La autómata y la mujer del siglo XIX

Por  |  3 Comentarios

Escritor multifacético, Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776-1882) es uno de los autores clave de la literatura decimonónica. En este ensayo, Mariana López Oliver analiza a Clara y Olimpia, personajes femeninos de «El hombre de arena», para aportar algunas  claves sobre los desafíos planteados por Hoffmann al patriarcado de su época.


Mariana López Oliver


Ernst Theodor Amadeus Hoffmann es el emblema del romanticismo negro alemán. De una personalidad compleja, se dedicó a actividades diversas como la música, la crítica musical, la pintura y ejerció como juez durante gran parte de su vida. Su trabajo literario, que gozó de gran difusión en Europa tras su muerte, influyó en autores de la talla de Poe, Balzac, Merimée y Gautier. La mayoría de los cuentos fantásticos a los que Hoffmann debe su fama, aparecieron entre 1815 y 1821, justo a este periodo corresponde uno de sus textos más representativos: «El hombre de arena».

Entre los rasgos más característicos de la obra de Hoffmann se encuentra el desarrollo que logró en el género fantástico, el cual alcanzó su madurez durante el periodo romántico. Gracias a su estilo narrativo y a los elementos estéticos que lo conforman, el autor se alejó por completo del Kunstmärchen, un género muy popular en su época, explotado por autores como Ludwig Tieck o Friedrich de la Motte Fouqué. Hoffmann concebía lo fantástico como algo propio de la realidad en que vivía, por ello, la mayoría de sus relatos están ambientados en lo cotidiano, es decir, en el mundo del lector; su finalidad era plasmar a la sociedad alemana de su tiempo y reflejar de forma satírica a la burguesía.

Lo fantástico en Hoffmann surge de la confrontación entre lo sobrenatural y lo real, de la irrupción de algo inexplicable que transgrede al mundo que se tiene por verdadero y lo trastorna, haciendo evidente su fragilidad. Este fenómeno fantástico no puede ser racionalizado, en tanto a su esencia ajena a lo natural, y termina por imponerse creando una nueva perspectiva de la realidad.

La prosa de este autor alemán lleva al lector al abismo de lo irracional, de lo desconocido, que duerme en zonas inexploradas de la mente humana, es decir, a la dimensión interior de lo fantástico como una manifestación de los miedos y las pasiones ocultas: como la realidad no se concibe de manera unívoca se vuelve una amenaza de la que el individuo difícilmente escapa.

La alteración de la personalidad, los sueños, los delirios, la locura y el Doppelgänger, son recursos que Hoffmann inserta en sus relatos para crear una atmósfera de extrañeza: todo en apariencia es ordinario, pero hay algo en el comportamiento de los personajes o en el encadenamiento de los hechos que escapa de cualquier perspectiva racional y crea la sensación de estar frente a un reflejo deformado de la realidad –como si los hechos fueran advertidos desde un sueño o desde la perspectiva perturbada de un loco–.

«El hombre de arena» es un ejemplo afortunado de la técnica fascinante de Hoffmann en el tratamiento de das Unheimliche –este término ha sido traducido como “siniestro”, sin embargo, se refiere a aquella cotidianidad que repentinamente es violada y se vuelve motivo de miedo–, los personajes que aquí convergen son extraídos del mundo real y están alejados de lo que cotidianamente se entiende por «maravilloso». En este breve ensayo analizaré a dos personajes femeninos que participan en esta obra: Clara, una chica inteligente y sensata; y Olimpia, una muñeca autómata.

El relato inicia con la carta que Nataniel, el joven protagonista, escribe a su amigo Lotario. Hoffmann hace uso del estilo epistolar, tan exitoso en Goethe algunos años atrás, para construir la ilusión de proximidad y realismo con el lector. Nataniel cuenta el «espantoso» suceso a partir del cual se ha desatado su malestar, que derivará en un proceso gradual de demencia, éste no es más que la visita de un vendedor de barómetros, cuya aparición sacude algunos recuerdos de su infancia relacionados con el Sandmann, el hombre de arena, una figura monstruosa que forma parte del folclor  alemán. Cada noche su madre lo amenazaba con la visita de éste, coincidía con la llegada ocasional de un amigo de la familia llamado Coppelius. Un día, el pequeño Nataniel decide averiguar la verdadera identidad del hombre de arena y se esconde en el armario para observarlo, pero el niño es descubierto y reprendido, su padre, muere poco tiempo después. El joven protagonista, cree que el vendedor de barómetros es Coppelius, quien se hace llamar Giuseppe Coppola. Esta semejanza fonética, evidentemente no es gratuita y revela uno de los pilares fundamentales del relato y del imaginario de Hoffmann: el Doppelgänger.

Como respuesta a esta carta, que Nataniel dirige por error a su novia Clara, ella hace todo lo posible por ubicarlo fuera de su fantasía y construye una explicación lógica a este evento, intentando que el joven recobre la tranquilidad. Desde este momento, la inteligencia, la capacidad reflexiva y la sensatez se presentan como rasgos característicos en el constructo del personaje de la chica, a pesar de que quienes la rodean la ven como una mujer ingenua, aunque actúe de una manera diferente.

Sin importar la lucidez y el tono amoroso en el argumento de Clara –su nombre es por demás revelador–, Nataniel se irrita frente a su respuesta y la atribuye a la inteligencia que presupone característica de la reflexión de su amigo Lotario, hermano de Clara. El personaje femenino se percibe dentro de la modernidad planteada en la literatura romántica alemana, su actuar es fundamental en el devenir de este relato y su temperamento está delineado sobre características muy diferentes a los personajes femeninos anteriores, como Lotte, la protagonista del Werther. Si bien, su descripción también incluye calificativos heredados del imaginario judeocristiano, contiene rasgos que hasta ese momento jamás se atribuían a las mujeres, como la inteligencia (sin que ésta permanezca en el plano discursivo), la sensibilidad o la sensatez.

El relato continúa con una visita de Nataniel a la casa paterna, ya que vive en una ciudad distinta debido a sus estudios. Todos lo perciben perturbado tras la aparición de Coppola; en respuesta a este comportamiento insano, Clara intenta hacer que entre en razón; a todas sus alucinaciones, responde con argumentos lógicos, alejados del pensamiento mágico, pero Nataniel, incapaz de contradecirlos, se limita a enfurecerse y a desacreditar los razonamientos de su novia al considerarla «inferior».

A su regreso a la Universidad, Nataniel descubre que la casa que habitaba se ha quemado y debe instalarse en un nuevo sitio, donde el profesor de física Spallanzani es su nuevo vecino. Pronto descubre que éste tiene una hija llamada Olimpia, que en realidad es una autómata; si bien su comportamiento le parece extraño, su belleza, no obstante inverosímil, llama su atención.

Es importante señalar que hasta este momento narrativo, los calificativos empleados por Nataniel para referirse tanto a Clara como a Olimpia son «angelical» o «ángel»; esto tiene implicaciones significativas, ya que se trata de los mismos atributos utilizados por Goethe o por Schiller en sus textos para referirse a lo femenino. Esto significa que Hoffmann reproduce el discurso genérico vigente en su época, inmerso aún en el imaginario judeocristiano, que empata las virtudes de lo femenino con características etéreas, pero que dota de matices que terminarán por criticar y satirizar esta construcción, como se hace evidente conforme avanza el relato. Por eso, en más de una ocasión, el personaje de Clara cumple con una función protectora, es quien regresa al protagonista al mundo real, quien lo salva del mundo imaginario que ha erigido y quien se rebela en su contra.

Al regreso de Nataniel a la Universidad, el personaje de Coppola reaparece para ofrecerle anteojos; en su deseo por deshacerse pronto de él, los compra sin vacilar. Este momento de la historia es importante, porque a partir de que el protagonista mira a Olimpia con los anteojos, la locura, que terminará por destruirlo, se desata: empieza a sentir una atracción incontrolable hacia ella, la vigila día y noche sin que su inmovilidad o su rigidez le resulten extrañas. Después de un baile organizado por Spallanzani, donde decide presentar a su hija con sus conocidos y estudiantes, Nataniel queda prendado de ésta y comienza a visitarla con frecuencia. Para todos los amigos del joven, la extraña naturaleza de la autómata resulta evidente y repulsiva, pero él es incapaz de notarlo.

La manera en que Hoffmann teje la relación entre Nataniel y Olimpia es uno de los tópicos más interesantes del texto, porque elabora una crítica muy perspicaz de la representación que hasta entonces se había construido de las mujeres.

Sirviéndose de la figura de la autómata, consigue un resultado afortunado, sobre todo si ésta se observa en oposición con Clara. El contraste es significativo. El comportamiento de Olimpia, que sólo es una muñeca, no es muy distinto al atribuido a mujeres reales en obras literarias anteriores al Romantik, donde los personajes femeninos eran relegados a personajes secundarios o de utilería, no participaban en los debates propuestos o se limitaban a servir el té. La autómata, una muñeca carente de espiritualidad, de pensamiento y diseñada tan sólo para imitar el movimiento mecánico de los seres humanos, se vuelve el objeto amado del protagonista, quien, al igual que el protagonista de la novela de Goethe, se pierde totalmente en su pasión.

Seguro sobre su amor, Nataniel acude a pedir la mano de su amada, pero al llegar a casa de Spallanzani, lo encuentra peleando con Coppola por llevarse el cuerpo de la muñeca. Este momento narrativo es importante porque se revela tanto el motivo del Doppelgänger (Coppelius y Coppola son la misma persona), como la verdadera identidad de Olimpia. Con este evento, el joven protagonista pierde por completo la cordura y es llevado a un manicomio.

Cuando el suceso de la autómata se hace público, desata un gran alboroto;  aquellos que convivieron con la hija de Spallanzani, ven expuesta la superficialidad y lo vacío de sus relaciones. Hoffmann se mofa de los convencionalismos sociales y sella con humor perspicaz la crítica a las representaciones femeninas que despliega a lo largo del texto.

 

Para convencerse completamente de que no amaban a una muñeca de madera, muchos enamorados exigieron a sus amadas que cantaran desentonadamente y bailaran mal, que bordaran o tejieran cuando ellos les leían algo, que jugaran con el perrito, etc., pero sobre todo, que no solamente escucharan sino que también intervinieran en la conversación manifestando un pensamiento y una sensibilidad propios. En muchos casos, esto hizo que la relación se fortaleciera y se hiciera más agradable; en otros, por el contrario, los enamorados fueron separándose más y más. «En verdad, no se pueden poner las manos en el fuego», decían muchos. En los tés se bostezaba constantemente y jamás se estornudaba.

 

El comportamiento que aquí se expone y ridiculiza es el que puede tenerse por normal en otros textos literarios, sin embargo, la irrupción de la autómata en el mundo cotidiano en el que se desarrolla el cuento, evidencia que esa «normalidad» no funciona tan bien como el lector y los personajes pudiesen creer. El paralelismo que existe entre el comportamiento y la representación de Lotte y de Olimpia hace de la primera una figura ridícula, a su vez, pone al descubierto cuán limitada y absurda era la imagen atribuida a las mujeres en la literatura.

Cuando Nataniel se recupera del incidente con la autómata, es llevado a su casa y aparentemente todo ha vuelto a la normalidad. Una tarde, durante un paseo, Clara y el joven suben a un campanario para contemplar el paisaje, Lotario, quien les acompaña, decide esperar abajo. El protagonista mira a través de un catalejo, la locura se reaviva en él e intenta matar a Olimpia, pero su hermano, al escuchar gritos, corre en su auxilio. Nataniel se queda solo, corriendo perturbado en tanto una multitud atraída por el escándalo se reúne a orillas del campanario para observar el suicidio de éste tras ver reaparecer repentinamente a Coppelius.

El personaje de Olimpia funciona como el reflejo ridiculizado de las representaciones femeninas presentes en el imaginario cultural alemán hasta ese momento. En Clara, la presencia de un discurso más modernizador es perceptible: es una mujer que expresa lo que piensa y en ningún momento de la narración es censurada, es el personaje más sensato de toda la obra, es quien trata de regresar a su amado a la realidad, además el final que Hoffmann le concede no es trágico, como solía serlo para las mujeres que, ya fuese con su actuar o su existencia, desafiaban las convenciones del patriarcado.

 


 

___________________

Mariana López Oliver (Ciudad de México, 1986) estudió Lengua y Literaturas Modernas Alemanas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Actualmente trabaja en la tesis titulada Representaciones femeninas del romanticismo alemán: de la mujer pasiva a la mujer que actúa. Es miembro del consejo editorial de Cuadrivio.

 

 

 

Print Friendly

Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

3 comentarios

  1. Adrián Soto

    mayo 11, 2012 at 12:04 pm

    En secciones enteras de su obra Hoffmann muestra una verdadera misoginia, en este caso sus ataques virulentos contra las mujeres parecen remitir necesariamente a su relación con Julia Mark y la madre de la muchacha:
    “Yo. –¡Cómo, Berganza! ¿Crees en la imposibilidad de que las mujeres mejoren?
    Berganza. –¡Con toda el alma! Todas las mujeres extravagantes, excesivamente educadas o de espíritu rígido tienen su lugar, al menos después de cumplir los veinticinco años, en el ospitale degli incurabili, y nada puede hacerse ya. La época en que las mujeres se hayan en la flor de la vida es al tiempo su única vida auténtica, en la que con una fuerza inagotable se sienten doblemente enardecidas y ansiosas de captar en su alma todas las manifestaciones vitales. La juventud cubre todas las figuras como con ruptura ardiente, dando un brillo aureolado a esos ojos llenos de alegría, y una eterna y colorida primavera adorna incluso los arbustos espinosos con flores de dulce aroma. No es una belleza especial, no es una inteligencia desacostumbrada, no. Es sólo esa florescencia, algo (bien en la forma de exteriorizarse, en el tono de la voz o en cualquier otra cosa) que sólo puede despertar una atención pasajera. Y, sin embargo, es suficiente para hacer que las muchachas reciban en todas partes la admiración, incluso e los hombres inteligentes, y para que aparezcan entre personas de edad en pleno triunfo, como la reina de la fiesta. Pero tras el infeliz momento de la transformación desaparecen los colores brillantes, y con una cierta frialdad, que mata todo placer que provenga del atractivo espiritual, pierden también la actividad de su espíritu. Ninguna mujer podrá cambiar las tendencias de su época dorada, que para ellas es la vida, y si entonces era presa de errores intelectuales o de gusto, los conservará hasta la tumba, por mucho que el tono o la moda de la época exigieran negarlos.
    Yo. –Es una suerte, Berganza, que no te estén escuchando mujeres que hayan sobrepasado el momento crítico. Podríamos tener jaleo.
    Berganza. - ¡No lo creas, amigo! En el fondo, las propias mujeres sienten que su vida se concentra en ese momento de florescencia, pues sólo asís e explica la tontería de negar su edad, que tan a menudo y con razón se les achaca. Ninguna quiere superar el momento crítico. Se resisten, se niegan, luchan con tenacidad por conservar el mínimo espacio tras la barrera que, una vez cruzada, les cierra para siempre el paso a la tierra del bienestar y la alegría. Las jóvenes se molestan más y más, y, engalanadas con las más bellas flores de la primavera, preguntan: “¿Qué busca esa triste y fea entre nosotras?” Y tienen entonces que huir avergonzadas y refugiarse en el pequeño jardín desde el que, al menos, pueden observar la luminosa primavera, y en cuya puerta de salida está la palabra treinta, a la que temen tanto como al ángel de la flamígera espada.
    Yo. –Eso es muy pintoresco, pero no parece cierto. Yo mismo he conocido mujeres mayores cuya amabilidad hacía olvidar por completo la ausencia de juventud.
    Berganza. –No sólo es posible, sino que además estoy de acuerdo contigo y he de admitir que no es ningún caso extraordinario. Pero no significa que lo que he dicho esté equivocado. Una mujer inteligente, bien educada en su primera juventud y que desde la época de su apogeo cuente con una benefactora conformación espiritual, podrá ofrecerte en cualquier momento una conversación agradable, siempre que aceptes mantenerte en un punto medio y renuncies a toda exigencia superior. Si es ingenios, tendrá multitud de ocurrencias y giros graciosos. Pero en lugar de tomar lo plenamente cómico con pureza del alma, sus ocurrencias son más bien brillantes explosiones, en colores erróneos, de un disgusto interno que sólo podrá divertir y confundir por poco tiempo. Si es hermosa, no dejará también de ser coqueta, y tu interés por ella se convertirá en una lascivia (por evitar otra palabra despreciable) no precisamente digna de elogio, y que una muchacha en su primavera jamás provocará en un hombre que no esté totalmente pervertido.”

    HOFFMANN, ERNST THEODOR (WILHELM) AMADEUS, Fantasías a la manera de Callot, traducción Celia y Rafael Lupiani, Editorial Anaya, Madrid, 1986, 352 pp.

  2. Adrián Soto

    mayo 11, 2012 at 10:04 am

    Encuentro muchos defectos en las argumentaciones que aquí se plantean. En principio el artículo académico está plagado de lugares comunes, y no existe una verdadera aportación a la concepción que se tiene sobre Hoffmann en los mediocres círculos germanistas; en segunda instancia el discurso está dirigido a transformar “El hombre de la arena” en una sublimación de la emancipación de la mujer moderna, lo cual demuestra el desconocimiento general de la obra de Hoffmann (basta leer algunos de sus cuentos para notar que no existe en ellos una consagración de la mujer ilustrada). Por tanto, al asumir esta posición nos alejamos demasiado de la intención del autor hasta incluso sobreinterpretar su obra desde una perspectiva positivista, lo cual siguiendo los argumentos iniciales de este ensayo conlleva una contradicción de términos, pues ¿no se dice al inicio del ensayo que el centro de la obra hoffmanniana implica “la irrupción de algo inexplicable que transgrede al mundo que se tiene por verdadero y lo trastorna, haciendo evidente su fragilidad”?
    Se obvian aquí preguntas con las cuales se le pueden recriminar a críticos y germanistas su falta de imaginación: ¿y si Nathanael no fuera un alienado?, ¿qué tal si Olimpia es en realidad un reflejo de la mujer burguesa, de una Clara autómatizada? En el penúltimo párrafo de este ensayo se comete el error gravísimo de escribir “Olimpia” cuando debería de ser “Clara”: “El protagonista mira a través de un catalejo, la locura se reaviva en él e intenta matar a Olimpia, pero su hermano, al escuchar gritos, corre en su auxilio”. El error es sintomático, pues lo que ve Nathanael con el catalejo es a Clara, y a través de ella se desata la locura: Nathanael comprende entonces la enajenación frente al absurdo de una vida burguesa y estéril tal como la desea Clara, el desquiciamiento frente a una sociedad que ya no puede comprender los vínculos misteriosos de la existencia y convierte la vida en una llanura interminable.
    Oscuras fuerzas han atrapado a Nathanael en un círculo mágico, y en tanto la sociedad niega estas potencias, considerándolas simples productos de una mente trastornada, Nathanael está expuesto a ellas sin defensa alguna. Desde esta perspectiva Olimpia funciona como reflejo de la psique de Nathanael, quien alienado y envanecido sólo puede refractarse sobre la superficie de un autómata, y esta refracción funciona como un vaciamiento de contenido del ser, lo que ve el joven en aquella muñeca es su ser mismo que vuelve sobre sí ante la esterilidad de la existencia, ya que frente al mundo burgués el ser poético sólo encuentra refugio en un ostracismo perturbador, en un confinamiento interior e indecible. Clara es un reflejo de este mundo burgués presuntamente racional, en su alienación es incapaz de establecer conexiones más profundas entre acontecimientos misteriosos; y esa incapacidad de captar lo indecible, de percibir los vínculos mágicos de las fuerzas que dominan a la naturaleza la convierte a su vez en un ser práctico y profundamente estéril, frete al cual a Nathanael sólo le queda el suicidio, la muerte en los abismos, el más desolador nihilismo.

  3. Susy Rodríguez Moreno

    abril 24, 2011 at 6:08 pm

    Me parece un artículo muy interesante.

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>