Quiero mi dinero de regreso
Nydia Pando
Cuando la carretera se bifurca
Ayer por la tarde comencé a contarle a mamá: la vi en la cocina tarareando una canción y decidí acercarme a decirle todo lo que había vivido; los recuerdos que cargaba en cuerpo entero y mis ganas de compartir. Le conté acerca de mi visita a Guanajuato: el feto momificado, las calles de tierra gris y la gente tan gentil. La tierra volátil y el silencio; las puertas que se mantienen cerradas y cómo la gente, con todo y su personalidad, ha dejado de salir. Le platiqué que me subí a un camión que cargaba gallinas porque me había quedado sin dinero y no tenía cómo volver; que me había dejado en la frontera y de ahí había tenido que caminar hasta mi próximo destino. Que casi me muero de miedo viendo hombres armados pero que luego me di cuenta de que eran inofensivos y algunos hasta caían bien. Creí que a mamá esa escena la sobresaltaría; que le angustiaría simplemente imaginarme, pero no sucedió así.
Por eso, seguí con la historia de las diez señoras, todas indígenas, que se encerraban el cuerpo desde los hombros hasta el pubis con el reboso y que se reían con la cabeza gacha entre murmullos con una bondad en los ojos que me desesperaba por lo incrédula que soy; por lo desconfiada que ando cuando estoy entre mujeres. Le dije a mamá que esas mujeres no decían ni pío entre los hombres con quien yo andaba, que cada vez me sentía más afortunada, que no debía de haberse preocupado. Que me mirara las pinturas tan finas embarradas en mi cara. Pero mamá no se excitaba, no se veía alterada por mi narración. Mamá tarareaba una canción y apretaba los párpados de vez en cuando como quien hace un esfuerzo por recordar la tonada: pausa… continuación.
Seguí con una anécdota que debía dejarla helada: el día que conocí, camino de regreso, carretera Morelia, un grupo de narcos del Cartel de Golfo que me pidieron bajarme de la troca en la que andaba para «una revisión». Me tocaron cintura, me tocaron hombros, me tocaron espalda y en cuanto me iban a tocar nalga el jefe apareció y dijo: «Ya estuvo bueno, déjenla ir». Cuando ya iba yo trepándome y dándole duro al acelerador de la troca, después de haberme devuelto mi identificación y haberse reído en mi cara, el jefe me habló otra vez: ey, tú, mija, se me olvidó pedirte tu teléfono. Lo saqué del pantalón en chinga y se lo entregué desde la ventanilla del carro. Echó la cabeza atrás y se echó unas buenas carcajadas al tiempo que me lo devolvía y me decía: «No seas pendeja, mija, quiero tu número de teléfono; quiero invitarte a salir». Le dije que estaba casada y lo lamentó sonriente. Y me largué, amá, le dije, pero ella no se inmutaba.
Pero a lo mejor no me largué. A lo mejor se lo escribí en la mano, como para provocar el mal, sazonar el peligro, darle otra vuelta de tuerca a la máquina inservible; a lo mejor me momificaron y me hicieron tierra mojada en cuanto firmé mi pacto con el diablo en diez dígitos y ya no pude volver. A lo mejor la sigo de cerca y por eso no me oye, porque yo nunca la escuché. Porque yo debí hacerle caso, cuidarme del norte y refugiarme en sus brazos sureños. A lo mejor por eso no me oye: por no haberla escuchado. Por no haberla entendido. Por haberme desatendido de ella. Por no haberme empapado el reboso hasta el pubis, cerrándole el camino a la ruta sin retorno.
Quiero mi dinero de regreso
Era una manera de reconocerlo. Una forma de admitir la condena: en el fondo todos sabemos lo que merecemos; a lo que estamos condenados.
Me ponían relaciones simples y yo las complicaba. Me hablaban de flores y yo pensaba en cronopios. Me decían prisión y yo me entristecía, no por el encierro sino por Zelda. Jugaba a la polisemia para darle movimiento a lo que se quedaba sentadito, sin molestar a nadie.
Sé que estoy condenada a elegir. Los hombres tienen la oportunidad, desdichados ellos, de elegir entre el heroísmo y la cobardía. Daddy Sartre los instruyó. En cambio, mi Simone nos explicó el panorama, pero no nos dijo a las capitalistas dónde comprar la salvación del género. Supongo que ella también sugería el rescate, arrumbada en una habitación liberalista que más de una vez se prestó para el libertinaje; esperando de Sartre el heroísmo que… bueno, a mí qué me importa su vida.
En el fondo sé que tengo, como papá me decía cuando era pequeña, manitas de estomaguito: todo lo que toco lo destruyo. Debí recordar eso la primera vez que me masturbé, porque al no hacerlo provoqué una ola de fuegos artificiales hasta la fecha incontrolable. Debí recordar las palabras de mi padre y las rabietas de mi madre (que antes no entendía, pero ahora sé que le quemaba en el pecho la premonición que del acto la evocación) cuando dejé caer mi plato pleno de comida al suelo porque me daba miedo, porque perdía el equilibrio, porque si lo tiraba ya no comería y adiós kilos y el sobrepeso y es sólo una niña, es normal que se equivoque, que el desarrollo, que cómo lo justificamos que sea que lea que haga que coma así.
Ya estaba condenada.
Cuando veía a Ariel salir del océano y dejar de ser sirena y me decía por qué por qué ella, por qué no él dejó de ser terrestre por qué no él lo dejó todo por ella por qué ella sacrificios por qué ella sumisa por qué si en el mar la vida es más sabrosa por qué si en el mar todo es felicidad y me cantaba y recordaba que ella también cantaba y cómo la gorda de Úrsula (gorda gorda come menos deja el pan no te escondas no lo hagas bola te van a ver está creciendo está chiquita ella no sabe ella ya) le quitaba la voz y yo decía ándele qué bueno por habladora pero se fue y se casó y no estudió nada sería sirvienta de princesa a chacha qué seso cuál cuento de hadas si no hay niuna.
Lo supe desde siempre, cuando me pedían que dejara de levantar la mano en clase y dejara a otros participar y luego nadie participaba y yo ahí sentada sin nada por hacer y me respondía yo sola en la cabeza y la profesora se enojaba y decía nadie sabe qué les pasa y yo sabía y me quedaba callada para que los otros me hablaran para que no me odiaran me daba mucho miedo que me odiaran me daban mucho miedo la gente siempre me ha dado miedo; y me aburría y me daba risa y me salía de clase y volvía quesque fui al baño niña mentirosa y me regañaban y tantos cienes en la boleta para qué para un felicidades hija que luego un no esperaba menos y más luego un déjame copiarte y seré tu amiga y no, porque yo las dejaba a todas y ninguna era mi amiga. Putas todas.
Condenada y lo supe desde que llegó, pero la primera aguja se incrustó y así una y otra hasta que me asfixiaban desde el pecho y él lamía mis pezones y mi pecho insensible del entumecimiento ya no me dejaba sentir y entonces ya no pensaba más que en respirar y en el intento cuando por fin daba un respiro lloriqueaba pero él no entendía no se daba cuenta y cómo exigirlo que se den cuenta que lo vean machacado estrangulado entre hijos rosas si tengo tantos muros que lo cubren si tengo tantas tuercas atoradas si soy hija de la hipérbole si yo no nací de ningún extremo de Zeus, si mi madre no me exige venganza, si la locura la cargo sola, si se acumula la pus alrededor de las agujas si estoy condenada si el cronopio y la flor y si Zelda en la clínica si Scott de cabrón, si todos se fascinan al principio y al final nos toman para abandonarnos en algún rincón desolado para hacer de ése el último recuerdo de nosotras pero ése es su último recuerdo y qué hay de los nuestros y cuál será nuestro último recuerdo si serán las ratas comiendo nuestro cuerpo en venganza a KFC si serán los perros en venganza a los puestos de tacos si serán los conejos en venganza a mi cena más rica de año nuevo si será la venganza de todas las hormigas que me atreví a matar cuando las vi tan insignificantes, cuando parecían tan sólo un estorbo y dirán entonces mira quién es el estorbo, quién es la insignificante ahora y por qué mi Simone, por qué si tan feminista me resulta tan poco femenina; si no pude amarte más que un rato cuando todavía respiraba cuando las palabras entre nosotros eran más que reproches cuando sólo disfruto tus brazos para esconderme en ellos para cubrirme del frío para calmar la asfixia para acallar el ruido para salvar lo nuestro que ya está perdido.
Y en el bar los leía digo los oía a todos hablar de la felicidad y quesquesto quesquelotro y que cómo liase uno para ser feliz y questo y aquello cuando lo único que yo me preguntaba ahí parada con mi cerveza en mano con los dedos fríos con los pies helados con el cabello teñido mientras lo veía tan indiferente es por qué por qué por qué. Por qué yo nunca pude ser feliz contigo.
____________
Nydia Pando
21 años
Guadalajara, Jalisco; México
Ella, Ellos, Todos: tres puntos suspensivos.












