Lata de galletas

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«Lata de galletas», © Valeria Hernández, 2011

 

Michelle Roche


Baja en silencio las endebles escaleras de la casa; no hagas ningún movimiento áspero para que el metal oxidado no se alborote. Primero un paso y después el otro. Anda con lentitud, no vaya a ser que la premura por obtener la gratificación malsana que te ha mantenido presa en este lugar se convierta en un ruido que los despierte. Ya sabes, mejor que yo, el regaño que te van a echar si se enteran de lo que hemos planeado. Yo sé bien que ellos no son los peores padres del mundo, pero me dirás que tampoco clasifican para un certificado de beatitud. Alejandra, negar lo que pasó, lo que ha estado pasando desde que yo me fui de acá, sólo te va a hacer daño. ¡Si es que los efectos de eso se te ven por todo el cuerpo!

No vayas a detenerte en el baño, prender las luces y verte en el espejo, porque lo que vas examinar en tu propia imagen lo podemos arreglar tú y yo después. Ahora lo único que importa es que terminemos con lo que hemos comenzado. Mírame, Alejandra, que quiero recordar este día tal y como está ocurriendo, a ver si se parece a la forma como lo planeamos. ¡Y pensar que pasé tanto tiempo sufriendo en soledad porque no sabía cómo ni cuándo ayudarte!

Quítate esa lágrima de la cara que éste es un momento luminoso; tú no lo entiendes aún, pero pronto verás las efectivas consecuencias de lo que estamos haciendo. Nada te va a pasar. Ya yo hice esto mismo y obsérvame, estoy viva. Tampoco me mires de esa manera. A veces los hijos bastardos no son un problema sino una solución.

¡Claro que existe la felicidad! Que en el encierro de esta casa no la conocieras es una cosa, pero afuera, en el resto de la ciudad que el sol calienta sin cuartel, la gente ríe, no demasiado, que la cosa está dura, pero lo hacen, y eso, para mí, es suficiente. No me gusta verte así. No te pareces a la niña alegre que yo dejé tras de mí. Pero no me culpes, yo tenía que hacerlo. No era sólo el apuro del Catire Carlos para que viviera con él, ni la riña con papá. Yo no podía soportarlos más, hermanita: ni a papá, víctima de la miopía de pensar que estar con Carlos era una simple venganza en su contra, ni la condescendencia de mamá, que sólo entendía la tristeza de su esposo y no la melancolía de su hija.

Ve directo a la cocina; no te detengas en ningún lado. No pienses en ellos ni les tengas lástima. A nosotras nadie, mucho menos ellos, nos han tomado en cuenta. Agarra la maldita lata de galletas que se ha convertido en tu única obsesión desde que yo me fui de este lugar hace siete años. ¿Qué sosiego pueden ofrecerte esas pastas de masa y azúcar? ¿Por qué una entrega tal a una ponchera de calorías inútiles que sólo han hecho más difícil tu vida y tu huida de esta casa?

No creas que yo no sabía nada. Por aquí la gente habla mucho, tú bien que lo sabes. «A las seis y media de la tarde se encuentra Alejandrita con las galletas», dicen los mocosos cuando paso por su lado. «¿Y Amanda, la Bella, qué hace? ¡Da pecho a su carajito! Ja-ja-ja-ja», se burlan de mí. Era un bien que me hacían. Te imaginaba entonces comiéndote las galletas como yo te había enseñado. Primero separabas las galletas, para luego comerte la cremita de vainilla. Lo último eran los discos de chocolate. Una anoche soñé que las dos galletas morenas, separadas por la cremita blanca, te recordaban a nosotras, que nos manteníamos separadas por el Catire. Por eso siempre te he imaginado primero comiéndote la cremita blanca, de a mordiscos, como si fuera la piel misma del cuñado ladrón.

También me he puesto a sacar cuentas. Si hoy salieras definitivamente de la casa, después de pasar dos mil quinientos cincuenta y cinco días comiéndote ciento veintiséis mil galletas, deberías tener catorce años y un sobrepeso de ciento veinte kilos. Pero aunque te sientas como una jovenzuela monstruosa, nosotras juntas vamos a poder solucionar eso también. Salir de este lugar es el primer paso.

Por eso he venido a buscarte ahora, como te lo prometí antes de irme. Me detesto por haberte dejado con ellos, pero no podía hacer otra cosa. Toda la rabia que tenían conmigo la pagaron con tu niñez. El chisme de que te habían sacado del liceo llegó hasta Cotiza. A mí me lo dijo la mamá de Carlos, que aunque él no esté, me visita para ver al nieto. ¡Qué manía tiene papá de controlarlo todo! ¡Y tú sólo pensando en comer, todo el tiempo!

Anda, toma la lata de galletas con tus dos manos de mujercita a medio hacer. ¡Eres tan joven aún! Verás que pronto la estadía en esta casa será un mal sueño. Verás la bendición que es olvidar todo lo que ha pasado acá. Cuando cicatricen las heridas de tu piel, no recordarás quién te las ha hecho. El año que viene, al verlas borrosas, creerás que tú misma te golpeaste dormida, como durante un mal sueño. Mientras tanto, las risas te servirán de ejercicio, el sol de bálsamo adelgazador y mis cariños de anfetaminas. Volverás a ser hermosa y llegarás a ser una mujer apetecible. Las heridas de la mente, yo lo sé muy bien, tardarán un poco más en desaparecer, pero también sanarán. Yo que te lo digo, ¡es tan fácil olvidar cuando se tiene tu edad!

Toma la maldita lata y llévatela contigo. Eso ahora es lo único que te importa. Abre en silencio su tapa y cuéntalas antes de atravesar la puerta. No son muchas, pero serán suficientes para tranquilizarte esta noche. Pero óyeme bien: tienes prohibido volver atrás. Una vez que cruces esa puerta pensarás que quienes viven acá ya no son tu familia. Tu único patrimonio en esta casa, una lata de galletas, ya lo tienes en tu mano. Un pozo de vanidades derretidas, un atentado contra tu autoestima. ¡Basta de permitirles a todos que te lastimen, Alejandra!

Vete.

Pero, ¿qué es esto que escucho? ¿Es esa la voz de mamá? Grita tu nombre. Óyela:

—¡Alejandrita, mi amor! –te dice–. ¿Dónde estás? ¡Estoy tan preocupada por ti! –te repite.

¡Ahora te viene con ésa, si a mamá sólo le preocupa papá! ¿Por qué no se preocupó antes por ti? No se te olvide que todo ocurrió frente a los ojos impávidos de esa mujer que ha debido protegernos. Todos los maltratos de papá, sus vejaciones y, lo peor, permitirle beber de aquella manera exagerada. Tan brutal que la misma caña lo hacía líquido, un hombre líquido que nos empapaba. No sufras por ella, que ella ha perdido el derecho a tu amor. Te prohíbo que le tengas lástima a mamá. Piensa en todo lo que has sufrido hasta ahora.

Tardará un poco en llegar hasta acá, pues no sabe que la llave me la he robado yo, hace años. Son tan tacaños que ni siquiera se atrevieron a cambiar la cerradura, ni siquiera por cuidar los cuatro cachivaches con los que mamá hace el dinero que trae para la casa.

No te me pongas con ésa ahora que por fin has salido de la cocina. Alejandra, mira los tímidos naranjos que colorean el cielo del amanecer; dime que no te sientes ya un poco mejor, hermanita. Acelera un poco el paso, que aún no hemos salido del porche y nos quedan unos metros que recorrer. Son escasos, pero aún no estamos a salvo. Yo no entiendo cómo tú misma no has hecho este recorrido. Debes ser la única adolescente del barrio que no se ha revelado contra sus padres.

No, no me hables todavía, Alejandra, que aún no estamos lejos de su perniciosa influencia. Todo lo recuerdo ahora con la fuerza del dolor reciente. Es como si no me hubiera ido nunca. Aún lo siento brutalizándome por las noches y yo llorando, en silencio, para que tú no te dieras cuenta. Yo no entiendo cómo pude soportarlo por tanto tiempo; será que a mí también me encantaban las galletas. ¿Cómo pude dejarte con estos monstruos? ¡Pero hay tantos como ellos por acá! Perdóname, tenía que irme; pero dejarte era la única manera de volver por ti. Verás que cuando salgamos de aquí todo estará resuelto, o por lo menos comenzarán a deshacerse todos los nudos.

Los pasos de mamá se acercan.

No le respondas. No voltees. No hables. Ahora tu mamá soy yo. Recuérdalo, Alejandrita. No voy a permitir que nadie más te haga daño. Dime algo, querida: ¿habló papá de mí luego de que me fui? No me lances esa mirada; sé bien que no te esperabas esta salida mía, pero son nuestros padres. Yo los quise mucho, los adoré. Pero yo no podría dormir nunca si mi pequeño Carlitos me recordara con los ribetes enrojecidos con los que se ha grabado la memoria de mi padre en mi cerebro.

Allá está mamá. ¿Cómo ha llegado tan rápido hasta acá? ¡Y nosotras tan cerca del muro!

Mi amor, hemos llegado. Sube, sube, de prisa. Suelta la lata. Ponla en el suelo, que con lo gordita que estás es difícil encaramarte en la pared. Ayúdame mi queridita, que mis brazos no son suficientes para ti y ya viene mamá. Si nos agarra acá tú vas a sufrir más que yo, ya te lo he dicho. Es ahora o nunca. No te me pongas dura.

No, la verdad no la veo ahora. Creo que más bien es el recuerdo suyo que veo por las esquinas porque no la he vuelto a ver desde que me fui. Pero cómo no oírla, si está gritando enloquecida de rabia. ¿De dónde sacó tanta fuerza en la voz esta mujer? Alejandra, apúrate. Si papá apareciera, hasta yo misma perdería las fuerzas. Escucha las tonterías que dice mamá. ¿Por qué no se acerca? Pensé que llegaría acá rápido. ¡Un último empujón para que estés del otro lado de la cárcel!

Y ahora me toca a mí, pero yo ya tengo experiencia. No te preocupes, que justo antes de saltar el muro agarraré tu adorada lata de galletas. No te pongas a llorar que mamá nos va a descubrir.

¡He vuelto a ver a mamá! Está mucho más cerca que antes. ¿No la ves tú? Pero la escuchas, ¿verdad? Ya ves el daño que nos han hecho, que la veo en todas partes. Pero hasta eso se nos pasará algún día.

¡Carajo, Alejandra! No me odies: del susto, dejé la lata del otro lado del muro. Perdóname. No, no lo he hecho a propósito. Tú vas a ver que las galletas ya no te harán falta. Deja de mirarme así que estamos en un compromiso. Apúrate. Corre que allí viene.

Pero ¿qué es lo que haces? ¿Vas a volver a saltar de nuevo al otro lado, a meterte de nuevo en ese infierno por una lata de galletas? ¡No puedo entenderlo! Alejandrita, ahora no. ¡No lo hagas! Si saltas el muro ya no podré volver, porque ellos tomarán medidas horribles. Más nunca podré verte. ¿Qué puede haber en esa lata tan importante que te haga rechazar la libertad?

Oye a mamá que se acerca, pero no escuches sus palabras. Son mentiras. Dame tu mano… ¡Pero si es que ahora eres demasiado pesada para halarte de este lado del muro! ¿Por qué te devolviste? Trata de saltar, que yo te espero de este lado. Alejandrita, respóndeme. ¿Por qué no me contestas?

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Michelle Roche Rodríguez (Caracas, 1979) es periodista y crítica literaria en Venezuela. Es la encargada de la fuente de Literatura en la sección de cultura del diario El NacionalTambién colabora con la revista estadounidense Literal. Latin American Voices con el suplemento cultural «Papel Literario», y con la revista electrónica Prodavinci. En abril de 2010 participó en la Semana de la Narrativa Urbana con el cuento “Ojos como espejos”. Hace ocho años obtuvo su título de periodista en la Universidad Católica Andrés Bello. En 2008 completó un posgrado en la Universidad de Nueva York (Master of Arts in Humanities and Social Thought), con la tesis Lo real siniestro. Representación del fracaso de lo moderno en la literatura venezolana. Su blog es: www.michellerocherodriguez.blogspot.com

Valeria Hernández estudia historia del arte. Como ilustradora se ha formado de manera autodidacta y ha colaborado en algunos medios impresos y digitales. Le gustan los hipocampos, es amante de dibujar a altas horas de la noche y tiene un blog, en el cual puedes seguir su obra: http://www.dehipocampo.blogspot.com/

 

 

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