Poemas de Kevin Higgins
Eres el viejo en la casa azul
Siguiendo a Bertrand M. Patenaude
Te haces promesas imposibles.
Afuera el cactus, los lobos;
la hora de no tener a dónde ir.
Ha pasado una década desde que el nuevo dios
selló tu pasaporte: inválido.
Tu cumpleaños cincuenta y nueve es ciruelas confitadas
y dos orquestas pequeñas.
Afuera tus amigos reciben agradecidos
balas en la nuca.
Una tormenta de agosto golpea a las puertas
con las palabras del Fiscal General:
¡Abajo con el buitre y con estos miserables híbridos
de zorros y cerdos!
En tu mano
la pistola sin suficientes municiones.
Esperas a no sabes quién
para que abrace tu cráneo y susurre:
«Ya terminó todo»;
te permites una última
promesa que no se cumplirá durante
ciruelas confitadas y dos pequeñas orquestas
en la hora de no tener a dónde ir.
Papá
En tardes amarillas
en un país que ya no existe,
nos ignoramos mutuamente
entre tazas muertas de café.
Hasta que destruyo
el silencio prístino:
anuncio mi oposición
a la teoría económica de la filtración, o
al concepto del bien y el mal
como tú lo entiendes; o digo
que como están las cosas
éste sería un buen momento
para que el mundo se acabe.
A veces me contestas ladrando:
que en mi mundo sin reglas
Ian Brady probablemente haría tours en Europa
para promocionar su autobiografía,
Todos reciben lo que se merecen:
«El autor estará disponible después del evento
para llevarse niños del público»;
y no importan las grandes opiniones,
con mi Certificado de Bachillerato el único trabajo
para el que estoy calificado, en un país
que ya no existe, es quedar con hombres
en hoteles a cambio de monedas.
Pero generalmente huyes para darle
a un arbusto inocente
un corte de pelo de skinhead; permíteme
seguir contradiciéndome
hasta que logre averiguar
qué es lo que intento decir.
Traducción de Ana Laura Magis Weinberg
Leña
Un campo de huesos de cincuenta por cincuenta.
Sería problemático describir esto como genocidio.
Junto leña a las ocho de la mañana.
Mi hijo se aferra a mi vestido. Hombres uniformados
y con insignias militares detienen su automóvil
y avientan al niño al fuego. Luego a otros cinco,
uno tras otro. Me paralizo.
Sería problemático describir esto como genocidio.
La solución no es la intervención militar. Exigimos
que Estados Unidos no meta las manos en Sudán.
Niños comienzan a saltar de las ventanas
cuando los yanyauid entran a la escuela.
La policía comienza a disparar. Todos,
sobre todo bebés y viejos,
caen. Estoy parada sobre los cuerpos.
Un cuartel militar.
No hay baño. La gente se queda quieta
y sufre sus heridas.
La gente se queda quieta. No hay baño.
Un cuartel militar. Estoy parada sobre los cuerpos,
caen. Sobre todo bebés y viejos.
Todos. La policía comienza a disparar.
Cuando los yanyauid entran a la escuela,
niños comienzan a saltar de las ventanas.
La solución no intervención militar.
Estados Unidos no meta las manos en Sudán, exigimos.
Sería problemático describir esto como genocidio.
Me paralizo. Uno tras otro,
cinco de ellos. Detienen su automóvil
y lo avientan al fuego. Hombres
uniformados y con insignias militares.
Mi hijo se aferra a mi vestido.
A las ocho de la mañana junto leña.
Sería problemático describir esto como genocidio.
Un campo de huesos de cincuenta por cincuenta.
Nota. Los versos que no están en itálicas son declaraciones de testigos en Darfur.
Traducción de Hipatia Argüero
Recordando los noventas
Siguiendo a Dondald Davie
Nuestro cabello se acortaba y la tele
siempre estaba encendida. Esperábamos
el segundo álbum de los Stone Roses, o veíamos
La familia Salinger. En Washington,
había comités para refunfuñar
por lo que había sucedido en los pantalones del presidente.
Irlanda del Norte hizo una pausa por
aquello que eventualmente llegaría a
ser una idea completa. Ruanda
era un machete con nombres inscritos
que no se parecían a los nuestros.
Protestábamos en contra de las pruebas nucleares
francesas al probar y descubrir la nueva inocencia
del vino blanco sudafricano.
Osama bin Laden era un rumor
que nadie creía y Saddam Hussein
un brote esporádico de acido estomacal
en el esófago. Podíamos abordar los aviones
sin que nadie nos tuviera que ver desnudos
a través de una máquina, y dijimos No a la apatía
que escuchábamos al no molestarnos en votar.
Mientras planeábamos viajes a lugares
que aún no podíamos pronunciar, los políticos discutían
sobre los rumanos que mendigaban en la calle Shop.
La Historia estaba en el baño,
preparando su nuevo rostro.
Traducción de Sergio Contla
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Kevin Higgins es co-organizador de los eventos literarios Over The Edge en Galway e imparte talleres de poesía en el Galway Arts Centre. Fue incluido en la antología Identity Parade. New British and Irish Poets (Roddy Lumsden, Bloodaxe, 2010). Ha publicado tres poemarios en Salmon Poetry, The Boy With No Face (2005), Time Gentlemen, Please (2008) y Frightening New Furniture (2011).
Hipatia Argüero Mendoza (Ciudad de México, 1988) estudió Letras Inglesas en la UNAM. Es traductora y lectora por placer, aunque también por obligación. Le gustan los gatos y en general se la pasa bien. Busca fiesta. Si tienen fiesta avisen.
Sergio Contla Guerrero (Ciudad de México, 1984) ha vivido, vive y vivirá en la incertidumbre afectiva producida por su afición a la música y la literatura. Es egresado de la Escuela Superior de Música del INBA en guitarra clásica y de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en Letras inglesas. Participa en un proyecto de investigación sobre estudios culturales estadounidenses en el CISAN-UNAM.
Ana Laura Magis Weinberg (Ciudad de México, 1988) estudia Letras Inglesas en la UNAM con afán de terminar lo antes posible. Es lectora profesional, traductora de hobby, y en sus ratos libres quisiera ser escritora.













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