Siguiente vitalidad

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Natalia Litvinova

 

 

De Siguiente vitalidad, inédito.

 

 

Hueco en pie

 

Hay días en los que río con mi risa triste. Mi risa equilibrista que cae,

entonces me río con el fracaso, risotada de tronco hueco que se mantiene

en pie por lo que alrededor florece.

 

Hoy soñé con mi abuelo, estábamos capturados. Nos pedían concentración,

que tocáramos música y que nos peináramos los unos a los otros. Nos obligaban

a construir pianos antiguos de madera. Por las noches nos vendaban las manos

para que no crecieran, porque pequeñas y delicadas sirven para llegar hasta las cuerdas.

 

Mi madre decidía el lugar de las cosas. El jarrón de acá para allá, el sillón, los cuadros, mi padre. Y cuando yo intentaba crecer, zas-zas, cortaba los caminos de mi pelo.

 

Huele a gasolina y hace frío. Tengo miedo de encender el fósforo.

Va a llover nieve sucia. Estoy en un pueblo abandonado de Europa del este,

estiro el vestido para taparme. Una anciana que lleva una gallina en los brazos

tropieza y cae de rodillas. El ave que no sabe volar es arrojada al aire.

 

 

Un día se inició el olvido

 

Las partículas de tu rostro

comenzaron a desintegrarse.

Ahora todos los hombres

te retienen en sus rasgos.

Tus gorros roídos por las polillas

y los guantes deformes

por la ausencia de manos.

Un día todos los hombres

que caminaban bajo la lluvia

estuvieron hechos

a la medida de tu cuerpo.

Ya no recuerdo cuán ancha la espalda

o cuán suave la tela del abrigo,

un día el olvido comenzó,

estaba sola en el andén

y las puertas del vagón

se cerraban y se abrían

como si ingresara

una multitud de fantasmas.

La luz de la luna oscilaba

como un farol y las estrellas

parecían colmillos

de un animal al acecho.

Cesaron mi infancia y tu vejez

pero tu voz no,

campana indestructible,

trina en mi sien,

enferma de misterio.

 

*

 

De Todo ajeno, Vaso roto, 2013.

 

 

Otro nacimiento

 

Le arranco los botones a la camisa del que no la lleva.

Es lo primero que hago con desesperación

sabiendo que es cosa última.

Porque en el principio fue la desnudez y solo después

alguien creó al hombre.

Y cuando se distrajo, aparecí yo.

Me senté muy cerca, mi jean roto en la rodilla,

su dedo acarició la piel.

No recuerdo haber tenido otro nacimiento.

 

 

Santa imagen

 

Algo hay en mí de los antepasados que luchaban

y copulaban con los tártaros.

Si no, cómo explicar el dolor que nace los domingos

en el lugar que no se debe señalar con el dedo.

Estoy condenada a hacer preguntas cuando quiero aseverar,

le digo a mi abuela mientras ella reza al icono de Ryazan,

santa imagen que trasladaban en un carruaje y frenó.

Éste es su lugar, dijeron los hombres burdéganos del pueblo

para domesticar la molécula del Señor.

Cuento a la abuela, pero no quiere castigarme.

 

 

Música

 

Mis abuelos escuchaban otra música.

Mi abuela conocía el idioma de los animales.

Respondía a los relinchos de los caballos y al canto de las aves.

¿Qué animal es ahora que está sorda?

En la prisión nazi la torturaron con la caída

de las gotas sobre la sien.

 

 

Disparo

 

El tiempo se rompe como un vaso.

Puedo juntarlo con las manos y admirar

el mundo en sus cristales rotos.

O puedo juntar las manos como quien reza.

No juntar más que mis manos.

Apuntar con los dedos a mi pecho

disparando sin darme muerte.

Tan sólo acomodarlas allí

como a dos palomas débiles y frías

después de una vida de lluvia.

 

 

Desgarra

 

Cuando un hilo corta mis dedos

y el estado salvaje se rinde ante su veneno civilizador,

mi vestido se desgarra y de sus heridas

brota otro vestido. Entonces escribo

para que la muerte no sea tan natural.

 

 

Cortar

 

Quiero cortar la oscuridad en dos para elegir de qué lado estar.

Matarla sin que se dé cuenta. Que tiemble como una perra bajo

la lluvia cuando le muestre mis colmillos.

Voy a beber tu sangre, oscuridad. No me lleves.

 

 

*

 

De Esteparia, Ártese quien pueda, 2013.

 

 

Exilio

 

no pertenezco a continente alguno,

podría ser: ausencia en cualquier pecho

ausencia en cualquier ojo

lengua de los desaparecidos;

o pájaro armándose alas.

 

 

Romper

 

mi lengua en libretas viejas

teléfonos sin destinatario

borrar un nombre revelado

por el lápiz

romper el lápiz

la mano.

 

 

 

 

_______________

Natalia Litvinova (Gómel, Bielorrusia, 1986) es poeta y traductora de poetas rusos. Actualmente reside en Argentina. Entre sus publicaciones se encuentran Esteparia (Ediciones del Dock, 2010), reeditado en el año 2013 en España y en Uruguay, Balbuceo de la noche (Melón editora, 2012), Grieta (Gog y Magog ediciones, 2012, reeditado en España y en Costa Rica), Rocío animal (La Pulga Renga, 2013), Todo ajeno (Vaso roto, 2013) y Cuerpos textualizados (Letra viva, 2014) escrito en coautoría con Javier Galarza. Compiló y tradujo las antologías El ruido de la existencia (Editorial Leviatán, 2013) de los poetas rusos Vladislav Jodasevich y Serguéi Esénin, y El espejo equivocado (Melón editora, 2013) de Cherubina de Gabriak. En 2015, la editorial Vaso roto publicará sus versiones de Innokenti Ánnenski. Este año su poesía fue traducida al francés y publicada por la editorial francesa Al Manar. Da cursos en la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino y coordina la sección dedicada a las letras argentinas de la Revista Ombligo. Blog de traducciones de poetas rusos: www.animalesenbruto.blogspot.com.ar

Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

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