Hacia la destrucción de la mirada estereotipada. Entrevista con Sara Sefchovich
Fernando Cruz Quintana
Sara Sefchovich (ciudad de México, 1949) puede presumir con orgullo estar curada del mal que aqueja a casi todos los investigadores en todo el mundo: no son sólo sus colegas quienes la leen. Sucede que observamos su formación y reconocemos más a la persona que a la académica: licenciada y maestra en Sociología y doctora en Historia por la UNAM. No se entienda por esto que su trabajo es poco serio: es investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la máxima casa de estudios del país desde hace más de treinta años, además de profesora, conferencista (en México y en el extranjero), novelista y traductora.
Con sus inicios en el ámbito de la investigación, la prosa transparente y directa de Sara Sefchovich se ha distinguido por integrar diversas temáticas y distintas formas de mostrarlas: del riguroso análisis sociológico, ha transitado hacia la narrativa, el ensayo y la construcción de nuevos géneros que están a medio de paso de todo. En el fondo de todo está la crítica social y la voz propositiva de alguien que afirma querer extinguir los clichés y estereotipos negativos con los que nos miramos mujeres y hombres.
Leída con la ventaja de este horizonte temporal hacia el pasado, la obra de Sara Sefchovich podría entenderse como una reflexión de largo aliento en torno a distintos problemas que ha atravesado México. Desde luego, aunado a esto están aquellos motivos personales que distinguen a la autora. Continuando la reflexión del dossier de Cuadrivio, entrevistamos a la escritora citadina para comprender cómo ha vivido su experiencia como escritora y saber qué opiniones generales tiene sobre el tema del feminismo y las mujeres y las letras mexicanas.
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¿Cómo empezó usted a escribir?
Yo escribía desde muy chica. Antes de ingresar a la universidad había publicado algunos pequeños cuentos y textos breves en periódicos escolares y de la comunidad, o en el centro deportivo al que yo pertenecía; sin embargo, mi primera obra como tal fue resultado de mi actividad de investigación en la UNAM.
Ingresé a la Facultad de Ciencias Políticas en el año 67 y a los dos años –más o menos en el tercer semestre– empecé a trabajar en el Instituto de Investigaciones Sociales como becaria de investigación. Desde entonces hasta la fecha, aunque después de haber recorrido varios escalafones profesionales, laboro en el Instituto y ejerzo mi actividad docente, de investigación y de escritora.
¿Qué temas le interesaban en sus primeras obras?
Ese primer libro que te mencioné es La teoría de la literatura de Lukacs y a partir de ahí seguí con la escritura. Empecé a trabajar en algo que siempre me interesó: la teoría adaptada al estudio de la cultura desde una perspectiva sociológica; nunca la literatura, ni el arte ni el cine, desde una perspectiva estilística.
En concreto, las preguntas que yo me hacía, por el grupo al que pertenecía en el instituto y por los teóricos que estudiaba –Lukacs, Goldmann y algunos otros marxistas que hacían análisis literario–, eran para entender qué hacía que se produjera determinado tipo de literatura en determinado tipo de sociedad. Esto hasta la fecha me sigue interesando, aunque ahora me lo pregunto de manera distinta.
Me empecé a hacer esas preguntas en temas muy concretos de México, y el trabajo de un escritor como Luis Spota –que era uno de los pocos escritores cuyas ventas eran exorbitantes en aquellos años– se prestaba muy bien para un análisis sociológico de este tipo. Después me interesaron Yolanda Vargas Dulche y algunos otros autores, sin embargo mucha de mi producción estuvo delineada por el trabajo del Instituto. Conforme fui ascendiendo, pude tener más facilidad para elegir los temas que más me interesaban.
Usted también ha publicado novelas. Sabiendo eso, ¿qué diferencia existe entre escribir ficciones y escribir sobre la realidad social, qué le piden los ensayos académicos a la inventiva y qué retoman las ficciones de la realidad para apelar a lo verosímil?
Hace muchos años que yo dejé de hacer esa separación: pensaba que eran dos maneras distintas de entender la escritura.
El lenguaje sí es diferente, sobre todo cuando estás en el ámbito académico: existe una manera de escribir dependiente de sustento y voces de autoridad; desde luego también por la manera de citar y de organizar la información. No me gustan los estándares actuales, en donde agregas una referencia entre paréntesis en medio del texto: ¡qué manera de destruir y de cortarte la dicha de la lectura! Yo pongo un número y al final del texto añado de dónde obtuve eso que cité; si a ti como lector te interesa saber de dónde saqué la información, harás el esfuerzo por ir al final a constatarlo.
Por otro lado, una novela me exige muchísima investigación, tanto o más que mi trabajo del Instituto. Lo mejor de la literatura y la sociología mexicanas son grandes ensayos narrativos, o novela-ensayo. Se difuminan los límites. Yo estoy encantada de poder comprender así mi escritura: mezclo mi pasión por la literatura, historia, análisis sociológico y el tema feminista. En este vaivén de aproximaciones se construyen géneros nuevos. En mi más reciente libro, ¿Son mejores las mujeres?, incluyo pedazos de todo lo que me dio la gana meter: ensayo, crónica, una conversación, uno de mis programas de radio, una de mis columnas de periódico, que tengo más de veinte años escribiendo…
No quiero escribir para un grupo pequeño que se autorreproduce; me interesa mucho debatir con la gente de afuera. Por eso ya no hago esa separación, digamos que en el ensayo meto mi parte creativa y en la novela meto mi parte de investigadora y es difícil distinguir en qué momento empieza una y termina la otra.
Conduciéndonos hacia otro tema, para después regresar con la escritura, ¿qué es para usted el feminismo?
Para mí, el feminismo tiene que ver con la búsqueda de igualdad de oportunidades y la construcción de una agenda específica para las mujeres que esté orientada de forma fundamental al reconocimiento y la defensa de todos sus derechos: sobre su cuerpo, sexuales y reproductivos, de trabajo, apoyos para poder al mismo tiempo trabajar y atender a sus familias, etcétera.
Feminismo es sinónimo de justicia en temas profesionales, de salud y de todo tipo. Cada grupo feminista o cada sector, independientemente de si es una académica interesada en el tema, un militante, o no es ni lo uno ni lo otro, se incluye de alguna manera dentro de esta idea general.
¿Usted cree que existen algunos temas que son exclusivos para las mujeres?
No lo creo. Te pongo un ejemplo. En México, más o menos a finales de los años 80, dada la situación social que se vivía en el país, existía una clase media acomodada más grande que la que tenemos ahora. La gente podía darse el lujo de leer con mayor facilidad, y sobre todo las mujeres. Y quizá no sólo en ese periodo: ellas han sido históricamente más lectoras que los hombres, probablemente orilladas por su situación de encierro doméstico. En este contexto surgieron algunas obras que fueron excelentemente recibidas por el público femenino, al grado de que muchas de ellas se volvieron best sellers.
Los hombres de aquellos años decían que era una literatura de «bajas calorías», destinada a «amas de casa fodongas que no [tenían] nada que hacer». Por supuesto, fue una perspectiva muy misógina. Esas novelas se leyeron, no porque fueran hechas para mujeres, sino porque lo que contaban les interesó.
Yo cuando escribo no puedo pensar: «Mi lectora va a ser una señora que tenga de 20 a 30». Evidentemente no puedo escribir para un universo completo, porque no es lo mismo una persona joven, un estudiante, una niña. Las diferencias de cada grupo en ocasiones son muy notorias. Yo tengo que escribir pensando en lo que yo quiero decir y cómo puedo decirlo; quien caiga como lector, bienvenido. Por eso no creo que exista literatura para hombres o para mujeres. Cuando tú publicas algo es porque quieres que alguien te lea, si no, no lo publicarías.
¿Cuáles son las principales dificultades que enfrenta una mujer que quiere dedicarse a la escritura?
Ahorita ya no creo que ninguna que sea diferente a las que enfrenta cualquier hombre. Hubo tiempos en que sí existieron dificultades: las mujeres no podían contar lo que querían porque sus maridos o sus suegras las hubieran matado; o quizá sí podían escribir, pero no lo podían publicar. Y desde luego una problemática muy importante fue que no tenían las herramientas educativas que se requieren para escribir mejor. Sé que esto es discutible y no deseo meterme en una reflexión sobre el origen del talento, sin embargo, para mí no hay mejor vía para trascender en la escritura que la constante práctica y lectura, que son necesarias para poder mejorar y adquirir recursos.
¿Podría mencionar algunas escritoras mexicanas que usted considere que necesitan ser revaloradas?
En mi antología Mujeres en espejo. Antología de narradoras latinoamericanas del siglo XX, cuyo primer volumen se publicó en el 82 y el segundo en el 85, realizo una revisión de muchas autoras de toda América latina, y varias de ellas son mexicanas, algunas de ellas prodigiosas. Yo no recomiendo a ninguna en particular; te hablaría de aquellas que he disfrutado: Elena Garro, Inés Arredondo y Elena Poniatowska son sólo algunas. Pese a esta mención, reconozco que no me ha sucedido que haya encontrado alguna obra mexicana que transformara mi vida como lo han hecho algunos textos de otras latitudes. No he encontrado aquí uno de esos libros que te hacen no ser el mismo una vez que los lees. Con Elena Garro es con quien más cerca he estado de vivirlo.
Finalmente, doctora, una pregunta homónima al título de su más reciente obra: ¿son mejores las mujeres que los hombres?
Las mujeres no son mejores que los hombres, ni los hombres son mejores que las mujeres, por eso me hice esa pregunta. Hay mujeres que lo son y hay hombres que lo son, hay mujeres horrendas y hay hombres horrendos, y justamente en mi libro pretendo desmitificar las miradas estereotipadas sobre ambos sexos. Esos clichés con los que a veces nos conducimos son falsos. Ésta es la obsesión de mi vida: pasarme la vida demostrando que en ocasiones nuestra mirada sobre el otro es muy reductora. Para mí, el hombre o la mujer que tiene una agenda para resolver los problemas que me parecen importantes es la gente que vale. Me da igual si usa falda o pantalón, por decirlo metafóricamente. No creo en la cuestión mujerista de llevar a todas a todos los ámbitos sólo porque sí. Siempre lo he defendido públicamente. Reconozco que existen condiciones desfavorables para las mujeres, pero eso no significa que debemos de restar la valía de los hombres que aportan muchísimo a este país.
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Fernando Cruz Quintana (Ciudad de México, 1984) es maestro en Comunicación y doctorante en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM. Es profesor de comunicación en la UNAM y la Universidad Iberoamericana. Es miembro del consejo editorial de Cuadrivio.













