Entrevista a una maquinista tayika en el tren de Dusambé a Moscú
Beatriz Estrada
Entrevista a una maquinista tayika en el tren de Dusambé a Moscú
Cada vez que veo partir el tren siento algo que no puedo explicar. Sé que algunos regresarán y otros no. El tren avanza lento entre las casas y los suburbios de tierra. Cuando cruce la frontera de Uzbekistán cambiarán los conductores. Así son las reglas. Los oficiales revisarán los vagones y encontrarán todo lo prohibido. A esa hora el tren se convertirá en una isla y nadie podrá salir. Un pasajero absurdamente se levantará para exigir sus derechos y será llevado a la estación de policía. Ahí desvestirán sus cavidades, una por una, y no habrá nadie para acompañarlo más que su Dios. En la frontera con Turkmenistán también será detenido un fotógrafo. Su sólo delito será robar instantes de los pasajeros y será obligado a firmar una declaración: estoy interesado en los paisajes áridos. Un personaje, al que llamaremos Mohamed, aparece de pronto en la historia para entretener a la audiencia recitando poemas y cantando entre los vagones. Cuando llegue a Moscú se reunirá con su hijo en la estación. Pedirá dinero prestado y comprará un taxi. Aprenderá a navegar en sus calles como aprendió a navegar en érase una vez un río en la ciudad de su niñez. En su tapete una pequeña brújula incrustada para dirigir con matemática precisión su fervor. En un pueblo en el que el tren no se detuvo aún cosechan arroz y chabacanos. Los chabacanos son un cultivo impredecible; una pequeña helada en verano puede anunciar una muerte precipitada. Otro retén y un calor que sobrepasa los vapores del azafrán y los alhelíes en la cocina. —Solía preparar arroz con agua de lluvia–, dice la maquinista, mientras mira nostálgicamente el paisaje de chabacanos que se ha convertido en un cultivo seco.
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Llévame a donde tú vayas
Llévame a donde tú vayas, ¿lo recuerdas? Durante tu ausencia entré varias veces a esa galería donde colgaba tu cuadro. Me dijiste que iríamos a un país sin cementerios y poblaríamos fábricas donde la lluvia no cayera. Hoy que veo esta imagen me remonto a ese lugar; cosas absurdas que se guardan en la memoria como las capitales de algunas islas que tal vez perezcan: ¿será, Castries, la siguiente Atlántida? Siempre me ha gustado lo abstracto, una sucesión de puertas a no sé qué lugares y ventanas disfrazadas. Hay un instinto terrestre en esa pintura, como en ti. De niña me gustaba inventarme pecados; no todas las historias están hechas de amor. Dejé de caminar por el canal, todavía no me acostumbro al ruido ni al silencio de sus aguas. A veces pienso que te quise despacio. Eras impertérrito, como la nieve. Tengo una idea para un cuadro –¿sigues pintando?–: una habitación de donde cuelgan retazos de espejos por doquier. No puedo decirte más porque desde hace días despierto con un miedo absoluto a que mis palabras se vuelvan carne. El gato sigue persiguiendo pájaros en nuestro jardín, es increíble que la fe sólo crezca en los animales. He adquirido una nueva costumbre: lavar cubiertos de plástico, me preocupa todo lo que leo en los diarios sobre la contaminación. Finalmente compré tu cuadro, es extraño cómo el viento desviste la simetría de las ramas. Cuéntame, ¿qué has hecho? No he tocado tus pinceles, no he abierto esa recámara y no puedo más que dejarte una pequeña catástrofe.
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El beso
Hay una escultura de Brâncuși
que dicen que es su obra maestra
porque logra, por primera vez,
el equilibrio perfecto entre fondo y forma,
la síntesis de los cuerpos y el bloque.
Yo no veo más que dos rocas
unidas en sus irregularidades.
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Beatriz Estrada Moreno (Ciudad de México, 1985) estudió Relaciones Internacionales en la UNAM y tiene un Diplomado en Escritura Creativa por el Claustro de Sor Juana. Apocalíptica de tiempo completo, poeta y narradora a ratos. Cursó una maestría en estudios sobre Rusia, Centro y Este de Europa en la Universidad de Glasgow, Escocia y actualmente cursa una maestría en ciencia política en la Universidad Corvinus de Budapest, Hungría. Todavía escribe a mano, apasionada de la cultura rumana y cazadora incansable de charcos.






hector jimenez sandoval
septiembre 10, 2015 at 11:40 am
estoy conociendo la revista y he me he quedado asombrado de los buenos artículos, sobre todo en su poesía sere su seguidor incondicional gracias