Los pasajeros van tarde

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Sara Uribe

 

 

Abroche su cinturón

mientras esté sentado

 

Los pasajeros van tarde.

 

¿El vuelo? Demorado.

 

Los pasajeros saben que llegarán tarde. Que perderán el avión. Que no arribarán a sus destinos a tiempo.

 

¿El vuelo? Demorado.

 

Los pasajeros se truenan los dedos. Se mesan, impacientes, los cabellos.

Los pasajeros maldicen

su suerte / el tráfico / la vida /

la puta / costumbre / de dejar todo /

para el último /

minuto

 

¿El vuelo? Demorado.

 

Los pasajeros sudan, corren, bufan, agitados. Quieren creer que en ese preciso instante / ya todo / depende / de sus piernas.

 

¿El vuelo? Demorado.

 

Los pasajeros se dejan caer, despeinados y jadeantes, sobre el mostrador de la aerolínea. Con su identificación en mano, parecen decirle al mundo: Mundo, hazme ahora un último favor.

 

 

Ahora bien, hasta este punto:

  1. ¿Queremos que los pasajeros, cansados y felices, consigan abordar?

 

O bien:

  1. Sabemos que han llegado demasiado tarde, que siempre es tarde para los pasajeros que van tarde.

 

 

Si nos decidimos por A

  1. ¿Esperamos un milagro?
  2. ¿Apelamos al deux ex machina?
  3. ¿Estamos realmente convencidos de que la demora en el vuelo puede ser su salvación?

 

Si, por otra parte, optamos por B

  1. ¿Esperamos que los pasajeros que perdieron el vuelo se sienten en el piso del aeropuerto derrotados y llorosos?
  2. ¿Creemos que los pasajeros gritarán vituperios y, furibundos, agitarán sus puños en el aire en inequívoca señal de fútil amenaza?
  3. ¿Sabemos que los pasajeros que perdieron el vuelo se convertirán, eventualmente, en esos seres borrosos que vagan de sala en sala, de puerta de embarque en puerta de embarque sin lograr salir jamás del limbo de la pérdida y la espera?

 

Es decir, ¿de verdad deseamos un final feliz para este poema, para los pasajeros, que ahora se encuentran suspendidos en espera de nuestra elección?

 

 

*

 

 

Cero uno ochocientos

 

En la televisión un infomercial

sobre un producto para matar cucarachas

y otras sabandijas. Llame sin costo al 01800.

Llame sin costo. Llame ya.

 

La tecnología de impulsos digitales electromagnéticos

lo puede todo. Acaba con todo. En la pantalla

todos los pequeños villanos mueren

a las dos treinta y cinco de la madrugada.

 

En esta epopeya no hay héroe.

Sólo insomnio y tarjetas de crédito.

 

 

*

 

 

Gracias por esperar, por favor manténgase en la línea

y regresaremos con usted en un momento

 

Para Xitlalitl Rodríguez Mendoza

 

Es el teléfono lo que suena a todas horas. Son voces automatizadas

las que te ordenan que marques un número para luego tener que marcar otro número

para luego escuchar la música de espera, para luego marcar otro número, para luego

marcar otro número y que la grabación siga llevándote hacia una suerte de trance

como cuando estás sentado frente a tu terapeuta. Haga una inhalación

profunda por la nariz. Muy bien, sostenga el aire en sus pulmones.

Ahora exhale, deje salir el aire por la boca. Sea consciente de cómo con cada respiración

usted se va sintiendo más sereno y descansado. Usted puede sentir cómo su cuerpo

se va volviendo cada vez más pesado. Usted puede sentir cómo

su cuerpo cae, cada vez más y más pesado: abandonado. Entonces, cuando finalmente

después del laberinto de opciones numéricas y musiquitas para hacerte

compañía y que no sientas cómo es que el tiempo pasa, sólo entonces

una voz, que definitivamente no es humana, te dice: gracias por esperar,

te atiende __________ (ruido blanco), ¿cómo estás el día de hoy?

y tú quieres decirle que estás hasta la madre de tantas y tantas cosas

que cómo puede hacerte esa pregunta justo hoy

justo en este país

pero en lugar de eso

abres un libro de Charles Simic

y comienzas

a leerle en voz alta:

 

La araña ausente

He aquí su tela, pero nunca vi una araña allí,

excepto una falsa, ésas hechas de goma

que se venden en el fondo de una tienda

con adornos para peceras y juguetes para la bañera.

 

 

*

 

 

Las galletas chinas mentían

 

Ahora todo se le presentará.

No tiene que preocuparse por el futuro.

 

 

*

 

 

Use el cojín del asiento

para flotar

 

¿Es cierto que podríamos dormir sobre las nubes?

Diez mil pies de altura es la distancia exacta para qué, para quiénes.

¿Somos nosotros mismos mientras viajamos en esos minúsculos asientos,

sentados sobre cojines, que en caso de caer no servirían para flotar?

Para flotar qué mar.

Para flotar qué turbulencia.

No, no somos nosotros los que por las ventanillas miran.

Nuestros cuerpos nada saben de nadar, de nubes.

Las nubes son agua

sobre polvo

caída

a veces

el último

recuerdo

de cosas perdidas.

Soñamos que volamos

pero es humo.

 

 

 

 

__________

Sara Uribe nació Querétaro en 1978 y desde 1996 radica en Tamaulipas. Sus últimas publicaciones son Siam (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2012), Antígona González (Sur+, 2014) y I never wanted to stop time (Editorial Medio Siglo, 2015), su primer libro en edición bilingüe.

Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

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