Saturday, 9th August 2014

Perder como siempre

Publicado el 02. jun, 2014 por en Dossier

Antonio Ramos Revillas

 

 

El futbol me enseñó a perder. He perdido al mirarlo casi todos los días de la semana, excepto los lunes y martes, lo cual ya es ganancia. He perdido ante la pantalla de televisión y en la tribuna del estadio; al mediodía o por la tarde, pero la mayoría de las veces los sábados por la noche, alrededor de las siete y de las nueve de la noche cuando terminan los partidos de local de los Rayados del Monterrey.

Mi loca ilusión por los Rayados inició muy temprano. Tenía entonces alrededor de ocho años cuando mi padre llegó a casa con una televisión en blanco y negro para poder mirar el que, durante muchos años, fue el gran partido en la historia de la Pandilla del Monterrey: la final del Torneo PRODE 85 entre los Rayados y los Jaibas Bravas del Tampico Madero.

Esa temporada, lo supe después, la pandilla del Cerro de la Silla estuvo intratable. Ganó todos los partidos que jugó y además su máximo goleador, un joven, el Abuelo Cruz –que meses más tarde fallaría el gol decisivo ante Alemania en el mundial de México 1986– había marcado en todos los enfrentamientos. Habían caído goles desde la media cancha, de tiros de esquina, producto de jugadas memorables con gigantes del equipo como Reynaldo Gueldini, Héctor Becerra, Wilson Tadei y el delantero que sigue siendo parte de la mística del equipo: Mario Mota de Souza Bahía.

El partido iba 1-1 cuando lo sintonizó mi padre. Desfilaron las imágenes del encuentro. La narración exacerbada –hechizo para atrapar incautos– desplegaba otro partido en la sala de mi casa. Los jugadores tocaban el balón y el narrador hacía vibrar cada pelotazo como si fuera una bala de cañón. Casi al final, tras una jugada mortal, Madero, un jugador del Tampico, lesionó a Héctor el Wama Contreras y le fracturó una costilla. El cancerbero miró hacia el banquillo donde Pancho Avilán, que después sería famoso por el caso de los cachirules, negó con la cabeza ya que no podía hacer más cambios. El Wama se fajó la costilla y siguió adelante hasta que un gol de El Abuelo Cruz logró el campeonato para los Rayados.

Así me hice fan de la Pandilla: con una victoria que habría de cobrarse caro. A ese triunfo siguió una sequía que se comió muchos pases a lo profundo, demasiados goles en contra y que dio vida a entrenadores aburridos; el más famoso de ellos un chileno, Arturo Salah. En ese tiempo pasaron demasiados jugadores, algunos de nombres risibles como Pau y Peu, pero ni uno con la grandeza requerida para un equipo que –dicha la verdad– siempre ha sido esquinero hasta años recientes.

Sólo hasta la década de los noventa, los Rayados tuvieron algo de luz, con la llegada al timón de Pedro García. Aquél era un equipo de lujo: Martelotto, Moriconi, Negrete, Carlos Hermosillo. ¡Cómo jugaban! ¡Qué sensación de peligro daban! La bonanza continuó hasta la llegada de Miguel Mejía Barón con un equipazo de lujo: Tirzo Carpizo, a quién le metían goles por el piso –se burlaba un conductor de radio en Nuevo León–, el gran Missael Espinoza, que volaba por las bandas, Alberto García y aún el gran Germán Ricardo Martelloto.

Pero el equipo cayó en desgracia cuando a su dueño en turno, Jorge Lankenau, lo agarraron en malas movidas financieras y desde la cárcel dirigía al club. Fueron épocas duras. Nos salvamos de un descenso gracias a un gol agónico, como todos los que se juegan por campeonatos o para mantener la decencia, anotado por el Álvin Pérez, un jugador que pasó sin pena ni gloria por los Rayados y por las Chivas. Alma de ese equipo era el actual entrenador del América, Antonio Mohamed. A veces me pregunto, ¿hasta cuándo se cansa uno de perder? Los Rayados han dado muchas lecciones de eso: una época perdían por nada, ganaban de chiripada, emocionaban por tradición.

Todo eso cambió a partir del siglo XXI. Daniel Passarela, Franco, Erviti, Rotchen y Arellano le dieron al equipo su segundo campeonato. Miguel Herrera llevó al equipo a dos finales, que se perdieron ante Toluca y aquel Pumas dirigido por Hugo Sánchez. Vucetich todo lo cambió, pues fue como la novia nueva; ya que, cuando se fue, entregó cinco campeonatos, ganados en cinco años: dos de liga y tres de la Conchampions. En la tercera de esas finales, estaba tan nervioso que me salí de casa y me fui a caminar a Plaza Galerías, en Circuito Interior. Entré al cine y cuando salí seguía en partido contra Santos de Torreón. No estuve tranquilo hasta que ganaron.

Sin embargo, desde hace años he ido alejándome del futbol. En el último campeonato que ganador, de manera casi heroica, con una voltereta y goles espectaculares de Antonio De Nigris, en lugar de mirar el partido me fui a cenar con unos amigos. De lejos escuché los gritos de gol y al rato pasaron frente al restaurante unos chicos con tambores y cornetas gritando: ¡Monterrey, Monterrey, Monterrey!

Yo ya voy de salida. Ya me tomé mi foto con Humberto Suazo en un aeropuerto, ya vi a los Rayados perder ante el Atlante en el Estadio Azteca, y por goleada, ya me enojé mucho al verlos perder y me alegré más al verlos ganar. Pero ya voy de salida del futbol. Soy tan fan de los Rayados que –como dice el poema de Sabines– espero curarme de ellos con un poco de tiempo y soledad… o al menos hasta que lleguen a una nueva final.

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Antonio Ramos Revillas (Monterrey, 1977). Fue becario del Centro Mexicano de Escritores y de la Fundación para las Letras Mexicanas. Ha escrito cuento y novela infantil y juvenil. Obtuvo en el 2006 el Premio Nacional de Cuento Joven Julio Torri.

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