«Los predilectos» de Jaime Mesa

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No es más que una persona normal

que va a vivir y a morir

siendo desconocida e ignorada.

Ordinaria. No es ninguna tragedia.

 

Chuck Palahniuk

 Natalia R. Priego

 

Sócrates decía que el hombre teme a la muerte porque ésta es la entrada a lo desconocido. Yo creo que el miedo yace en saberse intrascendente. En darse cuenta de que no importa cuántos logros o éxitos se alcancen, una vez llegada la muerte lo hecho en vida pasará al terreno del olvido o a la memoria de unos cuantos. El miedo a la intrascendencia, el vacío existencial y la búsqueda de la identidad son los grandes temas que atraviesan la nueva novela de Jaime Mesa, Los predilectos (Alfaguara, 2013).

Si consideramos a la literatura como un documento social de una época dada, Los predilectos se suma a una larga lista de novelas de producción reciente que ahondan en problemáticas que acaecen a los sujetos de hoy día. Esto es, si los grandes novelistas latinoamericanos de mediados del siglo XX escribían sobre la búsqueda de una identidad social, hoy autores como Jaime Mesa nos muestran que la situación ha cambiado. Ya no hay luchas colectivas sino individuales, ya no estamos en la búsqueda de una identidad nacional sino de una personal e íntima. Esto evidencia una transformación social e histórica. Si en 1963 Horacio Oliveira se pregunta «¿Encontraría a la Maga?» (es decir, ¿encontraría la última casilla de la rayuela, el cielo, la esperanza?), en el 2013, la predilecta Lynda Combs afirma: «El éxito no es más que un fracaso retrasado». 50 años después podemos decir que fracasamos, que no encontramos esa identidad, esa esperanza que nos movilizaba hacia un futuro mejor.

Novelas como Los predilectos nos confirman que somos la sociedad del fracaso, que no sólo estamos viviendo la pérdida de la identidad sino la inexistencia de la misma. Es así que todos los personajes de Mesa se muestran como seres vacíos de anhelos, de deseos e impulsos que los hagan sentirse vivos, de ahí su constante necesidad de experimentar situaciones liminales a través de las drogas, del sida, del sexo, del alcohol o de la fama efímera y banal. No importa qué tan excesiva sea la experiencia, ésta nunca será suficiente.

Así, a través de los sentires y pensamientos más íntimos de Scarlett Kunzen, la protagonista, vamos descubriendo su mundo que también es el nuestro, el de cualquiera. Un universo que con el transcurrir de las páginas es más degradante y oscuro. Desde las primeras páginas Scarlett se asume como una mujer que vive a través de la figura de otros, es decir, construye su identidad a partir de la imagen de alguien más, alguien ajeno a ella: «Yo era la concreción del estereotipo. Por eso, lo que le ocurre a los demás siempre será más importante que mis actos y deseos individuales. Si los demás, si esos personajes viven y gozan, eso hará que yo siga viva». ¿Y quién, en un mundo dominado por el mercado, bombardeado de anuncios que venden estilos de vida, famosos que dictan la última moda, no es la concreción del estereotipo? Por eso, repito, la realidad de Scarlett Kunzen es la realidad de todos, cuya individualidad está signada por discursos ajenos a los nuestros, por ideales y valores que no siempre concuerdan con nuestras condiciones personales.

Las preocupaciones que atormentan a los personajes de Mesa son reflejo del cambio de valores que como sociedad estamos viviendo, es decir, si antes había que ser solidarios hoy hay que ser competitivos, si antes permanecer largo tiempo en un mismo trabajo era sinónimo de constancia hoy es falta de emprendimiento, de experiencia. Hoy quien no tiene más de cien followers no es nadie. Hoy se fomenta el liderazgo, no el compañerismo. Por medio de la fama alcanzamos el reconocimiento, no importa si sea virtual o a costa de exhibir nuestra vida en internet.

En ese sentido cada uno de los predilectos de Mesa encarna un tipo de «patología social», es decir, las consecuencias de no alcanzar el valor que dicta la sociedad mercantil y globalizada de hoy día. Así Lynda Combs combate contra el fracaso de la fama. Ni su serie de televisión, sus fiestas, ni su dinero la salvarán del irrefrenable rastro que deja el paso del tiempo, ni le permitieran gozar la felicidad que da tener hijos. Lo mismo sucede con Konstantin, Dimitri y Soseky, quienes probaron las mieles del éxito y la popularidad pero, al tiempo y sin saberlo, estaban acudiendo al espectáculo de su propia degradación. Konstantin, invadido por el cáncer, se vuelve paciente de su propia destrucción: «Nuestras vidas no tienen la menor importancia más que para unos cuantos conocidos cercanos. […] Pero, piénsalo, mueres y ¿qué pasa? Nada. Absolutamente nada». Y así K, como lo llama Scarlett, no intenta luchar por salvarse, ni siquiera busca un diagnóstico médico, simplemente se deja llevar por la muerte. Una muerte física que llegó a poner punto final a una muerte anterior: la espiritual. Lo mismo sucede con Soseky, quien también es espectador, no de su muerte, sino de su vida y su fama: «durante su infancia y primera juventud había oído tantas historias de éxito, y visto tantos programas de Behind the music que cuando la fama llegó parecía que estaba asistiendo sólo al estreno de una teleserie donde cuatro jóvenes alcanzaban lo que decenas antes habían logrado». Su vida es sólo el simulacro de otras vidas, ya realizadas, ya concretadas.

La banalidad como un estilo de vida es la enfermedad que invade a los padres de Scarlett, quienes son una familia acomodada de los Cabos, cuya cotidianidad transcurre en sostener el estereotipo: ser los más ricos, los más jóvenes, los más famosos, los de mejor cuerpo. Su vida es una lucha constante por mantener la imagen que los demás esperan de ellos.

Todos los desasosiegos que invaden a los predilectos convergen en Scarlett quien, más que ser el testigo de las vidas de los demás personajes, es el resultado de su relación con ellos, la cual, de una u otra forma, se ve consolidada gracias a que todos comparten los mismos vicios, adicciones, vacíos y miedos. Sin embargo, el mayor fantasma que los acosa es la intrascendencia de la vida, la poca importancia de los sucesos experimentados de manera individual. No es un miedo a lo desconocido, como afirma Sócrates, ni tampoco a la muerte per se (pues ésta no les es del todo desconocida, la han experimentado a través de la muerte ajena), sino a la confirmación de que una vez llegado el fin, el olvido comienza a borrar todo aquello que en vida creían relevante. No importa cuán famosos, exitosos, bellos o talentosos sean estos predilectos, cada paso que den es un paso más al fin, a la nada. Estar conscientes de ello es la piedra con la que siempre tropezarán los personajes de Mesa, impidiéndoles sentirse satisfechos con su existencia. Creen que recreando el estereotipo, encarnando el simulacro de la vida de otros, la caída al fracaso será menos dolorosa, pues ser ellos mismos es el pase directo al abismo del olvido.

 

 

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Natalia Rodríguez Priego (Ciudad de México, 1992). Estudió Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha participado como asistente editorial en la edición de la revista Alquimia a cargo del INAH y del SINAFO, así como en el libro Nacho López, Ideas y visualidad editado por el FCE y el SINAFO. Actualmente está a cargo de la edición del libro Fotografía y Arqueología a cargo del Museo de Antropología e Historia.

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