El fin del eje Terán-Tel Aviv. ¿Ideología o equilibrio de poder?
La historia y la vida política del Medio Oriente encierran un dinamismo mucho más complejo del que podría captarse mirando la superficie de los conflictos religiosos e ideológicos más sonados en las últimas décadas. El caso de las relaciones entre el Estado de Israel y la República Islámica de Irán es un claro ejemplo de que por debajo de las apariencias, las declaraciones de los gobernantes y las explicaciones tradicionales que opondrían a musulmanes y sionistas, yacen las aguas profundas de la política internacional.
Gabriel Morales Sod
Introducción
Desde que subió al poder en 2005 el presidente de la República Islámica de Irán, Mahmud Ahmadinejad, no ha dejado de recalcar su aversión hacia el sionismo y hacia la existencia del Estado de Israel. El 23 de octubre de 2010, por ejemplo, declaró que Israel es «una mancha nefasta» que «debería ser borrada del mapa»[1]. Con base en estos pronunciamientos podría pensarse que un país musulmán, mayoritariamente chiíta, y un Estado judío, son naturalmente antagónicos. No obstante, las relaciones entre estos dos países no se han caracterizado siempre por la rivalidad y el enfrentamiento, de hecho, durante casi todo el reinado del Shah Reza Pahlevi, Israel fue el principal aliado de Irán en la región. Por esto es necesario encontrar las razones que explican el cambio de la política exterior iraní hacia el régimen sionista[2].
La respuesta para muchos parece ser obvia: la revolución islámica de 1979 y el comportamiento radical de la nueva élite en el poder imbuida de una ideología antiisraelí, es decir, razones de política interna son la causa de que Irán rompiera la alianza que había mantenido con Israel. Empero, el objetivo de este ensayo será refutar aquella tesis recurrente. La hipótesis, entonces, consiste en que la modificación de política exterior de Irán se explica no por un cambio de régimen, ni por una ideología específica, sino como resultado de la lectura que hizo la élite iraní de los cambios en la distribución regional del poder que se dan a partir de 1967, 12 años antes de la revolución islámica. Es decir, que durante 20 años hay, aunque con matices, una continuidad en la política exterior iraní a pesar del cambio brutal en su política interna.
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¿Choque de civilizaciones o juego de poder?
A partir de la década de 1990 y con más ahínco después de los ataques terroristas del día 9 de septiembre, varios autores han tratado de explicar las dinámicas políticas en Medio Oriente a través de simplificaciones. De éstas, la más famosa es la teoría del choque de las civilizaciones desarrollada por Samuel Huntington, la cual propone que «el eje central de la política internacional en los próximos años será el conflicto entre las civilizaciones occidentales y las no occidentales» y que, dentro de estas últimas, la islámica se caracteriza por un alto grado de violencia y una mentalidad especialmente adversa a los valores de Occidente[3]. De acuerdo con esta hipótesis, el cambio de postura de Irán con respecto a Israel se podría entender fácilmente por la llegada al poder de una élite ideológicamente opuesta a los valores y principios occidentales. Sin embargo, este tipo de teorías que utilizan al Islam como variable explicativa general, como sugiere Fred Halliday, parecen limitadas[4]. En realidad, a pesar de que después de 2001 hubo entre algunos sectores de las sociedades islámicas cierta aversión hacia Occidente, las dinámicas de poder siguen explicando el comportamiento de los estados en la región[5]. El caso de la postura de Irán no es la excepción y para comprenderlo es necesario entender los cambios en el ambiente de seguridad y en la distribución de poder regional.
Los estados, propone Raymond Aron, tienen diferentes intereses dependiendo del lugar que ocupen en el sistema internacional. Los poderes pequeños restringen sus intereses a la supervivencia y a la independencia legal; los grandes poderes buscan crear un ambiente internacional favorable a sus intereses; y los poderes medianos (entre los cuales se puede ubicar a Irán, de acuerdo con Barry Rubin[6]) buscan mantener, además de su integridad territorial, un ambiente regional estable que sirva a sus ambiciones de poder y seguridad[7].
Por lo tanto, sería imposible entender el comportamiento de Irán sin observar cómo los cambios en el sistema internacional, que repercutieron directamente en el acomodo regional del poder, modificaron sus intereses. Es por ello que este ensayo explica la nueva postura de la política exterior iraní con base en una modificación en el arreglo internacional de poder en la década de 1970 ocasionado por dos motivos: la détente entre la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y Estados Unidos de América, posterior a la crisis de los misiles, y el fin de Gran Bretaña como potencia colonial[8]. Partiendo de esto, se tratará de explicar cómo la transformación en la distribución de poder en Medio Oriente orilló a Irán a dejar su vieja alianza con Israel y a optar por una nueva estrategia panislámica con el objetivo de conseguir apoyo dentro del mundo árabe para consolidarse como potencia en el Golfo Pérsico.
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El origen de la alianza
Para entender el porqué del rompimiento de la alianza con Israel es necesario saber con base en qué se constituyó ésta. La buena relación entre estos dos países, al igual que el enfrentamiento, tiene su origen en lo sucedido en el ámbito internacional y en cómo esto modificó el sistema regional de poder. En el periodo anterior a la détente, la Guerra fría se manifestó con gran intensidad en el Medio Oriente e incluso hubo un peligro real de guerra nuclear entre la URSS y Estados Unidos. Es dentro de este contexto donde se puede entender el comportamiento del régimen iraní.
Durante los dos siglos pasados y hasta el fin de la Guerra fría, el imperio zarista y después la URSS, representaron la amenaza más grande para la seguridad territorial y la integridad de Irán[9]. La respuesta a este peligro siempre fue intentar contrarrestar la fuerza rusa mediante la presencia de otro gran poder en la zona. Primero, Gran Bretaña, desde el fin del Imperio Otomano, y posteriormente Estados Unidos, después de la Segunda Guerra Mundial y con más fuerza desde la caída del régimen de Mossadeq y la llegada del Shah al poder. Es decir, de 1954 a 1971 la política exterior de Irán se condujo por dos objetivos principales: lidiar con la amenaza soviética y mantener una alianza estratégica con Estados Unidos, que se concretó con la firma del Pacto de Bagdad en 1954[10].
Sin embargo, esto no se tradujo inmediatamente en una alianza con Israel, pues durante los primeros años después de su independencia (1948-1950) la URSS tuvo una política expresa de apoyo al régimen sionista, lo cual amenazaba directamente los intereses iraníes en la región. Fueron, entonces, dos factores los que terminaron por consolidar la alianza entre Irán e Israel. El primero de ellos fue el acercamiento de Israel a Estados Unidos y el segundo fue el creciente intervencionismo de la URSS en la zona, lo que obligó a Irán a buscar nuevos aliados en la región[11].
Después de la Revolución de Egipto en 1952, la URSS comenzó a ejercer una gran influencia en los movimientos nacionalistas árabes, que se reflejó, aparte de la alianza firmada con Egipto en 1955, en una política de apoyo a Siria, Irak, Argelia, Sudán, Yemen del Norte y Libia[12]. Tanto el panarabismo como el socialismo, representaban una amenaza directa al régimen iraní: el socialismo hacía peligrar la supervivencia de la monarquía y el panarabismo significaba una enorme amenaza para un país no árabe y chiíta. El protagonismo de Nasser y su postura regional activista eran un verdadero peligro para la estabilidad iraní. La creciente presencia de Egipto y la URSS en el Golfo Pérsico, la zona natural de influencia iraní, la instauración de un régimen socialista en Yemen, y tres sucesos ocurridos en la década de 1950 –que se explicarán a continuación– terminaron por obligar a Irán a tener una política completamente pro-occidental.
El primero de ellos fue la creación de la República Árabe Unida en 1958 (la unión entre Siria y Egipto) que, aunque fracasaría a largo plazo, fue en su momento el primer gran paso hacia la construcción de un solo país árabe. El segundo acontecimiento fue el triunfo de una revolución de corte socialista en Irak, vecino de Irán, y la llegada al poder de Abd al-Karim Qasim. El tercero fue el fracaso de las negociaciones entre la URSS e Irán para firmar un pacto de no agresión[13].
Irán necesitaba crear una estrategia que le permitiera balancear la creciente presencia de la URSS en la región y detener los ímpetus panarabistas egipcios que encontraban cada vez más eco en las sociedades y los regímenes árabes. Esta nueva estrategia tendría tres objetivos centrales: buscar alianzas con otros regímenes árabes (por ejemplo con Jordania), ejercer mayor influencia en los países del Golfo, y concretar una alianza con Israel que, al igual que Irán, tenía dos grandes preocupaciones: el éxito del panarabismo, que supondría la unión de todos los países árabes en su contra; y la presencia soviética en la región. De esta manera, se consolidaría una alianza que no mostraría signos de debilidad sino hasta la década de 1970[14].
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Cambios en el balance de poder regional
El Medio Oriente experimentó en la década de 1970 una serie de cambios como resultado de importantes modificaciones en el sistema internacional y de la guerra de Yom Kippur en 1973. Los dos grandes sucesos en el exterior que influyeron directamente en la dinámica de poder regional fueron la détente entre Estados Unidos y el fin de Gran Bretaña como imperio colonial[15].
La «coexistencia pacífica» entre las dos superpotencias supuso la reducción de la amenaza soviética para Irán y se tradujo en un relajamiento de las tensiones entre la monarquía y los países árabes que la rodeaban, en especial con su principal competidor en la región: Egipto.
Después de la derrota egipcia en la guerra de 1967, la alianza entre la URSS y Egipto comenzó a mostrar sus primeras fallas. El régimen se encontraba enormemente debilitado por la apabullante derrota y la muerte de su líder Nasser en 1970, que supondría además el fin de la política de expansión del panarabismo en un momento tan amenazante para Irán. Durante los siguientes años se puede observar una serie de acontecimientos que muestra la creciente debilidad egipcia; uno de los más importantes es la salida de Egipto de Yemen en 1970[16].
Empero, es importante recalcar que los cambios en la estructura internacional y regional de poder no se traducen inmediatamente en un cambio en política exterior, sino que a partir de éstos las élites en el poder hacen una lectura y definen sus planes a futuro. Anwar el-Sadat, quien se convertiría en presidente de Egipto a la muerte de Nasser, aprovechó durante algunos años más su alianza con la URSS. De hecho, durante la guerra de 1973 los soviéticos salvaron a Sadat de una derrota fatal; sin embargo, a pesar de lo que esperaba el Kremlin, Egipto no optó por continuar su alianza.
Sadat sabía que Egipto era demasiado débil para mantener una guerra indefinida con Israel y que, de una manera u otra, debía buscar la firma de un tratado de paz. La única manera de conseguir esto sería acercándose a un viejo enemigo para que fungiera como mediador: Estados Unidos[17].
El acercamiento entre Egipto y Estados Unidos, el debilitamiento de la presencia soviética y el fin del panarabismo como doctrina amenazante, cambiaron radicalmente el entorno iraní. No obstante, éstos no serían los únicos acontecimientos que modificarían la estructura de oportunidades en Medio Oriente. El otro gran suceso que cambió el juego de poder regional fue el retiro de Gran Bretaña del Golfo Pérsico en 1971.
Con el fin de la Segunda Guerra Mundial el imperio británico había firmado su sentencia de muerte y sería cuestión de algunos años para que redujera drásticamente su presencia en el globo. El retiro de las tropas británicas del Golfo supuso un vacío de poder en la región. Estados Unidos estaba demasiado ocupado en su campaña fatídica en Vietnam como para emprender una política expansionista en la zona y, como se ha intentado explicar, Egipto ya no contaba con la fuerza suficiente como para ocupar el espacio que dejó Gran Bretaña[18].
Irán siempre había deseado expandir su influencia en la región y aquel vacío de poder era una enorme oportunidad para el régimen persa. El comportamiento natural de una potencia media es ocupar el lugar que dejan los grandes poderes; sin embargo, para hacer esto, Irán necesitaba del beneplácito de los demás países con intereses en el Golfo Pérsico. Es cierto que el fin del panarabismo nasserista y la debilidad de Egipto suponían una gran ventaja para Irán: ahora podía pensar en un arreglo con países que antes eran un peligro directo para su supervivencia. No obstante, la monarquía necesitaba de un discurso que le permitiera reconstruir sus relaciones con el mundo árabe y conseguir su apoyo. El único puente de unión entre Irán, persa y chiíta, y el mundo árabe y sunita es el Islam. Así que si el Shah pretendía ganar apoyo para introducirse en el Golfo Pérsico, era inminente que dejara de apoyar expresamente a Israel y mostrara cierta solidaridad con la causa de sus «hermanos palestinos»[19].
Un último factor que modificaría la lectura de su entorno que el régimen iraní había hecho hasta el momento fue el surgimiento de Israel como la nueva potencia regional. Después de la guerra de 1967 y su impresionante victoria (conquistada en seis días) Israel demostró al mundo árabe que su presencia en la región no era temporal[20]. A pesar de ser su aliado, Irán no podía permitir que Israel se consolidara como el gran poder regional. Todos estos cambios en el balance de poder de Medio Oriente obligaron al Shah a replantear su alianza con Israel, y esto se reflejaría en los acontecimientos de la década de 1970.
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El principio del fin del eje Teherán-Tel Aviv
En los años que siguieron a 1970, Irán experimentó un gran crecimiento debido al alza de los precios en el petróleo[21] y con estos ingresos emprendió una campaña armamentista gigantesca. Sin embargo, el Shah sabía que armarse no era suficiente para consolidarse como potencia regional y ocupar el vacío de poder que había dejado Gran Bretaña en el Golfo. Por un lado, seguía necesitando de Israel para prevenir una alianza árabe en su contra, pero, por el otro, necesitaba de la aceptación árabe para consolidarse como el nuevo líder en la zona. El resultado de esta doble necesidad fue que Irán comenzó a jugar al equilibrista alejándose cada vez más de Israel, pero sin romper su alianza con el régimen sionista.
Tres sucesos muestran el creciente distanciamiento iraní de Israel. El primero fue la guerra de 1973: Irán no podía permitir que Israel perdiera la guerra, pues eso hubiera significado la supremacía árabe en la región; empero, tampoco podía dejar que el régimen sionista se consolidara como la gran potencia regional en Medio Oriente. La respuesta de Irán fue, por consiguiente, apoyar a los dos bandos (con armas y logística) y nunca decantarse hacia uno u otro lado.
El segundo acontecimiento que muestra el alejamiento de Irán fue el voto a favor de la resolución 3379 de Naciones Unidas que igualaba sionismo y racismo, donde, a pesar de la oposición israelí, la monarquía iraní terminó sucumbiendo a la presión árabe.
El tercer suceso que refleja el cambio en la política exterior de Irán fue el Acuerdo de Argelia de 1975 que puso fin a la ofensiva kurda hacia el partido Baas en Irak. Tanto Israel como Irán habían decidido apoyar a los kurdos contra el régimen iraquí, sin embargo, sorpresivamente y sin consultarlo con Israel, Irán decidió acabar con este plan. Estos tres ejemplos muestran cómo Irán decidió jugar una política de equilibrismo. Eventualmente, el régimen del Shah hubiera tenido que decidirse por alguno de los «bandos», pero en 1979 la Revolución Islámica puso fin a su reinado.
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Conclusiones
Con la llegada de Jomeini al poder, la política exterior de Irán hacia Israel cambió definitivamente y tres semanas después del triunfo de la Revolución rompió relaciones con el régimen sionista. Ante una nueva estructura de poder en Medio Oriente, era más práctico tener de aliados a los países árabes que contrarrestar su fuerza con una campaña armamentista, la mejor manera de conseguir el apoyo árabe sería mediante un discurso islámico y antiisraelí. Sin embargo, esta misma lectura la había hecho el Shah diez años antes de 1979. La gran diferencia no fue el diagnóstico, sino la solución al problema. Para el Shah la mejor opción era jugar al equilibrista y así obtener más beneficios; empero, para una Revolución Islámica, que se valió de un discurso antioccidental para consolidarse internamente, era imposible pensar en una alianza con Israel, «una imposición occidental en la región».
Los cambios en la estructura de poder internacional y su influencia en la dinámica regional explican el cambio de política exterior de Irán hacia Israel. No obstante, los cambios en el exterior y en el balance de poder no se traducen necesariamente en una misma respuesta; ésta depende de la lectura de las élites en el poder. Es por esto que no puede pensarse que la relación entre estos dos países es fija y seguirá caracterizándose por la rivalidad y el enfrentamiento. Por un lado, sucesos en el ámbito internacional (como ejemplo los acontecimientos de la primavera del mundo árabe) pueden cambiar la dinámica regional; por el otro, una nueva élite, tanto en Tel Aviv como en Teherán, puede llevar la relación hacia un mejor cause o incluso empeorarla.
Desde una perspectiva que solamente utiliza al Islam como variable explicativa, sería difícil pensar en un nuevo acercamiento entre estos países; empero, es necesario ir más allá de esta variable y tratar de analizar el equilibrio de poder y las decisiones internas; de esta manera, aunque no en el corto plazo, se puede pensar en un relajamiento de las tensiones entre Irán e Israel. Sin embargo, otros factores que no se han estudiado aquí –como la presión estadounidense sobre el programa nuclear iraní, el posible cambio de régimen en Siria y la aversión de los países del golfo Pérsico al régimen de Ahmadineyad– serán también fundamentales para definir el futuro, no solamente de la relación irano-israelí, sino de la dinámica regional en Medio Oriente.
[1] S.a., «Irán: “Israel debe ser borrado del mapa”». Obtenido de www.lanacion.com.ar, consultado en septiembre de 2010.
[2] En este ensayo se entiende «política exterior» como la serie de acciones y decisiones que toma la élite política y gubernamental de un Estado para proteger «el interés nacional», según lo que signifique para ésta.
[3] Samuel Huntington, «The Clash of Civilizations? The Next Pattern of Conflict», Foreign Affairs, vol. 72, número 3, febrero de 1993, pp. 28-31.
[4] Por motivos de espacio, en este ensayo no se profundizará sobre la tesis de Huntington y sus detractores; para más información sobre el tema se recomienda consultar a Fred Halliday, The Middle East in International Relations. Power, Politics and Ideology, Cambridge, University Press, 2005.
[5] Cabe aclarar que, a pesar de que no solamente el contexto internacional, sino también la política interna es relevante para explicar la relación entre Irán e Israel, este ensayo seguirá una tendencia teórica realista que se considera provechosa para este análisis y de ella se desprende el uso de los conceptos a los que aquí se recurre (es el caso de la idea de «poder»).
[6] Véase Barry Rubin, «Iran: The Rise of a Regional Power», Middle East Review of International Affairs, vol. 10, número 3, septiembre de 2006, pp. 142-151.
[7] Adeed Dawisha (ed.), Islam in Foreign Policy, Cambridge, University Press, 1983, p. 25.
[8] Véase Yezid Sayigh y Avi Shlaim (eds.), The Cold War and the Middle East, Oxford, University Press, 1997, pp. 1-47.
[9] Véase Edmund Herzig, Iran and the Former Soviet South, London, Chamaleon Press, 1995.
[10] Shireen T. Hunter, The Future of Islam and The West. Clash of Civilizations or Peaceful Coexistence?, Washington, Praeger, 1998, pp. 116-151.
[11] Véase R. K. Ramazani, «Iran and the Arab-Israeli Conflict», Middle East Journal, vol. 32, número 4, otoño de 1978, pp. 413-428.
[12] Yezid Sayigh y Avi Shlaim, op. cit., pp. 37-47.
[13] Véase R. K Ramazani, op. cit.
[14] R. K Ramazani, Iran’s Foreign Policy 1941-1973. A Study of Foreign Polivy in Modernizing Nations, Virginia, Univeristy Press, 1975, pp. 395-438.
[15] Véase Trita Parsi, «Israel and the Origins of Iran’s Arab Option: Dissection of a Strategy Mosunderstood», en Middle East Journal, vol. 60, número 3, verano de 2006, pp. 493-512.
[16] Yezid Sayigh y Avi Shlaim, op. cit., pp. 37-47.
[17] Para entonces, después de la guerra de 1973, Sadat tenía legitimidad interna suficiente para hacer un cambio radical en la política exterior (loc. cit.).
[18] R. K Ramazani, Iran’s Foreign Policy 1941-1973, op. cit. pp. 395-438.
[19] Además, este discurso sería de gran utilidad para reducir las críticas internas que tachaban al Shah de estar vendido a Occidente. Véase Trita Parsi, op. cit.
[20] Además de que la llegada del Likud, el partido de la derecha, al poder en Israel en 1977 se tradujo en una postura mucho más agresiva del régimen sionista.
[21] Tuvo crecimientos del PIB del 34 por ciento en 1973 y del 42 por ciento en 1974.
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Gabriel Morales Sod (Ciudad de México, 1990) estudia Relaciones Internacionales en El Colegio de México.










