El trazo perfecto del calígrafo
Ernesto Kavi
La destrucción de los libros no es un acto que nazca de la enfermedad. Es, por el contrario, un acto de salud. La literatura, dice Borges, desea su propio fin; quiere hacernos olvidar que está hecha de sílabas, de palabras, de frases; quiere hacernos creer que entre ella y el mundo no hay ningún abismo. Al pronunciar la palabra montaña, atravesamos la montaña; al decir río, navegamos por el río. La literatura, al nacer, engendró la historia de su destrucción, y esa historia está ligada a la retórica propia de todo acto de lenguaje. Bajo las llamas que pueden consumir una biblioteca, a pesar de lo que muchos quieren creer, no arden ni la memoria de la humanidad, ni su arduo conocimiento. Bajo las llamas se cumple la literatura.
En un pasaje de la vasta literatura china se nos cuenta que un emperador encargó a Confucio, conocido por ser un alto calígrafo, el trazo de un cisne perfecto. Para cumplir su tarea, Confucio pidió el tiempo de cinco años, un palacio, y mil sirvientes a su servicio. El emperador lo concedió. Al término de ese tiempo, el gobernante pidió que se le mostrara el alto y ligero trazo que había exigido. Confucio pidió cinco años más. El emperador los concedió. Durante los diez años que transcurrieron, Confucio no tomó el pincel en una sola ocasión, no exigió de su mano ningún gesto. Se dedicó a contemplar el vuelo de los pájaros. Cuando el plazo se agotó, el emperador lo mandó llamar. En ese instante Confucio trazó una línea rápida y ligera. Era el signo perfecto. Se dice que la perfección del pájaro era tal que, al instante, salió volando. Sólo quedó una hoja clara y vacía. Los comentadores indican que no hubo desde entonces literatura más alta que ese trazo fugaz y ligero, y esa página clara.
La claridad de la obra es un exceso para los ojos humanos. Cierta tradición, que en Occidente se instaló con fuerza en la Edad Media, ve en el silencio, en la página blanca, el destino más alto para la palabra humana. Pocas ideas con una fuerza tan devastadora han sido concebidas entre nosotros. Pocas ideas que hayan devorado más hombres. Sin embargo, en ella hay un error. No es el vacío la cumbre. Es el esplendor. Ahí donde la palabra ya no puede verse, no hemos llegado a la nada, sino a la claridad. Toda palabra que desaparece se encarna entre los hombres. Todo libro que arde ilumina el mundo, y lo acrecienta.
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Ernesto Kavi es escritor y traductor. Vive en París.












