Josefina Vicens: dos novelas bastan

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Escribir sólo dos libros puede resultar peligroso: una cantidad tan modesta podría condenar a su autor al olvido o, como en el caso de Juan Rulfo con El llano en llamas y Pedro Páramo, conducirlo a una historia de éxito. Josefina Vicens se agrega a la escuela del silencio, ésa que publica poco y lee mucho, que poda cada letra que crece en su patio. Vicens, atrasada en edad y adoptada por la generación de medio siglo, demuestra que dos novelas bastan.

 

Arturo G. Canseco

 

Existen obras con la capacidad de asir de una manera excepcional la esencia de un tiempo y el sentir de sus habitantes, reflejar por medio de la literatura lo que es un país y lo que son quienes en él ven transcurrir sus vidas.

Para darse una idea de lo que fue el siglo XX mexicano, no se necesita más que recurrir a dos autores. Con un par de libros cada uno, nos da un total de cuatro volúmenes. Me refiero por supuesto a Josefina Vicens y a Juan Rulfo. Por un lado, el México rural y, por el otro, el citadino. Complemento perfecto para retratar a un país que transitó de la tierra al asfalto pero sin poder hacer a un lado el sufrimiento, la angustia y el futuro incierto que parece siempre lucir como una pesada loza que tarde o temprano recaerá sobre las espaldas.

Josefina Vicens escribió El libro vacío primero, Los años falsos después; ambas novelas hitos en la literatura mexicana.

En Los años falsos (1983) asistimos a la herencia revolucionaria contada a través de un hijo y un padre encarnados. La novela de Vicens nos habla de la época; con los personajes y situaciones que ya a estas alturas se han vuelto cliché, pero con un personaje –Luis Alfonso Poncho Fernández– que desborda la coyuntura y le brinda una riqueza incomparable al texto.

La obra no se queda en el retrato de cómo la política comenzó ese proceso de descomposición basado en la búsqueda irrefrenable y deleznable por el poder (que a nuestros días continúa como todos sabemos bien) o la presencia de la mujer abnegada y la caricaturización de las hijas relegadas en pos del favoritismo por el primogénito –en suma, un esbozo notable de la familia tradicional mexicana–, sino que se compone de elementos formales que le brindan un lugar sobresaliente por encima de otros libros que pudieran parecérsele.

La voz narrativa le habla al lector y lo hace copartícipe de la historia. El tiempo narrativo condensado en un solo momento se fragmenta en un gran número de episodios que permiten reconstruir la historia de un personaje atormentado por la falta de su padre, por la añoranza del tiempo perdido y por el abrumador acoso de la sociedad que dicta los roles que cada quien debe de cubrir.

Esta novela nos presenta situaciones en las que se establece un modelo de vida, de pensamiento y de acción, al que todos deberían de atenerse. Quienes no se sienten cómodos, sino disconformes, allí sólo pueden esperar la desdicha. Esto sucede en la mayoría de las etapas de la historia. Encontrar esa vía alterna al camino del conformismo que la mayoría sigue es una labor no opcional sino imperativa para quienes como Poncho Fernández desconocen a cada paso si es la vida o es la muerte la que conduce sus pasos.

Los años falsos fue escrita por Josefina Vicens más de 20 años después de haber escrito El libro vacío (1958), obra por la que recibió el Premio Xavier Villaurrutia en su tercera edición –después de que Rulfo y Octavio Paz ganaran las dos primeras ediciones–, lo cual la abrumó y le transfirió un sentimiento de no saber qué hacer después de haber obtenido tal distinción. Así se lo contó a Daniel González Dueñas y Alejandro Toledo en una entrevista realizada en 1986[1]. En ese y otros documentos se percibe a una mujer de gran temple y vasta inteligencia. De formación autodidacta, pues sólo realizó la educación básica; pero por medio de incansables lecturas y de la vida propia comprendió como pocos la esencia humana.

Nació en Villahermosa, Tabasco, el 23 de noviembre de 1911 y falleció en la ciudad de México un día antes de cumplir los 77 años. Incursionó también en la tauromaquia (no en el ruedo, por supuesto, sino como cronista para lo cual empleaba el seudónimo Pepe Faroles), en la música, en el periodismo (escribiendo artículos políticos con otro sobrenombre, a saber, Diógenes García) y en el cine. En este último rubro destacan sus guiones de Las señoritas Vivanco (1959), Renuncia por motivos de salud (1975) y Los perros de Dios (1979).

Ubicada en los años de la llamada generación de Medio Siglo[2], entre los que se encuentran: Carlos Fuentes, Ricardo Garibay, Salvador Elizondo, Elena Poniatowska, Inés Arredondo, Sergio Pitol, Emilio Carballido y Jorge López Páez, su obra se inscribe en aquel periodo de renovación que trastocó la creación literaria tanto en las temáticas como en la técnica. Vicens, aunque nace en 1911 y los años de nacimiento de los autores de esa generación van de 1920 a 1935, se emparenta con esa camada, ya que sus libros se publican a la par de los de aquéllos. La pluma de la autora participa también en la búsqueda y la curiosidad por encontrar nuevos horizontes.

Con El libro vacío nos demuestra que la nada existe y el vacío no es tal. Su protagonista José García es un hombre maduro, con una vida promedio y un cúmulo de problemas propios de la vida citadina de mediados del siglo pasado en México. Transcurre sus días al lado de una esposa que personifica la derrota de la vida conyugal, un hijo al que la juventud está a punto de explotarle en el pecho, y otro más al que la vida –aunque con poca frecuencia– le sonríe con gran intensidad.

José vive y ama, aunque también sufre. Quiere escribir pero no puede. Cada noche acude a la cita de manera ceremonial, se sienta en su escritorio frente a uno de sus dos cuadernos y deja correr la tinta pero sabe que no dirá nada. Nada relevante. Su vida común lo martiriza y no le permite escribir algo que valga la pena y, sin embargo, el deseo de expresarse y hablarle al otro no desaparece en ningún momento. Su lucha por evitar la escritura nubla su pensamiento, sus acciones, toda su persona. Lo abruma la constante presencia del vacío. De su segundo cuaderno.

José García tiene dos cuadernos, se ha planteado utilizar el primero como una especie de borrador para cuando llegue la escritura memorable transferirla a ese segundo. El que se encuentra a la espera de las palabras que conformarán el gran libro que anhela crear. Lo cual, por el título del libro, se sabe ya, no sucede.

El vacío lo aprisiona. Lo encierra en su interior y evita la exteriorización. La constante del vacío es invariable e inamovible. El vacío, aunque inasible, existe. Es capaz, incluso, de llenar un libro. Un libro vacío que recuerda nuestra imposibilidad. La presencia del impulso anhelante de lo inalcanzable.

Al igual que Rulfo, Vicens ejemplifica que dos libros son suficientes para enarbolar un relato más que hondo y sensible de lo que fue una época específica y una forma de ser del hombre en general. A caballo entre el localismo y la universalidad, Josefina Vicens supo darle a su voz, transmutada en sus dos libros en voz masculina, el tono adecuado que le habla al lector desde la más íntima reflexión. Su obra ocupa un lugar preponderante dentro de la literatura mexicana y es muestra de que no se necesitan miles de páginas para dibujar un tiempo y un país, un hombre y un universo entero[3].

NOTAS

[1] Daniel González Dueñas y Alejandro Toledo, «La inminencia de la primera palabra», Cuaderno Salmón, año 1, número 2, octubre de 2006, pp. 92-105.

[2] Agustín Cadena, «Medio siglo y los sesenta», Casa del tiempo, Universidad Autónoma Metropolitana, septiembre de 1998. Obtenido de http://www.uam.mx/difusion/revista/septiembre98/cadena.html, consultado el 29 de mayo de 2011.

[3] Josefina Vicens, El libro vacío, Los años falsos, México, Fondo de Cultura Económica, 2006.

 

 

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Arturo G. Canseco (Ciudad de México, 1985). Ejerce el periodismo cultural en diversos espacios incluidos su twitter (@arturogcanseco) y su blog (http://cinco20.wordpress.com/). Las licenciaturas en comunicación social y letras ocupan su acontecer diario.

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