El clóset para la ginebra. Segunda entrega
Leslie Jamison
Abue Lucy tenía un pequeño balcón, embutido entre los balcones de solteros dedicados a las finanzas, donde le gustaba sentarse para ver el crepúsculo, incluso durante el invierno. Al anochecer estaba tranquila y confundida. Los doctores tenían un nombre para esto. Lo llamaban empeoramiento nocturno, como si la mente humana se encontrara en pleno ocaso.
—Dora dirigía un orfanato en África -me dijo-. Ayudó a construirlo. Se fracturó un dedo.
—Creo que te refieres a que mi madre ayuda a gente africana -respondí-. Con su despacho de abogados.
Una enfermera que empezó a ir a la casa me explicó lo del síndrome de empeoramiento nocturno: «Le pasa a la gente mayor -dijo-. Se confunden. Es como la maquinaria de un reloj. ¿Quién sabe por qué?».
El empeoramiento transmutaba. El verdadero yo de abue Lucy -laberíntico y delirante, dispuesto a creer en historias que jamás habían ocurrido- esperaba que fuera de noche para emerger hacia las sombras. Lucy empezaba a hablarme como un ciego -su atisbo se deslizaba hacia afuera de mi cara- mientras recordaba los sándwiches favoritos de su hija perdida y los problemas que tenía Matilda para poder conciliar el sueño.
Entre la dura claridad de sus días y los discursos medicados de sus noches, había esos crepúsculos cuando era imposible delimitar qué partes eran reales y cuáles habían sido, quizá, imaginadas.
Ahora Matilda podría ser poeta, actriz, mesera o cajera en un banco o una simple madre suburbana, formidable en secreto. Lucy dijo que Matilda era el tipo de mujer que hubiera podido morir joven. Al principio me impactó que pudiera imaginar la muerte de su propia hija de esa manera -tranquilamente, con algo de nostalgia-, pero me di cuenta de que la muerte no la hacía sentir de la misma manera que me hacía sentir a mí. Estaba tan cercana que casi podía oírla, un murmullo distante, ¿y quién sabe qué contenía? Quizá tenía a su hija esperando. Quizá las volvería más cercanas de lo que habían sido.
Mi madre hablaba todos los días. Quería reportes. «No estoy recibiendo la historia completa de madre». Pausaba. «Siempre ha sido demasiado orgullosa». Ella no podía ver lo que le pasaba al orgullo de su madre. «¿Está comiendo bien?», preguntaba. «¿Qué está comiendo?» Le contaba sobre las comidas, pero no podía explicarles las largas horas entre ellas (hora de desastre y aburrimiento, vergüenzas del cuerpo). Nadie puede decirte que una persona está muriendo o cómo se ve su muerte hasta que lo ves por tu propia cuenta.
Abue Lucy a menudo hablaba de Matilda, aunque no comentaba el porqué de su partida, los lazos rotos o su propio resquebrajamiento. Sólo hablaba de cómo había sido su hija cuando joven.
—Nunca debió haber sucedido -me dijo una vez-. Fue una cosa terrible.
—¿Qué cosa? –Pensé que ahora sí me lo diría, tal vez; una historia jamás contada, una historia sobre el rompimiento.
—Matilda era apenas una niña -dijo-. Pero después de él… -su voz sonaba cortada y melodiosa, como si un nervio viejo hubiera sido restregado contra el viento. Sentí malestar en mi estómago. Había sido violada; había sido embarazada.
—Se fue después de él. Nunca pude volver a encontrarla.
Una noche, Alicia me llevó a una obra sobre el SIDA en las partes rurales de África. Era interpretada por una compañía de mimos, con la intención de crear un eco en honor de aquellos que no podían nombrar el porqué de la muerte de sus familias. Desgarraban su piel para imitar las lesiones y trazaban dedos huesudos por sus torsos para enseñar los palitos esbeltos que los cuerpos humanos podían llegar a ser.
Después bebimos. Tomamos Jack con Coca de dieta y le contamos a extraños en un bar extraño sobre la tristeza que habíamos visto.
Antes del amanecer, una llamada me despertó. Eran las cuatro de la mañana y abue Lucy se había caído. «Estoy bien», me dijo. «Pero he estado en el suelo por horas».
Necesitaba usar el baño, me explicó, y olvidó prender la lámpara. Estaba oscuro, ése fue el problema, y se tropezó con un banquito.
—¿Ahorita dónde estás? -pregunté. Ya se me había hecho tarde. La Señora Z tenía una entrevista -filmada por alguien para algo- en un Starbucks al norte de la ciudad.
—Estoy cerca de la estufa -me dijo abue Lucy-. Estoy abajito de la estufa, pero también puedo ver la sala.
—La cocina no está en el camino al baño -le dije-. Dijiste que ibas al baño.
Nunca llegué a Starbucks. Recibí una avalancha de mensajes de la Señora Z, como lo hubiera esperado. Todo había salido mal y tendría un infierno que pagar. ¿Acaso no lo sabía ya? ¿Acaso lo entendía? Más me valía. Me haría entender, lo tenía asegurado. En algún punto, pidió a su sirvienta seguir dejándome recados, uno por hora, pero su voz sonaba derrotada y envidiosa: yo había logrado escapar. Ella seguía allí.
Lucy no estaba inconsciente, sólo que no se podía levantar. Estaba tan frágil como un ave, pero difícil de elevar. Si alguna parte de su cuerpo se llegaba a arrastrar, su piel se desgarraba y sangraba. «Ten cuidado -me dijo-. Ten cuidado conmigo».
Llamé a mi madre. «Las cosas no están bien por aquí, creo que deberías venir lo más rápido posible».
Me dijo que estaba terminando un caso, que le creyera -«por favor, porque es verdad»- que este caso era de vida o muerte. Reservó un boleto de avión para la siguiente semana. Decidí que abue Lucy no pasaría otra noche sola. Me quedaría en su sillón morado hasta que llegara mi madre.
Le dije a la Señora Z que mi abuela había muerto porque fue de la única manera que supuse me daría una semana libre. Empaqué una bolsa marinera y compré, por vez primera, un boleto de tren de ida. «No tienes que quedarte -dijo abue Lucy-. Estoy bien».
Pero se veía contenta cuando llegué. Había hecho una cama con el sillón, de la mejor manera que pudo, con las sábanas metidas de forma desordenada debajo de los cojines. Me imaginé sus manos, temblorosas, tratando de hacerlo bien. En la noche vi una línea de hormigas caminando desde la despensa, calladas y constantes, cual líquido fluyendo. Bebí vino rojo barato. Ayudó a que las largas horas descendieran hacia el sueño. Un día, un cuervo dejó el cadáver de un ratón el alféizar congelado y lo sacudí con una escoba, viéndolo caer tres pisos hasta llegar a la calle.
Fue una semana de frío amargo, nieve sucia congelada esparcida por todo el estado, pero nuestras horas juntas tuvieron la aturdida calidad de una fiebre. Abue Lucy se ponía peor. Apenas comía. Sentía que podía ver cómo se encogía su cuerpo al pasar de las horas. Sin embargo, me enfrenté al invierno para llenar el refrigerador con sus cosas favoritas: uvas verdes, leche de mantequilla, pudín de arroz y botellas de 200 mililitros de cerveza, que parecían diseñadas para niños. Decía que las uvas estaban demasiado agrias y la leche demasiado espesa, como ropa empapada atravesada en su garganta. «No puedo respirar cuando la tomo -me dijo- . Me asfixia».
Las memorias llegaban sin aviso ni contexto.
—¿Sabías que una vez me dio una cachetada? –Agité mi cabeza. Podía reconocer por su voz, por el silencio sombrío que la acompañaba, que hablaba de Matilda.
—Creo que me pudo haber matado, si hubiera estado lo suficientemente borracha.
—¿Tenía un problema de alcoholismo? –le pregunté.
Abue Lucy se detuvo, sacudió su cabeza, confundida, como si hubiera olvidado lo que le pregunté.
—Era tan hermosa -me dijo-. Cuando era joven.
Encontré problemas que quizá podían prestarle a mi vida un sentido de gravedad. Los leía casi en la oscuridad, tratando de hacer que el tiempo pasara, para no tener que irme a dormir a horas tan tempranas que daban vergüenza. When you are old and grey and full of sleep. . . Mi garganta se sentía arenosa de tanto vino; una rosa furibunda, como una flema. ¿Cómo es que la gente podía escribir esos versos después de haber conocido el envejecimiento por cuenta propia? But one man loved the pilgrim Soul in you,/ And loved the sorrows of your changing face. ¿Qué sabía el joven Yeats de cuerpos de mujeres ancianas? ¿Cómo su vello púbico se torna ceniciento entre las cañas que tienen por muslos?
Ya no podía ver mi propia vagina sin imaginar los labios marchitándose cual flor. No me había masturbado como se debe en semanas, y no por falta de intentos. Reviví sucias fantasías de mi adolescencia -hombres ricos pagándome por sexo, golpeteando sus dedos gordos en mi espina-, mas no logré hacer que funcionaran. Mi cuerpo se sentía aguijoneado, carne esperando, sin esperanza, que volviera a ser excitada en su núcleo; el lugar que alguna vez había producido orgasmos, antes de que la imagen del cuerpo de Lucy lo hubiera bombardeado hasta la aridez.
* * *
Estaba un poco ebria cuando llegó mi madre. Abue Lucy estaba dormida. No era mi intención terminar borracha, pero llegó dos horas tarde y yo había comenzado a pensar que no iba a llegar. Abrí la puerta y me abrazó, una presión rápida, como un latido. Sus manos parecían hielos.
—Carajo -me dijo-. Hueles a vino.
—Tomamos un poco con la cena. -Mi cabeza aún estaba pesada con una oscura y dulce niebla. Había tomado una siesta.
—¿Madre también ha estado bebiendo?
—Sólo cerveza, como siempre.
—No debería estar tomando alcohol. -Frotó sus manos. Ya no tenían guantes y estaban pálidas, azulosas.
—¿Frío? -pregunté-. Creo que es peor en marzo. Empiezas a creer que va a mejorar, pero sigue igual.
—Estoy bien. Estuve una hora afuera de Howard Beach. Hubo un problema con el tren.
—Había venido desde la ciudad, ahorrándose el dinero de un vuelo, a pesar de que tenía dinero para regalar.
—¿Quieres un poco de té?
—No -respondió-. No, gracias. -Recogió la botella y mirón la etiqueta-. En verdad que necesita de las dos, Stella. Nos necesita de tiempo completo.
—Tenía que relajarme.
—Relajarse nunca es una solución a largo plazo.
—Mamá, no es una situación a largo plazo.
Dejó la botella sobre la mesa abruptamente.
—No hables así, por lo menos no lo hagas cuando estás cerca de mí.
Empezó a recoger cosas del suelo, libros y revistas, haciendo un montón sobre la mesa. Su sala siempre estaba impecable. Incluso la cocina estaba inmaculada. Así es como vivía. Recuerdo cómo se enojaba con mi padre, antes de irse a trabajar, encabronándose en la puerta, gritando: «¡Ven acá, Jay. Tu mierda está regada por toda la casa!».
Recuerdo su respuesta: «Vivo aquí. Mi mierda, también».
Ahora fruncía el ceño al ver los montones que había hecho, para después reacomodarlos.
—No ha sido fácil -le dije-. No soy buena en esto.
—¿En qué?
—Para ayudarla a envejecer, o detener su envejecimiento, o lo que sea que se supone que estoy haciendo. ¿Sabes?, es demasiado. Cuando se cae, sus medicinas, su soñar despierta y cuando se caga y todo. Mamá está muy demacrada. Ya verás.
Incluso cuando dormía, recostada en su cama, acurrucada cual bebe en línea directa a su propio calentador, abue Lucy dejaba ver las líneas esqueléticas de su deterioro. «Ay, madre. -Suspiró mi madre-. Mírate».
Todo lo que notaba, yo lo sentía como culpa: «No puedo creer que viva así», mirando el desastre y, por supuesto, que yo lo había visto así por meses. «¿Qué son todas estas medicinas? ¿Dónde están las prescripciones?». No pude responderle porque no lo sabía. Abue Lucy las había rellenado sola hace tiempo, y quizá lo había hecho Juana, pero ella no podía recordar los nombres cuando le pregunté. Las botellas estaban vacías en la alacena, todas amontonadas. «Pues esto no está bien, nada bien», dijo mi madre. Ella pensó que todo el lugar era deprimente.
—Arregló las cosas como a ella le gusta -dije. Lo había estado odiando por semanas, todos los colores brillantes, sus simetrías que parecían suturas zurciendo heridas. Pero ahora me sentía a la defensiva.
Mi mamá sugirió que me tomara el fin de semana.
—Ya estoy aquí. Tengo las cosas cubiertas. –Vi cómo quitaba las cobijas del sillón.
—¿No vas a dormir aquí? - le pregunté.
—Voy a dormir con ella -respondió.
—Yo no podía imaginar a mi madre compartiendo la cama con alguien.
—¿Y yo qué voy a hacer? ¿Mientras te haces cargo de todo?
—¿Por qué no te vas de viaje con tu profesor? -dijo-. ¿No es el tipo de cosa que te hace feliz?
Tomé su muñeca.
—¿Por qué estás enojada?
Se detuvo, considerando sus palabras.
—Se ha puesto muy mal. Sólo deseo que me hubieras contado».
—Lo hice -le dije-. Lo intenté.
Le hablé a Louis desde el tren. Generalmente, hubiera habido orgullo bloqueando mi voz, obstruyendo todo, pero ahí estaba yo, diciendo: «Llévame a cualquier lugar», agregando, «si es que puedes escaparte».
—Voy a ver qué puedo hacer -respondió.
Las crisis hacen una diferencia para él. Podían transformarte en alguien más, o podían convertirte en ti mismo. El punto es que estaban cambiando.
Él y su esposa vivían en TriBeCa, pero él tenía una cabaña en Vermont, cerca del Valle Mad River. Ahí es adonde íbamos. Creo que le decía a su esposa que era un lugar donde podía encontrarse a sí mismo cuando, en realidad, por supuesto, era un lugar al que llevaba mujeres. No me engañaba. Yo sabía que era parte de un patrón. Ya había ido ahí alguna vez durante el verano. El bosque había estado lleno de mosquitos larguiruchos, con malicia en sus giros, y calor húmedo que se sentía como el aliento de un borracho contándote un secreto. Atisbé verdades importantes: que podía meter mis pantalones adentro de los calcetines o embarrar mi piel con químicos poderosos, pero los bichos siempre sabían qué hacer y siempre se alejaban con un poco de mi sangre. Louis nunca construiría una vida conmigo. Estas revelaciones eran anecdóticas y sintácticamente paralelas: el problema con los insectos, el problema con la esperanza.
Ahora nos movíamos por la nieve en el auto rentado. Él quería saber todo sobre mi terrible situación en casa: ¿Abue se podía bañar? ¿Podía hablar? ¿Dónde podía ver, específicamente, el trazo de sus huesos? Él había hecho su vida profesional trabajando con palabras sobre los cuerpos destrozados de las mujeres… vio algo sagrado en ellas, algo que robaba el aliento.
—Ayuda contarte todo esto -le dije.
—Esto no es fácil -respondió-. Y se va a poner peor. Pero tú vas a superarlo.
Tú vas a superarlo. No era estúpida. Sabía lo que me podía dar y lo que no.
Manejamos al lado de pequeños centros comerciales y los esqueletos de graneros caídos. Nos detuvimos para almorzar en un pueblo llamado Windsor, en una heladería con dos ventanas. Una decía «Pizza»; la otra, «y diversión». Todo estaba lleno de helechos. No podías ver nada que no fueran hojas.
—Este lugar servía pizza antes -le dije-. Antes de que un ficus se comiera al dueño.
—Ah -respondió-, esas plantas tan carnívoras.
Hubo mutismo. Pausó. Pausé.
—¿Comemos? –dijo.
Comimos pizza con piñas y aceitunas negras. La marinara, que moqueaba, había salido de una lata. Cada pedazo estaba más salado que el anterior. Ya no se me ocurrieron más chistes.
Le hablé a mi madre a la orilla de Windsor. Louis dijo que íbamos a perder señal. A mi mamá eso pareció no importarle.
—Estamos bien -dijo-. Estoy resolviendo el asunto de sus prescripciones.
—Sé que las rojas le ayudan con el dolor, pero la confunden.
—Me tengo que ir -dijo-. Estoy en la otra línea con el doctor.
Cuando colgué, vi a Louis mirándome como si yo fuera una niña. Había un cariño en sus ojos que nunca había visto. Él y su esposa no tenían hijos. No planeaban hacerlo, solía decir.
Nos detuvimos en una farmacia para comprar cosas. Yo quería pretender que el fin del mundo se acercaba y que estábamos comprando suministros para nuestro bunker escondido. Él dijo que podíamos regresar al día siguiente.
Desapareció al final de un pasillo y regresó con un paquete de condones y un tubito de una crema para el dolor, que calienta tu cuerpo hasta que deja de doler. «Lo único mejor a que te la mamen -dijo-, es que te la mamen con crema para el dolor». Él quería «alivianar la situación», una de las frases favoritas de abue Lucy. Yo estaba contenta de que él estuviera pensando en sexo oral, pero también me preocupaba a qué sabría la crema esa. Probablemente, mal.
Tomamos un camino de tierra hacia el bosque. «Mi bosque», le gustaba llamarlo. Era un hombre el dueño de un pequeño departamento en la calle Varick y un bosque completo en algún otro lugar. Oscurecía temprano; bebíamos vino de mucha mayor calidad al que yo había estado bebiendo los últimos meses. Se sintió extraño beber con otra persona. Me había acostumbrado al sentimiento de beber hasta disolverme en delirio, su perfecto silencio, hasta sentirme completamente inobservada.
Louis dijo que estaba curioso por saber de vida amorosa. Pero él era mi vida amorosa. ¿Quería saber si estaba saliendo con alguien? Yo le contenté sobre mis intentos de masturbación en el sofá de Lucy. Eso le interesó también. ¿Pero no podía?
Me sorprendió ver cómo todo eso que duele puede irse rápido; cómo me podía sentir peor por Louis -que tenía a la mano- que por la memoria de la cara de ella, siendo secuestrada por el dolor, con todos sus rasgos retorciéndose como si una gran mano invisible apretara su rostro.
Se la mamé, mientras estaba sentado en el sillón a cuadros. Pude ver una vieja película porno atorada entre los cojines. Se le olvidó la crema especial; a mí no. No le recordé.
Después dijo: «quiero hacer algo por ti», y tuvimos sexo en una alfombra arrugada color mantequilla. Se vino, creo; yo no, lo afirmo.
—¿Tuviste un orgasmo? -preguntó.
—Se sintió bien -le dije.
Me acosté viendo la chimenea vacía. Me abrazó y yo sentí el pelo de su pecho en mis hombros. Me aturdió. Era el abrazo de un cuerpo saludable, nada como la espalda encorvada de abue Lucy y su piel descarapelándose sobre la alfombra.
—En verdad que eres hermosa -me dijo.
Mi corazón se fracturó como si fuera un cúmulo de ratones corriendo debajo de mis costillas. Nunca me había dicho eso.
—¿Me extrañaste? -pregunté.
—Estoy contento de estar aquí ahora -respondió.
Me recosté y me abracé para cubrir mis pechos. Lo miré. El hoyuelo de sus mejillas capturó pedacitos de resplandor provenientes de la lámpara. Lo quería desesperadamente. No se sentía avergonzado de nada de lo que decía. ¡Era dueño de árboles! Y no tenía miedo de lastimar a las personas. Hizo que esto se viera como un tipo de valentía.
Cuando regresamos a Windsor mi teléfono me dijo que había perdido 16 llamadas. Todas eran de mi madre. Le hablé y me dijo que abue Lucy había colapsado.
—No como otras veces -me dijo-. Tuvo problemas cardiacos.
—¿Cómo?
—Mejor ven rápido -dijo. Habían llevado a Lucy al Hospital Greenwich.
Estaba en coma cuando llegué. Tom ya estaba ahí. Fui la última. Mi mamá sostenía un libro llamado Horas invaluables cubierto en flores. Parecía una de esas obras que se pueden comprar en las tiendas de regalos en los hospitales. Ella caminaba por el tercer piso de la unidad de cuidado intensivo cuando la encontré. Se veía cansada. Pude ver que había un hoyo -del tamaño de un pulgar- en su media.
—Ya estás aquí -dijo-. Por fin estás aquí.
Sentí el llanto a punto de salir de mí; no pude hacer nada para detenerlo.
—¿Está muerta? -pregunté con miedo.
—Está en soporte vital. Su mente ya se fue.
Puse mis brazos alrededor de ella. Se sintió como si madre fuera una niña pequeña, mucho más pequeña que yo. Olía a sudor de varias noches y, un poco nada más, a café. «Lo siento -susurré-. Lo siento».
Me dijo que le había dado pudín a abue Lucy. Fue cuando pasó, de repente, sin razón aparente.
—Pudín -dije-. Ella comía un chorro de eso.
Me miró y me di cuenta de que la había interrumpido a la mitad de un pensamiento.
—Me dijo que tenía un hoyo en la media. Eso fue lo último que me dijo.
—No puedo creerlo -le dije. De hecho, sí podía.
—Sólo estoy contenta de que ya estés aquí, de que todos estemos aquí.
No era cierto lo que dijo. El nombre de Matilda no sonó ni una sola vez en ese cuarto de hospital.
Dicen que el cuerpo sabe algunas cosas, que puede sentir presencia incluso cuando la mente ya no. Me pregunto si puede sentir ausencia también. Vi cómo pasaba un espasmo por la caja torácica de mi abuela, que colapsaba, haciendo que sus brazos se estremecieran, como si hubieran tocado algo eléctrico. «Éstos son movimientos que la mente ni siquiera está consciente de ellos -dijo el doctor-. Ya no está con nosotros». Por un momento imaginé que ella estaba tomando con fuerza a la hija que nunca había mencionado, aquella que estaba demasiado lejos como para poder tocarla.
Juana llegó al hospital llorando, pero no habló mucho. Permaneció frente a la ventana abrazando un oso de peluche que había traído. Rayos humeantes del atardecer llenaron el cuerpo y mancharon el piso de linóleo. Un poco de aire frío entró por las pequeñas aberturas de las ventanas y golpetearon nuestros cuerpos, como si fueran deditos. Había un parque al otro lado de la calle. Podíamos escuchar el rechinido de columpios oxidados y las voces chillonas de unos niños que gritaban que había sido faul. Se podía distinguir un olor dulce y nauseabundo, acarreado por el frío, como miel de maple. Los periódicos decían algo sobre un desastre en una fábrica de Jersey.
Tom sacó su Blackberry y buscó información sobre la condición de Lucy. Quería saber qué le había pasado. «Estar vieja y moribunda» no era suficiente para el motor de búsqueda. No pudo encontrar nada específico.
Me paré junto al lado de la cama de Lucy y tomé su mano. Una máquina para respirar decía clac, clac, clac mientras llevaba aire a su cuerpo con un tubo de plástico que se expandía y colapsaba como un acordeón.
Fui al baño y me senté en el escusado para discapacitados por 20 minutos, sólo para estar sola.
—¿Triste? -preguntó mi madre cuando volví. Revisó mis ojos para encontrar rastros de que había llorado. Podía contar las veces que lo había hecho enfrente de ella. No importaba el confort que me ofrecía; siempre había, por debajo de sus palabras, un deseo acechante, la esperanza de que si había estado llorando, yo encontraría la fuerza para detenerlo.
—No -respondí-. Ojalá lo hubiera estado.
Me abrazó, fuertemente.
—Bueno, eso es algo que entiendo -dijo-. He sentido muchas cosas en mi vida, y pocas veces he llorado por eso.
Era un día brillante, una buena muerte. Eso es lo que la gente dice de muertes como las de ella. Era vieja. No le dolió. Vi a una enfermera poner un tubo de morfina en sus venas zarcas, debajo de su piel hinchada. Eso marcó el fin del soporte vital, el principio de algo que llaman cuidados paliativos.
El olor de su cuarto podía distinguirse en dos capas: jabón y orina. Su cara estaba inflada por los líquidos que llegaban de sus órganos que estaban dejando de operar. Su barbilla se había inflamado hasta tocar el collar de plástico que se hacía con los tubos que le ayudaban a respirar. Los tubos ya no estaban conectados a nada. Seguimos el latido de su corazón en una máquina verde menta. Sus respiraciones se sacudieron, sólo para detenerse por completo. Vi cómo se desinfló su pecho y después me volteé por completo.
Mi madre desconectó el monitor de su corazón antes de que escucháramos el zumbido que indicaba su muerte. Besé la frente de mi abuela y acaricié su pelo blanco. Juana dejó que se escapara un gemido de su cuerpo -«¡Ay!»- y empezó a llorar.
El sonido había desaparecido. El traqueteo de su respiración, también. Las lágrimas de Juana eran el único sonido en ese cuarto.
«Se fue…» eran las palabras que usaba mi madre para hablar de su hermana, cada vez que le preguntaba algo de ella, lo que hacía que pareciera que Matilda era la que había escogido irse. También usaba la palabra «separada», lo que sonaba oportuno: se había separado de su propia familia. Me la imaginaba viviendo sola en un campo vacío, capturando relámpagos con sus dedos, su cuerpo electrizado como los mapas humanos que le gustaba estudiar.
Estaba enojada con mi padre por guardar el secreto de la familia de mi madre, mi familia, por tantos años de su matrimonio y el periodo subsiguiente.
—Era el secreto de tu madre -me dijo mi padre-. No el mío.
—Pero sabías que ahí estaba, en algún lugar… Probablemente tú sabías mejor que nadie lo difícil que ha de haber sido para ella ser parte de esa familia.
—Tienes que entender -respondió-. Tu madre nunca hablaba de ella. Nunca.
—¿Y nunca preguntaste? ¿No creíste que era raro?
—Tu madre no es una persona muy sentimental -dijo-. Lo sabes bien.
Alguna vez intentó explicarme las diferencias que acabaron con su matrimonio. «Tu madre siempre quería que hiciera más -dijo-, y yo siempre quise que ella sintiera más. Eso lo resume todo». Estaba lleno de aforismos que definían su identidad: «Estoy hecho de emociones. Las emociones son mi mayor adicción». Me dijo que yo podría romper su corazón con una palabra cruel. Le conté eso a mi madre.
«Estoy segura de que podrías», me dijo mi madre e identifiqué un dejo de satisfacción en su voz. Ella era diferente. No dependía de nadie. Parecía que las necesidades de las demás personas se resbalaban de su cuerpo; natural e inevitablemente las repelaba, como gotas de agua tratando de lavar un sartén lleno de aceite quemado en el lavabo.
Tom no entendía por qué me preocupaba tanto por el asunto de Matilda.
—¿Cuál es el problema de que mamá no te haya contado? –me dijo.
—No es de que quisiera saber -respondí-. No se trata de mí. Sólo me pregunto quién merece que lo corten…
—Tal vez fue su culpa -me dijo-. ¿Has pensado en eso? No sabes nada sobre ella.
Tom no era insensible, pero creía que cada quien controla su propio destino. Tú haces que suceda lo que sucede, solía decir. Yo sentía que suceder era algo que me ocurría todo el tiempo. Nunca creí que era algo a lo que podía darle forma con mis dedos, como si fuera plastilina.
Uno podía ver la escultura de la vida de Tom como algo que él mismo había cincelado. Pasó sus veintes ahorrando dinero en una equidad privada. Dejó el banco grande por una boutique pequeña, en la que él tenía más control sobre el efectivo. «Si algo sale mal, será mi culpa», decía. Había más orgullo que miedo en su voz. Nunca tuvo paciencia para las cosas que no pasaban y para las personas que no hacían que pasaran. Matilda era una persona que no había pasado. Pero ahora sentía, sin poder explicar por qué, que me estaba pasando a mí.
Sabía que tenía que ser bonita, como mi madre; tal vez seguía siéndolo, y eso pasó a ser parte de mi imaginario. Le inventé vidas exóticas y puse a la muñeca de papel de su cuerpo imaginado en ellas: mansiones en la playa, junglas lejanas, shows de cabaret en clubes para caballeros. No importaba dónde estuviera, su cara brillaba, con muchísima luminiscencia.
* * *
Planeamos una reunión para recordar a Lucy en su condominio. Sólo invitamos a pocas personas (gente que se habían convertido en los últimos años en algo así como amigos por correspondencia). «Ésta debe ser la estufa nueva», dijo uno. Reconocían cosas de sus cartas. Incluso mi padre fue. Él y mi madre se llevaban sorprendentemente bien. Era como si el divorcio fuera un alivio para ambos. Yo sentía que él la conocía mejor que nadie. En realidad, pocas personas la entendían.
Cuando ella lo criticaba, sus opiniones no parecían crudas; simplemente eran como hechos bien cocinados y bien considerados. Él era algo de lo que ella ya se había salido, pero yo estaba atorada con él para siempre. «Tu padre siempre esperaba ser alguien extraordinario -me dijo alguna vez-. No estaba preparado para el resultado de su vida».
Le dije a la Señora Z que necesitaba más días sin trabajar para encargarme del servicio de mi abuela. Le había mentido sobre su muerte, y ahora la mentira se había vuelto realidad. Necesitaba más días.
—No tienes más días -dijo la Señora Z-. Tienes un trabajo.
Ella tenía que ir a un programa importante de televisión: un talk show donde participaría en una mesa redonda con un grupo de adolescentes sin hogar. Necesitaba que hiciera su investigación: ¿cuántos niños en Estados Unidos viven en las calles?, ¿qué había hecho el presidente para perjudicar su situación? Incluso la Señora Z, una de las personas más detestables que había conocido, sabía que nuestro presidente era un asco. Le dije que era imposible para mí ir a trabajar. «Me puede despedir si es lo que quiere», le dije. Y eso hizo.
Quería que el departamento de Lucy se viera presentable para el servicio. No era buena ni cocinando ni limpiando, pero puse un arreglo de flores frescas y sacudí los cojines del sillón. Se habían quedado arrugados por todas las noches que pasé ahí. Limpiar era una forma de hacer las cosas presentables para ella, como si su fantasma pudiera regresar en la forma de un invitado maniático. Revisé recetas que venían en algunas revistas, pero no se parecían ni poquito a sus fotos. Mis espinacas ajadas se veían grasientas y depresivas. «¿Ensalada tibia? -preguntó mi madre-. Interesante».
Se levantó durante la comida y dio algunas palabras: «Es sólo el cuerpo el que se fue. Su espíritu continúa con nosotros».
Casi al final de la noche la vi hincada en la alfombra de la cocina, sosteniendo un envase vacío de Corona. Me lo dio como si fuera una reliquia. Yo no estaba muy segura de qué quería que hiciera con él. Lo coloqué con cuidado en el piso.
—Matilda casi echa a perder esta alfombra cuando vivíamos en Los Ángeles –dijo al fin.
—¿En serio?
Me dijo que Matilda siempre dejaba colillas de cigarros por todos lados. «Sólo porque podía», dijo, sacudiendo su cabeza. Ahí fue cuando en verdad inició a hablar sobre ella. Me contó cómo fue que Matilda huyó con su profesor de inglés en la prepa. «Ése fue el comienzo -dijo-. El comienzo del final». Mi madre ya se había ido para estudiar la carrera. Se sentía culpable por no haber estado ahí. «No me sentía culpable por Matilda -dijo-. Me sentía culpable por madre».
Se regresó a la mitad del semestre para hacerle compañía a Lucy, pero Lucy quería estar sola. Mientras continuaba, se mudó a su cama y empezó a desayunar, comer y cenar pan tostado. Mi madre pasó esos días quitando las migajas de los cobertores. Había días en los que Lucy ni siquiera se bañaba. Olía a calcetines viejos, y ésta era una mujer que no había usado un calcetín sucio en su vida. Sus uñas quedaron desechas por mordérselas. Ella siempre se había sentido orgullosa de estar bien arreglada, enchinando su pelo y poniendo un tazón de nueces en la sala cada vez que tenía invitados. No le importó nada por semanas.
Matilda vivió en Berkeley ese año, viajándose con ácido o tal vez protestando contra la guerra. Mi madre se encogió de hombros.
—No sé qué estaba haciendo. No nos habló ni una sola vez. Y, de repente, se apareció en la puerta un día, rota por amor».
—¿Rota por amor?
—Fueron sus palabras, no las mías.
Mi madre sabía que ésos meses habían sido difíciles en casa, los que siguieron a su regreso, a pesar de que no estuvo ahí para vivirlos. Matilda trabajaba medio tiempo mesereando en eventos privados, hasta que dejó de trabajar. Empezó a dormir 12 horas al día, la mitad de su vida. No comía. Las botellas de alcohol empezaron a desaparecer del clóset -Cristal, Pernod, Cointreau- y Lucy la encontraba tirada en su cama, a medio día, borracha y sudorosa, a veces dormida, a veces despierta, balbuceando de tal forma que no podía saber si estaba hablando o llorando.
Mamá leyó el testamento de abue Lucy sin un solo descanso en su voz. Había una cláusula que le dejaba un poco de dinero a Matilda, lo suficiente como para que no peleara por obtener más. Esta cláusula había sido idea de mi madre.
Le pregunté si Matilda era el tipo de persona que pelearía por dinero.
Mi madre frunció sus labios. «No sabemos qué tipo de persona es».
Nuestro abogado encontró su dirección e iba a enviarle una carta. La información decía que se encontraba en un pueblo pequeño llamado Lovelock en Nevada. El lugar donde vivía era Bluff Estates; su vecindario tenía nombre.
—¿Qué tipo de carta va a enviar? -le pregunté a mi madre.
—Cordial -respondió-. Pero no muy personal.
Era una carta informándole a Matilda sobre la muerte de su madre.
—No se debería decir eso en una carta -le dije.
—¿Eh?
—No me parece correcto.
—¿Y qué debemos hacer? ¿Ir al desierto?
—Es una posibilidad.
—¿Podrías entender mi punto de vista en esto? No disfruto siendo el villano.
No le dije que ella no era el villano. Le dije, más bien: «No te estoy haciendo el villano».
—Bueno, pues -me respondió-. Aunque siempre pareces creer que lo soy.
Pasé un verano en la prepa trabajando para el despacho de mi madre. Se suponía que iba a pasar el verano en Guatemala, construyendo casas para una aldea en las junglas del norte, pero a principios de junio el aeropuerto de Flores fue tomado por grupos armados. Los periódicos decían que tenían un manifiesto y muchas armas. Las esposas les llevaban Fantas frías y tortillas a los rehenes. Los artículos no mencionaban qué decía el manifiesto, pero decían qué tipos de armas tenían. Le pregunté a mi madre si le parecía seguro que fuera.
—¿Te preocupan las guerrillas? -me preguntó con diversión.
Me encogí de hombros. Pero en verdad me preocupaban.
En la casa, Tom hacía comentarios del tipo: «No quieres meterte con el socialismo». Yo no quería asustarme por el socialismo, pero así estaba yo, un poco asustada. Los encabezados decían cosas como: «¡Emboscados!».
Así fue como mi madre sugirió que podía pasar el verano trabajando en su despacho. «¿Por qué hacer que los otros países sean mejores, si puedes hacer que sus habitantes vengan acá?». Tal vez lo decía en broma, tal vez no.
A menudo cuestionaba sus causas sociales.
—Pienso que las mujeres pueden cortar sus propias vaginas si es lo que quieren –le dije alguna vez, porque ella estaba en contra de la mutilación genital. No podía soportar pensar que heredaría su visión del mundo. Era rígida y particular, como una armadura hecha a su medida.
—No es una cuestión de querer -dijo mi madre-. Es una cuestión de coerción.
Su seguridad se sentía como un muro que ella misma había construido a su alrededor -así, tal cual, en medio de una conversación-, una señal de que ella vivía en un mundo aparte, mucho más seguro y categórico del mío. Era una mujer pro-derecho a decidir de la mujer, a la que no le gustaba oír cómo algunas mujeres decían que se arrepentían de haber abortado. Nunca pude entender las formas en las que ella quería amarme. Siempre se agitaba cuando la abrazaba, como si no lo hubiera esperado, como si le diera miedo que la aplastara.
Ese verano ayudé con la investigación del caso de asilo político de una mujer llamada Daro. Era una refugiada de Senegal. Sus problemas comenzaron cuando se resistió a los rituales de mutilación de su tribu. Usó sus manos para enseñarnos, puso sus manos en V, arriba de su entrepierna, y frotó sus dedos. Escapó de su aldea -había sido, dijo, expulsada- y después fue perseguida por primos lejanos en Dakar.
Transcribí las entrevistas que condujo mi madre con la ayuda de traductores: del francés a wólof y de regreso. La voz de mi madre sonaba rasposa en las grabaciones: «¿Por qué te perseguían tus primos?».
Había algo que sonaba como si fuera arrastrado en el fondo, un juego circular del teléfono. «Ellos pensaban que le había faltado el respeto a su tribu», dijeron los traductores. «Pero ella no quería que sus hijas pasaran por el cuchillo».
Fui a la cama de mi madre esa noche y me recosté junto a ella.
—Tenías razón -susurré-. Es horrible.
Me pregunté si es que madre me había dado ese caso para probar un punto, para demostrarme que estaba equivocada. Le había dicho algo horrible y falso sobre el mundo, sobre la vida de personas inocentes, para enseñarle que no era la misma persona que ella. Recordé la voz de Daro, la penosa marca que tenía, y empecé a llorar.
—No llores -dijo mi madre-. Sólo ayuda.
Eso intenté hacer: busqué el nombre de Daro en internet. Busqué: «Daro Izowede + persecución». Después: «Daro Izowede + desafiando la tradición». Lo único que salió fue una lista de avisos personales. Daro la había hecho antes de salir de Dakar. Enseñaba su cara en un perfil, era una foto infantil, con sus uñas largas de acrílico desplegadas por su mejilla cual abanico. «Mi frase de bienvenida es: Estoy buscando a un hombre para amar, no sé su nombre».
En la oficina imprimí hojas de información sobre páginas de derechos humanos. Subrayé todas las partes que tenían que ver con rituales rurales, o violencia rural, o violencia sexual, o mutilación, o matrimonio. Hice fólderes cuidados con etiquetas bien asistidas. Se sintió bien cuando los coloqué sobre el escritorio de mi madre.
—Espero que éstos hagan la diferencia –dije.
—Lo harán -respondió. Se levantó de su silla y sacudió mi mano.
Ese verano, mi madre salía con un hombre joven llamado Greg, hasta que la botó. No sé qué se quebró entre ellos, sólo sé que una noche la encontré en la mesa de la cocina y usó esas palabras precisamente: me botó. Su voz sonaba categórica y fea, como la de una extraña, pero sus ojos eran claros y su discurso bien ordenado. Ella nunca desperdició su tiempo con vino o lloriqueos. Sólo se volvía más filosa cuando triste, brutal y precisa. «Pensó que me iba a hacer daño -dijo-. Ni siquiera me echó a perder la noche». Estaba sentada con los brazos cruzados sobre la mesa, mirando el reloj sobre el refrigerador. «No tienes que quedarte aquí y mirarme -dijo-. No me va a hacer sentir mejor».
La mañana siguiente la encontré exactamente en el mismo lugar. Ahora vestía un traje y tenía una taza de café en la mano. Sus ojos se veían nublados.
—¿Estás cruda? -le pregunté. Sabía por culpa de la televisión que así es como se veían la pena y el fracaso combinados: estar triste y después tener una cruda, presuntamente con el acto de emborracharse en medio. En aquel entonces, las crudas eran sólo el comienzo. Tom había obtenido un par de baterías de segunda mano, con flamas plateadas pintadas elegantemente.
—¿Disculpa? ¿Que si estoy qué?
—¿Estás bien? -le pregunté.
—¿Piensas que me emborraché anoche?
—No -respondí-. Por supuesto que no.
—¿Crees que ese hombre importó, aunque sea un poco? ¿Crees que necesito a un hombre para ser feliz?
Sacudí la cabeza, quedándome en silencio. Tenía miedo de decir algo peor. Me preguntó si estaba lista para ir a trabajar. Era sábado. No me había vestido. Me vestí. Mi frase de bienvenida es: Estoy buscando a un hombre para amar, no sé su nombre. Quería decirle a mi madre que no estaba sola. En todo el mundo, había gente buscando amor. Nadie sabía qué nombre tenía.
Camino a la oficina, caminamos por un callejón que olía a pizza y orina. Pasamos al lado de una mujer acurrucada en la sombra de un basurero. Traía un overol de mecánico azul, con el nombre «Pluto» tejido en la bolsa a la altura del pecho. Tenía un pañuelo de rayas en su cabeza. Su piel era oscura, como refresco de cola.
—¡Quihubo! -gritó-. ¿Tienen algo de cambio? -Su acento era cadencioso y musical, invitaba.
—Hoy no -dijo mi madre-. Hoy no.
—Ésas son mamadas -dijo la mujer. Golpeó el basurero con la mano-. Mamadas, mamadas y más mamadas.
Mi madre se detuvo y volteó a verme. Me dijo: «Nunca hagas lo que voy a hacer». Y después le dijo a la señora:
—Yo no te debo nada.
—¿No me debes nada a mí? Jamás has visto un día de dolor como el mío en tu vida, ¿y no me debes nada?
—No tienes la menor idea de lo que he visto -dijo mi madre. Abrió el zíper de un pequeño monedero, probablemente tejido por alguna tribu, y dejo que callera el contenido sobre la cabeza de la mujer. Las monedas se resbalaron por la frente y los hombros de la mujer, hasta que cayeron sobre el pavimento. La mujer se quedó callada.
Mi madre tomó mi brazo.
—Vámonos -dijo-. Ahora es cuando nos vamos.
—¿De dónde crees que sea esa mujer? -pregunté-. ¿Qué crees que le haya pasado?
—No importa qué pasó. Siempre se puede escoger ser una persona decente.
—Tal vez es una persona decente -respondí-. Eso es lo que te iba a decir.
Mi madre me miró. Dijo:
—Sabía que eso lo que ibas a decir.
Me solté y di la vuelta. Vi a la mujer de rodillas recogiendo las monedas, buscando incluso debajo del basurero.
Busqué la dirección de Matilda en un mapa en internet. Primero creí que Bluff Estates sería una subdivisión, pero en realidad era un parque de tráileres. Le di clic a la dirección para que se viera de más cerca. Los tráileres estaban organizados como callejones sin salidas, sus techos rectangulares parecían bloques de construcción de niños, los sobrantes colocados desparramados como un destello de residencias alrededor de la orilla de la ciudad. Sus bordes estaban encrespados.
¿Su tráiler tenía un jardín de cactus? ¿Un aire acondicionado? ¿Ventanas rotas? ¿Una familia de ratas debajo de los muebles? Sentí que mi estómago se contraía con cada clic, como si fuera Tom el Mirón, como si ella fuera a aparecer de alguna de sus ventanas para ahuyentarme -a mí, una extraña- de su casa quemada por el sol. En algún punto, me acerqué tanto que la imagen satelital se rindió para ofrecerme una hilera de signos de interrogación azules en su defecto.
Mis padres se involucraron en algo llamado «Trabajando por el dolor». Mi padre hacía que sonara como una suerte de movimiento que buscaba la justicia social. Pero, en realidad, decía mi madre, sólo significaba poner tiempo al lado para lo que sentían. «Tu padre nunca ha tenido problemas para hacer eso -me dijo-. Como todos sabemos». Me sorprendió que ella aceptara ayudarle. Hacían collages todos los martes en la alberca de una rabí llamada Jeri. «En verdad me cae bien -dijo mi padre-, pero no me atrae en lo más mínimo». Decía esto como si fuera una gran hazaña, algo que Jeri hubiera llamado un mitzvah. «Es interesante ver a tu padre impresionado por una mujer con la que no quiere tener relaciones -me confesó mi madre-. Es entretenido».
Mi padre me daba reportes escépticos. «Tu madre parece disfrutarlo, pero no ha hecho ni un collage».
Veía la maquinaría de pulverización épica puesta en marcha detrás de sus ojos. «El destino está en cómo contarlo, no en cómo hacerlo», solía decir. Ahora había visto una oportunidad. Mamá había perdido demasiado y estaba dispuesta a buscar algo nuevo. Podría tener una visión que la cambiara para siempre. Él quería ser parte de ello.
Mientras tanto, ella viajó al este para ayudarme empacar las cosas de Lucy. «No podía confiar en que lo hicieras sola -me dijo-. Hubieras guardado todo». Había honestidad en su voz, conocimiento compungido, que yo apreciaba. Se sintió bien que me viera a fondo.
Llegó igual que la vez pasada: con los dedos congelados y decidida. Fue durante un frente frío en mayo. Todavía no había terminado el invierno. Ella tenía un plan que involucraba tres cajas de bolsas para la basura. «Vamos a regalar muchas cosas -dijo-. Y vamos a tirar muchas cosas más».
En el clóset de abue Lucy vimos una fila de botellas de cerveza llenadas por tierra. Cada una estaba etiquetada: Maryland, Zúrich, Río de Janeiro. Las columnas de tierra eran de color ron oscuro, azúcar morena y barro rojizo. La tierra de Osaka era amarilla ictérica, como la orina de un hombre.
Mi madre examinó un envase en sus manos. «No puedo creer que él mandó éstas. –dijo, y en seguida–: Vamos a tirarlas por el balcón».
Mi madre no era siempre una persona divertida, pero esto -tirar los trofeos del bastardo por el balcón de su madre, muerta y desierta- era definitivamente divertido. Vimos los envases de vidrio despedazarse en el asfalto. Vimos banqueros solteros asomarse desde sus departamentos y estirar el cuello para ver el cielo.
Más tarde, esa noche, no pude detenerme para salir y recolectar algo de la tierra que ahí seguía. Tuve que agacharme para sacar un poco debajo de un Mercedes negro. Yo había sido parte del enojo más antiguo de mi madre, y ahora era parte de un recuerdo aún más viejo. Podía ser cada parte de ese dolor, al mismo tiempo. Puse toda la tierra en una botella de cerveza y puse una nueva etiqueta: «¿Osaka? + ¿Maryland + Zúrich + Rio de Janeiro?».
Me esperé hasta la última noche de la visita de mi madre para preguntarle sobre Matilda. Le pregunté si habían enviado la carta. Mi madre dijo que todavía no. Aún estaban tratando de descifrar los últimos detalles del testamento. Le pregunté qué significaba eso. Mi madre me aseguró que era algo complejo.
—Cosas legales –me dijo.
—Cosas legales aparte -le dije-; en verdad creía que Matilda merecía… –tuve que detenerme. ¿Qué merecía? No podía decirlo con precisión; algo distinto a esto.
Mi madre cerró los ojos frotó sus sienes con los dedos.
—Vamos a caminar un rato -dijo-. Necesito salir de aquí.
Peleamos mientras transitábamos. En el frío de la mitad de la noche, en la mitad del estado de Connecticut, peleamos. Peleamos sobre la lejana Matilda en el desierto: el tipo de mujer que era, sin sentir el dolor de lo que todavía no sabía. Le dije a mi madre que sería cruel enviarle la carta, casi impensable. Le dije: «No me gustaría que un extraño me dijera que moriste». Dijo que Matilda se había ido, ¿acaso podía entenderlo? Cuando alguien se iba, una y otras y otra vez, no había nada más que hacer, más que dejarla ir. Yo había estado bebiendo vino y mi cara estaba caliente por ello; mi madre había estado bebiendo agua mineral y su cara estaba suave y blanca. Sus rasgos permanecían perfectamente estables aun cuando sus palabras sugerían que estaba alterada.
No podía entender cómo es que pudiera estar más del lado de una extraña que de ella, la mujer que me había educado. Le dije que no lo estaba; no sabía por qué, eso era todo. No sabía qué pensar. Mi madre dijo: «Vete, pues. Encuéntrala. Sé un héroe». Recordé cómo usaba esa palabra cuando era una niña, como si fuera vergonzoso depender de ellos. Lo único que quería ver era si podíamos arreglar aunque fuera esto. Dijo: «Te va a cansar, vas a ver. Te va a lastimar».
Me fui enojada -la dejé enojada, parada en el estacionamiento-, pero el enojo mantuvo mis manos lo suficientemente firmes como para tomar mi bolsa, comprar un boleto de regreso a la ciudad, subirme al tren y sentarme, con las rodillas juntas, en un vagón casi vacío. Fue una vez que el tren empezó a moverse que empecé a sentirme agitada, mientras miraba los suburbios obscurecidos girar, mientras pensaba: «¿Cómo es que puede morir una mujer, una buena mujer, una mujer que amó de la mejor manera que pudo… dejando todo este desastre tras de ella, este horrible nido mujeres realmente enojadas?»
Exhalé sobre el vidrio y tracé figuras. Escribí su nombre: Matilda, como una niña enamorándose. Pensé en dónde estaba: ¿haría frío? ¿Estaba sola? Lo sabía entonces. No tenía que ganar la discusión con mi madre. No importaba si ganaba las discusiones con las personas. Tenía una dirección. Si lo quería, podía encontrarla.
Traducción de Raúl Bravo Aduna
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Leslie Jamison (Washington D.C., Estados Unidos) creció en Los Ángeles y estudió en la Universidad de Harvard y el Taller de escritores de Iowa. Ha sido mesonera en California, maestra en Nicaragua y oficinista temporal en Manhattan. Actualmente es candidata a doctora por la Universidad de Yale, donde escribe su tesis sobre pobreza y degradación en la literatura norteamericana del siglo XX. Tiene 26 años. Visita su sitio electrónico en http://www.lesliejamison.com/
Puedes adquirir la primera edición de The Gin Closet en Amazon y Simon & Schuster.
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Raúl Bravo Aduna (Estagira de México, Oregon, 1855) ve el mundo con ojo crítico, pero en vez de preocuparse, decide reír en respuesta a sus fallas. Le gustan el helado y el hockey. Le obligan a decir «es miembro del consejo editorial de Cuadrivio…». Es miembro del consejo editorial de Cuadrivio.
Su blog personal: http://somuchtheworse.wordpress.com














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