Travestidad en Facebook: tránsitos públicos y privados de mi propio cuerpo

Por  |  0 Comentarios

drag2

El género se construye socialmente. ¿Qué quiere decir eso? Ana Paulina es una joven antropóloga que decidió experimentar sobre su propio cuerpo las posibilidades de construir, cambiar y transgredir los estereotipos del género, mediante fotografías que publicó en el ciberespacio sin pretender anonimato alguno. La experiencia la lleva a reflexionar sobre los espacios para la libertad personal en la configuración social e identitaria del género, formulándose a sí misma y al lector la –ya no tan fácil – pregunta: «Y tú, ¿qué eres?» 

 

 

La identificación de género, aunque siempre parezca algo coherente y establecido, de hecho es muy inestable. Como ocurre con los sistemas de significados, las identidades subjetivas son procesos de diferenciación y distinción que requieren la supresión de las ambigüedades y de los elementos opuestos, para asegurar una coherencia y una comprensión comunes (o bien crear la ilusión de hacerlo).

Joan Scott[1]

 

Ana Paulina Gutiérrez

 

El género se hace. Pero ¿dónde empiezan y dónde terminan sus marcas? ¿De qué hablamos exactamente cuando decimos que el género se construye? Fue para responder a estas preguntas que me pareció útil experimentar el proceso de travestidad[2] y reflexionar desde mi papel como etnógrafa en el ciberespacio, centrando mi atención en Facebook. Escribir sobre la propia travestidad es un reto, porque resulta que uno no es nunca lo que pensaba; además, el experimento conlleva la pesada tarea de romper con la idea de que somos un plan ordenado de códigos, de expectativas de todos los que nos vieron nacer, crecer y ser lo que parecía que éramos –incluido el espejo.

Desde el sentido común, no solemos reparar en qué hace a una persona mujer u hombre. Cuando se llega a preguntarlo, la respuesta inmediata es referirse a los genitales. Sin embargo, la sola pregunta pone de manifiesto problemas en las definiciones. En realidad, no basta que una persona tenga pene y testículos para que sea considerada hombre; en determinados contextos se hacen necesarios otros atributos (la fuerza, el valor, la potencia sexual e inclusive la heterosexualidad). Lo mismo pasa con una persona que tiene vulva y mamas: se parte de la idea de que es mujer, pero tendrá que tener ciertos atributos para obtener las credenciales y ser reconocida como una.

La frontera entre lo biológico y lo cultural es muy porosa. Casi nadie transita por los espacios sociales con los genitales a la vista. No se sabe con seguridad lo que hay ahí abajo. Lo intuimos por los marcadores de género y los atributos, estos últimos también esencializados: es decir, así como se nace con pene y testículos, vulva y pechos, suponemos que «se tiene, en algún rincón del ser», la feminidad o la masculinidad, la esencia femenina o masculina. Desde esta perspectiva parece fácil enunciarse, nombrarse, definirse: se nace niño o niña; los niños se convierten en hombres y las niñas en mujeres. Lo demás es considerado patología.

*

Como parte de mi investigación etnográfica, durante varios meses fui parte de una red virtual de gente travesti que no conocía personalmente, pero con la que conversaba en el chat de Facebook. Esta red social, vista por algunos usuarios como un espacio privado, comenzó a presentarse en mi vida cotidiana como espacio público, un ámbito discursivo rico en narrativas verbales y visuales de mis informantes en este campo de estudio ciberespacial. Intimidad y cuerpo por todos lados. Todos los días, al encender la computadora e iniciar sesión, me encontraba con nuevas fotos de mis amigas travestis. Los escenarios frecuentes eran cuartos de hotel o habitaciones de sus casas. Primeros planos de piernas depiladas cubiertas con pantimedias brillantes o medias de red. Tacones de todos colores y tamaños. Vestidos entallados que, en algunos casos, claramente no correspondían en talla con el cuerpo fornido que los portaba. Pelucas y maquillaje mal aplicados –en pocos casos se notaba alguna destreza en su uso. El passing[3] al que ellas aspiran no se consigue en todas las imágenes, así que la mayoría guarda registros fotográficos en álbumes:

Así me doy cuenta de cómo he progresado en mi proceso de feminización. Al principio no sabía ni dar un paso con los tacones. Me ponía lo que encontraba en los cajones de mi hermana, o en la basura o los tendederos de las vecinas. Ahora ya me he comprado algunas cosas. No gasto mucho, porque si alguien comienza a sospechar, me tengo que deshacer de todo. Pero vale la pena. Siempre.

Ellas me contaban de sus emociones al travestirse: «Es adrenalina pura, ya sabes, hacerlo rápido, para que nadie se de cuenta. Cuando te ves en el espejo te sientes feliz. Así es como deberías verte siempre. Pero el gusto dura tan poco». También me hacían preguntas sobre mi propia identidad, mis preferencias sexuales y eróticas. «¿Y tú qué eres?» «¿Eres lesbiana?» «¿Te gustan los hombres o las mujeres?» «¿Eres pasiva o activa?»

¿Qué soy yo? Desde que nací, fui designada como mujer, femenina y heterosexual. Nadie me preguntó. Nadie lo puso en duda. Hasta que mi interés en el tema del género[4] despertó sospechas en mi vida personal y mi propia experiencia subjetiva. A diferencia de mis informantes, yo no había puesto en cuestión lo que soy respecto a la identidad de género, ni había hecho consciencia de lo que hasta el momento no había sido. ¿Un hombre? ¿Una mujer masculina? ¿Una persona andrógina? ¿Un travesti? ¿Estaban estas experiencias identitarias tan alejadas de mí? ¿Cómo agudizar la mirada de la etnógrafa ante estas experiencias con el cuerpo y las emociones?

Decidí vivir la experiencia de travestirme en el contexto virtual. Vestir el cuerpo de manera distinta desde lo codificado como masculino, retratar el proceso y los resultados, y compartirlo en Facebook. Esto implicaba hacerlo público con mi familia, amistades, informantes y toda la gente conocida y desconocida de mi red en Facebook. La consecuencia directa sería recibir comentarios y generar dudas sobre quién soy, por qué me estoy travistiendo y por qué lo hago público: aplicar la reflexividad sobre el «hacerme nativa».

*

Una vez tomada la decisión, me pregunté: ¿Qué tipo de masculinidad quiero construir en mi cuerpo? ¿Qué hombre quiero ser? ¿Quiero realmente ser un hombre? No. Prefería una expresión andrógina, donde no es necesario renunciar a los códigos femeninos, donde el juego radica en suavizar los polos y fundir los códigos, de manera que el cuerpo no se incline desproporcionadamente hacia ninguno de ellos.

Salí a buscar algo de ropa, un traje o corbatas, pensando en que la vestimenta sería masculina, mientras que otros elementos, como el maquillaje y el peinado, expresarían feminidad. Pero me di cuenta de que estaba perdida: no tenía referentes que me ayudaran a elegir un saco, una camisa o un pantalón masculino que se acercaran al look que pretendía construir. No sabía de cortes, colores, combinaciones ni tallas. No tuve paciencia, me desplacé hacia los anaqueles donde se encontraba la ropa de mujer y cuando menos me di cuenta ya traía en el brazo dos vestidos fascinantes y tan sólo dos corbatas que había elegido por la excentricidad de los colores y el diseño.

Al llegar a casa me sentí frustrada. Pensé en abandonar la idea y regresar a las experiencias de otros. Pero decidí intentarlo con los recursos que tenía a la mano. Busqué en Facebook y YouTube videos de transformaciones de «Female to Male»[5] y encontré varios tutoriales. Después de estudiar las formas posibles de masculinizar el cuerpo, comencé:  recogí mi cabello, lo oculté detrás de la cabeza, a la altura de la nuca, y lo peiné con un poco de gel en la parte frontal. Luego pasé un cepillo en sentido contrario al crecimiento de mis cejas, para que dieran la impresión de ser más pobladas, y pasé sobre ellas un rímel negro, dándoles más color y volumen. Finalmente, corté un mechón de mi cabello en pequeños trozos para hacerme una barba y un bigote.

El primer ensayo fue un fracaso: la barba no tenía forma y, después de intentar arreglarla varias veces, todo el pelo se cayó de mi cara y me quedé con una ligera embarrada amorfa que fue necesario eliminar con agua y jabón. Lo volví a intentar marcando una barba de candado con gel y después colocando con cuidado los trocitos de cabello. Quedó mejor, aunque asimétrico. Conforme con lo que había conseguido para ser la primera vez, me miré en el espejo y descubrí que mi ropa (un pants y una sudadera), iban perfecto con el look masculino. No tenía que hacer nada más.

Comencé con el registro fotográfico, primero con el teléfono móvil, después con la computadora. Saqué varias tomas de la cara y del torso para arriba. Después me pinté los labios de carmesí, para jugar mezclando códigos, y seguí con el registro. Al ver las imágenes en la computadora comencé a experimentar emociones. Una de las primeras fotos me impactó: vi un cuerpo, mi cuerpo, que no podía ser leído en términos del sistema binario. Un cuerpo portador de una mezcla no permitida. El verme a mí misma encarnando esta mezcla me pareció extraño, ajeno, y me hizo pensar en la potencia simbólica de la barba y el bigote, en lo definitorio de esos elementos. La eliminación del vello corporal es parte del ritual de higiene y belleza que aprendemos muchas mujeres desde la adolescencia. Para mí, ese ritual se había vuelto algo tan «natural» como tomar un baño, usar desodorante o ponerme color en los labios. Ver mi rostro, esa boca pintada que me sé de memoria, en combinación con el bigote y la barba, me pareció una incoherencia estética y me provocó rechazo. Mi primer impulso fue borrar las imágenes, pero me detuve. Después de todo, estas emociones eran parte de la experiencia, del juego de vestir mi cuerpo más allá de los límites estereotipados del género.

El sólo pensar en compartir las fotos por Facebook me causaba mucha ansiedad, así que lo postergué toda una semana. Mostrarme «en masculino» me hacía sentir insegura, me daba miedo. Aunque también tenía curiosidad por saber qué pensaría la gente cuando viera mis fotos. Pensaba en mis familiares y amigos, y en la posibilidad, aunque remota, de que mis informantes se sintieran atacadas u ofendidas, que pensaran que era una parodia, que no me lo tomaba en serio. Desistí, las emociones me superaron.

Unos días después comencé a jugar con las corbatas, pensando en que nunca había aprendido a hacer un nudo. Lo intenté, pero no me salió bien. Se me ocurrió hacer otras fotos en donde el único elemento masculino sería la corbata y sólo se vería mi cuerpo, no mi cara. Esta vez no sentí emociones negativas. Me gustó lo que vi y decidí subir las fotos a Facebook, acompañadas de una cita de Judith Butler:

La iterabilidad implica que la «performatividad» no es un acto o un evento singular, sino una producción ritualizada, un ritual repetido bajo y a través de la constricción, bajo y a través de la fuerza de la prohibición del tabú, con la amenaza del ostracismo, e incluso la muerte, controlando la forma que toma la producción, pero no determinándola previamente.[6]

drag1

Casi de inmediato, comenzaron a llegar los «me gusta», los piropos de mis informantes, las preguntas de amigos cercanos y no tan cercanos, comentarios negativos de conocidos y familiares. En total, cuarenta y cinco «me gusta» y veinticinco comentarios. Fuera de Facebook, también me dijeron lo rara que me veía y me contaron las explicaciones que mis amigas tuvieron que dar a los novios o familiares que habían visto las fotos. También me llamó la atención que muchos de los amigos que suelen comentar mis imágenes no lo habían hecho esta vez.

Seguí jugando con los códigos de género. No sólo con los considerados masculinos, sino con los que yo misma he naturalizado como femeninos y necesarios en ciertos contextos sociales. El modelar cada rincón del cuerpo (cabello, rostro, cuello, piernas) con maquillaje, prendas y accesorios, es un ritual con el que no me siento identificada, pero que aprendí y puedo desempeñar sin problemas. Seguí el procedimiento de arreglo corporal previo a una boda a la que fui invitada. Publiqué las fotos en Facebook y las cosas fueron distintas. No hubo tantos comentarios ni preguntas y nadie se sintió extrañado ante mi apariencia ultra femenina y completamente fuera de mi cotidianidad. Sintiéndome más alejada de los tacones de aguja, el peinado de salón y el vestido de coctel que del pants y la sudadera, me quedé pensando en la cita de Butler. Hacer género implica la producción y reproducción de rituales. Implica constricción, fuerzas, amenazas, control. Sin embargo, al no ser una esencia sino una producción cultural, ¿es posible que existan espacios libres para la innovación y el cambio del sistema de género que hemos aprendido?

Travestidad en texto: tránsitos etnográficos y teóricos de mi cuerpo

Para Judith Butler el género es, primero, el resultado de un proceso mediante el cual las personas, miembros de una sociedad estructurada con base en un modelo hegemónico heterosexual, reciben e inscriben significados culturales en sus cuerpos. Los reproducen, pero también los resignifican: innovan. Segundo, Butler hace la precisión del género como un régimen epistemo/ontológico que ha sido naturalizado (condición de su existencia y funcionamiento). Tercero, el género es performativo: no se trata de un acto único, sino de un ritual que consigue su efecto a través de la naturalización en un cuerpo, entendido como una duración temporal, sostenida culturalmente. Para Butler, todas las identidades de género son ficciones igualmente legítimas.

El género, en sentido amplio, es un orden social que abarca múltiples subconjuntos, como las representaciones simbólicas, los conceptos normativos, la identidad subjetiva y las instituciones.[7] Esta perspectiva antecede a la de Butler, pero permite su articulación. Más que de «construcción de género», yo hablaría de «configuraciones», aludiendo a los procesos en que se articulan los subconjuntos mencionados en contextos específicos para dar forma a maneras alternativas de hacer el género. No sólo recibimos lo que se impone sobre nuestros cuerpos, sino que lo observamos, lo decodificamos y lo modificamos de acuerdo con nuestra propia vivencia social y subjetiva –por eso, es preciso considerar la importancia de la clase social, la edad, la raza, la etnicidad, la profesión e inclusive el espacio donde el cuerpo se mueve.[8]

*

Antes de iniciar mi trabajo de campo, nadie me había hecho la pregunta «¿Tú qué eres?», refiriéndose a mi identidad de género y mis preferencias sexuales, hasta que llegué a los espacios de diversidad, incluido Facebook, habitados por personas, la mayoría activistas, con varias identidades de género y preferencias sexuales. Muchas veces, la pregunta traía consigo una respuesta: «¿Eres heterosexual, verdad?», a lo que yo respondía con otra pregunta: «¿Por qué? ¿Se me nota?». La respuesta era un «sí» entre risas que podía ir acompañado de comentarios como «hazte para allá, no se me vaya a pegar», o «es que los heterosexuales (o bugas) no pueden ocultarlo». Obviamente, yo no me presentaba con los genitales a la vista, por lo tanto, no sé exactamente que veían en mi cuerpo que era tan definitivo para considerarme una mujer biológica; de igual manera, es interesante la relación inmediata que hacían entre ser una mujer biológica y ser heterosexual. No sabían nada de mí. Hacían tales juicios porque yo «no parecía lo suficientemente bisexual, lesbiana o trans».[9]

Mi cuerpo fue una herramienta más en el campo de investigación: fotografiado y comentado en Facebook, significado como «femenino por naturaleza», se convirtió en objeto de miradas que buscaban referentes de encuentro y desencuentro. Pero fue hasta que yo decidí cuestionarlo que me di cuenta del juego que proponía Butler al hablar de la performatividad del género.

corbata1

El hecho de que yo no pudiera escoger ropa masculina no es gratuito ni trivial. Tampoco lo es que la mezcla de códigos me causara aversión o que no supiera cómo posar ante la cámara con una actitud masculina: nunca aprendí a hacer el género que no me designaron. Nunca aprendí a ser hombre y se me alejó en muchos sentidos de los atributos considerados masculinos. Cada trayectoria de vida da a los investigadores elementos para analizar las formas de hacer género. En mi caso, a través de la educación tradicional que recibí tanto en la escuela como en la familia, se me asignaron tareas, roles y atributos que en ese contexto se consideraban femeninos. Sin embargo, quedaron espacios para que yo me configurara, lejos de los estereotipos de mujer que no soy: no me identifico como varón, ni como mujer masculina, pero tampoco como una mujer ultrafemenina, ni en mis expresiones corporales, ni en los roles que desempeño, ni en los anhelos que he construido para mi vida. ¿Qué significa entonces la experiencia de transgredir el género? ¿Cómo deconstruir y construir el género en el propio cuerpo y más allá de éste?

Yo nunca había tenido la oportunidad de tomar conciencia de todo esto. La reflexión sobre el «hacerme nativa» en este espacio virtual y social, me permitió darme cuenta de las naturalizaciones de mi propio cuerpo. Me permitió reconocer la importancia de las emociones en este proceso, acercarme desde mis posibilidades y limitaciones a la vivencia de mis informantes y a la mía propia; entrar en la circulación de discursos visuales y verbales sobre el cuerpo, las transgresiones y las innovaciones para hacer nuestra propia vivencia del género.

A diferencia de mí, la mayoría de mis informantes se miran, se decodifican y se vuelven a configurar una y otra vez desde la adolescencia. Sus cuerpos transitan no sólo de un polo a otro del orden de género (entendido como binario), sino también del espacio privado al público, de la realidad a la fantasía, de los recuerdos a los anhelos. Van y vienen, se estacionan, se regresan. Sufren y gozan los tránsitos, a veces tan breves que apenas logran completar la transformación y ya tienen que desandar el camino.

Facebook permite ver estos movimientos, nos da acceso a las narrativas de las personas que comparten fotografías, comentarios o indicaciones de «me gusta». Nos deja ir y venir en el tiempo y notar los cambios e incluso el progreso en el aprendizaje del «género deseado». Podemos observar los logros personales y sociales que se corporeizan en el anhelado passing; podemos observar las interacciones en los comentarios hechos a estos cambios; podemos ver cómo una comunidad reacciona frente a las expresiones de género de sus miembros. ¿Podríamos entonces hablar de una forma colectiva de hacer género en Facebook? ¿Podríamos considerar a Facebook como un espacio con un particular régimen de género?

 

 

 

 

NOTAS



[1] Scott, Joan, Género e Historia, México, 2008, p. 61.

[2] El término travestidad es propuesto en este texto en vez de la palabra travestismo, misma que ha sido usada algunas veces en forma peyorativa, de manera parecida al uso de homosexualismo versus homosexualidad.

[3] Este es el término que se utiliza en el mundo trans para hacer referencia a la aceptación de la expresión de un género por parte de una persona como adecuada, lo cual necesariamente incluye ocultar elementos que evidencian lo reconocido como masculino. Es decir, una persona trans femenina es reconocida como mujer (este sería el ideal) en tanto la forma de representar dicho género en su cuerpo y con sus movimientos y voz sean reconocidos por otros miembros sociales como legítimos y naturales de una mujer.

[4] Este texto deriva de una investigación más amplia sobre las narrativas de personas trans femeninas en la configuración de formas alternativas de habitar el mundo, realizada en la Ciudad de México en los años 2010-2013.

[5] En los contextos anglosajones, este término hace referencia a las personas que al nacer fueron designadas como mujeres por tener vulva, pero que se identifican como varones y viven como tales.

[6] Butler, Judith, Cuerpos que importan, Buenos Aires, 2002, p. 145.

[7] Scott, Op. cit., pp. 66-67.

[8] Connell, Raewyn, Gender and Power:Society, the Person, and Sexual Politics, Standford, 1987.

[9] La Fontaine, Lawrence, «Translocas: Migración, Homosexualidad y Travestismo en el performance puertorriqueño reciente» en e-misférica 8.1, Michigan, 2011, p. 14.

__________________________

Ana Paulina Gutiérrez Martínez (Ciudad de México, 1978). Antropóloga, feminista y candidata a doctora en sociología por El Colegio de México. Investiga sobre redes sociales en internet, género, sexualidades e identidades. También escribe relatos eróticos. Su cuento «El dedo» fue uno de los ganadores del concurso «Letras de mi primera vez», organizado por Tusquets, FCE y El Universal.

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *