí consuelo porque el sol confabuló en nuestro favor. Esconderse le sería dificultoso a esta mujer. Activamos el sensor de temperatura corporal de los iMinds y los agentes y yo formamos un triángulo para frenarle el paso. En las persecuciones no sólo el astuto tiende las trampas. Todo indicaba que en cualquier instante debería aparecer en nuestros visores. Sentí los minutos eternos.
De repente oí un grito y me helé ya que su proximidad me hizo intuir que provenía de uno de nosotros. No tuve tiempo para percatarme de haber eludido la muerte porque el otro agente y yo nos dirigimos hacia el aullido. En efecto, un hombre yacía en la acera, aún con el sensor calorífico en los ojos y el comunicador en la aureola de la oreja. Su iMind arrojado a unos centímetros de la cabeza. Sin rastros de sangre, sin huellas de heridas en su cuerpo. Y… qué extraño… una expresión de serenidad. Recordé que las digitalías del archivo crestomatía no registraban los rostros de los fallecidos y en la morgue, los cuerpos estaban encapotados. Me pregunté entonces por la causa del deceso. El otro agente demandó reportarle al jefe lo ocurrido y asentí, que a él le correspondiera el protocolo, yo me encontraba absorto en este rostro apacible. Morir con semejante tranquilidad me perturbó. De cuclillas le tomé el pulso en el cuello. Detenido, en efecto. Me alcé con brío cuando advertí que el hombre a mi derecha, el que reportaba la víctima más reciente de la humanoide, acababa de desplomarse sin finalizar su discurso. En cuestión de segundos ambos agentes habían perecido y presentí de inmediato que era mi turno. Ya la muerte no se me antojaba como una mosca, que planea en torno de su objetivo antes de picar, sino como la niebla, imperceptible hasta el último minuto cuando nos abraza de manera inexorable. Sujetaba el revólver de fusión con firmeza, a la espera de que la silueta multicolor apareciera en el sensor. Tenía que estar forzosamente cerca y si era el siguiente, no me iría sin lidiar. Bonnecourt gritaba y gritaba, ansioso por saber qué diantres ocurría. Para fortuna mía, yo era el único que percibía sus alaridos. Cuánta tensión me recorría al girar una y otra vez en sentido opuesto de donde apuntaba. Ella tendría que asestar el golpe final por la espalda, porque un cobarde nunca escatima al azar. Sentí el corazón descarriado, la piel húmeda. ¡Y… nada en el visor!
Descargué el arma a la menor oportunidad. Percibir el movimiento de un aura, una presencia imposible de encarar de lleno, de la que sólo nos percatamos cuando nos circunda, me obligó a jalar el gatillo. La pared más cercana a mí lucía un hueco humeante y había trocitos de concreto calcinado alrededor del impacto. Rozó mi espalda, di la vuelta y disparé. Las descargas atronadoras hicieron que Bonnecourt bramara más y más. De golpe perdí el aire y dejé caer el revólver. Había sido inmovilizado por un puñetazo de la mujer en el estomago, doblegándome de rodillas. Así afrontaría el adiós, sometido. El sombrero no reposaba ya en mi cabeza. No podía respirar más que entrecortadamente. Ya qué, el fin vendría con un tiro que derretiría mi cráneo… ¡y de mi propia arma! Las fuerzas me abandonaban cuando los tacones retumbaron otra vez y alcé el rostro, aún dolido como para enfocar los ojos pero lo suficientemente arrojado como para mirar la muerte de frente. Fue entonces que reparé en los regaños del jefe y no más en sus alaridos, porque los disparos atraerían las masas a escena y convenía mantener el asunto en secreto para frenar los decesos según comprendí antes de perder al segundo agente.
Eso dejó de importarme cuando los tacones parecían perforarme los oídos, cuando unas piernas se delinearon, cuando noté el atuendo de esta mujer y mis ojos colisionaron con los suyos. Se detuvo a un cuerpo de distancia. Debía levantarme, burlarla, arrebatarle la pistola y vencerla. Eso a reserva de actuar con más rapidez. Aun ahora no entiendo por qué no terminó conmigo en ese momento, para qué negarse a concluirlo todo, cuál era el propósito de concederme la vida. Sonrió. Luego me acarició la mejilla con la mano que no sostenía el arma, y retrocedí, más temeroso por esta muestra de cariño que por el revólver en su poder. La escuché por primera vez:
—Conque eres tú. Al fin nos encontramos.
Era mi oportunidad. Me levanté como un toro, sin temor a perecer, listo para atestar una última cornada antes de proyectarse al suelo. Dada la cercanía entre nosotros, no me costó nada afianzarme de sus muñecas y apartar de mí aquella mano armada. Ciertamente me sorprendió que no disparara, es más ignoro por qué no opuso resistencia ni trató de librarse de mis manos opresoras si de antemano había huido y por consecuencia sabía que sus actos no eran correctos. Soltó el revólver y como un bólido lo recogí y le apunté. No se inmutó en nada, se quedó fija… y aun sonriente. Vaya desconcierto. ¿Agradecería quizás ser borrada y por ello se despedía con una mueca alegre? ¿O tal vez eliminarla formaba parte de su trama, del plan bajo el cual siete personas habían ya perecido, y la sonrisa confirmaba la perfecta ejecución de una jugada maestra? ¡Pero qué disparate considerar esta segunda opción! Acabar con ella finalizaría este trecho de pérdidas y qué mejor. Aunque… si Bonnecourt pidió entregarla a la Corporación T™, no debía caer presa del impulso. Cuánta falta me hizo su voz entonces, en estos minutos de hielo apuntándole a una mujer que no paraba de sonreírme. El jefe se había acallado, tal vez porque él y su escolta se habían replegado hacia el cuarto cadáver, seguidos de la multitud y la prensa, o porque vendrían en mi auxilio. Duelo de miradas entre la criminal y yo.
—Eliminarte con tu propia arma sería muy bajo de mi parte –dijo y noté el tuteo de su trato–. Me pregunto si tendrás la misma piedad conmigo.
Recuerdo como cuadros cinematográficos los minutos siguientes: vi sus dientes excesivamente blancos y tan opuestos al común de las personas, advertí sus labios delineados con furor de lápiz, me percaté del lunar justo debajo del ojo derecho y cuya negrura parecía romper con la perfección de su tez nacarada, me desorientó la llaneza con la que encaraba a un hombre tenso y armado. Recuerdo también a la gente que llegó justo después y me pregunté si venía de la esquina donde fue hallado el cuarto difunto o de dónde demonios, y el alboroto a mis espaldas, las voces multiplicándose a nuestro alrededor, la turba detenida de súbito ante los cadáveres de los agentes, las palabras de agitación, los apremios por apresar a la mujer, a quien al instante identificaron como la maleante, acaso porque le apuntaba o porque siempre hay alguien a quien acusar. El jefe me había ordenado detenerla, saqué las esposas de neón de la gabardina y, sin dejar de apuntarle, me coloqué detrás suyo y así la apresé. Su sonrisa no cambió y una vez que percibí el aroma de su cabello, me susurró que abriera bien los ojos, pues algo increíble estaba por ocurrir. Llevé la pistola a su nuca ante la advertencia. Pero recuerdo aún más los segundos posteriores al apersonamiento de Bonnecourt y sus hombres. Ellos formaron un círculo en torno de la mujer, y con el bullicio en aumento, rápida y certeramente la gente empezó a desplomarse, sin concesión, en ráfaga, como si se les partieran las piernas cuales pilares desmoronados. Caían y caían, a un ritmo muy veloz como para notar cómo un rostro pierde la vida. Jóvenes, viejos, niños, cuarentones, fotógrafos, reporteros. Las pertenencias se alejaban de sus dueños, cámaras, tabletas electrónicas, plumas digitales, chips de identificación, cosas y cosas distanciándose de sus amos. Me desconcertó que no sucumbiéramos nosotros, los detectives, el jefe y yo. Tenía que haber una razón. Hubiera sido mejor poderla intuir en ese momento. Y nadie le disparó, aún tras presenciar esta atrocidad. La euforia había invadido a Bonnecourt. Qué rara reacción la suya, pues a pesar de atrapar a la desgraciada, decenas de cuerpos yacían inertes y alegrarse ante lo ocurrido no dejaba de ser malsano. Pero en mí no había júbilo sino parálisis. Tan sólo a unos pasos vi una niña muerta y sentí escalofríos al fijarme en esos ojos que no lloraban, en esa expresión que no era de tristeza, en semejante sosiego.
—Fascinante, ¿no es verdad? –exclamó ella, con la misma sonrisa insoportable.
—¡Silencio, aparejo, tu fin! –prorrumpió Yves Bonnecourt.
En cuestión de segundos, tres spinners descendieron de los cielos. Debía ser la caravana para trasladarla a la Corporación T™. Sujetos en gabardina oscura emergieron de las puertas. La mujer fue introducida en un vehículo y el jefe se colocó a la entrada. Me hizo una seña para acompañarlo. Ambos la escoltaríamos por tanto. No quedaba más que entregarla al lugar de donde provino. Antes de partir, fui por mi sombrero a regañadientes de mi supervisor. Los hombres de gabardina retornaron a las máquinas y los otros miembros del departamento se quedaron a la custodia de los difuntos. Aún había mucho por hacer.
Estaba al lado de la mujer. Con más detenimiento, y de reojo desde luego, miré sus piernas y las medias tan cuidadas, como recién adquiridas. Lucía cómoda. El jefe hablaba y hablaba vía iMind. El sólo imaginar cuánto trabajo le esperaba cuando los diarios notificaran sobre las víctimas acaecidas hoy día, me hizo sentir fatiga. Ella preguntó si podía ingerir una píldora de tabaco y tanto el conductor como Bonnecourt la ignoraron, confinados en sí mismos. Consideré callarme y tratarla como en realidad lo merecía, pero quizás por su cercanía, su aroma, el modo tan pausado de solicitar un agasajo antes de ser arrojada a la corporación, fue que me ablandé y extraje de la gabardina mi pildorera cromada. Le ofrecí cuantas quisiera y tan pronto me sonrió, me acordé de las esposas en sus manos. Así que tomé una píldora, ella abrió la boca y la puse en su lengua. En respuesta me lamió el índice sin tirar el comprimido. Se quedó mirándome con la lengua de fuera. Luego me sequé. El humo que exhalaba era engullido por el filtromático. La lengüetada permaneció en mi piel más allá de su saliva y el roce de aquel músculo me inquietó. Bocanadas más tarde, la prisionera se acercó a mí, como acurrucada, y dijo en voz muy baja:
—Cuánta mudez. Ni una palabra tuya desde que nos conocimos. Si fuiste piadoso y no disparaste, ¿por qué no concederme cuando menos el saludo?
Esas palabras mañosas me provocaron querer apuntarle… ¡y borrarla! Aunque me contuve, confiado por estar en este espacio cerrado en el que ella podría alardear cuanto quisiera pero nada más. De pronto el jefe me dijo directamente:
—Todos los occisos hasta ahora registrados poseen una frase de esta infeliz. ¿Cómo es posible? Nosotros la vimos apresada y aunque no me explico por qué murió tal cantidad de gente, ¿cuándo y cómo pudo escribir? No he tenido oportunidad de decírtelo pero –leyó en su iMind– en el cuarto cadáver encontramos la leyenda: «El tiempo se encargó de los otros cinco, pero yo gobierno el mío». Según me indica el departamento, los dos hombres que viste morir también gozan de sus respectivos enunciados.
—¿Sorprendente, no es así? –añadió ella.
—¡Silencio, chatarra, silencio! –la interrumpió– ¡En unos minutos quedarás por siempre recluida en el tiradero de donde provienes!
—Yo pensaría dos veces en el futuro antes de augurarlo, supervisor Bonnecourt…
A partir de este punto, no importaría cómo supo su nombre; de nada serviría tratar de detenerla y prevenir la catástrofe. Chasqueó los dedos, aún esposada, sugiriéndonos que viéramos para atrás. El spinner a nuestras espaldas se incendió espontáneamente, envuelto por grandes llamas, y de su superficie se alzó una columnata de humo. La aeronave se precipitó al suelo como un meteoro, y siguió una explosión. Recalcó que no perdiéramos de vista el segundo vehículo escolta. En instantes le ocurrió lo mismo. Desenfundamos las armas y los cañones rozaron su figura cuando nuestro artefacto se proyectó hacia la superficie. Puestos de súbito en caída libre, no conseguimos nada y con dificultad pudimos sostenernos del asiento, las agarraderas o de lo que fuera. El conductor en vano pisó los frenos con todo. Por fuera, al spinner lo devoraba el fuego.
No sé cuánto tiempo transcurrió para que abriera los ojos. La espalda me punzaba. De inmediato me percaté de que la mujer estaba sobre mis piernas y sin esposas. Noté el calor de sus muslos. Me besó el cuello como un lobo hambriento, más con salvajismo que con ternura. Me lamió con intensidad, como si su saliva trazara ríos. Hundió sus uñas en mi nuca y la sangre que me brotó me hizo pensar que así las encajaba, como si delimitara su propiedad. Me quitó el sombrero y acarició mis cabellos humedecidos con sudor, restregándolos a su antojo. Sus manos se introdujeron en mi gabardina, el chaleco, la camisa y me libró de la corbata para cubrir más y más la piel de este cuerpo mío. Busqué el revólver. ¡Al diablo la Corporación™ y este caso! Intenté levantarme de golpe y arrojarla lejos de mí pero las punzadas en la espalda me frenaron el ímpetu y ella continuó recorriéndome con uñas, dientes, manos. El olor a quemado se filtró en mis narices. Mientras ella me marcaba el mentón con su quijada, miré a mí alrededor. Bonnecourt tenía la calva partida. Los restos de su cabeza estaban desparramados a pocos centímetros suyos. Pobre conductor. Advertí el parabrisas y el vidrio delantero salpicados de puntitos rojos y los chorros hacia abajo. Seguramente ambas muñecas estaban grabadas ya. No hallé mi arma ni la del jefe. Y entonces me estiré para alcanzar el cuchillo enfundado en una de mis piernas. Ella tronó los dedos, moviendo la cabeza de lado a lado. Sentí desvanecerse la funda de la pantorrilla. Conque eso era: el chasquido preludiaba lo insólito, por eso las aeronaves se descontrolaron, por eso, la funda borrada y el cuchillo afantasmado. Quería quitármela de encima, para qué el lance ahora, al lado de dos muertos, con las llamas tan cerca. Casi la aparté de mí cuando me detuvo, inmovilizándome con una sola mano –su fuerza siempre me ha abrumado–, mientras que con la otra me desabrochó el cierre del pantalón. El por qué respondí a su capricho en ese momento no me lo explico. Tampoco entiendo cómo pude surcarla con las medias puestas. Bueno, cuando menos se me concedía disfrutarla antes de liquidarme. Quizás la niebla, el símbolo del fin, me cobijaría antes del último aliento. Ella me sujetaba el cuello y parecía despreocupada por completo del humo. Yo sentí los ojos húmedos y tosí. Tronó los dedos otra vez y el gas se apartó de nosotros. Enseguida el fuego se achicó con tal rapidez que no quedó resto alguno. Y si no hubiera sido porque me había arrancado la manga izquierda de la camisa, no habría notado la frase que se grababa en mi muñeca. Las letras resplandecieron lo suficientemente para leerlas aun invertidas, pues dichas oraciones se orientaban de tal modo para ser leídas de cara al sujeto:
Querido Deckard, nada podrá separarnos ya.
Acaso por humillación, hoy me lo diría, o para olvidarlo todo visitamos después mi despacho, con tal de privarme de los lazos con el pasado, con ese ayer glorioso en que Yves Bonnecourt y yo resolvimos cientos de casos e hicimos del área de Investigaciones Especiales la división más confiable del departamento. Pues ahora qué sentido apresarla, llevarla con los herederos de Tyrell, o darle fin, qué propósito rastrearla, perseguirla, para qué tales vueltas si la perdición era ineludible, si lo puede todo con sólo pensarlo. Según dijo, al desaparecer sus hermanos y hermanas ella aprendió eventualmente a materializar sus pensamientos. Se le cumplían. Cómo lo logró… jamás lo he sabido. Yo le respondí con una cadena de interjecciones, las primeras palabras que le dirigí. Claro… por eso escribía en las víctimas sin instrumentos y no tenía por qué esmerarse con los trazos, como lo supuso el supervisor, pues la caligrafía obedece a la mente, no a la mano; por eso se deshacía de quien le placiera; por eso sobrevivimos el accidente, aún yo con la espalda adolorida; pero ¿y el nombre que grabó en mí? ¿Y las frases? ¿Para qué escribirlas en quienes elimina? ¿Por qué era yo la excepción?
A mí me perdonó, como lo sabría semanas más tarde, por el recuerdo de ese tal Deckard, desvanecido hasta no dejar rastro en la faz del mundo. Una vez, diría, llegó a verme charlar en el departamento con un cojo aficionado a los unicornios de origami, y el que yo me pareciera tanto a ese hombre que había perdido, fue suficiente para dar conmigo, y todo este disparate haría que el pasado entre él y ella volviera a nacer. Dentro me privó de pertenencias: la pildorera cromada, el identificador de voces, la gabardina y el sombrero, salvo el iMind. Quiso que encendiera el sensor calorífico y la viera mientras la inundaba con mi propio vacío, como también pidió. No apareció su silueta… desde luego. No tendría por qué. Su rostro siempre sonriente me hizo creer que quienes morían a costa suya reflejaban en sus caras los deseos de esta mujer. Cuán profundo me hundí, cuán recóndito el abismo al recorrerla. Todavía me cuestiono por qué acepté este cariño matizado tan de golpe. Tal vez porque desde el principio este juego estaba destinado a que ella triunfara, reina en cualquier casilla, y uno representara en el mejor de los casos el peón en un tablero insondable. Quizás porque al servirla era tan indiferente como ella, como si los dos fuéramos eso… cosas. Edificios, postes, calles, objetos que forman parte de aquel reino, el de las cosas. Ahora ya no me sorprende que los diarios electrónicos anunciaran poco después la eliminación del departamento donde trabajé, que el asunto entero fuera encubierto, que ella bien pudo encargarse de acallar las bocas inquietas.
R –así llegó a presentarse– nunca ha tenido dificultades para amansarme. Una vez me recitó toda «Helplessness Blue»s, porque subrayó que la melodía describía perfectamente cómo nos conocimos, nuestra relación, lo que el futuro nos depara. Hay una especie de esperanza en la canción, es verdad, pero da igual lo que me quiso decir. Además, ahora me asigna los casos, hasta remunerados y bourbon, justo como con Bonnecourt, sólo que a ella no le molesta mi halitosis. Qué mejor este cariño simulado que las órdenes de él, qué mejor los asaltos en su penthouse, donde ya vivimos, a esa voz del consejo. Y no puedo quejarme, el iMind última generación que R me obsequió predice el clima y siempre conviene saber cuándo la lluvia viene a estropearle a uno el próximo trabajo.
A Helena Cervantes Valenzuela
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Julio María Fernández Meza nació un viernes de febrero de 1985 en el puerto de Veracruz. Su vida circunstancial no abunda en hazañas de la vigilia pues en la noche comienza su día. Como a Homero Aridjis, noche tras noche sueña y apunta los sueños. Al despertar, prende la máquina –café de por medio– para escribir el sueño. Luego repite el ciclo, así se duerme, sueña nuevamente y registra lo ocurrido. Su correo es nentepetl@hotmail.com













Helena Cervantes
septiembre 9, 2012 at 1:44 pm
¡qué bárbaro! qué regalo, con esa atmósfera donde me reflejo, donde la sensualidad de R permanece, la voz nostálgica de D se percibe en el nuevo personaje-narrador que somos todos los fanáticos de B.R. imaginativos al futuro de la trama <3<3<3 papito me encantó !!