El ataque de los zombis parte mil quinientos
Raquel Castro Maldonado
Hay quienes no creen en los zombis, sólo por el hecho de que no existen (gente de poca fe). A ésos yo les digo: de acuerdo, los zombis pueden no existir en este momento en el lugar en el que te encuentras, pero eso no significa que no puedan existir en un siglo, un año o un minuto. Y semejante negación sólo servirá para que, cuando el ataque zombi llegue, su negación los haga víctimas más fáciles de devorar.
Sin embargo, hay otros que están completamente obsesionados con los zombis. Su fijación es tal, que no logran dejar de pensar en los muertos redivivos. Y esto, por supuesto, afecta su vida cotidiana, sus relaciones de pareja, su carrera laboral: todas las noches sueñan zombis. Es patético pero… ¿qué pueden hacer esos pobres? ¿Será la terapia tradicional la mejor opción? ¿O habría que recurrir a una disciplina alternativa?
OPCIÓN A
—Doctor, ¿se acuerda de mí? Dejé de venir hace como seis años porque tenía la impresión de que usted, en vez de ayudarme, estaba viendo la forma de sacarme más y más dinero. Como cuando me mandó al taller de Constelaciones Familiares en Tlayacapan a precio de Cancún, o cuando me embarcó en la fitoterapia para adelgazar y mejorar la psique, todo a la vez.
—Ah, sí, Raquel… me acuerdo de ti. Pero ¿no me dijiste que te ibas porque habías conseguido una beca para estudiar esperanto en Finlandia?
—Este… ah, sí. Era eso. De la terapia que deserté por lo que dije hace rato era otra, no la de usted, je.
—¿Y qué tal el esperanto?
—Nomás cheque: hofolafa, ¿cófomofo estáfa?
—Guau. Te felicito. ¿Y por qué volviste, a todo esto?
—Es que sueño zombis, doctor.
—…
—…
—…
—Oiga, no se supone que sea usted lacaniano, doctor. Deme algo para ya no soñar zombis.
No. La terapia tradicional no es opción.
OPCIÓN B
—Bichiiiiiiitoooooooo
(silencio)
—Bichibichibichibichi
(silencio).
—Bichitobichitobichitobichito
(patitas que corren y se alejan).
—¡Chingado gato!
—¿Miau?
(claro: se aparece sólo cuando intuye que no me interesa su compañía).
—¡Sáquese!
(por supuesto que no: en vez de irse, se me trepa y empieza su concierto)
—PRRRRRRRRRRRRRRRR
—Chinche gato, ¿ha de ser cuando tú quieres?
—PRRRRRRRRRRRR PRRRRRRRRRRRRR PRRRRRRRRRRRRR
(acaricio acaricio acaricio. ronronea ronronea ronronea).
—Hmmm. Creo que esto funciona. Ya no me acuerdo de… de… ¿de qué?
—PRRRRRRRRRRRRRRR
(ruido afuera: son pies que se arrastran y un gemido y algo que suena como sangre que gotea).
—¿Oíste, gato?
—PRRRRRRRRRRRRRR
(el ruido de afuera podrían ser niños que juegan; podría ser un perro lastimado; pero podría ser…).
—¡Un zombi, gato, un zombi! ¡Sálvame!
—PRRRRRRRRRRRRRR
(del susto, aprieto al gato contra mí. del susto (que le da el apretón), el gato me rasguña. del susto (que me da el rasguño), le pego al gato. del enojo, el gato me hace pedazos. salgo como puedo y descubro que, efectivamente, mi zombi son los hijitos del vecino, que corren descalzos y se pelean y gimen y se hacen pipí y por eso se oyen goteos).
—Niños…
(aunque mi intención es buena: decirles que no es hora para que anden jugando, los chavitos me ven y palidecen. se van corriendo, gritando, espantadísimos ante mi look post-ataque gatuno.)
—¡AAAAAAAAAHHHHHHHH! UN ZOMBIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII
(regreso a casa, derrotada. me tumbo en el sillón. el gato se me sube).
—PRRRRRRRRRRRRRR PRRRRRRRRRRRRR PRRRRRRRRRRRR
No… la felinoterapia no parece ser tan buena opción.
OPCIÓN C
—No, Raquel –dice mi psicoenterólogo– los zombis no existen, no van a venir por ti, no tienes que poner otra reja ni un túnel que lleve a tu coche. ¿A dónde irías, en todo caso?
—¿A dónde? A casa de mi papá, por supuesto. De ahí, hmmm… yo creo que a la sierra de Puebla. Tengo la teoría de que el problema zombi no duraría mucho tiempo. Pero es vital escapar en los primeros minutos, que es cuando la mayor parte de la gente muere o se infecta. Todo por no tener vías de escape. O por no reaccionar a tiempo.
—Es una locura. ¿Cómo harías para llegar a casa de tu papá?
¡Qué tipo tan tonto! La clave de todo está en reaccionar a tiempo: a la primera señal de zombis, subir al auto, tomar el periférico (de preferencia, por el segundo piso) y no detenernos hasta casa de mi papá.
—¿Y tu gato?
—¿Qué con mi gato?
—¿No decías el otro día que tu gato se niega rotundamente a entrar a su jaula transportadora? ¿Que la última vez que lo intentaste te sacó el ojo con sus garras y que por eso tu ojo izquierdo es de vidrio…?
—De cristal cortado…
—Hmmm…
—…de Murano
—Hmmm… ¿te das cuenta de que tu historia es cada vez menos creíble?
—¿Se da cuenta de que estamos cambiando de tema? No se supone que hablemos de mi ojo de cristal cortado y aplicaciones de filigrana: el problema es… ¡los zombis!
—Los zombis.
—Sí. Que en cuanto aparezcan tratarán de entrar a mi depto y devorarme el cerebro.
—Hmm
—Y que la única solución es poner otro enrejado y abrir un túnel que vaya de mi depto al estacionamiento. ¿No ve que de otro modo vivo en una trampa sin salida?
—¿Y tu gato?
—Él entenderá. Tengo la teoría de que, en cuanto aparezca el primer zombi, Primo tendrá el suficiente sentido común como para entrar a su jaula por su propio pie.
—Pata.
—¿Eh?
—Es «pata».
—No, es «gato».
—Digo que entrará a la jaula por su propia «pata».
—Eso es también lo que yo creo. Y que una vez en el auto…
—Tomarán el periférico y llegarán en un suspiro a Iztapalapa.
—Exacto.
—¿Y si Alberto no está en casa cuando ocurra el primer ataque?
—(silencio pensativo)
—(silencio retador)
—¿Por qué no iba a estar en casa?
—Porque trabaja fuera de vez en cuando, ¿no?
—(silencio que pone en orden pensamientos)
—(silencio triunfal)
—Entonces, ¿está sugiriendo que Alberto debe renunciar a su trabajo por un hipotético ataque de zombis?
—(boca abierta)
—(ceño fruncido)
—(sollozos)
—Doctor, ¿ya mero me da de alta? Preferiría usar el dinero de las consultas en la construcción del túnel…
—(Llanto copioso)
No. Probablemente no hay terapia que sirva para esto…
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Raquel Castro Maldonado (ciudad de México, 1976) es guionista y narradora. Como parte del equipo del programa Diálogos en confianza de Canal 11, obtuvo en dos ocasiones el Premio Nacional de Periodismo. Ha publicado en diferentes antologías y revistas. Es autora de la novela Ojos llenos de sombra (SM, 2012), con la cual obtuvo el premio Gran Angular.













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