Por la ruta del chocolate

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¿Cómo sería querer mucho una cosa

y tenerla?

Rui. Costa

Eva Castañeda

 

 

Sin cuentos

 

Te invito un café,

pero no me cuentes tu vida.

Hoy los trenes son más importantes, la música que tocan en las vías,

los harapientos que sucumben a la seducción de morir

bajo los trenes que de madrugada se enredan con la hierba.

Nada de esto existe

aquí,

¿quién lo dice?

 

Te invito un café,

pero no me cuentes tu vida.

Hagamos con los dedos una ciudad endeble

con terremotos a la izquierda y un ápice de compasión.

Una ciudad débil sin cuentos ni habitantes.

 

Por favor, te pago el café.

No me cuentes la historia de tu vida.

La prisa y el cansancio son de todos,

mejor, diluye el polvo para que se levante lo importante.

Algo nos dirá.

 

 

 

La chica que soñaba con un cerillo y un galón de gasolina[1]

 

Porque alguien siempre arroja las navajas y el ruido tenue

corta el seso más inteligente.

El hueso avanza al matadero

donde flores coaguladas nos saludan:

entra sin corona.

 

El resto es la oxidada orilla de algo que un día centelleó.

Desquiciado es el color de la lumbre.

 

Si todo fuera blanquísimo habría un lugar para dejar las piernas y olvidarse,

pero el humo apunta al lugar de la tormenta:

érase una vez una

que miraba a uno

y de su boca caían abalorios.

 

Fue en un sueño la hoguera.

 

Memoria extinguida mientras algo adentro se iba más adentro,

sale sin corona, su cuerpo de gasolina ilumina

un cerillo sin cabeza.

 

Y hay un fuego tierno que se enciende entre tus manos,

acaricia, que la piedad también hace cenizas.

Azufre son los recuerdos menos rojos,

la corona se extingue.

 

Esta mujer se convirtió en cerdo,

lloró toda la noche su luz perdida.

 

 

 

Por la ruta del chocolate

 

¿Quién comerá más chocolates, un niño o una mujer desesperada?

En los dos casos, la vena se infla y el mundo es menos feo.

Juana la loca guardó diez chocolates para su hijo Carlos V

y en cada grito algo menos dulce y más desquiciado salía:

conquistaré el mundo con una sonrisa ridícula y un juramento de amor

bajo la luna de alpaca.

Mientras, busco lo inofensivo, lo tierno que no desespera:

chocolates castigados en la lengua.

 

Hay algo de metafísico en el caramelo obscuro que atraviesa

la garganta como los caballos del rey Carlos V en Bolonia.

Chocolate amargo antes de la batalla. Después vendrían las lágrimas,

la depresión y un reino. Por la ruta del chocolate se llega al mediterráneo

con su cuerpo de agua y esas ganas de ser de azúcar para abandonar la sal y sus pecados.

Mar en medio de las tierras. Derretido. Chocolate. Mare Nostrum.

 

 

 

NOTA


[1] Tomo el título de una de las novelas del autor de best-sellers, Stiegg Larsson. El título original es The girl who played with fire.

 

 

 

_________________

Eva Castañeda Barrera (Ciudad de México, 1981) es maestra en Letras por la UNAM, actualmente estudia el doctorado en Letras en la misma Institución. Ha publicado poemas en diversos medios escritos y electrónicos. Actualmente es parte de la coordinación editorial del Periódico de poesía de la UNAM. Es miembro fundador del Seminario de investigación Permanente en Poesía Mexicana Contemporánea. Ha sido incluida en diversas volúmenes colectivos y antologías, entre ellas: Canto de sirenas (Cascada de palabras / Cartonera, 2010), Poesía al Armar (CONACULTA / INBA, 2011), Grito de mujer (Cascada de palabras / Cartonera, 2011). Es autora del libro Nada se pierde (VersodestierrO, 2012).

Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

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