El peso de las cosas
Alejandro Badillo
Los frascos de conservas apuntalan la tarde en la cocina. Están repartidos en las repisas, alineados entre reflejos, esperando algo. El gato, un poco más abajo, junto a los últimos cajones. El silencio en sus ojos. En su mirada todo destaca: el alboroto de las servilletas, un salero, la sombra de la mujer que desciende. El gato se mantiene inmóvil, a pesar del acercamiento, de la sombra que ahoga, de los dedos indecisos, con leve temblor, al encuentro del humo que brota, del café que bulle en el recipiente de peltre.
—¿Cómo estás?
La mujer mueve la cabeza. Los cabellos en una coleta, pero quedan algunos, en caída sobre las mejillas, incluso rizos. Orienta el cuerpo. El movimiento a la voz, toda lenta, incluso los labios.
Un viejo entra a la cocina, arrima una silla, extiende las piernas. Una tentativa de brinco en el gato, pero sólo los músculos en tensión, el ámbar de los ojos en el viejo mientras se acomoda en la silla, mientras se quita el sombrero y lo deja sobre la mesa, como cosa perdida, abandonada.
La mujer llena dos tazas. El viejo, sus canas al sol, voraces sobre las orejas, en desparpajo. Su sombra aletarga a unas moscas que minutos antes, caldeadas por el resplandor, hervían verdes en el cuarto.
—¿Qué piensas?
—Está a punto de oscurecer.
—Sí.
El viejo se la queda mirando. La mujer le lleva una taza.
—Está caliente –le dice y se sienta en la mesa, en idéntica posición, como si no hubiera pasado el tiempo, como si el viejo nunca se hubiera quitado el sombrero y permaneciera ahí, en la silla, acomodando los huesos, esperando con soberbia a la muerte. La mujer se adelanta:
—¿Vamos?
—¿A dónde?
El gato merodea entre los dos. Las entumidas moscas, a media altura, danzantes en su cabeza. La mujer mira al animal, sus afiladas orejas. El secreto andar, también cuando araña, cuando apacigua los ojos, cuando la tarde.
—Deja acabo mi café.
La mujer asiente en silencio. Muñeco de trapo por la sombra, al viejo apenas le resta la voz, un poco destemplada por la soledad, por el peso de las cosas. Apresura un sorbo. La mujer sonríe:
—Olvidé que te gusta tibio.
El viejo intenta corresponder a la sonrisa pero el gesto le sale agrio. Entonces las arrugas, el gesto largo. El semblante oscuro, como el último durazno en el frutero. Se quedan en silencio. El calor disminuye en la estancia. El gato, un bostezo, los bigotes que miden el tiempo. La noche está cerca. El cielo nuboso y desordenado. Del racimo una nube. Se traslada en el desorden. También su sombra en la casa. Primero en los muebles cercanos a la ventana. La penumbra, como en el viejo, una segunda piel en el gato. Y están ahí, mientras el aire se enfría. Mientras el cielo se oscurece y se vacía. Como un cuerpo que se queda sin sangre.
***
Despierta y mira por la ventana. Las ramas del único árbol. El paisaje sin relieves. El sol derramado en los arbustos espinosos. A lo lejos la osamenta de una vaca, medio comida por el tiempo. La había visto deambular, días atrás, como un bote de remos vacío. Después el cuerpo en la tierra, de un solo movimiento, nubes de polvo alrededor. La encallada impregnó, desde entonces, el momento de abrir los ojos, de levantarse, de apartar las cortinas.
La mujer abandona la ventana y se dirige al comedor. El gato en el trayecto, entre sus piernas, la cola en alto. Ella ríe y camina más lento. Sus pies abrevan en la luz del corredor. El resplandor en la espalda, por la posición; luego en el torso, como el sol en la arena.
***
El café sigue ahí, en la hornilla, humeando. También las dos tazas, con abundantes pozos. Imagina la porcelana caliente, los labios en el borde, sus huellas. Mira el lugar donde estuvo el viejo. La sombra leve del sombrero. Intenta recordar las palabras dichas, los pensamientos apenas esbozados. Pero sólo queda la derrota del viejo en la silla, los remanentes del gato. La quietud de todos, como ovejas que pacen. Y por hacer algo acude, nerviosa, a la fiebre del café. El sudor en la ventana por la humareda. Y sus pechos apuntalan la mañana –como el día anterior los frascos de conservas– y le dan forma. Pasa una mano para sentir el calor, sube la intensidad de las flamas y la hornilla, abundante, se corona.
***
—¿Cómo estás?
La mujer mueve la cabeza por instinto. No responde. Pero habla la mirada, todo el cuerpo, la tensión que los une. Los cabellos en la misma caída. Algunos en desorden, por el despertar apresurado. Y los dedos, por el calor, son brasas que restan. Mira al viejo que se detiene en el quicio de la puerta. Mira sus zapatones. El movimiento latente en sus miembros. Recuerda: «el viejo llegó ayer, se sentó en la silla y dejó su sombrero». Y fresca en la memoria, la mano en el sombrero, los dedos en el ala, aferrados, como si la figura entera estuviera expuesta a un fuerte viento. Pero la perturbación en el ámbito es mínima. Quizás la puerta entreabierta, las moscas que medran en el frutero. Y el viejo repite el movimiento. La mano derecha y el sombrero pronto en la mesa. Y de nuevo la sensación de levedad, de no estar ahí, de no estar sucediendo. Inmóviles todos, incluso el gato. Ella quiere estar sentada, como el viejo, para estar ahí unos minutos, para mirarlo y abandonarse un poco. Pero el café sigue su curso. Y la humareda, con sus figuras en ascenso; el vaho en los cristales. La observación de la mujer se extiende por la cocina, como si recobrara lentamente la esencia de las cosas.
—¿Qué piensas?
La mujer se mantiene en silencio. Busca nuevas tazas en la alacena. Los pies en puntas, por la altura. Y en el movimiento el afán del viejo por las piernas, por los senos que en el instante –por la mirada– se alumbran. El cuerpo de la mujer, reflejado en la ventana, es el de un pájaro. Y el viejo trata de retenerla así, un poco volátil y oscura. Sin embargo la mujer apresura la labor y rompe la imagen. Mete las manos en la neblina, los dedos a un trapo para cubrir la palma del asa que quema. La rutina del gato, la diligente limpieza. Está en los lengüetazos, en el fútil zumbar de las moscas. La mujer comienza a llenar las tazas. El hervor desciende. El humo en el descenso. El café pronto en el borde. Y ella se asoma, mira su rostro en el espejo, la calma que lo dibuja, incluso los cabellos.
***
La mesa absorbe el resplandor de la mañana. También el salero, las servilletas. La mujer al fin se decide, arrima una silla y se sienta. Las manos de los dos, separadas por un círculo de luz. El viejo sorbe con lentitud, amparado por la soledad y el silencio. La mujer cruza las piernas. Y el viejo percibe el movimiento, la leve perturbación bajo la mesa, como la de un cielo apenas revuelto, la de un cuerpo entrando en el agua. La mujer se percata del efecto e intenta prolongarlo. Pero el viejo, oscurecido por un gesto de dolor, desentume el cuerpo. Cruje la madera de la silla. Afuera, una racha de viento. Las ramas del árbol se mueven, arañan con su sombra los rostros. El viejo aprieta los párpados, trata de guardarse el dolor. Después toma el sombrero y se lo cala hasta las orejas. Lo sujeta un momento, como si presintiera el viento afuera, la violencia del descampado. Abre los ojos poco a poco. La mujer lo imagina frente a una fogata, la espalda encorvada, las infinitas chispas. Y con la imagen presiente algo inminente. También el gato que se arquea, se tensa como una cuerda. Y el denso maullido apenas llega, apenas toca a las moscas avivadas por la lumbre del día.
—¿Vamos? –dice, al fin, el viejo.
Espera la respuesta con las manos juntas. La quijada apretada y el amarillo de los dientes le forman un semblante de muerto. El filo blanco de las uñas, el movimiento que las lleva a las canas que escapan del sombrero. Y dedica unos instantes a hurgar, a entretener la nueva espera. La mujer medita sus palabras. La taza ya no pulsa. Ya no hay calor en ella. Sólo la porcelana fría, su calma en los dedos. No hay restos de café en las tazas. Los pozos desvanecidos. Leves sedimentos juegan en el fondo.
***
La mujer recoge las tazas y las deja en el fregadero. Presiente los ojos del otro, de animal carroñero, en su espalda. Pero no le incomoda el fuego del viejo. Porque sabe que su calor no dura, que se consume rápido en lo que toca. Quizás, años antes, devoraba todo. Ahora planea, sin fuerza, en las cosas. En el horizonte de la mesa, bajo la penumbra de las sillas, donde transcurre el silencio del gato. Y la mujer está un rato así, caldeada por la mirada, frente al cielo que aún conserva el desorden. Busca nubes desprendidas, como la solitaria, la que llamó su atención en la tarde. Después gira el cuerpo, un poco harta, y pone la mirada en todas partes. En el andar del gato, en el recuerdo donde el animal repite la misma ruta sobre las baldosas. El viejo la espera paciente, le merodea el cuerpo con su paciencia. De cera sus manos. La expresión entera, inmóvil, de ciego.
—¿Vamos? –dice de nuevo.
La mujer lo mira como a un niño pequeño. Y entonces, como cantaleta, su respuesta:
—¿A dónde?
La voz sale muy débil, como el reflejo de luz que toca los frascos.
Las manos tiesas del viejo, un poco desesperadas, casi danzantes sobre las piernas. Van y vienen. Pero ya no está dispuesto a esperar. Porque su caudal se agota. Porque siente de cerca a la muerte. Entreabre la boca, como si paladeara de antemano la palabra. La mujer percibe la intención y se acerca a la mesa. El gato mengua en el cuarto. Como el viejo que empieza a desbaratarse en la silla. Las abiertas alas del sombrero. Y un destello empieza a emerger, primero en los ojos, luego el incendio por completo en el rostro. Crispa las manos.
—Necesitamos salir.
—¿Para qué?
—Para que te enseñe.
El viejo se apoya en la mesa y se pone en pie con dificultad. Más alto por el sombrero. La mujer se acerca. Las pecas en los hombros, en el traslado resaltan. Son estrellas, luces dispersas. El viejo la toma del brazo. Ella siente su tacto nervioso, de insectos que la recorren, que la invitan. Caminan a la entrada. Las bocanadas de sol entonces. Abren la puerta. Avistan los restos de la vaca, barco hundido, a pocos metros. Encallados los huesos en el polvo, cundidos todos de moscas. El zumbido casi murmullo. Como la conjura de muchos hombres. Entonces de nuevo la inminencia de la palabra. El nombre del lugar al que nunca van. La respiración del viejo tiene el peso de una hoja. Acerca el rostro a la mujer y murmura cerca de los cabellos, de su llamarada por el viento. Ella escucha la palabra. El tacto del viejo que estremece. Mira a la vaca y sonríe.
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Alejandro Badillo (Ciudad de México, 1977) es narrador; ha publicado tres libros de cuentos: Ella sigue dormida (Fondo Editorial Tierra Adentro/Conaculta), Tolvaneras (Secretaría de Cultura de Puebla) y Vidas volátiles (Universidad Autónoma de Puebla). Es colaborador habitual de la revista Crítica. En 2007 y 2010 fue becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes. Textos suyos han aparecido en revistas como Punto en Línea de la UNAM, Letralia.com y Tierra Adentro. Actualmente es coordinador del Taller de Creación Literaria en la Universidad Iberoamericana-Puebla.












